El Frente Amplio ha recibido una lluvia de consejos –desde el establishment– sobre cómo actuar frente al nuevo gobierno. Casi todos aconsejan la moderación. Según Juan Carlos Tafur, por ejemplo, el FA debe “construir una opción reformista plenamente creyente en los parámetros de la democracia formal y la economía de mercado”. Los editores de El Comercio criticaron a los congresistas frenteamplistas por “exigirle (a PPK) que cambie la orientación del modelo”. Muchos columnistas –entre ellos, algunos progresistas como yo– siguen jodiendo por el tema de Venezuela, pidiendo una ruptura con el autoritarismo chavista. El FA no debería hacernos caso. La moderación no es la mejor receta para un partido recién nacido.
Construir un partido duradero es extremamente difícil. Casi todos los nuevos partidos mueren al poco tiempo. Según una investigación que hice con James Loxton y Brandon Van Dyck, solo 11 de los 307 partidos formados en América Latina entre 1978 y 2005 echaron raíces (ganaron por lo menos 10% del voto en cinco elecciones consecutivas).
Una lección que surgió de nuestra investigación es que la consolidación partidaria requiere una fuerte dosis de polarización y conflicto. Hay dos razones principales. Primero, los nuevos partidos tienen que construir identidades colectivas. Utilizando el término del politólogo Noam Lupu, necesitan establecer una marca, una imagen clara con la cual parte del electorado pueda identificarse. La mejor manera de construir una marca es polarizar, diferenciarse de los demás. Mantener una posición bien definida, apelando, quizá, a una minoría apasionada. Un programa moderado o borroso puede ser útil en tiempos electorales, pero no sirve para construir identidades colectivas. Un partido que no se distingue de los demás o que no parece representar nada no genera identidades fuertes (este es un problema que enfrenta el nuevo Partido Morado de Julio Guzmán. Guzmán puede ser un candidato atractivo, pero no sé si el partido, de perfil centrista, podrá establecer una marca).
Segundo, los nuevos partidos tienen que atraer militantes. Las organizaciones partidarias no se construyen solas. Son creadas y sostenidas por los militantes. Gente que se levanta temprano los fines de semana y hace proselitismo –sin sueldo– hasta que le duelen los pies. Pocos partidos nuevos tienen dinero para pagar a sus militantes. Y estando fuera del poder, tampoco pueden ofrecer puestos públicos. Lo que pueden ofrecer es una causa. Por lo general, las únicas personas dispuestas a hacer trabajo partidario sin sueldo o promesa de un puesto público son los creyentes, la gente motivada por una ideología. Nadie se levanta a las seis de la mañana, todos los fines de semana, para luchar por un proyecto moderado o pragmático.
Atraer militantes requiere, entonces, de una causa grande, de una lucha cuasi-religiosa: La revolución socialista en los años sesenta y setenta; la defensa de la Iglesia Católica en México en los años 1920 y 1930; el anticomunismo en Chile en los 70 o El Salvador en los 80. De hecho, muchos partidos duraderos nacen casi como sectas, compuesto por creyentes plenamente comprometidos con un proyecto muchas veces utópico.
Por lo general, entonces, los partidos ideológicos son más capaces de construir marcas y atraer militantes durante sus años formativos. No es casualidad que muchos de los partidos más fuertes de la historia latinoamericana surgieron de la guerra civil (Colorados y Blancos en Uruguay; Liberales y Conservadores en Colombia; PLN en Costa Rica, FMLN y ARENA en El Salvador), la revolución social (PRI mexicano; FSLN en Nicaragua), o periodos de movilización populista seguido por represión autoritaria (APRA, Peronismo, MNR en Bolivia, AD en Venezuela). O que casi todos los nuevos partidos que echaron raíces en América Latina en el periodo contemporáneo nacieran con un claro perfil de izquierda (FMLN, FSLN, PT, PRD mexicano) o derecha (ARENA, UDI).
El APRA, el partido más fuerte de la historia peruana, nació como una organización sectaria. Su surgimiento provocó una fuerte (y violenta) polarización en los años 30. El fujimorismo también surgió de la polarización. El fujimorismo no hizo ningún esfuerzo para moderarse o renovarse después de la caída de Fujimori. Se encerró en un gueto sectario, aferrándose a su líder exiliado y defendiendo lo indefendible: un régimen autoritario y extraordinariamente corrupto. Los fujimoristas se quedaron aislados bajo los gobiernos de Paniagua y Toledo, pero su lucha cuasi-sectaria ayudó a consolidar una fuerte identidad partidaria.
¿Cuáles son las lecciones para el FA? Siendo un partido recién nacido que busca consolidarse, tal vez no debe hacerle mucho caso a los que aconsejan la moderación. No es momento de moderarse. Es el momento de establecer una marca y construir una organización de base. La moderación no sirve para estos fines. Mejor sería hacer oposición. Principista. Radical. Luchar contra el modelo neoliberal. Pelearse con Cipriani. Y, por supuesto, hacerle la guerra al fujimorismo. ¿Y Venezuela? Muchos políticos y columnistas (entre ellos yo) seguirán pegando duro (¡Y con razón!) si el FA se niega a romper con el autoritarismo venezolano. Pero si el chavismo sigue inspirando a la militancia, tal vez le conviene mandarnos a la miércoles.
El Frente Amplio uruguayo, el PT brasileño, el FLMN salvadoreño, y el PRD mexicano siguieron una estrategia de oposición dura y principista durante sus años formativos. Perdieron elecciones pero echaron raíces, y eventualmente todos –menos el PRD– llegaron al poder. Se moderaron, pero después de consolidarse.
El fujimorismo también ha recibido una lluvia de consejos de moderación, de columnistas de izquierda, centro, y derecha. A diferencia del FA, debería hacerles caso. Fuerza Popular ya es un partido establecido. Tiene una sólida organización y una fuerte identidad colectiva. Ha echado raíces. El principal desafío de los fujimoristas no es construir una marca –ya la tienen– sino establecer su credibilidad, convencer a los peruanos de que no son matones o mafiosos, que pueden romper con su pasado y gobernar de una manera responsable y democrática. Han pasado 16 años y la mayoría de los peruanos todavía no les cree.
Para un partido de origen autoritario, la credibilidad no es fácil de generar. Los fujimoristas tendrán que salir de su gueto, mirar hacia afuera en vez de mirarse al ombligo, y empezar a actuar –todos los días– con moderación y responsabilidad. El banzerismo lo hizo en Bolivia en los años ochenta y noventa. El torrijismo lo hizo en Panamá. Pero al inicio del gobierno de PPK, los fujimoristas seguían en su gueto, exhibiendo la intransigencia –y la inseguridad– de un partido recién nacido. Se dispararon en el pie.



