sábado, 9 de mayo de 2015

Coalición de mayoría o suma de minorías

Miércoles, 06 de mayo de 2015 | 4:30 am

Al imponerse el neoliberalismo se debilitó la posición de la izquierda marxista, cuyo discurso estaba basado en los modelos revolucionarios nacidos de la revolución bolchevique. Luego de la caída del muro de Berlín, se redujo la influencia de las doctrinas y la izquierda apeló a sus reflejos, reclamando un Estado actor y regulador de la vida económica. Pero estos postulados no eran compartidos por la mayoría nacional, que después de la crítica experiencia de los setenta y ochenta quedó vacunada contra el estatismo.

Desde entonces, la izquierda ha sido minoría y viene perdiendo contacto con los sectores populares. En busca de espacio, ha ido sumando reclamos de diversas minorías, que son descartadas por el modelo neoliberal. Así, ha creído que sumando minorías se recuperaría la conexión con la mayoría.

De ahí proviene la especialización de la izquierda actual en los reclamos indígenas y también su marcado interés por el medio ambiente. Ambas son problemáticas que aluden a derechos de grupos afectados por el modelo, que se resisten a perder sus antiguas posiciones en el nuevo mundo que nos toca enfrentar.

Por un lado, el Perú de hoy es mayoritariamente mestizo, tanto en costa como en sierra, aunque existen comunidades indígenas serranas y selváticas significativas. No obstante, ellas constituyen grupos específicos frente a ciudades completamente mestizas. En realidad, la cuestión indígena hoy involucra directamente a grupos étnicos de la selva y a comunidades minoritarias en la sierra. Mientras que el resto del país es mestizo.

En términos políticos, el acento en derechos indígenas abre la puerta a una minoría valiosa y que debe ser incorporada, además representativa de nuestra historia como nación, pero que en sí misma no resuelve la dificultad para dialogar con la mayoría. Lo mismo ocurre con el medio ambiente. También es un asunto de minorías relevantes, pero que no se hallan en sintonía con la mayoría nacional.

Por ejemplo, en el tema minería las encuestas muestran una opinión pública favorable a la minería responsable, que se aleja de ambos extremos: minería a cualquier precio y rechazo total a la actividad. Pero también es cierto que hay grupos directamente afectados, como los agricultores del valle de Tambo, que con todo derecho temen que un tajo abierto al lado de sus chacras signifique polvo y agua contaminada que matará su modo de vida. Tienen razón, pero el resto del país preferiría alguna forma de conciliación, minería en ciertos sitios y bajo condiciones.

Entonces, volvemos a la cuestión inicial. ¿Sumar minorías permite recomponer el diálogo con la mayoría? La respuesta es no. Para forjar una coalición ganadora es necesario crear un sujeto político mayoritario. Caso contrario, la propuesta se diluye en intereses honorables, pero particulares y desarticulados.

Por ello las preguntas claves son quiénes componen la mayoría nacional y cuáles son sus contradicciones con el sistema.

Empecemos por las demandas.

La mayoría actual se siente atrasada por un grupito neo-oligárquico que toma las decisiones en su provecho. Bajo el neoliberalismo, el poder se ha concentrado y su mentalidad sigue siendo oligárquica. Los dueños piensan que pueden comprar a todo el mundo y tratan a los dirigentes sociales como echados, propensos a venderse, como acaba de ocurrir en el valle de Tambo. Asimismo, usan al Estado como su agencia particular, encargado de velar por sus intereses.

Por su parte, los tecnócratas que hacen política ignoran a las personas para adorar las cifras. Desde los 1990, los políticos han claudicado ante este tipo de tecnócratas; como consecuencia, el poder político exuda auto-suficiencia y su trato es olímpico y prepotente.

Por ello, la mayoría surgirá del rechazo al desprecio. Aún impera una horrible y antigua costumbre, “ser humilde con el poderoso y poderoso con el humilde”, quien se oponga consistentemente a esta norma cultural encontrará la voluntad de la mayoría de hoy.

Keiko y la Segunda Vuelta

Domingo, 03 de mayo de 2015 | 4:30 am

Ante la enorme ventaja que lleva Keiko Fujimori en las encuestas, muchos medios han declarado que “si las elecciones fueran hoy, Keiko sería presidente”. Pero eso sería cierto solo si las elecciones se llevaran a cabo en México, donde no hay segunda vuelta.
Es probable que Keiko salga primero en la primera vuelta electoral de 2016. Pero hay dos vueltas. Y saltar del 34 o 35% que tiene hoy al 50% necesario para ganar la segunda vuelta es, para Keiko, un enorme desafío.

Para un candidato polarizador como Keiko (querido por parte del electorado pero odiado por otra parte), la segunda vuelta puede ser fatal. Su núcleo duro de simpatizantes leales constituye un piso electoral que ayuda mucho en la primera vuelta. Llega a 30% o 40% del voto con facilidad. Pero es una espada de doble filo: el piso electoral viene acompañado por un techo.

Los candidatos polarizadores generan más anticuerpos que otros candidatos. Muchos se atrapan en un gueto electoral, y su triunfo en la primera vuelta se convierte en un segundo lugar en el ballotage.

En 1990, por ejemplo, Mario Vargas Llosa lideró las encuestas durante toda la campaña y ganó la primera vuelta con 33%. Su discurso ultraliberal fue muy atractivo para algunos, pero espantó a muchos más. El Fredemo se convirtió en un gueto liberal, y Vargas Llosa solo obtuvo 38% en la segunda vuelta.

Otro ejemplo es Ollanta Humala en 2006. Su campaña antisistema generó mucho apoyo en el interior. Ganó la primera vuelta con 31% del voto. Pero su radicalismo no le sirvió en la segunda vuelta. Con el boom económico, ya no había una mayoría a favor del cambio radical. Humala no se adaptó, y fue tildado de chavista –con mucho éxito– por Alan García. El electorado limeño se asustó y votó masivamente por García.

Los candidatos polarizadores necesitan una buena estrategia de segunda vuelta —un plan para ampliar a su coalición y matar (o por lo menos reducir) a sus anticuerpos.

Lula hizo eso en 2002. Eliminó toda referencia al “socialismo” de su plataforma, seleccionó a un empresario conservador como su vice, y lanzó una campaña electoral (“Lula paz y amor”) diseñada para no asustar a la clase media. Amplió su coalición y ganó.
Otro ejemplo es Ollanta Humala 2.0. Castigado por su radicalismo en 2006, Humala se adaptó en 2011. Abandonó su discurso antisistema, se distanció de Chávez, y adoptó una bandera que no asustaba a nadie (salvo a El Comercio): la inclusión social. Como la transformación de Humala empezó antes de la primera vuelta, su acercamiento al centro durante la segunda vuelta –Hoja de Ruta, alianza con Vargas Llosa– fue creíble. Fue tildado de chavista de nuevo, pero esta vez no funcionó.

Hoy PPK está construyendo una estrategia de segunda vuelta. PPK también es polarizador: es un economista liberal cuyos amigos (con apellidos como De la Puente Wiese) y color de piel (y de pasaporte) lo asocian más con la derecha pituca que con el votante promedio. Aunque su apoyo limeño podría llevarlo a la segunda vuelta, PPK sabe que su imagen de tecnócrata gringo no sirve para el ballotage. Y ya empezó a reposicionarse, contratando a Luis Favre, buscando aliados fuera de la derecha limeña, y hasta autoproclamándose “progresista.”

Keiko Fujimori es, por herencia, una candidata polarizadora. El fujimorismo sigue generando anticuerpos que hace difícil llegar al 50% del voto. Sí, Keiko obtuvo el 48.5% del voto en 2011, pero lo hizo contra un rival extraordinariamente defectuoso. Si Keiko no pudo llegar al 50% contra Ollanta Humala, es posible que no pueda contra nadie.

Keiko, entonces, necesita una estrategia de segunda vuelta. Las encuestas actuales sobre intención de voto en la segunda vuelta son inexactas. Subestiman las dificultades que tendrán el fujimorismo en el ballotage. Desaparecida la amenaza humalista, el fujimorismo-antifujimorismo será el eje dominante de la segunda vuelta. Keiko tendría que enfrentar una amplia coalición “republicana,” que abarca no solo izquierdistas y caviares sino también gran parte de la derecha. El apoyo del Grupo Comercio en 2011 fue un acto de desesperación, no de amor. Si el rival de Keiko en 2016 no es Humala sino un candidato de centro-derecha, el Grupo Comercio estará en el otro lado (junto con los caviares).

El resurgimiento del antifujimorismo beneficiaría a cualquier rival de Keiko en la segunda vuelta. Frente a Keiko, García se transformaría en un gran republicano –casi un caviar. Y PPK se transformaría en socialdemócrata.

Para Keiko, existen dos posibles estrategias de segunda vuelta. Una es la estrategia del centro: distanciarse del gobierno de su padre, dejar afuera la vieja guardia fujimorista que se niega a hacer una autocrítica (Martha Chávez), ampliar su coalición, incorporando actores históricamente adversos al fujimorismo (Rafael Rey y Hernando de Soto no son suficientes), y sobre todo, hacer un compromiso creíble con las instituciones democráticas y los derechos humanos –una Hoja de Ruta Democrática. En otras palabras, tendría que caviarizarse un poco. Keiko ha contemplado esta estrategia, pero es posible que la interna fujimorista –y sobre todo, Alberto– no lo permita.

La alternativa sería una estrategia populista. Keiko podría distanciarse de la elite limeña (que no la va a apoyar) y construir una coalición más popular y provinciana. Buscaría al ex voto humalista. Ese electorado no es necesariamente de izquierda, pero sí es antielite, antiLima, y estatista. Para ocupar el espacio humalista, Keiko tendría que adoptar un perfil más populista: apelar más al descontento en el interior, pelearse con el Grupo Comercio, hacer propuestas redistributivas, y sobre todo, prometer más y mejor Estado. Sería una vuelta al fujimorismo de 1990.

Hasta ahora, Keiko no se caviariza ni se populariza. Solo espera. Parece querer seguir la estrategia del Mudo: ganar sin decir (o hacer) nada, como acaba de hacer Castañeda en Lima.

No creo que funcione. Castañeda pudo callarse porque no tenía anticuerpos. Fue rechazado por muchos columnistas y politólogos, pero la gran mayoría de los limeños no tenía mayores problemas con él. Keiko tiene más anticuerpos, y por eso, tendrá que trabajar más para llegar al 50%. La estrategia del Mudo no basta.

El camino a 50% es largo. García y PPK ya se definen. Si Keiko no desarrolla una estrategia de segunda vuelta, quedará de nuevo en el segundo lugar.

La herencia velasquista

Miércoles, 29 de abril de 2015 | 4:30 am

Uno de los problemas políticos de las izquierdas es no haber procesado la herencia del gobierno de Juan Velasco. Cuando ocurrió, buena parte de la izquierda estuvo en contra, calificándolo como reformista o incluso fascista. Sólo el PCP le brindó un apoyo incondicional, del cual desconfiaba profundamente el resto de fuerzas. Ahora bien, pasados los años, el íntegro del pensamiento izquierdista ha aceptado acríticamente a Velasco.

Velasco tuvo poderosas razones, el Perú oligárquico era insoportable, incluso peor que el país neoliberal de nuestros días. La discriminación era muy cruda y el ascenso social estaba interrumpido. La elite era cerrada y se sentía blanca y civilizada, mirando con nariz respingada a 99 de cada cien compatriotas.

Mientras que ahora se ha ampliado la movilidad social y han aparecido numerosos contingentes de pequeños y medianos productores y nuevas clases medias. Ha reaparecido la oligarquía, pero licuada, precisamente por las reformas de Velasco. En la cúpula social, aunque algunos llevan el mismo apellido de antaño, en realidad representan una fase más avanzada del capitalismo.
A mediados de los sesenta, los problemas sociales reclamaban con urgencia una reforma, para la cual había consenso nacional. Los peruanos de entonces coincidían en reclamar reforma agraria y nacionalización del petróleo. Pero el esfuerzo del primer Belaunde terminó en un fracaso, extraviando la posibilidad de hacer las reformas en democracia.

Luego llegó Velasco dirigiendo un régimen militar que procedió como si el país fuera un cuartel. Por ello, Velasco estatizó todo lo que creyó necesario, imponiendo un estilo vertical. Ese fue el motivo para el rechazo de quienes en la época estuvimos en la oposición de izquierda. Éramos jóvenes y no estábamos dispuestos a aceptar que los uniformados fueran los únicos que podían decidir por el país. Rechazamos en bloque, cuando debimos haber distinguido. Pero lo peor es haber prolongado el error. Seguimos sin distinguir y hemos pasado de la negación a la aceptación total.

Así, recuperando al mejor Velasco, insistimos en reclamar reformas sociales contra la injusticia y discriminación. Pero, como lo hemos aceptado completo, sin entenderlo críticamente, desaprovechamos sus aportes y compartimos su estilo de imposición vertical; en nuestro caso, a partir de la movilización y sin confianza verdadera en el diálogo.

Asimismo, compartimos su ideal de un estado poderoso que posea empresas estratégicas y regule el negocio de todas las demás. Pero ese modelo se halla lejos de las expectativas del peruano progresista de hoy, porque el estatismo fracasó y el verticalismo no le gusta a nadie, por su carácter impositivo y discriminador, que menosprecia al que no piensa como uno.

Además, el neoliberalismo ha modificado la composición de clases. Así como encontramos una cúspide neo-oligárquica, también tenemos la reducción del proletariado y campesinado tradicionales, en beneficio de un enorme sector de pequeños y medianos propietarios, tanto en ciudad como en campo.

Son muy heterogéneos, pero junto a los trabajadores de siempre, constituyen amplia mayoría. Como sabemos, se sienten discriminados. El estrecho círculo de los poderes fácticos los ignora sin tomarlos en cuenta. Hay una fuerte reivindicación en curso que reclama contra un Estado que abusa del humilde y tolera a poderosos y comechados.

Pero la herencia velasquista íntegra no ayuda con las nuevas mayorías, porque los productores actuales desconfían del estatismo. Si queremos llegar a ellos debemos recuperar parte del discurso libertario, antes que insistir en reformar al Estado para dotarlo de mayores atributos.

Asimismo necesitamos asumir la democracia, en oposición a la tradición autoritaria. Busquemos soluciones a la vez que nos oponemos a las iniciativas abusivas de la neo-oligarquía. Si estamos en contra de Tía María, qué solución en positivo proponemos, y sobre todo, qué mecanismo democrático la haría viable.

El puesto de los santones

Miércoles, 22 de abril de 2015 | 4:30 am 

A dos años de la partida de Javier Diez Canseco, la Comisión de Constitución del Congreso ha dictaminado que su suspensión por 120 días violó el reglamento interno del parlamento. Era tal la voluntad de castigarlo, que sus enemigos incumplieron sus propias normas. Ello ha sido demostrado gracias a Javier Bedoya, quien desde el comienzo pugnó por un tratamiento acorde a ley. Ante ello, cabe preguntarse por las razones para el odio contra JDC.

Para empezar cuestiones políticas. Junto a un pequeño grupo de congresistas de izquierda, JDC fue el primero que salió de Gana Perú. Ahí comenzó a desgranarse la bancada del gobierno, que al comenzar este mandato disponía de una mayoría considerable en el Congreso. Como ya han abandonado ese barco muchísimos otros, queda claro que JDC no ha sido el artífice de esa sangría.
El problema se hallaba en Palacio. Para llevar adelante una bancada, máxime de coalición, sólo cabe reunirla periódicamente, trazar línea estratégica y demandar leyes coherentes con las políticas de los ministerios. Pero, si en vez de ello, se asume que la bancada debe obediencia a quien ha ganado las presidenciales, entonces se abandona la responsabilidad de conducción y el grupo parlamentario queda a la deriva.

De este modo, Palacio tenía rabia contra JDC por haber desnudado sus flaquezas, pero en vez de aprender persistió y ha acabado viendo retirarse a un tercio de su bancada original. El tándem Humala-Heredia creyó que castigando resolvía el problema de unidad de su bancada y por el contrario se encontró con una ola de renuncias.

La noche de la suspensión, el nacionalismo se alió al fujimorismo que tampoco estaba preocupado por la veracidad de la acusación: que JDC había defendido intereses particulares al presentar una ley sobre acciones de empresas. Hoy en día, esa misma bancada atraviesa un pequeño escándalo, porque uno de sus legisladores es dueño de una universidad y quiere modificar la ley vigente en beneficio de su empresa. Ahí no les preocupa lo más mínimo la incompatibilidad que los desgarraba la noche de la suspensión.
El odio del fujimorismo proviene de la labor política de JDC. Durante los noventa destapó una serie de casos de corrupción. Luego, una vez caído el régimen, presidió una comisión investigadora que acusó a personalidades del entorno íntimo de Alberto Fujimori. Esa era la razón detrás de su suspensión. Había que hacer pagar con la misma moneda a quien había tocado carne.

Ahora bien, otra pregunta clave es por la tenacidad de JDC para denunciar todos los entuertos y enemistarse con quienes abusan de sus posiciones de poder. Resulta que, los acontecimientos de su infancia lo hicieron emocionalmente empático con el sufrimiento. Luego, en la adolescencia racionalizó a través del marxismo, que proyectó su sentimiento personal a los sectores populares. Había encontrado su impulso vital.

Estando en la universidad, JDC se afilió a Vanguardia Revolucionaria. Al igual que otros, este partido estaba procesando un encuentro entre la juventud y el Perú profundo. Ahí se fundió la experiencia de miles de estudiantes universitarios, bien representados en la carrera de JDC, quien comprendió las condiciones de vida de obreros, pobladores y campesinos, distinguiendo con claridad a sus enemigos.

No le fue difícil reconocerlos, los había tratado desde su infancia. Por ello, sabía cuán tramposos pueden ser en un país mercantilista y clientelista como el nuestro. Desde entonces los buscó para enfrentarlos. Sabía quiénes eran y estaba listo para denunciarlos. Nadie más peligroso. Había que embarrarlo.

Esa acusación afectó sus últimos días. Él era orgulloso de su fuerza para dejar atrás sus privilegios sociales. Por ello, le era personalmente difícil aceptar una campaña periodística infame destinada a enlodarlo. Estando en esas murió y ahora que ha sido reivindicado por el Congreso, toca alegrarse por el país. Tenemos que aguantar tantos sapos, que los pocos santones deben ser tratados con respeto.

La división de las izquierdas

Miércoles, 15 de abril de 2015 | 4:30 am 

El ciclo de la izquierda latinoamericana registra una caída pronunciada en los noventa, y una recuperación casi general comenzando el siglo XXI. Ahora, a mitad de esta segunda década, ha comenzado nuevamente a declinar y se discute mucho sobre las dificultades del PT brasileño e incluso del socialismo chileno y del mismo Evo Morales. Sin embargo, hay excepciones y la peruana es una de ellas. ¿A qué se debe este desfase?

En primer lugar, la quiebra de la izquierda peruana fue más profunda, puesto que en otros países se conservó la relación con el movimiento popular organizado. Mientras que, entre nosotros, esa relación esencial se perdió durante los años noventa y no se ha recuperado. Por ello, las izquierdas latinoamericanas siguen pesando en función a su influencia en barrios, sindicatos y gremios. Todo lo contrario del caso nacional, donde las izquierdas trabajan poco en bases y se despiertan solo para participar en elecciones.

Esta diferencia es clave, porque en países vecinos las izquierdas en tiempo de retroceso electoral se refugian en sus bastiones y ahí se fortalecen para avanzar a la primera de bastos. En nuestro caso, en los últimos 25 años las izquierdas han ocupado los últimos puestos de las competencias electorales, salvo chiripazos como Susana Villarán.

Al carecer de bases organizadas no hay espacio para nuevas demandas ni surgen rostros nuevos. Así, el programa de gobierno es bastante abstracto siendo obra de profesores universitarios. Por eso, tampoco hay nuevos rostros, que requerirían bases organizadas, fuentes de candidaturas juveniles. Sin canteras no habrá renovación, ni programática ni aparecerá un nuevo personal.

El segundo factor es la violencia. A diferencia de todos los otros casos, salvo el colombiano, entre nosotros las izquierdas de los sesenta-setenta generaron grupos que practicaron la violencia armada, justo cuando el país regresaba a la democracia. Como recordamos, esa guerra fue especialmente cruel. La imagen y los símbolos de las izquierdas quedaron manchados a ojos de mucha gente, que los asociaron a la demencia política de querer alcanzar un mundo nuevo a punta de asesinatos.

En Colombia, las FARC superaron los años noventa sin ser derrotadas y ahora han emprendido el camino de la negociación. Mientras que, Sendero solo quiso conversar cuando ya estaba en la cárcel y su planteamiento sonó falso. Por ello, en Colombia hubo mayor espacio para la izquierda legal, incluso para quienes habían estado en el M19 y regresaron a la vida democrática, como por ejemplo el actual alcalde de Bogotá.

Por el contrario, en los ochenta peruanos, el zanjamiento de IU con Sendero y el MRTA careció de contundencia y fue tomado como ambiguo por parte de la ciudadanía. Posteriormente hubo un acomodo a la democracia sin un debate sobre el Estado democrático y las obligaciones de los ciudadanos de izquierda para sostenerlo. Simplemente hubo adaptación sin mayor reflexión crítica. Esa indefinición ha contribuido a la falta de renovación programática y al estancamiento de las ideas de izquierda sobre el país.

Finalmente, un tercer punto es la eficiencia de las autoridades izquierdistas electas. Nadie cree que Susana Villarán realizó una administración impecable, menos que Goyo Santos haya sacado Cajamarca adelante. Al revés, en el caso de Bolivia por ejemplo, donde es evidente que Morales ha realizado administraciones bastante competentes, que le han permitido permanecer largo tiempo en el poder. Así se renueva la confianza sin caídas espectaculares.

Por ello, no es tan grave la casi irremediable división de las izquierdas para las elecciones del 2016. Quizá alguno la haga, si consigue un candidato(a) potable. Por cierto, no falta electorado. Ahí está el tercio de Humala en las dos primeras vueltas anteriores; asimismo, el 50% que hoy no quiere votar por ninguno de los tres candidatos de derecha. Demanda no falta. El problema es la oferta, que requiere urgente renovación y ajuste de calidad.

¿El fin del giro a la izquierda?

Domingo, 05 de abril de 2015 | 4:30 am

Ante los graves problemas que enfrentan los gobiernos de Bachelet, Kirchner, Maduro, y Rousseff, muchos comentaristas prevén el fin del giro a la izquierda latinoamericano. La ola sin precedentes de triunfos izquierdistas que empezó con la elección de Hugo Chávez en 1998 se agota.

No todos los gobiernos de izquierda están en crisis. Siguen más o menos fuertes en Bolivia, Ecuador, El Salvador, Uruguay, y Nicaragua. Sin embargo, es probable que la izquierda sufra una serie de derrotas electorales en los años que vienen. Se iría primero en Argentina, donde ninguno de los candidatos presidenciales serios es kirchnerista (Macri, Massa, y Scioli son pragmáticos del centro o centro-derecha). Aunque no haya elecciones presidenciales cercanas en Brasil y Venezuela, Dilma Rousseff ha sufrido una fuerte caída de popularidad y podría enfrentar un juicio político. Y el gobierno de Nicolás Maduro está atrapado en un callejón sin salida.

Después de una década de triunfos sin precedentes, entonces, parece que la izquierda latinoamericana está perdiendo fuerza. La ola empieza a retroceder.

El retroceso de la izquierda tiene dos causas principales. El primero es el desgaste natural después de haber gobernado por tres o cuatro periodos presidenciales. Pocos partidos ganan más de tres elecciones presidenciales consecutivas (en EEUU, la última vez fue hace casi 70 años), y en democracia, casi ninguno gana más de cuatro. Después de tres periodos, los gobiernos pierden los reflejos políticos; se distancian de la gente, y muchas veces, crece la corrupción. Aun cuando no son muy corruptos (como en el caso de la Concertación en Chile), la gente se cansa. Tarde o temprano, el desgaste afecta a todos los gobiernos. Doce años (Argentina) o 13 años (Brasil) en el poder es mucho. Nada es permanente en la democracia. Nadie gobierna para siempre.

El segundo factor que debilita a la izquierda latinoamericana es el fin del boom de las materias primas. El tremendo éxito electoral de la izquierda en Brasil (reelecto en 2006 y 2010), Chile (reelecto en 2006), Venezuela (reelecto en 2006 y 2012), Argentina (reelecto en 2007 y 2011), Bolivia (re-electo en 2009 y 2014), Ecuador, (re-electo en 2009 y 2013), y Uruguay (re-electo en 2009 y 2014) fue facilitado por el boom económico que empezó en el 2002. El boom se acaba, y algunas economías han caído en recesión. Las crisis económicas –serias en Brasil y Argentina, infernal en Venezuela–generan descontento. Y los electores descontentos no suelen reelegir a sus gobiernos.

Es probable, entonces, que el desgaste natural y el fin del boom económico pongan fin al giro a la izquierda. El proceso ya está en marcha en Argentina y Brasil, pero llegará también a países como Bolivia y Ecuador. En política nada dura para siempre.
Pero la década izquierdista ha sido un tremendo éxito para las fuerzas progresistas latinoamericanas. Con la excepción del chavismo venezolano (que dejará el país en ruinas), los gobiernos de izquierda latinoamericanos dejarán dos legados positivos.

Primero, demostraron que la izquierda puede gobernar. La imagen de una izquierda incapaz de gobernar había estado ampliamente difundida en América Latina. Debido a los fracasos de Allende en Chile, Siles Suazo en Bolivia, el sandinismo en Nicaragua, y Alan García en el Perú, la izquierda regional estaba asociada con crisis fiscal, hiper- inflación y desgobierno.

Esa imagen cambió en los 2000. En Chile, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet gobernaron bien, espantando el fantasma de Allende. Lula gobernó bien en Brasil. Tabaré Vázquez y Pepe Mujica gobernaron bien en Uruguay. El FMLN ha gobernado bien en El Salvador. En Bolivia, las políticas macroeconómicas del gobierno de Morales han sido bastante responsables –y bastante exitosas.
Los gobiernos de Lagos y Bachelet, Lula, Funes, y Vázquez y Mujica destrozaron la imagen de una izquierda incapaz. En Brasil, Chile, y Uruguay, la tasa de crecimiento económico aumentó con los gobiernos de izquierda. Y según los Indicadores de Gobernancia del Banco Mundial, los tres países mejoraron en términos de rendición de cuentas, estado de derecho, y corrupción.

El segundo legado de los gobiernos de izquierda son las políticas redistributivas. La redistribución desapareció de la agenda pública en América Latina en los años ochenta y noventa. Quedó fuera del Consenso de Washington. Los viejos estados de bienestar –casi todos disfuncionales– fueron desmantelados pero no reconstruido, y la política social se limitó a las políticas antipobreza focalizadas.

La izquierda colocó el tema de la redistribución en la agenda. En Argentina, Brasil, Chile, y Uruguay, gobiernos izquierdistas aumentaron el salario mínimo, expandieron los sistemas salud y seguridad social, ofreciendo pensiones y seguro médico a millones de personas –informales, desempleados, y pobres rurales– que jamás los habían recibido, y mejoraron los ingresos de millones de familias a través de programas de transferencias condicionales. Las consecuencias de estos programas han sido enormes. En Brasil, 20 millones de personas salieron de la pobreza bajo el gobierno de Lula. Y el nivel de desigualdad cayó.

Aunque la pobreza disminuyó en toda America Latina, la economista Nora Lustig y sus colegas muestran que los gobiernos social democráticos en Brasil, Chile, y Uruguay lograron reducir la pobreza y la desigualdad más que en otros países.

El buen rendimiento de los gobiernos de izquierda se ve en los resultados electorales: entre 2000 y 2014, los gobiernos de izquierda fueron reelectos en 19 de 20 oportunidades (la única derrota fue en Chile en 2010, donde el candidato, Eduardo Frei, no era de izquierda). La izquierda ganó cuatro veces consecutivas en Brasil, tres veces en Argentina, Bolivia, Ecuador, y Uruguay, y dos veces en El Salvador.

Estos triunfos se deben, en parte, al boom económico. Pero también se deben a la democracia. Por la primera vez en la historia, la izquierda latinoamericana puede ganar y gobernar hoy sin golpes de Estado.

La izquierda no debe olvidar esta lección. El giro a la izquierda fue posible porque la consolidación de las instituciones democráticas abrió caminos al poder que no existían antes. Para la izquierda, apoyar a gobiernos (como el venezolano) que pisotean a estas instituciones sería sabotear a su propio futuro.