domingo, 30 de junio de 2013

130 actores en busca de un papel








El escandalito que usó el fujimorismo esta semana para embarrar a sus colegas del oficialismo sirvió para dejar en claro un asunto grave: nuestros congresistas no tienen ni la más remota idea de cuál es su rol.
La acusación fujimorista va por el tema de populismo clientelista que los congresistas oficialistas practican a manos llenas. Llenas, claro, con las incautaciones de bienes que hace Sunat, que, a su vez, son asignadas a entidades del Poder Ejecutivo. En este caso, el Ministerio de la Mujer adjudicó bienes a gobiernos municipales para su reparto individual previa “gestión” y recepción de algunos congresistas oficialistas. El ministerio y los aludidos han dejado bien en claro que la donación no es al congresista (que está prohibido de recibirlas de cualquier fuente) sino a diversas entidades del sector público que empadronan a sus beneficiarios. Hasta aquí no hay delito ni falta administrativa, aunque sí, como es obvio, clientelismo a cambio de votos, y de la peor clase.
Sin embargo, siendo entrevistados acusadores y acusados, surgió una línea ética bastante curiosa. Todos estaban de acuerdo en que era deber del congresista “gestionar” regalos, dádivas, ayudas (llámese como quiera) a favor de quien lo pida. La diferencia estaba, nada más, con la plata de quién se hacía. Es decir, el sector acusador; lo que estaba mal era únicamente el uso del recurso público. Pero si el recurso era privado o, mejor aún, propio, pues muy bien. Parecía entonces que la acusación al oficialismo era por no poner los regalitos en las manos de los 130 congresistas por igual.  La “democratización partidaria del clientelismo”, por llamarlo de algún modo, como bandera de lucha.
¿Para eso está el Congreso? Pues ellos creen profundamente que sí. Alguien les metió en la cabeza que el verbo “representar” significa “gestionar” trabajos en el sector público, expedientes en el Poder Judicial, obra pública grande o pequeña, escuelas, universidades, parques y hasta semáforos. ¿Por qué? Porque esas son las cartas de pedidos que reciben y en vez de dar un rotundo no, que es todo lo que merecen, creen, engañando a la población y a sí mismos, que tienen que tener un equipo de gente (pagada por nosotros) destinada a atender cosas que jamás debe atender un congresista. No se diga nada sobre los padrinazgos, Navidad del niño, chocolatadas y campeonatos deportivos. Listar las estupideces que un congresista cree que tiene que hacer está más allá de la dimensión desconocida.
¿Y quién legisla? ¿Quién hace control político? ¿Quién elige a las autoridades que manda la Constitución? Legislar es la primera y más demandante función de un legislador (¿no será por eso que los llamamos así?). Exige conocimiento, criterio, orden mental, ética, capacidad de argumentación, experiencia de vida, escuchar a las partes. Legislar es pues una tarea para gente inteligente, estudiosa, dedicada, minuciosa. ¿Eso parece ser un bien escaso en la política de hoy? ¿No genera interés? ¿No da portadas?
Legislar es una tarea que no puede ser delegada por el congresista porque solo él puede votar. Nadie más. Esa es la verdadera representación. 130 personas marcando sus votos en el nombre de 30 millones de personas. Con ese peso encima, con esa responsabilidad. Con la gravedad que significa hacerle el balance correcto al Poder Ejecutivo como tarea política central.
El desprestigio del Congreso está hoy en esto. Han olvidado lo fundamental: quiénes son y qué es lo que juntos representan. No quieren hacer docencia política y educar a su pueblo. Prefieren ir “gestionando” y creen que ahí es donde van a ganar el favor de unos miles. No han entendido que así es como ya perdieron el respeto de millones.

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