domingo, 28 de agosto de 2016

Dos Caminos Opositores

Domingo 28 de Agosto de 2016

El Frente Amplio ha recibido una lluvia de consejos –desde el establishment– sobre cómo actuar frente al nuevo gobierno. Casi todos aconsejan la moderación. Según Juan Carlos Tafur, por ejemplo, el FA debe “construir una opción reformista plenamente creyente en los parámetros de la democracia formal y la economía de mercado”. Los editores de El Comercio criticaron a los congresistas frenteamplistas por “exigirle (a PPK) que cambie la orientación del modelo”. Muchos columnistas –entre ellos, algunos progresistas como yo– siguen jodiendo por el tema de Venezuela, pidiendo una ruptura con el autoritarismo chavista.

El FA no debería hacernos caso. La moderación no es la mejor receta para un partido recién nacido.

Construir un partido duradero es extremamente difícil. Casi todos los nuevos partidos mueren al poco tiempo. Según una investigación que hice con James Loxton y Brandon Van Dyck, solo 11 de los 307 partidos formados en América Latina entre 1978 y 2005 echaron raíces (ganaron por lo menos 10% del voto en cinco elecciones consecutivas).

Una lección que surgió de nuestra investigación es que la consolidación partidaria requiere una fuerte dosis de polarización y conflicto. Hay dos razones principales. Primero, los nuevos partidos tienen que construir identidades colectivas. Utilizando el término del politólogo Noam Lupu, necesitan establecer una marca, una imagen clara con la cual parte del electorado pueda identificarse. La mejor manera de construir una marca es polarizar, diferenciarse de los demás. Mantener una posición bien definida, apelando, quizá, a una minoría apasionada. Un programa moderado o borroso puede ser útil en tiempos electorales, pero no sirve para construir identidades colectivas. Un partido que no se distingue de los demás o que no parece representar nada no genera identidades fuertes (este es un problema que enfrenta el nuevo Partido Morado de Julio Guzmán. Guzmán puede ser un candidato atractivo, pero no sé si el partido, de perfil centrista, podrá establecer una marca).

Segundo, los nuevos partidos tienen que atraer militantes. Las organizaciones partidarias no se construyen solas. Son creadas y sostenidas por los militantes. Gente que se levanta temprano los fines de semana y hace proselitismo –sin sueldo– hasta que le duelen los pies. Pocos partidos nuevos tienen dinero para pagar a sus militantes. Y estando fuera del poder, tampoco pueden ofrecer puestos públicos. Lo que pueden ofrecer es una causa. Por lo general, las únicas personas dispuestas a hacer trabajo partidario sin sueldo o promesa de un puesto público son los creyentes, la gente motivada por una ideología. Nadie se levanta a las seis de la mañana, todos los fines de semana, para luchar por un proyecto moderado o pragmático.

Atraer militantes requiere, entonces, de una causa grande, de una lucha cuasi-religiosa: La revolución socialista en los años sesenta y setenta; la defensa de la Iglesia Católica en México en los años 1920 y 1930; el anticomunismo en Chile en los 70 o El Salvador en los 80. De hecho, muchos partidos duraderos nacen casi como sectas, compuesto por creyentes plenamente comprometidos con un proyecto muchas veces utópico.

Por lo general, entonces, los partidos ideológicos son más capaces de construir marcas y atraer militantes durante sus años formativos. No es casualidad que muchos de los partidos más fuertes de la historia latinoamericana surgieron de la guerra civil (Colorados y Blancos en Uruguay; Liberales y Conservadores en Colombia; PLN en Costa Rica, FMLN y ARENA en El Salvador), la revolución social (PRI mexicano; FSLN en Nicaragua), o periodos de movilización populista seguido por represión autoritaria (APRA, Peronismo, MNR en Bolivia, AD en Venezuela). O que casi todos los nuevos partidos que echaron raíces en América Latina en el periodo contemporáneo nacieran con un claro perfil de izquierda (FMLN, FSLN, PT, PRD mexicano) o derecha (ARENA, UDI).

El APRA, el partido más fuerte de la historia peruana, nació como una organización sectaria. Su surgimiento provocó una fuerte (y violenta) polarización en los años 30. El fujimorismo también surgió de la polarización. El fujimorismo no hizo ningún esfuerzo para moderarse o renovarse después de la caída de Fujimori. Se encerró en un gueto sectario, aferrándose a su líder exiliado y defendiendo lo indefendible: un régimen autoritario y extraordinariamente corrupto. Los fujimoristas se quedaron aislados bajo los gobiernos de Paniagua y Toledo, pero su lucha cuasi-sectaria ayudó a consolidar una fuerte identidad partidaria.

¿Cuáles son las lecciones para el FA? Siendo un partido recién nacido que busca consolidarse, tal vez no debe hacerle mucho caso a los que aconsejan la moderación. No es momento de moderarse. Es el momento de establecer una marca y construir una organización de base. La moderación no sirve para estos fines. Mejor sería hacer oposición. Principista. Radical. Luchar contra el modelo neoliberal. Pelearse con Cipriani. Y, por supuesto, hacerle la guerra al fujimorismo. ¿Y Venezuela? Muchos políticos y columnistas (entre ellos yo) seguirán pegando duro (¡Y con razón!) si el FA se niega a romper con el autoritarismo venezolano. Pero si el chavismo sigue inspirando a la militancia, tal vez le conviene mandarnos a la miércoles.

El Frente Amplio uruguayo, el PT brasileño, el FLMN salvadoreño, y el PRD mexicano siguieron una estrategia de oposición dura y principista durante sus años formativos. Perdieron elecciones pero echaron raíces, y eventualmente todos –menos el PRD– llegaron al poder. Se moderaron, pero después de consolidarse.

El fujimorismo también ha recibido una lluvia de consejos de moderación, de columnistas de izquierda, centro, y derecha. A diferencia del FA, debería hacerles caso. Fuerza Popular ya es un partido establecido. Tiene una sólida organización y una fuerte identidad colectiva. Ha echado raíces. El principal desafío de los fujimoristas no es construir una marca –ya la tienen– sino establecer su credibilidad, convencer a los peruanos de que no son matones o mafiosos, que pueden romper con su pasado y gobernar de una manera responsable y democrática. Han pasado 16 años y la mayoría de los peruanos todavía no les cree.

Para un partido de origen autoritario, la credibilidad no es fácil de generar. Los fujimoristas tendrán que salir de su gueto, mirar hacia afuera en vez de mirarse al ombligo, y empezar a actuar –todos los días– con moderación y responsabilidad. El banzerismo lo hizo en Bolivia en los años ochenta y noventa. El torrijismo lo hizo en Panamá. Pero al inicio del gobierno de PPK, los fujimoristas seguían en su gueto, exhibiendo la intransigencia –y la inseguridad– de un partido recién nacido. Se dispararon en el pie.

domingo, 14 de agosto de 2016

La autonomía de PPK: ¿es posible un gobierno de Centro?

Domingo 14 de Agosto de 2016

El Perú es en uno de los países más derechistas de América Latina. Cayó Fujimori hace 16 años, pero el modelo económico ortodoxo se mantuvo intacto. Tres veces los peruanos votaron por un candidato presidencial de centro o centro-izquierda, y tres veces ese candidato volcó hacia la derecha al asumir la presidencia. Como consecuencia, mientras otros gobiernos latinoamericanos (incluyendo Chile y Colombia) están diversificando sus economías e invirtiendo seriamente en las políticas sociales, en el Perú reina la ultra-ortodoxia de 1990.

Las causas del continuismo son varias. Algunos dicen que la transición de 2000-2001 fue incompleta, y que la Constitución de 1993—de origen autoritario—impide el cambio. No creo. El problema no es el régimen político, es el equilibro del poder.

La violencia y autoritarismo de los 80 y 90 generó un cambio profundo en el equilibrio del poder en el Perú. La izquierda electoral colapsó. Y la izquierda social —sindicatos, movimientos de campesinos, organizaciones estudiantiles, y otros movimiento sociales—se debilitó mucho.

La derecha, en cambio, se fortaleció en los 90 y 2000. La empresa privada creció dramáticamente, y como consecuencia, los empresarios lograron un nivel de auto-confianza e influencia no visto desde la época pre-Velasco. El grupo El Comercio y otros medios se convirtieron casi en voceros del sector privado: muchas veces parecen más interesados en defender a los empresarios que en informar al público. Y como muestran Alberto Vergara y Daniel Encinas, una generación de burócratas neoliberales que entraron al estado bajo Fujimori no solo se quedaron sino expandieron su presencia y su influencia en los 2000. Con el resurgimiento del fujimorismo y la derechización del aprismo y la Iglesia aumentó el poder político de la derecha.

Varios actores de derecha se convirtieron en una poderosa coalición de veto, utilizando una combinación de lobbying (presión informal) y bullying (rabietas públicas) para bloquear toda desviación del modelo ultra-ortodoxo. Toledo, García y Humala ganaron la presidencia con programas de centro o centro-izquierda, pero una vez en el poder, los tres giraron a la derecha. García se entregó a la derecha desde el principio, convirtiéndose en su mejor amigo. Humala era menos ortodoxo, y como consecuencia, sufrió más bullying. Enfrentó tremenda presión para mantener a Julio Velarde en el Banco Central y nombrar un ministro de Economía de derecha. Y Humala cedió. Desplazó a su propio equipo económico (mayoritariamente toledista) a favor de Miguel Castilla. Cuatro meses después, ante otra ronda de bullying, Humala optó por “Conga Va.” Y cuando Humala mostró interés en comprar activos de Repsol, la reacción de la derecha fue tan histérica y tan feroz—el presidente de CONFIEP dijo que el gobierno estaba encaminado hacia el modelo cubano—que el gobierno se rindió de inmediato.

El poder de veto de la derecha no es total, pero es impresionante. Comparado con otras democracias latinoamericanas, incluyendo países como Chile y Colombia, la influencia de la política—o sea, la preferencia del público —sobre la economía es mínima en el Perú. De hecho, la democracia peruana se aproxima al sueño de Pinochet: un régimen donde los tecnócratas manejan la economía sin tener que preocuparse mucho por las elecciones, la protesta, las demandas ciudadanas, u otros elementos de la democracia que “estorban” y causan “ineficiencia.”

Como consecuencia, el Perú mantiene una de las economías más ortodoxas de América Latina. En terminas de política social, por ejemplo, el Perú es una de las democracias más tacañas del mundo. El nivel de gasto público en salud, educación, y políticas anti-pobreza es uno de las más bajos de América Latina.

Ahora, después de 15 años de presidentes no derechistas que optaron—ante el poder de la derecha—por mantener el estatus quo económico, el Perú tiene un presidente propiamente de derecha.

¿Cómo gobernará PPK? Muchos esperan un giro a la derecha. Y de hecho hay señales de derechización en dos áreas importantes. En Producción, donde Piero Ghezzi creó el importante Plan Nacional de Diversificación Productiva, PPK ha nombrado a Bruno Giuffra, que no cree en la diversificación (en el clásico discurso noventista, lo describe como “dirigismo”). Y en el MIDIS, que hizo una inversión modesta pero significativa en políticas sociales, PPK ha nombrado a Cayetana Aljovín, amiga de Martha Meier (Villamarians rules!) que no cree en las políticas redistributivas.

Pero no tiene que ser así. Si PPK tiene la voluntad, su gobierno tendrá más capacidad que sus antecesores para implementar reformas que van más allá del neoliberalismo ortodoxo, reformas que aumenten el rol del Estado y el gasto público en educación, salud, infraestructura, seguridad, y política social.

PPK goza de un grado de autonomía que no tenían sus antecesores. A diferencia de Toledo, García y, sobre todo, Humala, no es vulnerable al bullying de la derecha. PPK es un economista distinguido con prestigio internacional. La comunidad internacional financiera y los inversionistas más importantes confían en él. Ni los burócratas neoliberales dentro del Estado ni los columnistas hayekianos que abundan en los medios tendrán un mínimo de credibilidad debatiendo con PPK. Los gritos histéricos sobre el chavismo y el modelo cubano, que funcionaron tan bien con Humala, ya no sirven. Protegido por su credibilidad como economista ortodoxo, PPK es poco vulnerable a las críticas de El Comercio, Jaime D’Althaus u Aldo Mariátegui. Contra PPK, los ataques ultra-liberales de Federico Salazar o Alfredo Bullard serán payasadas.

PPK, entonces, tiene la autonomía para adoptar políticas menos ortodoxas que las de sus antecesores—políticas que Humala no se atrevía a adoptar por temor de un linchamiento político. Podría extender el Estado. Aumentar el gasto público. Sería un poco como el Presidente estadounidense Richard Nixon cuando estableció relaciones diplomáticos con China. Mientras un presidente demócrata hubiera sido atacado por su “debilidad” ante el comunismo, Nixon, que gozaba de buenas credenciales anti-comunistas, era menos vulnerable a las críticas derechistas.

¿Pero PPK tiene la voluntad de adoptar políticas más “estatistas”? Es posible. Varios tecnócratas peruanos han concluido que son necesarias. Un ministro de alto perfil me dijo: “Soy economista ortodoxo. Pero estoy convencido de que el Perú necesita más Estado”. Y el propio PPK ha dicho —en público y en privado— que el Estado peruano tiene que gastar más.

El nuevo gobierno aún no decide qué camino seguirá. El camino de la derecha será mejor recibido por sus amigos. Pero si PPK opta por el camino del centro, la coalición derechista que emasculó el gobierno de Humala podría tener más dificultades con su viejo amigo. Si PPK tiene la voluntad, su gobierno tendrá más capacidad que sus antecesores para implementar reformas que van más allá del neoliberalismo ortodoxo, reformas que aumenten el rol del Estado”.

domingo, 31 de julio de 2016

¿Juegos infantiles o juegos internos?


El comportamiento del fujimorismo desde el 5 de junio ha sido una desgracia. Algunos actos, como negarse a saludar a PPK tras su triunfo, negarse a aplaudir tras su juramentación, y exigir –como condición para el diálogo– un pedido de disculpas por lo ocurrido en la campaña, han sido verdaderamente infantiles (durante mis 30 años como politólogo, jamás he visto un pedido de disculpas por cosas dichas en campaña). Parecen rabietas de un niño de primaria.

Peor que la intransigencia infantil del fujimorismo ha sido su macartismo. Calificar a los líderes del Frente Amplio de “terroristas” es un acto tan reprensible que merece atención especial. Todos saben que Verónika Mendoza, Marisa Glave, Marco Arana, y los demás líderes del FA no tuvieron nada que ver con la violencia de los años ochenta y noventa (Mendoza y Glave eran niñas), y que jamás en sus vidas han apoyado el uso de la violencia. Son militantes de izquierda, pero su militancia siempre ha sido pacífica y democrática. Seamos muy claros: ser militante de izquierda o tener ideas socioeconómicas radicales no es terrorismo. Es un derecho constitucional, aún bajo la Constitución impuesta por el fujimorismo. Llamar "terrorista" a gente que (obviamente) no promueve la violencia, sino ideas izquierdistas, es mentir de una manera deliberada.

Pero no es solo una mentira. Asociar el FA con el terrorismo, en una democracia precaria, con una historia reciente de terrorismo real es un acto de tremenda irresponsabilidad. Es, además, bastante antidemocrático. Si uno tilda a su rival político de “terrorista” está diciendo que no es un actor político legítimo. Los terroristas –los que usan la violencia contra civiles con fines políticos– son criminales. Deben ser encarcelados. Asociar a los frenteamplistas con el terrorismo, podría legitimar medidas antidemocráticas tomadas con fines de impedir su llegada al poder. Podría justificar la represión.

La intransigencia del fujimorismo parece poco racional. Ha erosionado su imagen pública. Según Ipsos, la aprobación de Keiko Fujimori cayó a 38% en julio, mientras su desaprobación subió al 53%. Entre un PPK conciliador (aprobación 56%) y un fujimorismo agresivo e intransigente, la mayoría claramente opta por el Presidente. Mientras tanto, los esfuerzos de Keiko para crear una imagen más seria, moderada y democrática están siendo aniquilados. El comportamiento de Fuerza Popular (FP) ha sido rechazado no solo por la izquierda sino por gran parte del establishment. La página editorial de El Comercio –bastión de la derecha– critica casi diariamente la irresponsabilidad de los líderes fujimoristas. Y Augusto Álvarez Rodrich escribió hace poco que el fujimorismo ha caído al “abismo del ridículo”.

¿Qué pasa? Gracias a nuestra ignorancia colectiva de la organización fujimorista (pocos científicos sociales hablan con frecuencia con fujimoristas), nuestra capacidad para explicar su comportamiento es limitada. Pero quiero proponer una posible explicación: con su intransigencia, los fujimoristas buscan mantener la unidad ante la crisis partidaria generada por su derrota.

FP entró en una severa crisis el 5 de junio. Demasiado confiados en su triunfo, los fujimoristas quedaron en shock tras su derrota. Perdieron en los últimos minutos del partido, gracias a sus propios autogoles (los líderes de FP culpan al gobierno, los medios, y a medio mundo, pero saben bien que ellos mismos perdieron la elección). Y no tenían un Plan B.
La derrota abrió varias heridas en el fujimorismo. Acabó con el sueño del regreso político de Alberto Fujimori, dejando al fujimorismo sin su principal razón de ser. Pero también les hizo cuestionar la estrategia renovadora de Keiko: Joaquín Ramírez y José Chlimper, dos líderes principales del fujimorismo keikista, se convirtieron en los malos de la película. La derrota produjo un cuestionamiento del liderazgo de Keiko y destapó conflictos internos que habían sido embotellados durante la campaña (el reciente pedido de indulto, por ejemplo, surgió por afuera de FP, y parece haber sorprendido a varios de sus líderes).

En un ambiente de crisis interna, los fujimoristas buscaron cerrar filas. Y la mejor receta para la cohesión partidaria es un enemigo común, una amenaza externa. Para FP, las amenazas y los enemigos no son difíciles de encontrar: el fujimorismo nació del conflicto violento con Sendero, y su resurgimiento durante los años 2000 fue acompañado por la creación de un poderoso mito de persecución (según el fujimorista Jorge Morelli, los fujimoristas eran “como los cristianos en Roma” bajo los gobiernos de Paniagua y Toledo), en otras palabras, el anti-izquierdismo y la victimización ante la “persecución” de los caviares son elementos fundamentales de la cultura fujimorista.

Priorizando la unidad partidaria, entonces, el fujimorismo se encerró en sí mismo. Volvió a sus raíces culturales. La lucha contra la izquierda y la victimización ante la “persecución” son sus fuentes principales de cohesión interna. Ayudan a reforzar la identidad fujimorista y reanimar una militancia que quedó golpeada y decepcionada tras la derrota.

Muchos partidos se encierran en sí mismos ante las crisis. Lo hizo, por ejemplo, el PRD mexicano tras la durísima derrota de López Obrador en 2006. Pero a diferencia de otros partidos derrotados, el fujimorismo controla el Congreso. Tiene responsabilidades reales. Las consecuencias de sus rabietas, entonces, son mayores. Está en juego la gobernabilidad democrática. Un fujimorismo intransigente, sumergido en sus propios mitos, podría hacer mucho daño. Podría paralizar al país, dañando la economía y el bien público. Podría hasta provocar una crisis institucional que ponga en riesgo la estabilidad democrática.

Los liderazgos partidarios operan simultáneamente en dos frentes: el interno y el externo. Si descuidan al frente interno, pueden perder la base o sufrir divisiones. Pero si descuidan al frente externo, o si no distinguen bien entre los mitos de la subcultura partidaria y la realidad, pueden cometer serios errores de juicio y terminar comportándose de una manera bastante irresponsable.

El fujimorismo, encerrado en sí mismo, está descuidando el frente externo. La estrategia podría ayudar a unificar el partido. Pero si se mantiene, haría daño al país. Algunos exabruptos infantiles eran de esperarse tras una dura derrota. Pero ya es hora de crecer. La democracia está en juego. 

Nota aparte:
Se acabó la presidencia de Ollanta Humala. Contra todos los pronósticos histéricos de la derecha, el gobierno de Humala respetó las reglas del juego democrático. No hubo golpe, ni autogolpe, ni reelección conyugal. Antauro se quedó en la cárcel. Los medios –muchas veces injustos con Humala– no fueron tocados. No llegó nunca el chavismo, el velasquismo, o la dominación cubana tan esperada por Cecilia Valenzuela. Varios periodistas nos aseguraron diariamente, por casi cinco años, que estas cosas iban a ocurrir. Por qué sus opiniones todavía son tomadas en serio es, para mí, un misterio.

viernes, 29 de julio de 2016

El Populismo Gringo

Domingo 17 de Julio de 2016

El surgimiento de Donald Trump sorprendió a casi todos los analistas políticos norteamericanos. Trump es un outsider y, salvo unos pocos héroes militares, ningún outsider ha ganado la presidencia norteamericana. Más estrella de reality que político, Trump es visto como payaso por el establishment estadounidense. Pero venció a 16 rivales en las primarias republicanas y se acerca a Hillary Clinton en las encuestas. La élite está en shock.

Para muchos latinoamericanos, sin embargo, el fenómeno Trump no es novedoso. Trump es un populista. Como Perón, Chávez, Fujimori, Bucaram, Correa, y Humala en 2006 (pero no en 2011), es un outsider personalista que moviliza a la masa con un discurso antielite y antiestablishment.

Primero, Trump es un outsider. No ha ocupado ningún cargo público. Nunca ha sido candidato a nada. En un país donde cada presidente elegido en los últimos 60 años ha sido gobernador, senador, o vicepresidente, un candidato novato es una rareza.

Segundo, Trump es personalista. No tiene propuestas claras. El programa republicano tiene tres elementos básicos: (1) mercado libre; (2) política exterior agresiva y militarista; y (3) defensa de los valores conservadores (pro-religión, antiaborto, antigay). Trump rompe con todos. No adhiere ni al libre mercado (es proteccionista), ni a una política exterior intervencionista (se opuso a la invasión de Irak). Tampoco se asocia con valores religiosos. El programa de Trump es muy ambiguo. Sus posiciones sobre el aborto, Irak, los impuestos, la reforma del sistema de salud, y la inmigración han cambiado dramáticamente. Pero eso importa poco, porque la campaña de Trump se enfoca en su persona, no en su programa. ¿Cómo resolver el conflicto con Rusia? Según Trump, basta que él hable con Putin. ¿El surgimiento de China? Él negociaría relaciones comerciales más favorables. ¿Cómo? Hay que confiar en Trump.

Finalmente, Trump es antiestablishment. Como Fujimori en 1990, Trump se peleó con casi todo el establishment. La élite republicana no lo quería. Los empresarios que financian al Partido Republicano tampoco. La derechista Fox News trató de derrotarlo. Pero el desprecio del establishment solo benefició a Trump. Se posicionó como el defensor del hombre común luchando contra una élite distante y corrupta. Y atacó a los políticos y los medios del establishment con una dureza poco vista. Los insultó. Los humilló. Y así conquistó el electorado republicano.

Como muchos populistas, Trump es autoritario. Viola las normas de la decencia. Insulta a sus rivales. Se burla hasta de sus características físicas. No se adhiere a las normas democráticas. Amenaza a los periodistas. Propone medidas anti-constitucionales. Alaba a dictadores como Mussolini, Putin, y Hussein. Y tolera, justifica, y hasta fomenta actos de violencia, incluyendo ataques físicos contra manifestantes en sus mitines de campaña.

Trump, entonces, es el candidato presidencial más populista que ha surgido en EEUU desde William Jennings Bryan en 1908. ¿Cómo explicar su éxito?

Algunas de las causas del populismo gringo son parecidas a las del populismo latinoamericano. Una es la desigualdad. El populismo es producto de la desigualdad, sobre todo cuando genera una amplia percepción de exclusión. El nivel de desigualdad en EEUU aumentó mucho en las últimas décadas. El índice GINI, que mide la distribución de ingresos, aumentó de 0,39 en 1968 a 0,48 en 2012. Esto se debe a políticas socioeconómicas derechistas y cambios estructurales que eliminaron progresivamente el trabajo manual bien remunerado. Se ha vuelto muy difícil mantenerse en la clase media sin estudios universitarios. Y la brecha entre la gente con y sin educación es cada vez más grande.

La nueva desigualdad ha generado un sector de clase media/media baja –sobre todo, hombres que antes trabajaban en el sector manufacturero– que se siente excluido. Muchos creen que la inmigración y el libre comercio les quitan trabajo y están destruyendo a su calidad de vida. Y como los republicanos y demócratas igual apoyan a la inmigración y el libre comercio, perciben (no sin razón) que la élite política los ignora. Esta es la base electoral de Trump (que, además de tirar bombas a los políticos, se opone a la inmigración y el libre comercio)

Pero el populismo de Trump también tiene características bien gringas. Se basa en dos nostalgias importantes. La primera es una nostalgia racista. Hace un tiempo, EEUU era un país dominado por blancos protestantes. Los blancos constituían la gran mayoría de la población y, gracias a la discriminación contra los negros y otras minorías, ocupaban casi todos los puestos políticos, económicos, y culturales más importantes. Ese mundo dejó de existir. Los blancos tradicionales, que eran casi 90% de la población en 1950, bajaron a 80% en 1980, 69% en 2000, y 62% en 2015. Dentro de tres décadas, las minorías serán mayoría. Y gracias a la lucha contra la discriminación, las minorías ocupan más posiciones de poder. Hoy, por ejemplo, el presidente es negro y no hay un solo blanco protestante en la Corte Suprema (hay 3 católicos; 3 judíos, una latina, y un negro).

Estos cambios han generado una reacción racista, sobre todo entre los blancos que viven en el interior y en pueblos pequeños. Como dijo el “trumpista” Jared Taylor, “los blancos tradicionales no quieren que sus barrios se vuelvan mexicanos”. Para muchos trumpistas, el eslogan “Take our country back” (Recuperemos a Nuestra Patria) significa recuperar a la patria de los negros, los judíos, y los inmigrantes.

El discurso populista de Trump apela a la nostalgia por un Estados Unidos blanco y protestante ya desparecido. Este elemento racista es la razón por la cual el populismo norteamericano es más derechista que el populismo latinoamericano.

La segunda nostalgia que fomenta el populismo de Trump es la nostalgia nacionalista. Hace medio siglo, los EEUU eran un poder (militar, económico, cultural) hegemónico. Volvieron a serlo brevemente en los años 90, con el colapso soviético. Pero en el mundo multipolar de hoy, EEUU se ha vuelto menos dominante. Sigue siendo una potencia militar y económica, pero ya no ejerce –ni volverá a ejercer– la influencia hegemónica que tenía décadas atrás.

Muchos gringos no aceptan este cambio. Crecieron con la idea de que EEUU debe imponerse al resto del mundo. Para ellos, la hegemonía gringa es el estado natural de las cosas. Cualquier desviación –no poder imponerse en el Medio Oriente o en China, por ejemplo– genera una sensación de pérdida y crisis. Y en una sociedad acostumbrada a exportar su cultura al mundo, los cambios culturales traídos por la globalización –nuevos idiomas, cine internacional, fútbol de verdad– son difíciles de digerir. Cuando Trump dice que los gringos “ya no ganamos”, y que bajo su presidencia EEUU “volverá a ganar”, apela a la nostalgia por un pasado hegemónico que no regresará más.

Subestimamos a Trump, porque no nos fijábamos seriamente en las fuentes del populismo estadounidense. Ahora enfrentamos el momento político más peligroso del último medio siglo. Los costos de un gobierno de Trump –para nuestra democracia, para nuestra sociedad, y para el mundo– serían altísimos.

domingo, 3 de julio de 2016

¿Partidos en el horizonte?

Domingo 03 de Julio del 2016

Perú carece de partidos políticos desde hace casi una generación. Un partido es una organización colectiva, un equipo de políticos que busca el poder a través de elecciones. Como muestra Mauricio Zavaleta, las organizaciones electorales que predominan hoy en el Perú no son partidos. Son listas electorales efímeras creadas por y para candidatos individuales. Son fachadas.

En el modelo de organización electoral predominante en el Perú, el líder es el dueño y el único candidato. El partido no es un equipo, sino una herramienta personal del candidato. Los “cuadros” partidarios son sus escuderos. Y cuando el líder no es candidato, su “partido” muchas veces no participa en elecciones. 

El modelo partidario actual surgió bajo Alberto Fujimori. Pero fue reproducido por sus sucesores. Perú Posible fue la herramienta personal de Alejandro Toledo. Cuando Toledo no era candidato, dejaba de existir (mientras él vivía en Stanford). PP no tuvo candidato presidencial en 2006 y no participó seriamente en las elecciones regionales en 2010 o 2014. Y con el fin de la carrera política de Toledo, se extinguió. 

El PNP es igual. Humala y Nadine Heredia son los dueños. Los demás nacionalistas solo sirven como escuderos, y como consecuencia, los mejores cuadros se fueron. El PNP no participó en las elecciones regionales de 2014 o en las presidenciales de 2016. Como PP, está camino a extinguirse.

Hasta el APRA empezó a aproximarse al modelo fujimorista bajo la segunda presidencia de García. Alan se transformó en (casi) el dueño del partido, y los demás apristas se convirtieron en sus escuderos. El APRA dejó de participar seriamente en las elecciones regionales y no tuvo candidato presidencial el 2011.

En la época pos-Fujimori, todos los partidos gobernantes dejaron de cumplir con su función más básica: postular candidatos en elecciones. Ni PP, ni el APRA, ni el PNP participaron en las elecciones presidenciales cuando su líder era presidente. Y PP y PNP dejaron de competir en las elecciones provinciales y regionales. 

A primera vista, la elección de 2016 parece haber generado más de lo mismo. El nuevo partido gobernante, Peruanos Por el Kambio (PPK) es una fachada creada para apoyar la candidatura de Kuczynski.

Pero surgieron importantes desviaciones del modelo fujimorista. El caso más claro es el Frente Amplio (FA). El FA es una organización colectiva. No tiene dueño. De hecho, su líder principal, Marco Arana (fundador de Tierra y Libertad, la base legal del FA), perdió una elección primaria, algo impensable en PP o el PNP. Los cuadros del FA no son escuderos sino políticos con voz propia. El FA no es un partido de masas. Pero es un equipo de políticos, y no la herramienta de uno solo. En otras palabras, es un partido de verdad. 

Las otras dos fuerzas que se desviaron del modelo fujimorista son Alianza para el Progreso (APP) y el propio fujimorismo (Fuerza Popular). APP y FP siguen siendo personalistas. Pero a diferencia de otros partidos, sus líderes construyeron organizaciones que van más allá de sus propias candidaturas. En vez de pasar los últimos cinco años en Stanford, César Acuña y Keiko Fujimori se dedicaron a abrir comités, reclutar a candidatos, y apoyarlos en sus campañas. 

A diferencia de sus rivales, APP y FP participan en elecciones en las que sus líderes no son candidatos. En 2014, APP postuló candidatos en 84% de las plazas provinciales, superando a todos los demás partidos. FP postuló candidatos en 55% de las provincias y 80% de las regiones. 

Esta inversión partidaria rindió frutos. En 2014, FP y APP fueron los únicos partidos nacionales que ganaron elecciones regionales (FP ganó tres regiones; APP ganó dos). Y en 2016, APP ganó nueve escaños en el Congreso sin candidato presidencial. Fuerza Popular tuvo un extraordinario resultado: 73 escaños. Algo que se debe, en parte, a su presencia en todo el territorio nacional. FP logró elegir por lo menos un congresista en cada región del país.

Paradójicamente, el fujimorismo podría generar un modelo partidario alternativo al modelo (también fujimorista) que predomina desde hace 25 años. El pobre rendimiento de Toledo, García, y el PNP sugiere que descuidar al partido tiene costos. Y el éxito de APP y FP sugiere que la organización genera beneficios. De hecho, varios futuros candidatos presidenciales -Barnechea, Guzmán, Mendoza- están pensando en construir organizaciones territoriales y participar en las elecciones regionales de 2018. Parafraseando al politólogo francés, Maurice Duverger, hay una especie de contagio desde la naranja.

De las tres fuerzas que se desviaron del modelo electoral fujimorista, el FA y FP tienen mayores posibilidades de consolidarse como partidos. Tienen militantes y cierta identidad colectiva. Pero sobre todo, sus candidatos principales son jóvenes y electoralmente viables. Los candidatos son claves, sobre todo en un sistema presidencialista. Ningún partido tiene éxito sin votos, y en el Perú, son los candidatos, y no los programas, que atraen votos. En términos de capacidad electoral, la diferencia entre Keiko Fujimori y Martha Chávez, o entre Verónika Mendoza y Marco Arana, es enorme. Con los primeros como candidatos, FP y FA compiten seriamente por la presidencia. Con los segundos, serían partidos marginales. 

Segundo, Keiko Fujimori y Mendoza son fuerzas unificadoras en sus partidos. Dada la historia de la izquierda desde 1989, muchos observadores esperan que el FA caiga víctima de conflictos internos en el futuro próximo. Lo dudo. Pueden haber rivalidades y conflictos, eso ocurre en todo partido. Pero el 19% del voto que ganó Mendoza la ha convertido en la cabeza indiscutida del FA y (casi) todos los frenteamplistas lo saben. Con Mendoza, el FA puede soñar con la presidencia. Sin ella, la izquierda podría volver sin dificultad al 2% de siempre. Ante eso, es muy probable que el FA se mantenga unido detrás de Mendoza. La situación de Keiko es parecida. Su capacidad electoral la hace imprescindible, y esto la convierte en una fuerza de cohesión partidaria.

Los líderes juegan un papel enorme en el destino de los nuevos partidos, sobre todo en un sistema presidencialista. Muchos de los partidos latinoamericanos más importantes tuvieron un líder dominante durante sus años formativos: APRA y AP en el Perú; AD (Betancourt) y COPEI (Caldera) en Venezuela; el PLD (Bosch) en la República Dominicana; el PLN (Figueres) en Costa Rica; el PT (Lula) y PSDB (Cardoso) en Brasil. 

A pesar de sus enormes diferencias, Keiko Fujimori y Verónika Mendoza son dos jóvenes políticas que combinan la capacidad electoral y la voluntad de construir un partido. Todavía no son Haya y Belaunde. De hecho, FP y el FA siguen siendo organizaciones bastante precarias. Pero son los proyectos partidarios más viables que han surgido en el Perú desde hace muchos años.

domingo, 19 de junio de 2016

El Futuro del Fujimorismo

Domingo 19 de Junio del 2016


Para Keiko Fujimori, la derrota del 5 de junio debe haber sido un shock. Keiko había dedicado diez años de su vida a la campaña presidencial y confiaba en triunfar. Subestimó el alcance del antifujimorismo y no entendió que su comportamiento –y el de sus aliados– ayudó a fomentarlo en la segunda vuelta. Con sus propios autogoles (y una asistencia de la DEA), el fujimorismo regaló el partido a PPK.

Según varios comentaristas, la derrota sería el inicio del fin del fujimorismo. Por ejemplo, Mario Vargas Llosa espera que el fujimorismo caiga en un “proceso de descomposición”, siguiendo el camino del sanchecerrismo, el odriísmo, y el velasquismo, que “se extinguieron sin pena ni gloria.”

Eso es fantasía. Como señala el politólogo Paolo Sosa, Fuerza Popular sigue siendo el partido más sólido del Perú. La identidad fujimorista es fuerte, y Keiko ha construido una organización extensiva en todo el país. El fujimorismo ha echado raíces. Es poco probable que desaparezca en el futuro próximo.

Otros analistas prevén una crisis interna y la posible fragmentación del fujimorismo. Algunos esperaban que Kenji –apoyado por Alberto– disputara el liderazgo de Keiko. Otra fantasía. Keiko tiene una carta clave bajo la manga: es la única candidata viable que tiene el fujimorismo. Kenji y los fujimoristas históricos son queridos por la base, pero no por el electorado general (500,000 votos del núcleo duro fujimorista te convierte en el congresista más votado, pero es una mera gota en un electorado de 20 millones). Keiko es la única fujimorista capaz de llegar a 50%, y los fujimoristas lo saben. Los fujimoristas quieren ganar. Mientras Keiko sea el único camino a una posible victoria, mantendrá su liderazgo.

Muchos analistas señalan que el bloque de Fuerza Popular podría romperse. La mayoría de sus congresistas no son fujimoristas, sino políticos locales jalados por Keiko. Sin lealtades fujimoristas, podrían convertirse en tránsfugas y fragmentar el bloque, como ocurrió con Perú Posible y el PNP. Tampoco me parece probable. Lo que busca la mayoría de los congresistas es un futuro político —la reelección o un puesto en un futuro gobierno. Keiko ofrece eso. Si Keiko señala que sigue en carrera para 2021, y si mantiene una buena posición en las encuestas, el bloque de FP se mantendrá más o menos intacto.

Otros sostienen que con su segunda derrota, Keiko se convirtió en la nueva Lourdes Flores —una eterna perdedora. No creo. Muchos políticos latinoamericanos han perdido dos y hasta tres elecciones antes de ganar la presidencia. Rafael Calderón perdió dos veces antes de ganar la presidencia en Costa Rica. Rafael Caldera, Salvador Allende y Lula perdieron tres veces antes de ganar. Entre los exautoritarios, Daniel Ortega perdió tres elecciones consecutivas antes de volver a la presidencia en Nicaragua, y Hugo Banzer perdió cuatro veces antes de volver en Bolivia.

Lo más probable, entonces, es que el fujimorismo se mantenga unido bajo el liderazgo de Keiko, y que Keiko sea una seria candidata en 2021. Los congresistas de Fuerza Popular, sabiendo que su futuro político depende de Keiko, cerrarán filas detrás de ella.

Pero si Keiko vuelve a postular, enfrentará varios desafíos. Uno es el persistente problema de la segunda vuelta. Para superar al 50%, Keiko tendría que moderarse de una manera más creíble. Sus esfuerzos en 2016 fueron insuficientes. Quiso mejorar su imagen sin enfrentarse con su padre y la vieja guardia. Como consecuencia, muchos peruanos concluyeron que los cambios fueron puro maquillaje.

Keiko puede culpar al “odio” o el “fanatismo” antifujimorista por su derrota —y tiene razón. Ese odio existe. ¿Pero de dónde viene? No fue inventado por La Republica, la izquierda o “No a Keiko”. Surgió como reacción al régimen criminal de su padre. A Montesinos. El Grupo Colina. Barrios Altos. La Cantuta. Los asesinatos de Huilca y Barreto. Las esterilizaciones forzadas. La compra de medios y los ataques contra los periodistas que no querían venderse. La “interpretación auténtica” y la serie de abusos institucionales que terminó en la vergonzosa elección de 2000. Y el robo de una extraordinaria cantidad de dinero.

El antifujimorismo sigue siendo un obstáculo electoral para Keiko. Si quiere ganar, será su responsabilidad, no la de sus rivales, combatirlo. Eso requiere una ruptura más creíble con el pasado —y posiblemente con su padre.

Pero los desafíos de Keiko van más allá de la mochila del viejo fujimorismo. Keiko ya tiene su propia mochila —la de Ramírez, Chlimper, y otros nuevos fujimoristas cuyo comportamiento ha reforzado la imagen del fujimorismo como una mafia autoritaria. En 2021, entonces, Keiko tendrá que distanciarse no solo del fujimorismo de 1990 sino también de varios fujimoristas de 2016.

Otro gran desafío para Keiko serán sus rivales. En 2011 y 2016, Keiko perdió ante rivales bastante débiles. Humala y PPK fueron malos candidatos. El 2021 no será tan fácil. Verónika Mendoza –novata, desconocida, y sin recursos en 2016– será más fuerte. Julio Guzmán –que podría haber ganado en 2016 si no hubiera sido injustamente excluido– estará de vuelta. Hasta el APRA podría presentar un candidato más serio (Cornejo). Es probable, entonces, que la segunda vuelta de 2021 sea mucho más difícil para Keiko que las anteriores.

Para ganar en 2021, entonces, el fujimorismo 3.0 tendrá que ser bastante superior al fujimorismo 2.0 (cuyo “bugs” son evidentes). Mucho depende de su rendimiento en el Congreso. La mayoría fujimorista podría hacerle la vida imposible a PPK, pero la necesidad de convencer a los peruanos de que no es una banda de delincuentes y matones crea incentivos para la cooperación. Con pocos aliados legislativos y poca capacidad política, PPK será un Presidente vulnerable. Pero al fujimorismo no le conviene tumbarlo. Para un partido que busca romper con su pasado autoritario, ser tildado como “golpista” sería un desastre.

Por eso, la línea dura adoptada por Fuerza Popular me parece un grave error. No saludar al nuevo Presidente y condicionar al diálogo en algo tan infantil como un pedido de disculpas (en mis 30 años de investigación sobre las democracias latinoamericanas, jamás he visto un partido exigir un pedido de disculpas de su rival por cosas dichas en la campaña) no son pasos hacia un fujimorismo 3.0. Son pasos hacia una crisis institucional que solo reforzará la imagen del fujimorismo como un grupo de matones que todavía no asimila las normas democráticas. Los fujimoristas necesitan unos días de descanso –ha sido una durísima elección. Deben salir de su trinchera y tomar aire. Van por mal camino –camino que no solo mina cualquier esfuerzo para construir una nueva imagen sino que también podría llevarlos a una crisis institucional que seguramente quieren evitar.

Fuerza Popular ha mostrado tremenda inmadurez política. Pero todavía hay tiempo. La oposición fujimorista que surge a partir del 28 de julio debe ser más pragmática y abierta al diálogo y la negociación. El destino político de Keiko depende de ello.

domingo, 5 de junio de 2016

Anatomía de una renovación fallida

Domingo 05 de Junio del 2016 

Después de su derrota en 2011, Keiko Fujimori reconstruyó su partido, fortaleciendo su organización y renovando su liderazgo. Percibió que el fujimorismo de 2011–representado todavía por “históricos” como Aguinaga, Chávez, y Cuculiza– estaba demasiado ligado al autoritarismo de su padre. Y decidió –aparentemente contra la voluntad de Alberto– excluir a la vieja guardia de la lista parlamentaria de Fuerza Popular. Reclutó a varias figuras sin pasado fujimorista (Galarreta, Alcorta, Huaroc, Vilcatoma) que, junto con los reclutas de 2011 (Becerril, Spadaro, Juan José Díaz, Joaquín Ramírez) y algunos viejos fujimoristas marginales (Chlimper), cambiaron el rostro del fujimorismo. De hecho, casi todos los miembros del actual Comité Ejecutivo de FP entraron al fujimorismo después de la caída de Alberto.

En términos de personal, entonces, Fuerza Popular se ha renovado. Comparado con el fujimorismo de 2006 y 2011, su dirigencia tiene menos vínculos con Alberto Fujimori, el régimen de los noventa, y los militares. Y como la mayoría de los partidos peruanos, está cada vez más compuesto por jales, tránsfugas, y novatos. 

Renovarse no necesariamente significa mejorar. Un cambio de personal genera la oportunidad de crear un partido más moderado o democrático, pero no garantiza nada. Mucho depende del carácter de las nuevas caras y de la estructura de poder interna.

La renovación fujimorista no iba a producir un partido plenamente desvinculado de su pasado. No iba a producir un partido liberal o progresista. Las transformaciones partidarias no son así: son lentas y siempre parciales. Siempre persisten rasgos del pasado. Sería absurdo, entonces, esperar un fujimorismo caviar. En el mejor de los casos, una renovación generaría un partido menos anclado a Alberto Fujimori y al autoritarismo de los 90. Menos revanchista e intolerante. Un partido que quizás nos disgusta, pero que no nos aterroriza. 

Aun tomando en cuenta estas advertencias, la renovación fujimorista ha sido un desastre. Las caras nuevas no mejoraron la imagen del partido. Siguen siendo asociados con la criminalidad. La lista parlamentaria–encabezada por Cecilia Chacon– incluía 18 candidatos con antecedentes judiciales y procesos en curso. Y según medios creíbles, el Secretario General de Fuerza Popular, Joaquín Ramírez, está siendo investigado por la DEA por lavado de dinero y narcotráfico. Hay fuertes sospechas, entonces, de que el principal financista del fujimorismo keikista es un criminal. 

Los nuevos fujimoristas tampoco son demócratas. Los líderes del fujimorismo renovado han mostrado reflejos bastante autoritarios. El personero legal de FP, Pier Figari, y el congresista Héctor Becerril llamaron “terroristas” o “primos hermanos de terroristas” a manifestantes antiKeiko. Estos reflejos –típicos del viejo fujimorismo– muestran claramente que la intolerancia persiste en FP. Peor aún fue el comportamiento montesinista (no hay otra manera de describirlo) de José Chlimper cuando buscó manipular a los medios con un audio adulterado. 

El fujimorismo de 2016, entonces, tiene muchas caras nuevas pero pocas manos limpias. Está menos vinculado al régimen de los noventa, pero no se ha purgado de elementos criminales, intolerantes, e irrespetuosos de las reglas del juego democrático. Como consecuencia, sigue siendo un peligro para la democracia.

Keiko podría haber limitado el daño de su fallida renovación. Como líder indiscutida de un partido personalista, podría haber intervenido para castigar y purgar a los nuevos fujimoristas que exhibían la mismas tendencias hacia la criminalidad (Chacón, Ramírez), la intolerancia (Becerril, Figari), y la manipulación montesinista (Chlimper) que la vieja guardia. Pero no lo hizo. Sea por debilidad o porque confiaba en ganar igual, dejó florecer la bestialidad del “nuevo” fujimorismo a la vista de todos. 

¿Cómo explicar esta renovación tan accidentada? Para muchos, el fujimorismo nunca cambió. La versión dura de esta perspectiva es que la vieja estructura del poder fujimorista sigue intacto: Alberto sigue mandando; no hay diferencia entre albertistas y keikistas; la renovación fue puro teatro. Otra versión es que la renovación de personal importa poco, porque la esencia del fujimorismo no cambia. La corrupción y el autoritarismo están en su ADN. (El fujimorismo ha hecho poco para desmentir este razonamiento.)

Pero hay otra explicación. Sin negar que la cultura fujimorista sigue siendo intolerante y abierta a la criminalidad, la renovación fujimorista enfrentó un problema adicional: una pobre oferta de nuevos políticos. 

La pobre oferta de políticos es un problema generalizado en el Perú. Gracias al colapso de los partidos, los políticos profesionales están desapareciendo. Los nuevos políticos no son militantes con experiencia y vocación pública. Son novatos, muchos de los cuales buscan fines particulares (como enriquecerse). El déficit de buenos políticos afecta a todos los partidos. FP no fue el único partido plagado con candidatos cuestionados: las listas de PPK, Guzmán, y Acuña eran iguales o peores.

Pero el problema de reclutamiento es mucho más grave para el fujimorismo, gracias al antifujimorismo. Todavía hay muchos políticos, tecnócratas, y empresarios peruanos que no quieren tener nada con el fujimorismo. Keiko ha trabajado de una manera incesante para reclutar políticos de buena imagen (según Martín Vizcarra, él fue uno de ellos). Pero ha tenido poco éxito. Para muchos, es cuestión de principios. Para otros, es cuestión de imagen. En el ámbito internacional, y en una parte del establishment peruano, pintarse naranja sigue siendo mal visto. 

Esto es un fenómeno importante. Los políticos peruanos se han convertido en tránsfugas permanentes, dispuestos a jugar con casi cualquier equipo. Pero aun en este contexto de promiscuidad partidaria, el fujimorismo sigue siendo una línea roja que pocos están dispuestos a cruzar. Varios políticos de peso buscaron nuevos hogares partidarios en 2016: Vizcarra, Villarán, Townsend, Bruce, Mora, Sheput, Villanueva, Tejada. Pero con la excepción de Vladimiro Huaroc (que quedó aislado y desprestigiado), solo los ultraderechistas (Alcorta) y los ultraoportunistas (De Soto) cruzaron la línea fujimorista

Ocurrió algo parecido con los empresarios. Los fujimoristas se quejan de que muchos empresarios no quieren financiarlos, que siempre prefieren a políticos más pitucos como Lourdes Flores o PPK. Por eso, tuvieron que buscar otras fuentes de financiamiento, incluyendo empresarios (como Ramírez) sospechosos de actividades ilícitas y con empresas “offshore” revelados por los Panama Papers.

La persistencia del antifujimorismo, entonces, ha tenido un efecto paradójico: pone límites al fujimorismo (que es clave para la democracia) pero al mismo tiempo inhibe su transformación. Esta “guetización” podría costarle la elección a Keiko. Pero si gana, el costo lo pagaría la democracia peruana.