Domingo 06 de Diciembre de 2015
Dos recientes elecciones —la de Mauricio Macri en Argentina y las legislativas que se realizan hoy en Venezuela— han generado mucha expectativa, porque son vistas como el inicio de una contraofensiva contra el “socialismo” o “autoritarismo” bolivariano.
Dos recientes elecciones —la de Mauricio Macri en Argentina y las legislativas que se realizan hoy en Venezuela— han generado mucha expectativa, porque son vistas como el inicio de una contraofensiva contra el “socialismo” o “autoritarismo” bolivariano.
Pero las dos elecciones son distintas. El triunfo de Macri es significativo (por primera vez en la historia argentina que la derecha ganó una elección democrática), pero no afecta al régimen político —porque no existe un “régimen bolivariano” en Argentina. Los Kirchner tenían un estilo combativo, pero no violaron la institucionalidad democrática. La Constitución y el Congreso se mantuvieron intactos. Ningún medio fue cerrado; ningún periodista o político arrestado o exiliado; ninguna manifestación reprimida. Y las elecciones fueron limpias: no hubo exclusión de candidatos, intimidación, o limitaciones en acceso a los medios. De hecho, la ONG norteamericana Freedom House califica a Argentina como “Libre” (Bolivia, Colombia, Ecuador y Venezuela son calificados como “Parcialmente Libres.) Las medidas económicas estatistas implementadas por los Kirchner no deben confundirse con medidas autoritarias. La Argentina kirchnerista pertenece al grupo de plenas democracias latinoamericanas (con Brasil, Chile, y Uruguay), no al grupo bolivariano.
Macri ganó las elecciones argentinas por dos razones principales. Primero, la economía argentina está mal. No crece desde 2013. Segundo, el kirchnerismo sufre el desgaste de 12 años en el poder. Gobernar por tres periodos quita reflejos políticos. Corrompe. Eventualmente, la gente se cansa. En Argentina, gran parte de la clase media apoyó al kirchnerismo hace una década, pero lo abandonó ante la creciente percepción de mal manejo económico, corrupción, y abuso del poder. Y Macri, que supo construir una amplia coalición opositora, la captó.
Dada la mala situación económica, el buen rendimiento (49%) del candidato oficialista, Daniel Scioli, es llamativo. Se debe, en parte, a la popularidad del gobierno. La aprobación de Cristina Kirchner—entre 40 y 50 por ciento— era una de las más altas en la región en los últimos meses: menos que Evo y Correa, pero más que Bachelet, Rousseff, Tabaré, Santos, Peña Nieto, Cartes, Maduro, y, por supuesto, Humala.
La popularidad de Cristina se debe, en parte, a las políticas redistributivas de su gobierno. Bajo el kirchnerismo, el salario mínimo se duplicó, todos los argentinos (formales e informales) tuvieron acceso a una pensión, y dos millones de familias pobres tuvieron acceso a un ingreso mínimo (gracias al programa Asignación Universal por Hijo). La tasa de pobreza cayó de 45% a 16%, el desempleo cayó de 17% a 7%, y el índice GINI (que mide desigualdad) cayó de 53.5 a 42.3. Estos avances ayudan a explicar por qué, mientras la elite liberal latinoamericana fue casi unánime en su apoyo a Macri, el 49% de los argentinos votaron por Scioli.
Las elecciones venezolanas sí podrían golpear al modelo bolivariano. El gobierno de Nicolás Maduro está arrinconado. Ante la desastrosa situación económica (recesión, escasez, inflación más alta del mundo), su aprobación cayó a 25% en noviembre (aunque parece que aumentó un poco en las últimas semanas). Y según las encuestas, la oposición ganaría hoy por una brecha significativa (entre 15 y 30 puntos), con lo cual obtendría —a pesar de la sobrerrepresentación de distritos chavistas— una sólida mayoría legislativa.
Para el chavismo, cuya legitimidad se basa en los triunfos electorales, una derrota aplastante —que revela al mundo su condición minoritaria— sería un golpe duro. Debilitaría a Maduro, alentaría la oposición, y podría provocar una crisis del régimen.
Pero Maduro no pudo cancelar las elecciones. Y tampoco podrá robarlas. El fraude es raro en América Latina. Solo es factible cuando la brecha entre gobierno y oposición es mínima, y aun así, puede fracasar (como en la República Dominicana en 1994). A pesar de todos sus abusos autoritarios, el chavismo no ha cometido grandes fraudes electorales, y con una brecha de 15-30 puntos, intentar hacerlo sería un suicidio político como en Serbia (2000) o Ucrania (2004).
Si el chavismo no puede cancelar o robar las elecciones, tendrá que perderlas. No sabemos qué haría después. Algunos creen que el régimen se caería a pedazos, con políticos y militares saltando del barco en masa. Otros creen que los líderes chavistas se volverían pragmáticos. Saben que el chavismo tiene futuro político más allá de Maduro (Chávez sigue siendo bastante popular). En vez de lanzar una guerra suicida, entonces, podrían negociar una convivencia con la oposición que incluye cierta liberalización política y quizás un referendo revocatorio que pone fin a Maduro (pero no al chavismo).
Tampoco sabemos cómo responderá la oposición. Algunos estarán dispuestos a negociar con el chavismo y seguir trabajando a través de los mecanismos institucionales. Pero otros buscarían la caída inmediata del gobierno, en una especie de “revolución democrática”. Eso sería peligroso, porque el chavismo cerraría filas ante una amenaza que —después de haber aceptado una derrota electoral— podría caracterizarse como golpista. Para el chavismo, sería su salvación.
Hasta antes que voten los venezolanos, todo es especulación, y si el repunte de Maduro en las encuestas es real, el gobierno podría salir de las elecciones mejor parado que esperábamos. Pero el fantasma de la derrota atormenta al chavismo.
¿La derrota del kirchnerismo (y posiblemente del chavismo) significa un giro a la derecha en América Latina? No necesariamente. Es un giro antioficialista. Durante la década del boom, con tasas de crecimiento de 7 u 8 por ciento, el oficialismo ganaba elecciones como nunca antes en América Latina. El partido de gobierno fue reelegido una vez en El Salvador y Nicaragua, dos veces en Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay, y la República Dominicana, y tres veces en Brasil, Colombia, y Venezuela.
Pero cuando las economías dejan de crecer, como ocurre hoy en América Latina, los gobiernos pierden apoyo. Y en países como Argentina, Brasil, y Venezuela, donde el oficialismo lleva más de una década en el poder, la caída es reforzada por el desgaste.
El efecto combinado de la crisis económica y el desgaste golpeará fuertemente a los oficialismos latinoamericanos en los próximos años. Y como la izquierda está en el poder en muchos países, será la victima principal. Pero pierde por ser oficialista, no por ser de izquierda. Los gobiernos no izquierdistas en Colombia, Guatemala, México, y Paraguay sufren tanto como sus pares izquierdistas.
El fin del boom no va a acabar con la izquierda latinoamericana. La izquierda seguirá siendo un actor político importante, capaz de ganar elecciones y gobernar. Pero si pone fin a los sueños hegemónicos de un sector de la izquierda. Para algunos, el boom generó la ilusión de poder gobernar para siempre. Pero los boom no duran. Y donde hay elecciones, tarde o temprano, todos pierden.
