domingo, 7 de diciembre de 2014

¿Se Muere el APRA?

Domingo, 07 de diciembre de 2014 | 4:30 am

El APRA parece haber vuelto al centro del escenario político. Alan García ya está en campaña para 2016, y aunque no esté muy bien en las encuestas, pocos dudan que estará en la segunda vuelta (yo dudo un poquito). Y el segundo lugar de Enrique Cornejo en las elecciones municipales de Lima fue festejado por muchos como un triunfo aprista.

La recuperación del APRA sería positiva. La democracia necesita partidos sólidos. Necesita políticos profesionales, y el APRA –a diferencia de casi todos los demás partidos– los tiene.

Pero la realidad es otra. El APRA está más débil que nunca. De hecho, el éxito de Cornejo en Lima (si perder por 33 puntos puede ser considerado un éxito) opacó el profundo deterioro del aprismo en el resto del país.

El APRA sufre un repliegue, lento pero sostenido, en todo el territorio nacional. En las elecciones de 2002, ganó 12 regiones y 34 provincias. En 2006, ganó solo 2 regiones y 17 provincias, y en 2010, cayó a una región y solo 9 provincias. En 2014, el APRA no ha ganado ninguna región (podría ganar hoy en San Martín) y solo triunfó en 3 provincias (menos que Somos Perú y la UPP). El aprismo perdió La Libertad. Salvo la provincia de Virú, fue derrotado en todo el “Sólido Norte.” Hoy en día, la APP de Acuña está más sólida en el Norte que el APRA.

El APRA ya no presenta candidatos en todo el país. Mientras en 2006 presentó candidatos en 23 regiones, en 2014 solo presentó candidatos en 12 regiones. Ante el debilitamiento de la marca partidaria, los candidatos apristas empiezan a postular con movimientos regionales (Andrés Tello en Lima Provincias, Jhony Peralta en Piura) o en alianzas electorales (Arequipa, Cusco, Junín). Y en algunos casos, como Daniel Salaverry en Trujillo, han saltado a otros partidos. Las candidaturas “independientes,” las alianzas electorales, y el transfuguismo son los clásicos síntomas de crisis partidaria.

Los raíces apristas en la sociedad son cada vez más tenues. La identidad aprista –que abarcaba hasta un tercio de la sociedad hace algunas décadas– se evapora. Según una investigación de Carlos Meléndez, los apristas “duros” solo representan el 2% del electorado, y los peruanos con tendencia aprista no superan el 8%. En comparación, los fujimoristas “duros” son 6% del electorado, y los con tendencia fujimorista son casi 20%. El partido más grande del Perú ya no es el APRA. Es el fujimorismo.

La crisis del APRA tiene varias fuentes, incluyendo el desastroso gobierno de 1985-90 y la crisis generalizada de los partidos. Pero quiero señalar dos problemas que son claves en 2014.

El primero es la extrema personalización del poder. Alan García es el líder del APRA desde hace más de tres décadas. La última vez que el APRA tuvo un candidato presidencial no llamado García fue (excluyendo el periodo autoritario, cuando García estuvo exiliado) fue hace un cuarto de siglo. El APRA siempre tenía liderazgos fuertes, pero su actual personalización es mucho más extrema. Se ha transformado en un instrumento personal de García, más parecido al fujimorismo, Perú Posible, y el PNP que el partido institucionalizado de décadas atrás. Su principal razón de ser ya no es competir en elecciones (compite cada vez menos en elecciones regionales y provinciales) sino defender a García. Las necesidades del partido se confunden con las necesidades de García. En 2011, por ejemplo, cuando García no podía ser candidato presidencial, el APRA, subordinando sus intereses a los de García, optó por no tener candidato.

La transformación del APRA en instrumento personal de García se vio claramente durante el gobierno de Humala. En vez de dedicarse a su labor parlamentaria o buscar buenos candidatos para las elecciones regionales y provinciales, el APRA se dedicó casi al 100% a defender a García. Sus mejores cuadros se convirtieron en escuderos. Pareció al fujimorismo de 2001-2007.

La dependencia del APRA en García es tremenda. Con él, los apristas sueñan con regresar a la presidencia. Sin él, son un partido de 4%. SEASAP se ha convertido en SEASAA (Solo el Alan Salvará al APRA).

Esa dependencia hace daño al APRA. Le quita vida propia. De hecho, la vida partidaria en el APRA está en peligro de extinción. No hay recambio generacional. En sus últimos años, Haya dijo que “el APRA tiene su mejor garantía de vitalidad y supervivencia en estas caudalosas corrientes de nuevas generaciones juveniles que están aumentando día a día nuestras filas”. Hoy, Alan García está en el otoño de su carrera política, pero las nuevas generaciones juveniles no se encuentran.

El segundo problema que enfrenta el APRA es la destrucción de su marca. El APRA siempre tenía una marca nebulosa y maleable. Pero a pesar de sus múltiples transformaciones y alianzas contradictorias logró mantener un perfil mínimamente coherente ante sus seguidores. Para un sector del electorado, ser aprista significaba algo. La marca de la estrella representaba algo popular y de algún modo progresista.

Las últimas transformaciones de Alan García han destruido ese perfil. A partir de 2006, García abandonó por completo cualquier vestigio popular y progresista que quedaba en el aprismo. Se convirtió en un político netamente conservador, abrazando al Grupo Comercio y adoptando el discurso del Perro del Hortelano. Y el APRA, reducido a un instrumento personal de García, no hizo nada para defender su marca. Como consecuencia, la marca aprista –ya debilitada– se diluyó por completo. ¿Qué representa el APRA hoy? Nadie sabe. Porque no representa nada. Un partido cuya marca ha perdido todo valor es un partido en peligro de extinción.

El éxito electoral de Alan García ya no significa el éxito del APRA. De hecho, si García vuelve a la presidencia en 2016, su partido –sin marca o vida propia– llegaría moribundo.

El APRA, entonces, enfrenta a un dilema difícil. Su suerte parece atada a la de García. Pero montar al Caballo Loco hasta el final podría hacerle un daño irreversible.

Dicen que el APRA nunca muere. Pero sí podría convertirse en un partido chiquito y marginal. En otras palabras, aunque no muera, el APRA pos-García podría enfrentar a un destino igualmente infeliz: la irrelevancia.

Cazadores de talentos

Viernes, 05 de diciembre de 2014 | 4:30 am

La reciente encuesta de GfK publicada por La República vuelve a indagar por la aprobación de siete líderes, cuatro de los cuales serán sin duda candidatos presidenciales el 2016. Los datos que ofrece el sondeo revelan limitadas capacidades de representación y una reducida plataforma desde donde partirán en una campaña electoral que desde ahora se anuncia con más pasajeros que las anteriores. Las cifras no son un buen punto de partida.

Salvo Luis Castañeda, que aumenta casi 20 puntos de aprobación, explicado por su reciente victoria electoral y las expectativas en su gestión, el resto de líderes conserva casi inalterable la aprobación de los últimos 18 meses. Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski muy por encima del tercio, 43% y 40%, respectivamente; Lourdes Flores, otra excepción, ha descendido del tercio a 27%, en tanto Alan García y Alejandro Toledo se sitúan alrededor del quinto, AGP con el 23% y Toledo con el 17%. GfK ha empezado a medir a César Acuña que obtiene 15%.

Los desagregados de las cifras son interesantes. Castañeda es aprobado de modo homogéneo en los sectores C, D y E, pero ofrece un bajón en los sectores A/B donde cae varios puntos. Sucede otro tanto con Keiko, con 10 puntos menos en A/B pero que sube en el sector D.

Al contrario, PPK es mucho más aprobado en A/B donde alcanza 51% pero cae en el sector D a 27%; sucede lo mismo con Lourdes que sube a 40% en A/B y baja a 17% en D. En cambio García y Toledo son un tanto más homogéneos en sus aprobaciones; el último solo cae ligeramente en A/B.

Se aprecia también significativas brechas entre Lima y las regiones. Líderes trajinados, dos ex presidentes, García y Toledo, obtienen un respaldo homogéneo en la capital y fuera de ella, y lo mismo sucede con Keiko, premiada por su activismo en las regiones y el efecto de su afán de construir un partido. En cambio, la brecha Lima/Regiones es alta en el caso de Castañeda (21 puntos), PPK (16), Lourdes (13).

La aprobación territorial es mucho más compleja y desafiante. Castañeda es débil en el centro, sur y oriente del país, en tanto Keiko es fuerte en el norte y sur, desmintiendo en su caso el antagonismo sociopolítico de estas zonas, aunque cae en el centro. PPK y Lourdes aparecen con bajas aprobaciones en el sur y en el oriente, mientras que a García le va mejor en el centro y sur, y no en el norte, confirmando la crisis del imaginario aprista del “sólido norte”, territorio donde Acuña trepa al 25%.

Estas cifras reflejan la baja implantación de un liderazgo nacional apto, confirmando lo que las elecciones del 5 de octubre revelaron, es decir, la ausencia de un voto nacional en medio de un país fragmentado políticamente. El análisis que pretendió argumentar que les va mejor a los líderes sin sus partidos debería ser revisado porqu e salvo en Lima, la suerte de unos está aparejada a la de los otros. Podría decirse que la campaña no ha empezado, aunque esto no cambia el fondo del asunto: salvo Keiko, los candidatos no parecen tener a la mano instrumentos propios para penetrar o regresar a las regiones.

Tampoco suenan liderazgos regionales de proyección nacional. El que está en lisa, Acuña, ha dicho que no postulará a la presidencia, y solo se rumora la del actual Presidente de la Región Moquegua, Martín Vizcarra, de modo que como en el pasado los líderes nacionales irán a la caza de los votos en las regiones con la cooptación de movimientos regionales y candidatos independientes, fagocitando al ya débil regionalismo.

Con el único “sólido” capitalino, esta caza será crucial y riesgosa; el reclutamiento de líderes regionales por líderes limeños tiene historia en los tres últimos parlamentos, cuando la mayoría de los pillados en falta fueron producto de arreglos políticos y financieros para vestir nacionalmente candidaturas capitalinas. En cualquier caso, este mecanismo de nacionalizar lo limeño tiene como consecuencias gobiernos débiles y parlamentos fragmentados que no logran representar o que pierden con rapidez la legitimidad de la representación.

Las opciones del Nacionalismo

Miércoles, 26 de noviembre de 2014 | 4:30 am

El nacionalismo no ha participado en las últimas elecciones subnacionales y está ausente en la foto final de la campaña. Al igual que los anteriores, el gobierno actual se ha abstenido de este tipo de elecciones por temor al efecto referéndum. Como consecuencia, se desconoce la fuerza relativa del PN de cara a la confrontación presidencial del 2016.

Los antecedentes no son halagüeños. Tanto Toledo como García terminaron sus gobiernos muy disminuidos. En las elecciones siguientes a su paso por Palacio apenas si pasaron la valla electoral y sus congresistas fueron un puñado. La situación del nacionalismo podría ser exactamente la misma, pero todo depende de cómo mueva sus fichas de aquí en adelante.

Por ello, parece clara la motivación del presidente Humala al declarar sobre la cloaca del fujimorismo. Significa el toque a rebato y el trazado de la cancha para iniciar la campaña política del nacionalismo frente al 2016. El estilo es tosco y mayor tolerancia sería bienvenida, pero siempre ha sido así y no debería llamar la atención.

Sucede que ni García ni PPK pueden enfrentar al fujimorismo, como ya lo hizo Vargas Llosa y ahora lo prolonga Humala. Tanto García como PPK comparten con Keiko el mismo campo del espectro. Entre ellos la lucha será feroz por ver quién queda al final del día. Pero, no pueden oponerse entre sí en forma cerrada, porque poseen muchos vasos comunicantes. Los círculos de estos tres candidatos están conectados a través del poder económico y el mediático.

Pero, desde el retorno de la democracia y como consecuencia del régimen de dos vueltas, las campañas presidenciales expresan a cada lado del espectro. Toledo vs García; García vs Humala; y Humala vs Keiko. Por más derechizado que se halle el país, se ve difícil que ambos contendores finales del 2016 corran en el mismo lado derecho del espectro. Es decir, Alan vs Keiko es poco probable, más seguro es que uno de los dos quede en el camino y tenga que enfrentar en segunda vuelta a quien represente el otro lado del espectro. Es decir, el rival saldrá del centro a la izquierda.

He ahí la oportunidad del nacionalismo. Su ideología es laxa y fluida. No se sabe si pertenece a la izquierda o a la derecha. En alguna ocasión ha dado origen al fascismo y en otras a los movimientos de liberación nacional anticoloniales. Entre estos extremos se puede mover y de hecho lo hace con soltura. Por ello, se puede hacer campaña dos veces por la izquierda, hasta llegar al poder y gobernar bien pegado a la derecha. Pero, igualmente puede volver a correrse a una postura cercana a la centro izquierda para la siguiente campaña electoral.

Aunque, todo dependerá del candidato que salga de Palacio. Dado el escaso peso de las estructuras partidarias, las listas se definen entre cuatro paredes. Así como ahora Humala traza la cancha, mañana la pareja presidencial elegirá sucesor. Ese momento será decisivo, porque si escogen mal entonces el nacionalismo correrá la misma suerte de sus antecesores. Pero, si su candidato posee carisma y tiene un lado del espectro para correr más o menos libre, entonces puede hacer una buena performance.

Quizá no ganar, pero sí colocar una buena bancada, que en realidad constituye el objetivo mínimo del nacionalismo, puesto que en estos años se ha hecho de tantos enemigos que debe temer un futuro congreso donde esté minimizado. Más aún si, como se rumorea, Nadine Heredia se lanza al Congreso, entonces una buena bancada sería posible con cierta comodidad y, de tener suerte, podrían llegar a segunda vuelta. Ahí todo es posible.

Pero, de la baraja de posibles presidenciables solo se perfilan Ana Jara y Daniel Urresti. El problema de la primera es que quizá no tiene el carisma suficiente. Por su parte, el segundo encarnaría una versión del autoritarismo populista de derecha, seguramente exitoso dado el elevado nivel de inseguridad, pero colocado en el mismo lado del espectro contra el cual Humala ha rayado el escenario.

El último salvavidas del PPC

Miércoles, 05 de noviembre de 2014 | 4:30 am


Así como la izquierda, otro gran perdedor de las últimas elecciones es el Partido Popular Cristiano, PPC; uno de los últimos partidos doctrinarios que venía sobreviviendo con dificultad y ahora afronta riesgo de extinción.

Nacido hace casi 50 años, el PPC es el partido clave de nuestra centro-derecha contemporánea; llegó al poder como socio menor de Acción Popular en los dos mandatos de FBT. Pero con candidatos propios ha perdido todas las contiendas presidenciales donde ha competido; tampoco ha superado su lejanía del interior, salvo su asentamiento exclusivo en Lima. Aunque, por el lado positivo, el PPC ha jugado un papel en la lucha por asentar nuestra precaria democracia política.

Si recordamos la campaña por la revocatoria de Susana Villarán para la alcaldía de Lima, encontramos al PPC partidario del “No” oponiéndose al triunfo de las mafias que asomaban detrás de los revocadores. ¿Qué hubiera pasado si el PPC conducía la revocatoria? Posiblemente ahora ocuparía la alcaldía. Entonces, ¿cuál fue la razón del PPC para defender a Susana? Su propósito no fue ganar votos para la siguiente contienda, sino conservar al régimen municipal dentro de ciertos cánones.

Es más, en esa campaña, el PPC fue clave porque movilizó los votos que necesitaba Villarán para salvarse, los que sacrificaron a Marisa Glave y al resto de regidores de izquierda. Si el PPC obtuvo su objetivo en la revocatoria, ¿a qué se debe su catástrofe en la municipalidad de Lima?

Para empezar, el PPC arrastra una larga lucha interna que lo carcome. En esta ocasión, esa pugna descalabró la apuesta inicial por Pablo Secada y al final el partido optó por Jaime Zea, un competente alcalde distrital a quien le quedó grande la competencia metropolitana. El inadecuado perfil del candidato fue consecuencia de malas decisiones provocadas por una persistente crisis interna.

Por su parte, la magnitud de esas pugnas no se debe al azar. En efecto, mientras una parte del partido piensa en conservar el régimen democrático, la otra intenta avanzar electoralmente. En el PPC histórico siempre hubo una confrontación entre ideólogos y pragmáticos, que han ido saliendo sistemáticamente de sus filas. La lista es larga y la encabeza Alberto Andrade, seguido por muchos, entre otros Borea, Koury y últimamente Heresi. Esta sangría ha debilitado profundamente al PPC alejando sus cartas de recambio para dejar solamente a Lourdes Flores como última figura carismática.

El conflicto interno actual que opone a los llamados renovadores contra el grupo del secretario general, Raúl Castro, es un remedo de los pleitos que genera, en este tipo de partidos, el moverse en dos planos distintos: la obtención de votos y la conservación de las instituciones republicanas.

Es la tesis de un penetrante estudio sobre el socialcristianismo latinoamericano editado por Mainwaring y Scully, quienes establecen la complicada situación de los partidos de centro en democracias inciertas, obligados a trabajar políticamente en esos dos terrenos; los cuales muchas veces son contrapuestos y, a la larga, ese doble juego los anula.

La situación actual del PPC es crítica. De las 2.000 alcaldías que estaban en juego solo ha obtenido 7 en Lima y otras 7 en regiones, un total de 14 a nivel nacional. Tiene muy poco y si el 2016 no supera la valla electoral pierde la inscripción y sale del escenario. Para salvarse requiere una alianza; por ello, Lourdes coquetea con García y ambos hablan de entendimiento.

Pero se ve difícil una coalición electoral con ese socio. Tanto Keiko como Alan se mueven en la derecha del espectro. Para ganar, ambos necesitan un pie en el centro y el PPC luce demasiado a la derecha. No suma a una alianza de ese perfil, obstruye.

Enfrentado a una dura prueba, al PPC solo le queda estar dispuesto, una vez más, a ser el socio menor de una alianza electoral, concebida esta vez no para llegar al poder, sino como salvataje partidario. Les ayudaría contar con el carisma de Lourdes.