domingo, 31 de julio de 2016

¿Juegos infantiles o juegos internos?


El comportamiento del fujimorismo desde el 5 de junio ha sido una desgracia. Algunos actos, como negarse a saludar a PPK tras su triunfo, negarse a aplaudir tras su juramentación, y exigir –como condición para el diálogo– un pedido de disculpas por lo ocurrido en la campaña, han sido verdaderamente infantiles (durante mis 30 años como politólogo, jamás he visto un pedido de disculpas por cosas dichas en campaña). Parecen rabietas de un niño de primaria.

Peor que la intransigencia infantil del fujimorismo ha sido su macartismo. Calificar a los líderes del Frente Amplio de “terroristas” es un acto tan reprensible que merece atención especial. Todos saben que Verónika Mendoza, Marisa Glave, Marco Arana, y los demás líderes del FA no tuvieron nada que ver con la violencia de los años ochenta y noventa (Mendoza y Glave eran niñas), y que jamás en sus vidas han apoyado el uso de la violencia. Son militantes de izquierda, pero su militancia siempre ha sido pacífica y democrática. Seamos muy claros: ser militante de izquierda o tener ideas socioeconómicas radicales no es terrorismo. Es un derecho constitucional, aún bajo la Constitución impuesta por el fujimorismo. Llamar "terrorista" a gente que (obviamente) no promueve la violencia, sino ideas izquierdistas, es mentir de una manera deliberada.

Pero no es solo una mentira. Asociar el FA con el terrorismo, en una democracia precaria, con una historia reciente de terrorismo real es un acto de tremenda irresponsabilidad. Es, además, bastante antidemocrático. Si uno tilda a su rival político de “terrorista” está diciendo que no es un actor político legítimo. Los terroristas –los que usan la violencia contra civiles con fines políticos– son criminales. Deben ser encarcelados. Asociar a los frenteamplistas con el terrorismo, podría legitimar medidas antidemocráticas tomadas con fines de impedir su llegada al poder. Podría justificar la represión.

La intransigencia del fujimorismo parece poco racional. Ha erosionado su imagen pública. Según Ipsos, la aprobación de Keiko Fujimori cayó a 38% en julio, mientras su desaprobación subió al 53%. Entre un PPK conciliador (aprobación 56%) y un fujimorismo agresivo e intransigente, la mayoría claramente opta por el Presidente. Mientras tanto, los esfuerzos de Keiko para crear una imagen más seria, moderada y democrática están siendo aniquilados. El comportamiento de Fuerza Popular (FP) ha sido rechazado no solo por la izquierda sino por gran parte del establishment. La página editorial de El Comercio –bastión de la derecha– critica casi diariamente la irresponsabilidad de los líderes fujimoristas. Y Augusto Álvarez Rodrich escribió hace poco que el fujimorismo ha caído al “abismo del ridículo”.

¿Qué pasa? Gracias a nuestra ignorancia colectiva de la organización fujimorista (pocos científicos sociales hablan con frecuencia con fujimoristas), nuestra capacidad para explicar su comportamiento es limitada. Pero quiero proponer una posible explicación: con su intransigencia, los fujimoristas buscan mantener la unidad ante la crisis partidaria generada por su derrota.

FP entró en una severa crisis el 5 de junio. Demasiado confiados en su triunfo, los fujimoristas quedaron en shock tras su derrota. Perdieron en los últimos minutos del partido, gracias a sus propios autogoles (los líderes de FP culpan al gobierno, los medios, y a medio mundo, pero saben bien que ellos mismos perdieron la elección). Y no tenían un Plan B.
La derrota abrió varias heridas en el fujimorismo. Acabó con el sueño del regreso político de Alberto Fujimori, dejando al fujimorismo sin su principal razón de ser. Pero también les hizo cuestionar la estrategia renovadora de Keiko: Joaquín Ramírez y José Chlimper, dos líderes principales del fujimorismo keikista, se convirtieron en los malos de la película. La derrota produjo un cuestionamiento del liderazgo de Keiko y destapó conflictos internos que habían sido embotellados durante la campaña (el reciente pedido de indulto, por ejemplo, surgió por afuera de FP, y parece haber sorprendido a varios de sus líderes).

En un ambiente de crisis interna, los fujimoristas buscaron cerrar filas. Y la mejor receta para la cohesión partidaria es un enemigo común, una amenaza externa. Para FP, las amenazas y los enemigos no son difíciles de encontrar: el fujimorismo nació del conflicto violento con Sendero, y su resurgimiento durante los años 2000 fue acompañado por la creación de un poderoso mito de persecución (según el fujimorista Jorge Morelli, los fujimoristas eran “como los cristianos en Roma” bajo los gobiernos de Paniagua y Toledo), en otras palabras, el anti-izquierdismo y la victimización ante la “persecución” de los caviares son elementos fundamentales de la cultura fujimorista.

Priorizando la unidad partidaria, entonces, el fujimorismo se encerró en sí mismo. Volvió a sus raíces culturales. La lucha contra la izquierda y la victimización ante la “persecución” son sus fuentes principales de cohesión interna. Ayudan a reforzar la identidad fujimorista y reanimar una militancia que quedó golpeada y decepcionada tras la derrota.

Muchos partidos se encierran en sí mismos ante las crisis. Lo hizo, por ejemplo, el PRD mexicano tras la durísima derrota de López Obrador en 2006. Pero a diferencia de otros partidos derrotados, el fujimorismo controla el Congreso. Tiene responsabilidades reales. Las consecuencias de sus rabietas, entonces, son mayores. Está en juego la gobernabilidad democrática. Un fujimorismo intransigente, sumergido en sus propios mitos, podría hacer mucho daño. Podría paralizar al país, dañando la economía y el bien público. Podría hasta provocar una crisis institucional que ponga en riesgo la estabilidad democrática.

Los liderazgos partidarios operan simultáneamente en dos frentes: el interno y el externo. Si descuidan al frente interno, pueden perder la base o sufrir divisiones. Pero si descuidan al frente externo, o si no distinguen bien entre los mitos de la subcultura partidaria y la realidad, pueden cometer serios errores de juicio y terminar comportándose de una manera bastante irresponsable.

El fujimorismo, encerrado en sí mismo, está descuidando el frente externo. La estrategia podría ayudar a unificar el partido. Pero si se mantiene, haría daño al país. Algunos exabruptos infantiles eran de esperarse tras una dura derrota. Pero ya es hora de crecer. La democracia está en juego. 

Nota aparte:
Se acabó la presidencia de Ollanta Humala. Contra todos los pronósticos histéricos de la derecha, el gobierno de Humala respetó las reglas del juego democrático. No hubo golpe, ni autogolpe, ni reelección conyugal. Antauro se quedó en la cárcel. Los medios –muchas veces injustos con Humala– no fueron tocados. No llegó nunca el chavismo, el velasquismo, o la dominación cubana tan esperada por Cecilia Valenzuela. Varios periodistas nos aseguraron diariamente, por casi cinco años, que estas cosas iban a ocurrir. Por qué sus opiniones todavía son tomadas en serio es, para mí, un misterio.

viernes, 29 de julio de 2016

El Populismo Gringo

Domingo 17 de Julio de 2016

El surgimiento de Donald Trump sorprendió a casi todos los analistas políticos norteamericanos. Trump es un outsider y, salvo unos pocos héroes militares, ningún outsider ha ganado la presidencia norteamericana. Más estrella de reality que político, Trump es visto como payaso por el establishment estadounidense. Pero venció a 16 rivales en las primarias republicanas y se acerca a Hillary Clinton en las encuestas. La élite está en shock.

Para muchos latinoamericanos, sin embargo, el fenómeno Trump no es novedoso. Trump es un populista. Como Perón, Chávez, Fujimori, Bucaram, Correa, y Humala en 2006 (pero no en 2011), es un outsider personalista que moviliza a la masa con un discurso antielite y antiestablishment.

Primero, Trump es un outsider. No ha ocupado ningún cargo público. Nunca ha sido candidato a nada. En un país donde cada presidente elegido en los últimos 60 años ha sido gobernador, senador, o vicepresidente, un candidato novato es una rareza.

Segundo, Trump es personalista. No tiene propuestas claras. El programa republicano tiene tres elementos básicos: (1) mercado libre; (2) política exterior agresiva y militarista; y (3) defensa de los valores conservadores (pro-religión, antiaborto, antigay). Trump rompe con todos. No adhiere ni al libre mercado (es proteccionista), ni a una política exterior intervencionista (se opuso a la invasión de Irak). Tampoco se asocia con valores religiosos. El programa de Trump es muy ambiguo. Sus posiciones sobre el aborto, Irak, los impuestos, la reforma del sistema de salud, y la inmigración han cambiado dramáticamente. Pero eso importa poco, porque la campaña de Trump se enfoca en su persona, no en su programa. ¿Cómo resolver el conflicto con Rusia? Según Trump, basta que él hable con Putin. ¿El surgimiento de China? Él negociaría relaciones comerciales más favorables. ¿Cómo? Hay que confiar en Trump.

Finalmente, Trump es antiestablishment. Como Fujimori en 1990, Trump se peleó con casi todo el establishment. La élite republicana no lo quería. Los empresarios que financian al Partido Republicano tampoco. La derechista Fox News trató de derrotarlo. Pero el desprecio del establishment solo benefició a Trump. Se posicionó como el defensor del hombre común luchando contra una élite distante y corrupta. Y atacó a los políticos y los medios del establishment con una dureza poco vista. Los insultó. Los humilló. Y así conquistó el electorado republicano.

Como muchos populistas, Trump es autoritario. Viola las normas de la decencia. Insulta a sus rivales. Se burla hasta de sus características físicas. No se adhiere a las normas democráticas. Amenaza a los periodistas. Propone medidas anti-constitucionales. Alaba a dictadores como Mussolini, Putin, y Hussein. Y tolera, justifica, y hasta fomenta actos de violencia, incluyendo ataques físicos contra manifestantes en sus mitines de campaña.

Trump, entonces, es el candidato presidencial más populista que ha surgido en EEUU desde William Jennings Bryan en 1908. ¿Cómo explicar su éxito?

Algunas de las causas del populismo gringo son parecidas a las del populismo latinoamericano. Una es la desigualdad. El populismo es producto de la desigualdad, sobre todo cuando genera una amplia percepción de exclusión. El nivel de desigualdad en EEUU aumentó mucho en las últimas décadas. El índice GINI, que mide la distribución de ingresos, aumentó de 0,39 en 1968 a 0,48 en 2012. Esto se debe a políticas socioeconómicas derechistas y cambios estructurales que eliminaron progresivamente el trabajo manual bien remunerado. Se ha vuelto muy difícil mantenerse en la clase media sin estudios universitarios. Y la brecha entre la gente con y sin educación es cada vez más grande.

La nueva desigualdad ha generado un sector de clase media/media baja –sobre todo, hombres que antes trabajaban en el sector manufacturero– que se siente excluido. Muchos creen que la inmigración y el libre comercio les quitan trabajo y están destruyendo a su calidad de vida. Y como los republicanos y demócratas igual apoyan a la inmigración y el libre comercio, perciben (no sin razón) que la élite política los ignora. Esta es la base electoral de Trump (que, además de tirar bombas a los políticos, se opone a la inmigración y el libre comercio)

Pero el populismo de Trump también tiene características bien gringas. Se basa en dos nostalgias importantes. La primera es una nostalgia racista. Hace un tiempo, EEUU era un país dominado por blancos protestantes. Los blancos constituían la gran mayoría de la población y, gracias a la discriminación contra los negros y otras minorías, ocupaban casi todos los puestos políticos, económicos, y culturales más importantes. Ese mundo dejó de existir. Los blancos tradicionales, que eran casi 90% de la población en 1950, bajaron a 80% en 1980, 69% en 2000, y 62% en 2015. Dentro de tres décadas, las minorías serán mayoría. Y gracias a la lucha contra la discriminación, las minorías ocupan más posiciones de poder. Hoy, por ejemplo, el presidente es negro y no hay un solo blanco protestante en la Corte Suprema (hay 3 católicos; 3 judíos, una latina, y un negro).

Estos cambios han generado una reacción racista, sobre todo entre los blancos que viven en el interior y en pueblos pequeños. Como dijo el “trumpista” Jared Taylor, “los blancos tradicionales no quieren que sus barrios se vuelvan mexicanos”. Para muchos trumpistas, el eslogan “Take our country back” (Recuperemos a Nuestra Patria) significa recuperar a la patria de los negros, los judíos, y los inmigrantes.

El discurso populista de Trump apela a la nostalgia por un Estados Unidos blanco y protestante ya desparecido. Este elemento racista es la razón por la cual el populismo norteamericano es más derechista que el populismo latinoamericano.

La segunda nostalgia que fomenta el populismo de Trump es la nostalgia nacionalista. Hace medio siglo, los EEUU eran un poder (militar, económico, cultural) hegemónico. Volvieron a serlo brevemente en los años 90, con el colapso soviético. Pero en el mundo multipolar de hoy, EEUU se ha vuelto menos dominante. Sigue siendo una potencia militar y económica, pero ya no ejerce –ni volverá a ejercer– la influencia hegemónica que tenía décadas atrás.

Muchos gringos no aceptan este cambio. Crecieron con la idea de que EEUU debe imponerse al resto del mundo. Para ellos, la hegemonía gringa es el estado natural de las cosas. Cualquier desviación –no poder imponerse en el Medio Oriente o en China, por ejemplo– genera una sensación de pérdida y crisis. Y en una sociedad acostumbrada a exportar su cultura al mundo, los cambios culturales traídos por la globalización –nuevos idiomas, cine internacional, fútbol de verdad– son difíciles de digerir. Cuando Trump dice que los gringos “ya no ganamos”, y que bajo su presidencia EEUU “volverá a ganar”, apela a la nostalgia por un pasado hegemónico que no regresará más.

Subestimamos a Trump, porque no nos fijábamos seriamente en las fuentes del populismo estadounidense. Ahora enfrentamos el momento político más peligroso del último medio siglo. Los costos de un gobierno de Trump –para nuestra democracia, para nuestra sociedad, y para el mundo– serían altísimos.

domingo, 3 de julio de 2016

¿Partidos en el horizonte?

Domingo 03 de Julio del 2016

Perú carece de partidos políticos desde hace casi una generación. Un partido es una organización colectiva, un equipo de políticos que busca el poder a través de elecciones. Como muestra Mauricio Zavaleta, las organizaciones electorales que predominan hoy en el Perú no son partidos. Son listas electorales efímeras creadas por y para candidatos individuales. Son fachadas.

En el modelo de organización electoral predominante en el Perú, el líder es el dueño y el único candidato. El partido no es un equipo, sino una herramienta personal del candidato. Los “cuadros” partidarios son sus escuderos. Y cuando el líder no es candidato, su “partido” muchas veces no participa en elecciones. 

El modelo partidario actual surgió bajo Alberto Fujimori. Pero fue reproducido por sus sucesores. Perú Posible fue la herramienta personal de Alejandro Toledo. Cuando Toledo no era candidato, dejaba de existir (mientras él vivía en Stanford). PP no tuvo candidato presidencial en 2006 y no participó seriamente en las elecciones regionales en 2010 o 2014. Y con el fin de la carrera política de Toledo, se extinguió. 

El PNP es igual. Humala y Nadine Heredia son los dueños. Los demás nacionalistas solo sirven como escuderos, y como consecuencia, los mejores cuadros se fueron. El PNP no participó en las elecciones regionales de 2014 o en las presidenciales de 2016. Como PP, está camino a extinguirse.

Hasta el APRA empezó a aproximarse al modelo fujimorista bajo la segunda presidencia de García. Alan se transformó en (casi) el dueño del partido, y los demás apristas se convirtieron en sus escuderos. El APRA dejó de participar seriamente en las elecciones regionales y no tuvo candidato presidencial el 2011.

En la época pos-Fujimori, todos los partidos gobernantes dejaron de cumplir con su función más básica: postular candidatos en elecciones. Ni PP, ni el APRA, ni el PNP participaron en las elecciones presidenciales cuando su líder era presidente. Y PP y PNP dejaron de competir en las elecciones provinciales y regionales. 

A primera vista, la elección de 2016 parece haber generado más de lo mismo. El nuevo partido gobernante, Peruanos Por el Kambio (PPK) es una fachada creada para apoyar la candidatura de Kuczynski.

Pero surgieron importantes desviaciones del modelo fujimorista. El caso más claro es el Frente Amplio (FA). El FA es una organización colectiva. No tiene dueño. De hecho, su líder principal, Marco Arana (fundador de Tierra y Libertad, la base legal del FA), perdió una elección primaria, algo impensable en PP o el PNP. Los cuadros del FA no son escuderos sino políticos con voz propia. El FA no es un partido de masas. Pero es un equipo de políticos, y no la herramienta de uno solo. En otras palabras, es un partido de verdad. 

Las otras dos fuerzas que se desviaron del modelo fujimorista son Alianza para el Progreso (APP) y el propio fujimorismo (Fuerza Popular). APP y FP siguen siendo personalistas. Pero a diferencia de otros partidos, sus líderes construyeron organizaciones que van más allá de sus propias candidaturas. En vez de pasar los últimos cinco años en Stanford, César Acuña y Keiko Fujimori se dedicaron a abrir comités, reclutar a candidatos, y apoyarlos en sus campañas. 

A diferencia de sus rivales, APP y FP participan en elecciones en las que sus líderes no son candidatos. En 2014, APP postuló candidatos en 84% de las plazas provinciales, superando a todos los demás partidos. FP postuló candidatos en 55% de las provincias y 80% de las regiones. 

Esta inversión partidaria rindió frutos. En 2014, FP y APP fueron los únicos partidos nacionales que ganaron elecciones regionales (FP ganó tres regiones; APP ganó dos). Y en 2016, APP ganó nueve escaños en el Congreso sin candidato presidencial. Fuerza Popular tuvo un extraordinario resultado: 73 escaños. Algo que se debe, en parte, a su presencia en todo el territorio nacional. FP logró elegir por lo menos un congresista en cada región del país.

Paradójicamente, el fujimorismo podría generar un modelo partidario alternativo al modelo (también fujimorista) que predomina desde hace 25 años. El pobre rendimiento de Toledo, García, y el PNP sugiere que descuidar al partido tiene costos. Y el éxito de APP y FP sugiere que la organización genera beneficios. De hecho, varios futuros candidatos presidenciales -Barnechea, Guzmán, Mendoza- están pensando en construir organizaciones territoriales y participar en las elecciones regionales de 2018. Parafraseando al politólogo francés, Maurice Duverger, hay una especie de contagio desde la naranja.

De las tres fuerzas que se desviaron del modelo electoral fujimorista, el FA y FP tienen mayores posibilidades de consolidarse como partidos. Tienen militantes y cierta identidad colectiva. Pero sobre todo, sus candidatos principales son jóvenes y electoralmente viables. Los candidatos son claves, sobre todo en un sistema presidencialista. Ningún partido tiene éxito sin votos, y en el Perú, son los candidatos, y no los programas, que atraen votos. En términos de capacidad electoral, la diferencia entre Keiko Fujimori y Martha Chávez, o entre Verónika Mendoza y Marco Arana, es enorme. Con los primeros como candidatos, FP y FA compiten seriamente por la presidencia. Con los segundos, serían partidos marginales. 

Segundo, Keiko Fujimori y Mendoza son fuerzas unificadoras en sus partidos. Dada la historia de la izquierda desde 1989, muchos observadores esperan que el FA caiga víctima de conflictos internos en el futuro próximo. Lo dudo. Pueden haber rivalidades y conflictos, eso ocurre en todo partido. Pero el 19% del voto que ganó Mendoza la ha convertido en la cabeza indiscutida del FA y (casi) todos los frenteamplistas lo saben. Con Mendoza, el FA puede soñar con la presidencia. Sin ella, la izquierda podría volver sin dificultad al 2% de siempre. Ante eso, es muy probable que el FA se mantenga unido detrás de Mendoza. La situación de Keiko es parecida. Su capacidad electoral la hace imprescindible, y esto la convierte en una fuerza de cohesión partidaria.

Los líderes juegan un papel enorme en el destino de los nuevos partidos, sobre todo en un sistema presidencialista. Muchos de los partidos latinoamericanos más importantes tuvieron un líder dominante durante sus años formativos: APRA y AP en el Perú; AD (Betancourt) y COPEI (Caldera) en Venezuela; el PLD (Bosch) en la República Dominicana; el PLN (Figueres) en Costa Rica; el PT (Lula) y PSDB (Cardoso) en Brasil. 

A pesar de sus enormes diferencias, Keiko Fujimori y Verónika Mendoza son dos jóvenes políticas que combinan la capacidad electoral y la voluntad de construir un partido. Todavía no son Haya y Belaunde. De hecho, FP y el FA siguen siendo organizaciones bastante precarias. Pero son los proyectos partidarios más viables que han surgido en el Perú desde hace muchos años.