domingo, 1 de junio de 2014

Luis Carranza Ayarza


Miercoles, 28 de mayo de 2014 | 4:30 am 

La inesperada muerte de Fritz Du Bois permite recordar la carrera de Luis Carranza. Como sabemos, Du Bois fue el primer director de El Comercio fuera de la familia Miró Quesada en muchos años. Pues bien, Carranza había sido el último director antes de esa misma familia, excepción hecha del gobierno militar entre 1974 y 1980, cuando estuvo estatizado. El primero y el último guardan alguna semejanza que revisaremos.

Carranza era ayacuchano y quedó huérfano a edad temprana. Poco después se mudó a Lima y estudió en el colegio Guadalupe. En la capital, vivió en casa de una tía casada con el dueño original de El Comercio, el empresario chileno Manuel Amunátegui. Sus parientes carecían de hijos y prácticamente lo adoptaron.

A continuación, Carranza estudió en San Fernando y se graduó como médico. Vivió una temporada en Huamanga y retornó a Lima como congresista. En ese momento se produjo el relevo de Amunátegui, que dejó el periódico en manos de una sociedad formada por su sobrino Luis Carranza y José Antonio Miró Quesada, quien era panameño e importante periodista del diario. Para ello, formaron una empresa que inscribieron en la notaría Orellana. Corría el año 1876 y aún faltaba para la infausta Guerra del Pacífico.

Ambos socios compartieron la dirección más de dos décadas, hasta la súbita muerte de Carranza siendo relativamente joven, pues apenas frisaba los 55 años. Murió a una edad similar a la que tenía Du Bois al fallecer y en ambos casos a causa de males cardiacos.

Para ese entonces, Carranza había actuado intensamente en política; fue uno de los fundadores del partido civil y acompañó el gobierno de Manuel Pardo, cuando precisamente accedió a la copropiedad de El Comercio. Su ascenso a la cumbre de la sociedad parecía tranquilo, pero fue violentamente alterado por la guerra con Chile.

El Comercio fue cerrado por orden de Piérola y solo reapareció cuando se fueron los chilenos. Mientras tanto, Carranza estuvo entre los civiles que defendieron Lima y se retiró herido a Tarma. Ahí contactó con su paisano Andrés Avelino Cáceres y se incorporó a la Breña. Fue el publicista de la resistencia, dirigió el periódico El Perú y se dio maña para estar presente en varias batallas célebres. Por ello, al concluir los combates fue uno de los líderes de la reconstrucción nacional.

Junto a otros civilistas integró el gobierno de Cáceres, constituyendo el ala derecha del régimen, al promover la firma del contrato Grace, que abrió la economía nacional a la inversión extranjera. Ese contrato guarda semejanza con la reforma neoliberal de Fujimori, que igualmente privatizó la economía promoviendo al capital foráneo. Ambos procesos fueron muy controvertidos; aunque, quienes fueron directores de El Comercio, favorecieron la apertura y se situaron en la derecha política de su tiempo. Así, Du Bois y Carranza compartieron el mismo espacio político.

Carranza tuvo energía para dedicarle los últimos diez años de su vida a la geografía, queriendo extender el conocimiento físico del país y sus recursos. Fundó la venerable Sociedad Geográfica de Lima y era una persona llena de proyectos. De pronto falleció, generando una crisis de política institucional que José Antonio Miró Quesada resolvió a su favor, quedando como único dueño y director en solitario.

Por su parte, Du Bois no era accionista, sino simplemente “director” y su cargo era consecuencia de la decisión de la familia MQ de contratar un técnico para conducir el medio de prensa. Si siguen la ruta adoptada cuando desapareció Carranza, entonces los MQ volverán al control total. Pero podría ser el momento para insistir en dar un paso al costado y llamar de una buena vez a un periodista extranjero.

La muerte de Carranza fue ocasión para la primera fotografía publicada por El Comercio y con Du Bois el despliegue gráfico ha sido inmenso. La trayectoria de ambos guarda alguna semejanza por su ubicación, comenzando y culminando el largo reinado de los MQ sobre su periódico.

¿A dónde va el PPC?

Exitosa Diario: 27 de Mayo de 2014 

Es un gusto ver que un partido político actúe como tal y privilegie la democracia interna en sus filas. Una participación real –no fingida, ni pactada de antemano para hacer como si se cumpliera la ley y así se salvara el requisito– da vida, promueve el debate, refuerza y genera nuevos liderazgos.

Por eso hace bien el PPC en presentar candidaturas adversas en el proceso interno de buscar candidato a la Municipalidad de Lima. Es también un gusto ver que un partido político nacional, fiel a su razón de ser, proponga candidaturas en todo el país y no se abstenga de participar por cálculos de cúpulas taimadas por el terror a la muerte súbita. El abstencionismo político solo paga con la ocupación del espacio perdido. De ahí que los partidos nacionales casi desaparezcan fuera de Lima sepultados por el alud de votos de movimientos regionales sin representación nacional en el Congreso. En este punto cabe reconocer que el PPC no se achica y lanza sus candidaturas con valentía.

Sin embargo, ni la participación democrática interna ni la audacia política electoral ganan elecciones. Se aprecia el gesto en su valor para consolidar debilísimos partidos políticos, pero no asegura ningún triunfo. Por el contrario.

Es por eso que otros buscan soluciones pragmáticas y eficaces antes que institucionales y democráticas. El PPC va a unas internas en las que, cualquiera sea el ganador, la tendrá muy difícil en Lima. Ni Zea, ni Valenzuela –muy respetables personas– tienen el peso político de Lourdes Flores y aun ella no pudo ganar en una plaza que le estaba servida. ¿Cómo piensan hacerlo ellos? Ambos regidores pueden estarse mostrando para una futura aspiración parlamentaria pero es dudoso que esta competencia les sirva para algo más que eso. Hoy ambos son personas con un bajísimo nivel de recordación pública y –salvo que ingresen a un concurso farandulero– solo lograr ese reconocimiento inicial tarda años.

Nunca se sabe, pero no se entiende bien qué está haciendo el PPC. Si de lo que se trata es de consolidar su partido internamente, pues muy bien. Pero si lo que pretenden es ganar la provincia de Lima, andan muy desorientados.

La guerra por Lima


 Exitosa Diario: 21 de Mayo de 2014 

Todavía no ha empezado la campaña municipal limeña pero ya soplan vientos de guerra. Sin ningún candidato inscrito, las encuestadoras arriesgan nombres ante un electorado todavía lejano a una decisión definitiva el próximo 5 de octubre. Los primeros sondeos, tan lejanos de la verdad electoral final, arrojan como vencedor al ex alcalde de Lima Luis Castañeda Lossio con 49% (Ipsos). Lejos, muy lejos, lo sigue Susana Villarán tentando la reelección (como lo hicieron con éxito Belmont, Andrade y Castañeda) con un 7%. ¿Todo está dicho entonces?

Pues no necesariamente. Lo interesante de las encuestas –en esta etapa preliminar– está en leer la data desagregada. Castañeda está sólido en todos los niveles socioeconómicos pero tiene un impresionante 63% en el E. Susana Villarán tiene 0 puntos en el nivel más bajo pero aparece con un sorprendente 20% en el nivel A. ¿Por qué?

El modelo de desarrollo que Villarán ha privilegiado se fundamenta en grandes obras de infraestructura para la ciudad en asociación con la inversión privada. Cinco o seis ejes viales gigantescos y de larga maduración son obras que para la mayoría de limeños, poco informados, siempre correspondieron al Gobierno central.

El modelo de desarrollo de Castañeda privilegió la multiplicación de obras pequeñitas y veloces, por miles, las que debieron haber correspondido a los municipios distritales: veredas, escaleras, pistas, losas deportivas, postas, parques y una o dos obras “grandes” de largo aliento. La diferencia con el primer modelo es sustancial: su presencia para la ciudad es fugaz pero ataca de forma efectista y clientelista las demandas de los más pobres. Es evidente que el NSE A puede esperar más tiempo por obras públicas de mayor envergadura mientras que para el más pobre, es más difícil no priorizar la solución de lo inmediato.

Las próximas elecciones municipales –si los mensajes llegan adecuadamente– se centrarán en esas dos visiones. Obras grandes para una ciudad del futuro u obras pequeñitas, pero por cientos, para paliar la necesidad urgente del día a día. Ese debate, y el de la honestidad, llenarán nuestras discusiones y explican las actuales aprobaciones de ambos candidatos.

El APRA: 90 años


Miércoles, 14 de mayo de 2014 | 4:30 am 

Noventa años atrás, Víctor Raúl Haya de la Torre entregó la bandera de Indoamérica a los estudiantes de México, como parte de una ceremonia realizada en tierras aztecas, donde el fundador del APRA estaba deportado. El mismo Haya consideró ese acto como el nacimiento de su movimiento político. Bajo su conducción, el APRA atravesó tres etapas que veremos someramente.
El primer período corresponde al libro El antimperialismo y el APRA, en el que Haya plantea su propuesta de construcción de partido revolucionario y se ubica en la izquierda del espectro político. No analiza exhaustivamente al país, sino que se sitúa en la escena internacional y debate con las teorías históricas entonces vigentes. Estaba buscando un camino diferente al comunista, distanciándose de la Internacional por considerarla dogmática.
Esta etapa fue acompañada por la vía insurreccional. En realidad, el APRA practicó una combinación de caminos para acceder al poder, tanto el electoral como la conspiración en los cuarteles, formando grupos propios de acción armada.
Luego estalló la II Guerra Mundial y el APRA se ubicó con los aliados contra el eje nazi-fascista. En esa crítica coyuntura, Haya escribió un texto titulado La defensa continental, en el que ataca a Hitler sustentando su apoyo a los EEUU, basado en la política de “buena vecindad” practicada por el presidente Franklin D. Roosevelt. Según su parecer, no se trataba de un cambio del APRA, sino de una transformación positiva de la política exterior de EEUU.
Los acontecimientos de los años cuarenta impidieron un acercamiento entre el APRA y la oligarquía. La intolerancia fue muy elevada en el periodo de Bustamante y derivó en un baño de sangre y una nueva dictadura que duró hasta 1956. Hasta ese entonces, el APRA había vivido excluido del sistema; sus líderes habían envejecido fuera de la ley.
A continuación, Haya estuvo encerrado cinco años en la embajada de Colombia. El presidente Manuel Odría no quiso conceder el asilo que solicitó el país cafetero. En esa cuasi prisión, Haya escribió otro libro fundamental, titulado Treinta años de aprismo. Ahí, el jefe del APRA fundamenta el gran viraje que se produjo en 1956, cuando el PAP apoyó a Manuel Prado formando la llamada “convivencia”. Para ello, pactó con una fracción de la oligarquía, representada por los Prado, que se diferenciaba de los barones del azúcar porque era medianamente industrialista y defensora del mercado interno.
Esa orientación se prolongó durante los años 1960, cuando el APRA formó una coalición política con Odría, quien los había perseguido duramente unos años atrás. Ese pacto fue llamado “superconvivencia” y constituye el punto más a la derecha alcanzado por el partido en vida de su fundador.
Aparentemente, Haya había evaluado en forma exagerada la fortaleza de la oligarquía, creyendo que su poderío obligaba a ir paso a paso, aliándose con un grupo contra otro. Pero llegó Velasco y de un plumazo realizó la reforma agraria y las promesas contenidas en la etapa auroral del APRA.
El PAP entendió el cambio y no cuestionó las reformas. Su crítica a los militares fue por su condición de dictadura. Para aquel entonces, llevaba décadas practicando con persistencia el camino electoral. En efecto, el viraje de 1956 vino acompañado por un posicionamiento en el terreno de la democracia y el APRA no volvió a intentar un levantamiento.
Haya se diferenció de Velasco por el autoritarismo, pero no pidió revertir las reformas, las aceptó como inevitables y progresivas. No escribió un nuevo texto, pero su última etapa fue consagrada en la Constitución de 1979, que incorpora las reformas del gobierno militar y promete realizar derechos sociales desde el Estado.
Así, Haya empezó en la izquierda, viró a la derecha y terminó su larga vida política girando nuevamente, esta última vez en dirección a la centro-izquierda. Ello explica la victoria de Villanueva sobre Townsend y el perfil combativo del APRA comenzando los ochenta. Otros tiempos.

Un diálogo singular


Miércoles, 07 de mayo de 2014 | 4:30 am 

Al año de la partida de Javier Diez Canseco, Liliana y sus amigos lo hemos recordado desde los más diversos ángulos. Como no sobran muchos temas, pues he decidido volver a su juventud y tratar acerca de la cultura política de los años setenta.

Javier provenía de los medios universitarios y fue parte de una generación entregada a la izquierda, siguiendo la ruta abierta por mayo del 68, que se prolongó a nivel planetario. El marxismo en América Latina y específicamente en el Perú había vuelto a cobrar influencia como consecuencia de la revolución cubana. La primera generación izquierdista luego de esta reactivación corresponde a fines de los años 1950 y a ella pertenecen Ricardo Letts, Hugo Blanco, Carlos Malpica y Alfonso Barrantes, quienes fueron el puente con la segunda generación a la que perteneció JDC.

La primera hornada manejó dos grandes temas que se fueron imponiendo: reforma agraria y nacionalización del petróleo. Armados con esas banderas hicieron crecer a la izquierda, que en 1967 surgió con Malpica a la escena electoral, luego de las tomas de tierras de la Convención y las guerrillas del MIR y el ELN.

A continuación tuvimos al gobierno militar y las reformas estructurales de Velasco. La generación de JDC ingresa a la política en ese momento, en medio de la confusión generada por los militares. No se sabía cómo posicionarse. Oposición o apoyo: ese era el dilema.

La mayor parte de la primera generación izquierdista sostuvo a Velasco. Los líderes del PCP mayoritariamente pertenecían a ese grupo de edad y fueron los primeros en pronunciarse a favor. Luego, quienes formaron el PSR también integraban esa generación, diez o quince años mayor que JDC y sus pares.

Mientras que, la segunda hornada izquierdista fue radical y se opuso a Velasco desde la izquierda. Parecía una empresa quijotesca, pero dio resultado. Había reformas de todo tipo, algunas eran tibias y se hallaba espacio para oponerse exigiendo consecuencia. Asimismo, los militares eran autoritarios y no congregaban sino que ordenaban. Por ello, Velasco tampoco empató con la autonomía tan valorada por la generación izquierdista de JDC.

En los partidos setenteros, los universitarios se encontraron con jóvenes provenientes de diversos sectores sociales y de todo el país. Pero cada partido tuvo su especialidad, cada experiencia fue singular. Javier perteneció a Vanguardia Revolucionaria, que había sido formada en 1965 como núcleo fundamental de la llamada nueva izquierda. En este grupo se procesó una fusión particular con jóvenes campesinos. La reforma agraria tenía muchos huecos y VR logró una amplia audiencia en el campo. Es más, ganó una entidad de alcance nacional: la Confederación Campesina del Perú, CCP.

Esta institución había sido fundada en los años cuarenta por el PCP y luego acompañó la ruptura maoísta. El líder era Saturnino Paredes, quien finalmente perdió el control del gremio. En su reemplazo se levantó el liderazgo de VR y su primer dirigente nacional fue Andrés Luna Vargas, proveniente de Piura.

La reforma agraria de Velasco expropió a los terratenientes creando empresas asociativas, que dejaban fuera a las antiguas comunidades y no respondían al ansia individual de tierra que recorría el país. Ante ello, VR promovió invasiones y defendió el derecho de las comunidades.

Así, se hizo fuerte en los gremios campesinos donde se procesó una fusión particular, reuniendo jóvenes de dos sectores aparentemente no destinados a compatibilizar: universitarios y campesinos. Ese diálogo sembró una visión del país e insertó a JDC en un círculo de militantes que fue clave en su vida.

¿Se rompieron las jerarquías heredadas o simplemente se conversó? Pues depende de cada cual. Lo que puedo atestiguar es que Javier se esforzó por invertir el sentido común, siendo intolerante con los de arriba y dulce con los de abajo. Lo suyo fue oponerse a lo hegemónico, pugnando por construir un contra poder concebido como partido revolucionario.

Repensar la Reelección


Domingo, 04 de mayo de 2014 | 4:30 am 

El debate regional sobre la reelección presidencial –iniciado en 1993 por la reforma fujimorista– persiste. Hace pocos meses, Daniel Ortega –siguiendo el modelo de Chávez– impuso la reelección indefinida en Nicaragua. Se habla de una reforma parecida en Ecuador. Perú va por el sentido contrario: la reelección presidencial fue abolida cuando cayó Fujimori, y ahora, ante la vergonzosa situación en Áncash, se propone prohibir la reelección de los presidentes regionales. En estos casos, la reelección se asocia con un creciente autoritarismo. Pero en Brasil y Colombia, los presidentes buscan la reelección en 2014 en plena democracia.

¿Cuáles son las consecuencias de la reelección consecutiva? Los argumentos a favor son varios. Uno es que los gobiernos necesitan tiempo y continuidad para poder consolidar unas reformas importantes.

Para Fujimori, Menem, y Cardoso, fueron las reformas económicas; para Uribe, fue el proyecto de “seguridad democrática”; para Chávez, Correa, y Morales, fueron sus “revoluciones” (bolivariana, ciudadana, etc.)

Otro argumento a favor de la re-elección es que es más democrático. La no reelección limita las alternativas electorales. Si una mayoría del electorado quiere que el Presidente siga, prohibirlo sería antidemocrático.

Quizás el argumento más fuerte a favor de la reelección tiene que ver con la rendición de cuentas. Un Presidente, Alcalde, o Congresista que busca la re-elección deberá responder a las demandas del electorado. Tiene que producir resultados. Por lo menos, tiene que comportarse bien (evitar los escándalos de corrupción, etc.). Sin la reelección, los incentivos para representar al electorado, generar resultados, o simplemente no robar son más débiles.

El anti reeleccionismo –principio sagrado para muchos demócratas latinoamericanos– se basa en un argumento sencillo: los presidentes ejercen demasiado poder para permitir la reelección.

Históricamente, muchos presidentes latinoamericanos se han aprovechado de los recursos del Estado y manipulado las instituciones de estado (burocracia, poder Judicial, autoridades electorales, fuerzas armadas) para que jueguen en su favor. Estos abusos generan una enorme ventaja frente a sus rivales. Como consecuencia, la competencia electoral se vuelve desigual, y en casos extremos (Porfirio Díaz, Somoza, Stroessner, Balaguer), se consolida una dictadura.

Los datos parecen darle la razón a los anti reeleccionistas. Según el politólogo Javier Corrales, 18 de los 20 presidentes latinoamericanos que buscaron la reelección entre 1984 y 2013 fueron reelectos (los únicos perdedores fueron Daniel Ortega en 1990 y el dominicano Hipólito Mejía en 2004). Una tasa de re-elección de 90% sugiere que la competencia no es justa.

Además, la reelección parece asociada con el autoritarismo. De nueve países latinoamericanos donde se permitió la reelección entre 1990 y 2010, seis (Perú y la República Dominicana en los 1990; Bolivia, Ecuador, Nicaragua, y Venezuela en los 2000) cayeron en el autoritarismo competitivo.

Pero reelección no siempre debilita a la democracia. En Brasil, por ejemplo, los gobiernos de Cardoso (1994-2002) y Lula (2002-2010) fueron entre los más exitosos de la historia. Y dejaron la democracia más fuerte que nunca.

¿Por qué la reelección debilita la democracia en algunos países, pero no en otros? La clave es la fortaleza institucional. Donde existen instituciones democráticas fuertes, como un Congreso serio, poder judicial independiente, autoridades electorales autónomas, y un estado de derecho que se impone sobre los gobiernos, la reelección presidencial no daña a la democracia –y podría mejorar su calidad. Este ha sido el caso en EEUU, Brasil, y quizás Colombia.

Donde las instituciones democráticas –legislativas, judiciales, electorales– son débiles, la reelección sigue siendo un peligro para la democracia. Este es el caso en muchos países andinos y centroamericanos.

Paradójicamente, los países con instituciones capaces de sostener la reelección sin problema –Chile, Costa Rica, Uruguay– no la adoptan. La reelección suele adoptarse en países con instituciones débiles o en crisis. Muchas veces, ha sido impuesto por un autócrata que ya está en el poder (Fujimori, Chávez). En estos casos, la reelección es consecuencia, y no causa, del autoritarismo.

¿Se debe prohibir la reelección en las regiones peruanas? Parece obvio que sí. Las instituciones democráticas peruanas son débiles, sobre todo en el nivel regional. En Áncash, Callao, Tumbes, y otras regiones, los gobiernos han abusado masivamente del poder del Estado.

Pero abolir la reelección es el remedio equivocado a los males de la política regional. Como señala Paula Muñoz, pocos gobiernos son reelectos en el Perú. En 2006, solo dos de 25 presidentes regionales fueron reelectos; en 2010, solo seis fueron reelectos. Entre 2002 y 2010, entonces, solo el 16% de los presidentes regionales fueron re-electos, y ninguno fue reelecto dos veces. En el Perú contemporáneo, entonces, la idea de “caudillos” que se eternizan en el poder es un mito.

Prohibir la reelección regional tendría costos. Primero, la corrupción podría aumentarse. Sin la posibilidad de reelegirse, los presidentes regionales tendrían menos incentivo para cuidar su imagen. Podrían decidir llevarse todo lo que pueden en los cuatro años que tienen.

Además, prohibir la reelección debilitaría aún más la élite política regional. Una causa de la debilidad de la clase política nacional es la carencia de políticos regionales capaces de saltar al escenario nacional. En Argentina, Colombia, Brasil, México, y Venezuela, la clase política nacional se alimenta con políticos regionales exitosos. Muchos llegan a la presidencia. En el Perú, pocos políticos regionales son capaces de saltar al escenario nacional (Yehude Simon y César Villanueva intentaron y fallaron). Sin el ingreso de políticos regionales de peso, la clase política nacional es cada más empobrecida (dominada por ex presidentes e hijas y esposas de presidentes) y cada vez más limeña.

Prohibir la reelección haría aún más difícil la construcción de una clase política regional. Los políticos regionales necesitan experiencia. Tienen que construir alianzas y redes de apoyo. Son cosas que requieren tiempo. Bill Clinton estuvo cinco periodos como gobernador antes de ser Presidente.

Abolir la reelección regional es fácil, pero soluciona poco. La tasa de reelección ya es baja, y prohibirlo debilitaría aún más la clase política regional. Aunque cueste más trabajo, sería mejor fortalecer a las instituciones estatales nacionales (sobre todo, el poder Judicial) para poder controlar a los políticos regionales abusivos –pero dejar que los buenos políticos (y los hay) hagan una carrera en serio. La política nacional los necesita.

Ya es hora de subir la valla liberal


Exitosa Diario: 21 de Abril de 2014

No puedo leer otra cosa que no sea una suerte de resignación, aunque bien intencionada y con sentido de responsabilidad, en las declaraciones que hace Fernando de Szyszlo respecto del gobierno de Alan García, al que califica de intachable, o en las de otro liberal como Mario Vargas Llosa cuando en algún momento llegó a considerar impecable al gobierno actual.

Alan García no fue la reedición del desastre de su primer gobierno ni Ollanta Humala derivó al Perú hacia una esquina chavista, como se temía, eso es verdad, pero la pregunta que cabe es si acaso para los liberales eso puede ser suficiente y si debieran darse por bien servidos con que nuestros gobernantes no desbarren con estrépito.

Ningún partido o líder político hace suyas las banderas liberales. Es el caso de Humala, García hasta ahora no entiende de qué se trata, Toledo menos, Keiko sigue mirando hacia atrás, Kuczynski se asemeja más a un republicano norteamericano que a un liberal y el PPC es, desde hace tiempo, lo más cercano a lo que monseñor Cipriani fundaría si formase un partido político. Por ello es menester que la crítica liberal se acreciente.

Las cosas están maduras en el Perú para emprender por fin las reformas pendientes. Hay mucho por aportar desde la mirada liberal a problemas como la inseguridad, el desastre educativo, el calamitoso sistema de salud pública, la fallida regionalización, el sistema de justicia y, por cierto, hay una infinidad de cambios micro y macroeconómicos que es necesario alentar.

No es suficiente ni por asomo dejar que la economía se maneje en piloto automático o no ponerle freno de mano al flujo de inversiones, y no debería bastar, para obtener nota aprobatoria, que un gobernante llegue por elecciones y se vaya a los cinco años por la misma vía. La ilusión liberal no se puede saciar con ello, es menester elevar la valla de las exigencias.

No se trata de ponerse a la par de algunos loquitos fundamentalistas que se la pasan criticando a todos los gobiernos por no ajustarse ciento por ciento a los evangelios liberales, pero sí hay que recuperar el perfil crítico y empezar a dejar de lado ese sensato afán de ser guardianes del orden.

Unión cívico liberal

Exitosa Diario: 14 de Abril de 2014

En los primeros años post Fujimori, durante el gobierno de Paniagua y los primeros años de Toledo, a los que hoy se llama caviares se les denominaba cívicos (término que junto con el de “socialconfusos” fue creado por el recientemente fallecido Eduardo Calmell del Solar).

En esos tiempos, siendo director de Correo, lancé la idea de una alianza política entre ellos y algunos sectores del liberalismo. Esta suerte de unión cívico liberal era, claro, políticamente imposible. Eran tiempos erizados, donde se activó una maquinaria de “extirpación de ideologías” y todo aquello que sonase a libre mercado era inmediatamente vilipendiado y su portavoz convertido en candidato a ser inquilino de San Jorge.

Sin embargo, la posibilidad de que se uniesen la tecnocracia liberal organizada fundacionalmente alrededor del gobierno de Fujimori y la burocracia jurídica izquierdista surgida antes, pero resurrecta durante el gobierno de transición, era y sigue siendo una opción ideológica y políticamente interesante de pensar (con algunos matices es lo que Steven Levitsky ha bautizado como la “coalición paniaguista”).

El liberalismo es la argamasa que podría unir dos de los sectores políticos más modernos del país. A la derecha, la prédica liberal le otorga una vocación de cambio que la aleja del conservadurismo. A la izquierda le imprime un sentido de orden que la aparta del populismo.

Para ambas élites políticas, la democracia y la economía de mercado son casi motivo de consenso. Y ahora surge un nuevo punto de encuentro en el campo moral y en la defensa de su ejercicio individual libérrimo. No por casualidad, la movilización en favor de la unión civil y la despenalización del aborto en casos de violación son causas que han encontrado sentados alrededor de la misma mesa a connotados liberales como Mario Vargas Llosa y a progresistas de diversa laya.

Es muy difícil que esta “unión” vaya a cuajar en alguna estructura partidaria, aunque las mayores dificultades no reposen en las eventuales diferencias ideológicas que puedan existir, sino en que ambos sectores no tienen trayectoria partidaria y suelen ser grupos independientes o tecnocracias delivery de gobiernos que les parezcan aceptables. Pero igual, como alianza partidaria o como colectivo espontáneo para ciertas ocasiones, es saludable subrayar las coincidencias existentes entre dos sectores antaño enemigos irreductibles.

¿Estado laico por dónde?

Exitosa Diario: 05 de Abril de 2014

Cuando se produce la juramentación de nuevos ministros se coloca una Biblia en un mueble y se toma juramento en nombre de Dios (salvo que el ministro en ciernes exprofesamente pida lo contrario). Es una costumbre histórica que los mandatarios acudan a la catedral de Lima, a la misa del Te Deum en todas las Fiestas Patrias y en particular cuando se produce un cambio de mando. Últimamente se ha sumado la ceremonia de acción de gracias de las iglesias evangélicas.

Casi no hay inauguración de escuela, posta, vereda, pista o comisaría en donde la autoridad de turno no lleve a un sacerdote a que bendiga la obra por inaugurar. En todos los colegios públicos suele haber grutas y cruces, y se celebra misas. Se imparte el curso de religión en todas las escuelas estatales. Asimismo, en todas las universidades públicas se habilitan capillas y se colocan signos religiosos por doquier.

Las fuerzas armadas y policiales tienen capellanes, obispos castrenses y sacerdotes de auxilio permanente. La Policía tiene como santa patrona a Santa Rosa de Lima y los militares a la Virgen de las Mercedes. Se realizan paraliturgias en ceremonias castrenses por el Día de la Bandera o el combate de Angamos.

El presidente y el alcalde de Lima salen a saludar la procesión del señor de los Milagros desde los respectivos balcones presidencial y edil. Y en algunos casos, cargan el anda. Los feriados religiosos católicos son varios (Navidad, Semana Santa, Día de la Inmaculada, de San Pedro y San Pablo, Santa Rosa de Lima).

Se suele invitar a sacerdotes u obispos a mesas de diálogo de conflictos sociales. Inclusive, en la negociación de los rehenes de la embajada de Japón. Algunos sacerdotes o instituciones como Cáritas participan en organismos públicos o en instituciones de ayuda social.

En miles de parques se colocan grutas, vírgenes, cruces e imágenes de santos. En muchos también se celebran misas al aire libre. En todos los pueblos y ciudades del país se autorizan procesiones religiosas por vías públicas.

En países donde se ha establecido la laicicidad, muchas de estas prácticas no están permitidas. Queda claro que lo de Estado laico en el Perú es solo una etiqueta sin contenido.