Domingo 2 de Agosto de 2015
Quien sale segundo –después de Keiko Fujimori– en las encuestas presidenciales? PPK? Alan? ¡No! Según la última encuesta de GfK, “Blanco o Viciado” (17%) supera a Kuczynski (12%) y García (8%) en intención de voto.
Existe un alto nivel de descontento con la oferta electoral. Muchos peruanos no se sienten representados por ninguno de los principales candidatos. Son huérfanos electorales.
Hay dos grupos de huérfanos principales: (1) los ex humalistas, o los que votaron por Humala en la primera vuelta en 2011 y se sienten traicionados; y (2) los paniaguistas, o votantes del centro o centro-izquierda que valoran a la institucionalidad democrática y los derechos humanos y son alérgicos al fujimorismo (y, en menor grado, a García). Muchos paniaguistas votaron por Toledo en 2011, y en la segunda vuelta, casi todos votaron por Humala.
Sabemos poco sobre el destino del voto ex humalista. Según los datos que he visto, Keiko Fujimori parece bien posicionada para captarlo. Pero voy a enfocarme en el segundo grupo.
El electorado paniaguista no es muy grande. Concentrado en la clase media urbana, no supera el 15%-20% del electorado. Pero puede ser decisivo. Le dio el triunfo a Humala en el 2011.
Pero hoy los paniaguistas son huérfanos. Ninguno de los candidatos principales los representa. Jamás votarán por Keiko o Alan. Y ven a PPK como muy de derecha. Toledo, el mal menor de los paniaguistas en 2011, ha dejado de ser una opción seria.
Los paniaguistas tampoco se sienten representados por el oficialismo. Votaron por Humala en la segunda vuelta en 2011, pero sin amor. Y como muchos peruanos, quedaron muy decepcionados con su gobierno. Pocos paniaguistas votarán por un candidato nacionalista en 2016, y aun menos si el candidato es Urresti.
Los paniaguistas han estado esperando, con creciente ansiedad, el surgimiento de algo o alguien que pueda ocupar el espacio del centro democrático. Muchos hubieran apoyado a Gastón Acurio, pero su candidatura se quedó en la congeladora.
Una fuerza de centro-izquierda, que apela al Perú urbano con caras nuevas y una lucha frontal contra la corrupción, podría atraer votos paniaguistas. Susana Villarán y Fuerza Social podría haber sido esa fuerza, pero sus cuatro años en la municipalidad de Lima los dejó políticamente debilitados (si no muertos).
Las dos fuerzas de izquierda actuales no han podido captar al voto paniaguista. Por un lado, Tierra y Libertad ofrece poco al Perú urbano, donde viven los paniaguistas. Pesca en otro mar. Por otro lado, ÚNETE tiene ganas de movilizar al voto paniaguista, pero no tiene candidato. Sin un candidato viable, sus posibilidades son limitadas.
Hay dos outsiders que podrían apelar a los paniaguistas. Uno es Julio Guzmán, un joven tecnócrata que fue Viceministro de Producción y Secretario General de la PCM bajo Humala. Guzmán tiene el perfil paniaguista: un progresista moderado (de centro o centro-izquierda); es comprometido con la democracia y los derechos humanos y es honesto. Pero tiene un problema: es desconocido en el Perú (según una encuesta de Datum, el 86% de los peruanos no lo conocían). Ni los paniaguistas lo conocen.
Otro outsider es Miguel Hilario, un Shipibo-Konibo que nació en una canoa en la Amazonía y logró obtener un doctorado en Stanford. Hilario fue Presidente de la Comisión Nacional de Pueblos Andinos, Amazónicos, y Afroperuanos bajo Toledo. No es el Evo Peruano, sino un joven tecnócrata (trabajó varios años en el BID) ubicado más o menos en el centro del espectro político. Pero Hilario tampoco es conocido.
Guzmán y Hilario son outsiders de verdad: desconocidos, sin partido o aliados poderosos en el establishment, y con poca experiencia en la política peruana. Si llegan a despegarse un poco, dando un salto de 0.5% a 4 o 5% en las encuestas, podrían ser candidatos interesantes. Pero el electorado peruano es menos dispuesto a votar por un desconocido que hace 25 años. Hoy, ser un outsider de verdad es muy difícil.
Si Gastón no aparece y la izquierda y los nuevos outsiders no logran convertirse en fuerzas viables, muchos paniaguistas optarán —resignados— por PPK. Los peruanos son especialistas en buscar al mal menor. Y comparado con Keiko y Alan, Kuczynski es indudablemente el mal menor para el sector paniaguista. Con el apoyo paniaguista, PPK llegaría a la segunda vuelta.
Pero gran parte del electorado paniaguista podría votar en blanco o viciado. El nivel de frustración con la oferta electoral es altísimo. Según las encuestas, hasta la mitad del electorado dice que no quiere ninguno de los candidatos principales. Si las cosas no cambian, podría haber un voto de protesta importante en 2016.
No hay que subestimar las consecuencias de la orfandad política. En Argentina, donde el fracaso de la Alianza dejó huérfana a la clase media progresista que la llevó al poder en 1999 (La Alianza prometió un gobierno de centro-izquierda y menos corrupción pero mantuvo las políticas ortodoxas y sufrió un escándalo de corrupción importante), la clase media expresó su furia en las elecciones legislativas de 2001. El voto blanco o viciado subió a 24%: superó el voto de la Alianza en el nivel nacional y salió primero en Buenos Aires. Pocos meses después, esa misma clase media progresista protagonizó a las masivas protestas (“Que se Vayan Todos!”) que tumbaron al gobierno.
El Perú no es Argentina. Pero el caso argentino nos recuerda que la orfandad política puede tener consecuencias serias. Cuando parte del electorado percibe que ninguna fuerza política lo representa, puede perder la fe en el proceso electoral y optar por canales alternativas —como la protesta. La clase media peruana no ha expresado su frustración en la calle como en Brasil, Chile y otros países latinoamericanos en los últimos años. Pero eso puede cambiar, sobre todo bajo un gobierno fujimorista.
Nota aparte: no me parece mal que la oposición haya ganado control del Congreso. El gobierno, que no hizo ningún esfuerzo para mantener su bancada o construir coaliciones legislativas, mereció perderlo. Además, los políticos peruanos tienen que acostumbrarse al gobierno dividido. Es algo normal en una democracia presidencialista. Y en el largo plazo, el gobierno dividido fortalece el Congreso.
