El escandalito que usó el fujimorismo esta semana para embarrar a
sus colegas del oficialismo sirvió para dejar en claro un asunto grave:
nuestros congresistas no tienen ni la más remota idea de cuál es su rol.
La acusación fujimorista va por el tema de populismo clientelista
que los congresistas oficialistas practican a manos llenas. Llenas,
claro, con las incautaciones de bienes que hace Sunat, que, a su vez,
son asignadas a entidades del Poder Ejecutivo. En este caso, el
Ministerio de la Mujer adjudicó bienes a gobiernos municipales para su
reparto individual previa “gestión” y recepción de algunos congresistas
oficialistas. El ministerio y los aludidos han dejado bien en claro que
la donación no es al congresista (que está prohibido de recibirlas de
cualquier fuente) sino a diversas entidades del sector público que
empadronan a sus beneficiarios. Hasta aquí no hay delito ni falta
administrativa, aunque sí, como es obvio, clientelismo a cambio de
votos, y de la peor clase.
Sin embargo, siendo entrevistados acusadores y acusados, surgió una
línea ética bastante curiosa. Todos estaban de acuerdo en que era deber
del congresista “gestionar” regalos, dádivas, ayudas (llámese como
quiera) a favor de quien lo pida. La diferencia estaba, nada más, con la
plata de quién se hacía. Es decir, el sector acusador; lo que estaba
mal era únicamente el uso del recurso público. Pero si el recurso era
privado o, mejor aún, propio, pues muy bien. Parecía entonces que la
acusación al oficialismo era por no poner los regalitos en las manos de
los 130 congresistas por igual. La “democratización partidaria del
clientelismo”, por llamarlo de algún modo, como bandera de lucha.
¿Para eso está el Congreso? Pues ellos creen profundamente que sí.
Alguien les metió en la cabeza que el verbo “representar” significa
“gestionar” trabajos en el sector público, expedientes en el Poder
Judicial, obra pública grande o pequeña, escuelas, universidades,
parques y hasta semáforos. ¿Por qué? Porque esas son las cartas de
pedidos que reciben y en vez de dar un rotundo no, que es todo lo que
merecen, creen, engañando a la población y a sí mismos, que tienen que
tener un equipo de gente (pagada por nosotros) destinada a atender cosas
que jamás debe atender un congresista. No se diga nada sobre los
padrinazgos, Navidad del niño, chocolatadas y campeonatos deportivos.
Listar las estupideces que un congresista cree que tiene que hacer está
más allá de la dimensión desconocida.
¿Y quién legisla? ¿Quién hace control político? ¿Quién elige a las
autoridades que manda la Constitución? Legislar es la primera y más
demandante función de un legislador (¿no será por eso que los llamamos
así?). Exige conocimiento, criterio, orden mental, ética, capacidad de
argumentación, experiencia de vida, escuchar a las partes. Legislar es
pues una tarea para gente inteligente, estudiosa, dedicada, minuciosa.
¿Eso parece ser un bien escaso en la política de hoy? ¿No genera
interés? ¿No da portadas?
Legislar es una tarea que no puede ser delegada por el congresista
porque solo él puede votar. Nadie más. Esa es la verdadera
representación. 130 personas marcando sus votos en el nombre de 30
millones de personas. Con ese peso encima, con esa responsabilidad. Con
la gravedad que significa hacerle el balance correcto al Poder Ejecutivo
como tarea política central.
El desprestigio del Congreso está hoy en esto. Han olvidado lo
fundamental: quiénes son y qué es lo que juntos representan. No quieren
hacer docencia política y educar a su pueblo. Prefieren ir “gestionando”
y creen que ahí es donde van a ganar el favor de unos miles. No han
entendido que así es como ya perdieron el respeto de millones.


