domingo, 12 de mayo de 2013

El Consenso de Lima


 







La reacción limeña ante la noticia de que el gobierno evaluaba la posibilidad de comprar Repsol fue impresionante. No solo generó oposición sino histeria.  Una multitud de políticos y opinólogos salió a decirnos que Ollanta Humala –contra toda lógica– se había vuelto chavista. Insistieron en que Humala (¡por fin!) se había quitado el disfraz, y que iba a abandonar el camino moderado por el estatismo y una probable dictadura.  Alan García habló de una “maniobra chavista”.  El presidente de CONFIEP pronosticó el “comienzo de la transformación del Perú con un estado avasallador, prepotente, autoritario, como en Cuba”.  Hasta algunos columnistas que mantuvieron la calma durante la histeria de 2011 la perdieron en el caso Repsol, preguntándose qué pasaría si “Ollanta Humala decida ser, realmente, Ollanta Humala” y especulando sobre la posibilidad de un autogolpe.  
La rabieta colectiva funcionó. La propuesta de Humala quedó enterrada.  Como escribió Francisco Durand, “Hace tiempo que no veía una demostración de fuerza tan brutal”.
¿De dónde surgen estas rabietas colectivas? No creo que sean orquestadas por los medios o algunos empresarios.  Son bastante espontáneas. Pueden ser iniciadas por un puñado de empresarios y periodistas, pero tienen eco en una gran parte de la sociedad limeña.  
El Consenso de Washington perdió fuerza en América Latina en los años 2000, pero persiste un Consenso de Lima –y es más fuerte que nunca–. Una gran parte de la élite limeña adhiere –y fervorosamente– a un modelo económico ultraliberal.  Existe un nivel de fundamentalismo neoliberal que no se ve en otras partes.  Hasta en las economías más liberales de la región (Chile, Colombia, Costa Rica, Uruguay) se debaten medidas de intervención estatal (promoción industrial, regulación de capitales extranjeros, políticas redistributivas) que son una herejía en Lima.  Esta alergia a la intervención estatal no se limita a la derecha: se extiende al centro y hasta al centro-izquierda (¡la mayoría de los columnistas de La República se opusieron a la compra de Repsol!). Y no se limita a la élite: el Consenso de Lima abarca casi toda la clase media limeña y una parte significativa de los sectores populares.  Como escribe Carlos Meléndez, la amplitud del consenso probablemente se debe a la profunda crisis del estado (y del estatismo) de los 1980 –y la extraordinaria resurrección económica (bajo el modelo liberal) de los 2000.
El Consenso de Lima es potente.  Ejerce casi un poder de veto sobre la política económica. Desde la caída de Fujimori, ningún gobierno ha desafiado al Consenso de Lima o intentado gobernar contra ello. Alan García se olvidó por completo de su pasado social demócrata y abrazó la ortodoxia conservadora con fervor.  Nada de Lula o Bachelet: gobernó con las políticas económicas de Pinochet.  Humala, derrotado por el Consenso de Lima en 2006 y muy golpeado por ello en la primera vuelta de 2011, se adaptó también.  Cuando quiso formar un gabinete de centro o centro-izquierda (mayoritariamente ex toledista), chocó con el Consenso de Lima y terminó optando por un gabinete compuesto por gente que había votado por Keiko.  Durante dos años, cada indicio de un paso heterodoxo ha provocado una reacción histérica de parte de la élite política, económica, y mediática.  Como escribe Carlos Meléndez, Humala ha quedado “atrapado por el piloto automático instalado en la década de 1990…Existen tantos poderes de veto pro sistema, que cualquier desvío gubernamental es rectificado, con roche público o sin él.”
Para la derecha económica, el Consenso de Lima es el “garante” más efectivo de la continuidad –más efectivo que la Constitución de 1993, los poderes legislativos y judiciales, y Vargas Llosa–. Pero tiene costos también, sobre todo en términos de la representación democrática. El Consenso de Lima no representa una mayoría del electorado peruano.  De hecho, en las últimas tres elecciones, los candidatos que mejor representaban el Consenso de Lima (Flores en 2001 y 2006 y PPK en 2011) ni siquiera llegaron a la segunda vuelta.  Los que ganaron –Toledo, García, y Humala– lo hicieron con un programa de centro o centro-izquierda que prometía un cambio moderado. Sin embargo, por no chocar con el Consenso de Lima, los tres giraron a la derecha, optando por más continuidad y menos cambio.
¿Está mal eso? En términos democráticos, sí. Los que critican a Humala por “traicionar” su programa cuando habla de un “equilibrio” entre el estado y el mercado confunden (o quieren confundir) el programa de Humala con el programa de PPK. El centro liberal fue una pieza clave en la coalición humalista en la segunda vuelta, pero no fue la única.  Más grande fue el sector que estuvo con Humala desde la primera vuelta: los casi cinco millones de peruanos que votaron por la Gran Transformación.  Como presidente, Humala ha buscado el equilibrio entre los dos socios de su coalición.  Pero a veces el Consenso de Lima no lo permite.  Muchas veces, cuando Humala hace un esfuerzo para representar su base original, genera una rabieta colectiva en Lima y el gobierno retrocede. Los liberales económicos festejan, ¿pero qué nos queda de la representación democrática?
No existe un Consenso de Perú.  Fuera de Lima, hay más escepticismo sobre el modelo económico.  El electorado es menos liberal y más estatista. ¿Qué pasará si el Consenso de Lima se impone demasiado –si, como un niño malcriado, la élite limeña no está dispuesta a ceder en nada, y sigue exigiendo que Humala se adhiera al programa de PPK–?  Si crece la percepción de que una minoría limeña está minando la voluntad popular expresada en las urnas (ganó Humala, no PPK), ¿podría surgir un “Consenso anti-Lima” en el interior?    
Nota aparte: El caso Repsol también demuestra la fragilidad de la Coalición Paniagüista.  Cuando se trata de tocar el modelo económico, la Coalición Paniagüista se deshace como un merengue limeño en la boca (y el único paniagüista que queda es un solitario politólogo de Harvard).  Como han señalado varios de mis críticos, la Coalición Paniagüista es hija del Consenso de Lima.  Depende de ello. Solo funciona mientras no se toca el modelo.

La elección venezolana y la histeria limeña








La politóloga Barbara Geddes hizo una investigación ya famosa sobre la estabilidad de los regímenes autoritarios. Encontró, entre otras cosas, que pocos regímenes personalistas sobreviven después de la salida de su líder fundador. De 51 regímenes personalistas que existieron entre 1945 y 1998, solo cuatro duraron después de la muerte del autócrata.
El gobierno de Nicolás Maduro, heredero de un régimen personalista, empezó mal. Hizo una pésima elección el 14 de abril. Hace seis meses, Hugo Chávez le había ganado a Henrique Capriles por 11 puntos. Y pocas semanas antes de la elección, Maduro –gracias a una ola de simpatía generada por la muerte de Chávez–aventajaba a Capriles por 15-18 puntos en las encuestas. Las condiciones electorales fueron injustas: Maduro tenía más recursos, más acceso a los medios, y las instituciones del Estado –incluyendo las autoridades electorales– de su lado. Y casi perdió. Su campaña fue un desastre. En vez de presentarse como un nuevo líder capaz de enfrentar los problemas del país, Maduro hizo una campaña marcada por el realismo mágico: envió globos a Chávez al cielo; dijo que Chávez –desde arriba– había influido en la selección del Papa, y que Chávez lo había bendecido a través de un pajarito. (Según el politólogo Javier Corrales, Maduro mencionó a Chávez 6.600 veces en la campaña.)
Maduro salió de la elección debilitado. Y como suelen hacer los gobiernos autoritarios debilitados, respondió a la protesta opositora con represión: se negó el reconteo de los votos, prohibió una marcha opositora y preparó el arresto de Capriles. Peor que Fujimori en 2000. Aun si la elección no fue robada (no he visto evidencia de fraude significativo), estos abusos poselectorales demuestran, de nuevo, el carácter autoritario del régimen.
 Que la elección venezolana haya polarizado a los venezolanos no sorprende. Más llamativas han sido las reacciones peruanas. Para los que simpatizan con el chavismo, las protestas poselectorales constituyen un “golpe de derecha” y el gobierno estadounidense ha lanzado una ofensiva imperialista para tumbar al proyecto bolivariano.
Para los antichavistas, el régimen chavista es una dictadura, y por eso, la elección tiene que haber sido robada (no importa si Maduro ganaba en las encuestas preelectorales y las de boca de urna). Tildaron a los gobiernos de Unasur como “cómplices” del chavismo por haber reconocido el triunfo de Maduro, y cuando el presidente Humala viajó a su juramentación, algunos gritaron que Humala se había desenmascarado –¡por fin!– como chavista. (Como si no hubiera sido insuficientemente humillado en la campaña de 2011; por ejemplo, Jaime Bayly dijo que Humala es “chavista en el fondo”.)
El nivel de exageración en el debate limeño es tremendo. Muchos opinólogos limeños insisten en ver el mundo político en términos de blanco y negro. Pero Venezuela –donde un gobierno autoritario tenía apoyo mayoritario por una década– nos obliga a ver el gris. Dentro de este escenario gris, cinco cosas parecen más o menos claras:
Primero, Venezuela no es una democracia. Las democracias no se caracterizan por canales de televisión cerrados u opositores arrestados y exiliados; no prohíben marchas opositoras o amenazan con “preparar la celda” de los candidatos rivales. Defender eso como democracia es realmente lamentable.
Segundo, la oposición no es golpista. Fue golpista en 2002. Y pagó un precio político enorme: perdió legitimidad y pasó varios años en el desierto. Todo indica que Capriles aprendió de los graves errores de 2002, y que busca seguir el camino no violento. Pretender deslegitimar la protesta opositora llamándola “golpista” no es solo inexacto sino peligroso, sobre todo para la izquierda. Criminalizar la protesta es una táctica de la derecha. Los progresistas debemos defender siempre el derecho a protestar. Cuando la protesta deja de ser un derecho en América Latina, las víctimas principales son casi siempre los pobres y los activistas de izquierda.
Tercero, es poco probable que los estadounidenses conspiren contra Maduro. Aunque no lo crean, al gobierno estadounidense le importa un bledo el proyecto bolivariano. Hace años que ni siquiera los gringos más histéricos lo ven como peligro. Además, los gringos saben que Maduro busca un enemigo externo para fortalecer su frente interno. El chavismo está plagado por divisiones internas. Maduro no pudo consolidarse como sucesor de Chávez debido a su pésimo rendimiento electoral. Es un presidente débil. Necesita una amenaza externa –un movimiento golpista, un conflicto con las fuerzas del imperialismo– para unificar sus propias filas. Para Maduro, entonces, una conspiración estadounidense sería una bendición: le daría el enemigo externo que tanto necesita.
Cuarto, Unasur no hizo nada fuera de lo esperado cuando reconoció el triunfo de Maduro. Los gobiernos son pragmáticos, no principistas, sobre todo en política exterior. Sus posiciones en el plano internacional se basan en varios motivos (seguridad, objetivos comerciales), pero la promoción de la democracia no es uno de los principales. De hecho, cuando los presidentes latinoamericanos toman posiciones colectivas como las de Unasur, suelen hacerlo en defensa no de la democracia sino de la autonomía de los gobiernos.
Actúan en defensa, y no en contra, de sus pares porque no quieren crear un precedente en el cual los demás países pueden meterse en los asuntos domésticos. Esa lógica los lleva a defender los gobiernos electos tumbados por golpes militares (Venezuela en 2002, Honduras en 2009), pero también a resistir la intervención externa en los procesos electorales domésticos. La declaración de la Unasur fue una decisión pragmática, no ideológica o prochavista. (¿O Piñera y Santos también son “chavistas en el fondo”?)
Quinto, Humala no es chavista. Yo también creo que Humala debió excusarse de la juramentación de Maduro, como hicieron casi todos los presidentes latinoamericanos con Fujimori en 2000. Pero interpretar su viaje a Caracas como un paso hacia el chavismo es pura histeria. El proyecto bolivariano está en decadencia en América Latina desde hace cuatro o cinco años. No por nada los últimos tres presidentes electos por la izquierda en la región (Funes, Lugo, Humala) decidieron guardar su distancia. Con la muerte de Chávez y los crecientes problemas en Venezuela, el eje bolivariano es cada vez menos atractivo. Como dijo un político africano: “Solo una mosca tonta sigue un cadáver a la tumba”. Ollanta Humala no es un tonto.

Dilemas Para la Izquierda


Domingo, 14 de abril de 2013 | 4:30 am

La democracia necesita una izquierda fuerte. Según varios estudios, una izquierda electoral fuerte se asocia con más redistribución y menos desigualdad, lo cual favorece la consolidación democrática. Y donde los sectores más pobres tienen representación partidaria, hay menos populismo, lo cual también fortalece la democracia.
En términos electorales, la izquierda peruana es una de las más débiles en América Latina (junto con países como Honduras, Guatemala, y Panamá).  De hecho, hace dos décadas que el Perú carece de una izquierda electoral viable.
No faltan esfuerzos para reconstruir la izquierda. Han surgido varios proyectos, desde el Partido Socialista, Fuerza Social, y Tierra y Libertad hasta el nuevo Movimiento de Afirmación Social (MAS) de Gregorio Santos. Se habla de un Frente Amplio de Izquierdas. Pero hasta ahora ningún grupo de izquierda logra establecerse como una fuerza electoral seria.
Cómo hacerlo? La construcción de un partido de izquierda viable enfrenta por lo menos dos desafíos.   Uno es organizacional. La organización todavía importa. Casi todos los nuevos partidos de izquierda exitosos en América Latina (PT en Brasil, Frente Amplio uruguayo, FMLN salvadoreño, FSLN nicaragüense, PRD mexicano, quizás el MAS boliviano) tenían una organización fuerte, con presencia activa en todo del país. Los partidos que no construyen organizaciones fuertes no duran (por ejemplo, el FREPASO argentino o el M-19 colombiano).
Pero construir una organización es difícil. Requiere años de trabajo, y muchas veces no rinde frutos inmediatos.   Además, los políticos contemporáneos tienen poco incentivo para invertir en la organización porque existen alternativas. Pueden llegar al electorado a través de los medios de comunicación. Dado que el camino mediático es mucho más fácil –y más rápido– que la construcción de una organización, es difícil resistir. Y los que resisten muchas veces pierden. Mientras se dedican al trabajo de hormigas necesario para construir una organización de base, surge un outsider –un Fujimori, un Humala– que se lleva los votos.
Como demuestra el politólogo Brandon Van Dyck, los partidos de izquierda solo construyen organizaciones fuertes cuando no hay alternativa, cuando no tienen acceso a los medios o a los recursos del Estado. No es casualidad, entonces, que muchos de los partidos de izquierda más duraderos en América Latina nacieron o se consolidaron bajo regímenes autoritarios (PT, FMLN, Frente Amplio uruguayo, PRD mexicano). Desde esta perspectiva, la izquierda peruana actual lo tiene demasiado fácil. 
Existe un atajo organizacional: construir el partido sobre organizaciones sociales ya existentes. El PT se construyó, en parte, sobre organizaciones sindicales y religiosas, y el MAS boliviano se construyó sobre organizaciones sindicales, cocaleras, indígenas, y vecinales. Pero en el Perú, estos movimientos sociales son débiles. Los sindicatos y la iglesia progresista se han debilitado y los movimientos populares existentes son localizados.  No tienen capacidad de movilización a nivel nacional, y son casi inexistentes en Lima. En términos de movilización popular, Lima es un desierto cívico comparado con La Paz o el D.F. de México.
El segundo desafío que enfrenta la izquierda es electoral. Como todos saben, la izquierda peruana sufre de tremendas deficiencias electorales.  Desde 1990, casi no existe en el juego electoral nacional. Ha perdido casi por completo los sectores populares urbanos.
Cualquier esfuerzo para ampliar la base electoral de la izquierda enfrenta un dilema. Por un lado, el votante peruano se ha vuelto más conservador.  Sigue existiendo un sector radical del electorado, concentrado, sobre todo, en el interior, pero como bien aprendió Ollanta Humala, ese sector no es suficiente para ganar la presidencia.  Una mayoría nacional requiere un sector del voto limeño, y en Lima –aún en los sectores populares– hay pocos radicales.
El conservadurismo limeño es un serio obstáculo para el crecimiento de la izquierda. Donde los nuevos partidos de izquierda han tenido éxito en América Latina, las ciudades grandes han sido sus bastiones electorales. En Brasil, El Salvador, Uruguay, y quizás México, gobernar las ciudades grandes ha sido un paso clave hacia la presidencia. Pero en una región donde las ciudades capitales suelen ser progresistas, Lima es una gran excepción. Ha sido tierra mucho más fértil para el PPC que para la izquierda. (Susana Villarán ganó no por ser, sino a pesar de ser, de izquierda).
Para los candidatos de izquierda que quieren ganar elecciones, el conservadurismo del electorado limeño genera fuertes incentivos para correr al centro –como hicieron Humala y Villarán–. Gregorio Santos critica a Fuerza Social por haberse convertido en “la izquierda que necesitaba la derecha”. Pero hay que fijarse en lo que necesita la izquierda. Y en una democracia, la izquierda necesita votos. Santos no los tiene, sobre todo en Lima.
Pero Santos tiene algo de razón. Aunque alejarse del votante mediano (como hace, por ejemplo, el MAS de Santos en el nivel nacional) tiene costos electorales, la moderación puede generar otros problemas. Los nuevos partidos necesitan una marca. Y según el politólogo Noam Lupu, el desarrollo de una marca partidaria requiere dos cosas: diferenciarse de los otros partidos y mantener un perfil consistente. Correr rápidamente al centro diluye la marca partidaria, que puede ser fatal.
En el Perú, entonces, la izquierda enfrenta un dilema difícil. La consolidación de una marca partidaria requiere un perfil claro y consistente. Pero dado el conservadurismo del electorado limeño, un perfil claro y consistente de izquierda podría condenarlo a la derrota perpetua.  
No hay salida fácil. La izquierda tendrá que innovar. Reconstruir una Izquierda Unida (ahora llamado Frente Amplio) es, probablemente, un sueño. Pero quizás está bien. Muchas veces, la innovación surge de múltiples experimentos.  
Uno de estos experimentos será una izquierda más liberal o social democrática –una izquierda que promueve la igualdad y la expansión de los derechos sociales dentro de una economía de mercado–. Rechazar esa izquierda como “la izquierda que tanto necesita la derecha” es, además de infantil, falso. La derecha dura ha sido clara (y nunca más clara que en la revocatoria): no quiere una izquierda liberal o moderada. Quiere una izquierda muerta. Y hoy en día parece tenerla.

Legados de la Revocatoria








El triunfo del NO en la Revocatoria ha sido otro triunfo de la Coalición Paniagüista, esa alianza entre izquierdistas y liberales que -a pesar de no ser muy querida por los participantes- se está convirtiendo en un baluarte de la institucionalidad democrática.  La Coalición Paniagüista no es, ni va a ser, un partido o alianza electoral, sino una confluencia de actores sueltos que solo juega a la defensiva: surge cuando los derechos cívicos o las instituciones democráticas están siendo amenazados.
¿Cuáles son las consecuencias más importantes de la fallida Revocatoria?   Primero, el triunfo del NO ha sido un golpe casi mortal a la institución de la revocatoria, por lo menos en Lima.
Como escribe Fernando Tuesta, hay casi un consenso sobre que la Ley de Derechos de Participación y Control Ciudadano tiene que ser reformada. Pero aun si no se reforma, no creo que haya más revocatorias en Lima. La campaña por el SÍ ha sido tan desastrosa, y las fuerzas pro revocatorias han sido tan quemadas, que ningún político va a pensar seriamente en promover otra.   Es difícil exagerar la magnitud del fracaso de Luis Castañeda Lossio y Alan García (o alguien cree que fueron las “bases apristas,” y no Alan, las que tomaron la decisión de participar?).  Susana Villarán había sido una de los alcaldes menos populares en la historia de Lima.  Hace un año, su nivel de desaprobación llegó a 80 por ciento.  Hace pocos meses, dos tercios del electorado limeño parecían dispuestos a votar por el SÍ.  Y ganó el NO.
Y los revocadores no solo perdieron la elección.  Perdieron dinero.  Y sobre todo, perdieron capital político.  Castañeda Lossio no solo erró el penal de la Revocatoria sino hizo un autogolazo.  La elección municipal de 2014, que El Mudo parecía tener ganada, ahora está en juego.  No se sabe todavía si Castañeda ha destruido lo que quedaba de su carrera política, pero es posible.  
Una lección de la Revocatoria será que si las fuerzas del SÍ no pudieron con Villarán, una alcaldesa muy debilitada, nadie va a poder nunca.  Y dado el costo político que están pagando los revocadores, muchos van a concluir que no vale la pena arriesgarse.  Hasta el propio Marco Tulio Gutiérrez dijo que no promoverá más revocatorias.
Y eso está muy bien. El mecanismo de la revocatoria solo funciona si se utiliza con cautela.  Debe ser limitado a casos muy excepcionales.  Hacer una revocatoria porque un nuevo alcalde no cae bien, porque el candidato que perdió la última elección quiere tumbar a su rival, o porque un político no quiere esperar hasta la próxima elección es un abuso que hace daño a la institucionalidad democrática.   El Perú ya era el campeón mundial de la revocatoria, con 277 alcaldes revocados en 15 años. El triunfo del SÍ hubiera fomentado aún más revocatorias, reforzando la actitud de “todo vale” que ya está muy difundida en la política peruana.  Ahora, con el fracaso del SÍ, la revocatoria volverá a ser algo excepcional, por lo menos en Lima.   Mejor.
Hay casi un consenso, por lo menos en los medios limeños, que el gran ganador de la Revocatoria fue el PPC.   Me parece exagerado.  El PPC salió fortalecido, pero no creo que haya resurgido como fuerza política nacional.  La Revocatoria fue una elección limeña, y al PPC siempre ha sido fuerte en Lima.  Lima es su bastión.  Pero casi no existe fuera de Lima, y no creo que eso cambie con la Revocatoria.  Ni el triunfo del NO ni todos los aplausos de los medios limeños pueden solucionar el problema fundamental del PPC: el hecho que es un partido limeño sin mucha presencia (o votos) en el resto del país.
Si los medios han sido muy optimistas sobre el futuro del PPC, han sido demasiado pesimistas sobre el futuro de Fuerza Social (FS). Sin duda, FS ha sido golpeado por la derrota de sus regidores. Pero creo que terminará siendo fortalecido.   FS es un partido joven, chico, y sin mucha experiencia o capacidad electoral (mucho menos que el PPC).   Su triunfo en 2010 -basado más en la buena fortuna que en su propia fuerza- fue demasiado fácil.   Estaba verde. Tenía buenas intenciones pero carecía de experiencia política.  Y pagó el precio: no pudo aprovechar de su estancia en el poder para crecer o consolidarse como partido.  Antes de la Revocatoria, parecía que FS iba a ser un fracasado proyecto partidario más.
Pero la Revocatoria cambió todo. No solo le dio a Susana Villarán una segunda oportunidad, pero la durísima campaña le dio al FS algo importante que no tenía antes: una lucha. Para Fuerza Social, la campaña por el NO fue una guerra a muerte. Sus cuadros se sentían emboscados, cercados.  Estaban a punto de ser borrados del mapa político. Tuvieron que luchar por su sobrevivencia política.
Una lucha política dura puede fortalecer a un partido joven.  Primero, genera experiencia.  Los cuadros del FS ya no son tan verdes.  La batalla política del último año ha sido un gran curso de capacitación.  Y los resultados son evidentes: se ve en varios de sus cuadros más capacidad política que antes. 
Segundo, una lucha como la campaña por el NO fortalece a la identidad partidaria.  Genera solidaridad y mística. La mística es un elemento clave en la formación partidaria.  Fomenta la militancia.  Limita el transfuguismo. Los militantes con una fuerte identidad partidaria no pasan fácilmente de un partido a otro, como ocurre en muchos partidos actuales. No quiero exagerar: la lucha por el NO no se puede comparar con la lucha aprista de los años 30 y 40. Ni siquiera se compara con la lucha fujimorista después de la caída de Fujimori.  Además, FS enfrenta el mismo problema que el PPC: la mística generada por la Revocatoria no se extiende más allá de Lima.  Pero creo que la militancia de FS sale de la Revocatoria más comprometida y más solidaria que antes, algo clave para la consolidación partidaria. FS ha perdido sus regidores y su inscripción. Pero creo que tiene más futuro hoy que el 16 de marzo.

Las Contradicciones de Chávez








Hugo Chávez fue, en cierto sentido, una fuerza democratizadora.  Cuando fue electo, la sociedad venezolana sufría una creciente desigualdad social. Mucha gente pobre se sentía relegada a una ciudadanía de segunda clase.  Muchos lamentábamos esa realidad. Chávez movilizó el poder del Estado para combatirla.  Insistía sin cesar que los venezolanos de bajos ingresos o de piel oscura fueran respetados y tratados como plenos ciudadanos.  Creó nuevos espacios de participación para gente que se sentía excluida y olvidada por la clase política. Y lanzó una guerra sin precedentes contra la pobreza.  Los proyectos sociales y participativos del chavismo fueron creados desde arriba, altamente politizados, y marcados por el clientelismo y la ineficiencia.  Pero aun así, generaron logros importantes. Se extendió el acceso a servicios básicos como salud, educación y vivienda. Y los niveles de pobreza y desigualdad bajaron de una manera significativa. 
Es innegable que Chávez fomentó la inclusión social y política.  Hay más participación política hoy en Venezuela, y según las encuestas, el nivel de satisfacción popular con la democracia ha crecido. Como dijo un militante chavista: “la Revolución apoya a los que venimos desde abajo, a la gente que vive en los cerros… los que hemos estado siempre excluidos, los que no podíamos participar porque no teníamos los ojos verdes, los ojos celestes. Uno era repudiado por ser negro, por tener un defecto físico. Eso pasaba antes. Pero ya no”. 
Sugerir–como hizo Mario Vargas Llosa– que Chávez era nada más que un típico caudillo latinoamericano es ignorar parte de la realidad venezolana. 
Hugo Chávez fue un autócrata.  Heredó una democracia en crisis y la mató.  No hizo un autogolpe, como Fujimori, pero utilizó mecanismos plebiscitarios para construir un régimen muy parecido.  Cerró el Congreso. Subordinó al Poder Judicial, encarcelando jueces (como María Luisa Afiuni) que actuaron de una manera independiente. Cerró un canal de televisión importante (RCTV) y hostigó otro (Globovisión) –con amenazas, investigaciones y el arresto del dueño– hasta domarlo.  El resultado fue un nivel lamentable de autocensura.  Chávez superó a Fujimori en el número de arrestos, juicios o exilios de opositores importantes: ex candidatos presidenciales Osvaldo Álvarez Paz y Manuel Rosales; el general Raúl Baduel; el sindicalista Rubén Gonzales; el presidente de Globovisión, Guillermo Zuloaga; periodistas como Gustavo Azócar, Julio Balza, Henry Crespo, Leocenis García, Rafael y Patricia Poleo, y Dinora Girón.
Chávez también minó la competencia democrática. Su gobierno prohibió decenas de candidaturas, como la del exitoso alcalde Leopoldo López. El chavismo no robó elecciones, pero gracias a la politización de las instituciones judiciales y electorales, la intimidación de los medios, y el abuso masivo de los recursos del Estado, la competencia política se volvió injusta.  Parafraseando al analista mexicano Jorge Castañeda, era como un partido de fútbol donde un equipo tiene 11 jugadores más el árbitro, y el otro equipo solo tiene 7 u 8 jugadores.  Donde no hay competencia justa, no hay democracia.  
Sugerir que el régimen de Chávez no era autoritario –o que no se compara con el autoritarismo de Fujimori– es ignorar parte de la realidad venezolana (y confundir las preferencias ideológicas con el análisis).
La Revolución Bolivariana no es sostenible. Las instituciones construidas por Chávez –el régimen político y el modelo del Socialismo del Siglo XXI– no durarán mucho.  No durarán porque se construyeron sobre dos elementos muy precarios: el personalismo y el petróleo.  Pocas cosas atentan contra la institucionalización más que el personalismo.  Cuando las instituciones dependen de un solo líder carismático, se vulneran –y muchas veces colapsan– después de la salida de ese líder.  Las instituciones bolivarianas corren ese peligro.  Por más que se habla de una “revolución bolivariana,” el proyecto chavista siempre fue caracterizado por el extremo personalismo (Este extremo personalismo se manifiesta en el comportamiento de su sucesor, Nicolás Maduro, que –desesperado por heredar una gota del carisma de su jefe– se autoproclama el “hijo de Chávez,” usa la misma casaca de Chávez y hasta declaró que Chávez –ya en el cielo– influyó sobre la selección del primer papa latinoamericano.)
El petróleo también atenta contra la sostenibilidad. Salvo en casos donde las instituciones se consolidan antes del petróleo, la extrema dependencia en los ingresos generada por el petróleo casi siempre mina la capacidad del Estado. Corrompe.  Genera ineficiencia y desequilibrio fiscal. Chávez hizo muy poco para romper la dependencia de su economía en el petróleo. De hecho, el boom del petróleo fue su salvación.  Ahora, después de Chávez,  la dependencia es más alta que nunca. Lejos de hacer una revolución, Chávez cayó en la misma trampa que sus antecesores. Y las consecuencias empiezan a sentirse. El Estado se debilita. El desequilibrio fiscal se profundiza.  El ajuste se viene.
La Revolución Bolivariana es una casa construida sobre la arena.  Creer que un proyecto político-económico basado en el personalismo y el petróleo va a institucionalizarse no tiene fundamentos en la ciencia política.  Es un acto de pura fe.
Pero el chavismo va a durar.   Aunque el régimen y las políticas económicas son precarios, el chavismo –como movimiento político– ha echado raíces fuertes en la sociedad venezolana.  Los cambios iniciados por Chávez –y sobre todo, la extrema polarización y movilización que los acompañaron– generaron una identidad chavista fuerte.   El chavismo tiene mística. Tiene organización, basada en redes de militantes en cada rincón del país.  Y en términos de votos, el núcleo duro del chavismo –quizás un tercio del electorado– parece sólido.  Estos son la materia prima para la consolidación de un partido fuerte. 
Cuando cayó Perón en 1955, muchos observadores creían que el peronismo iba a desaparecer.  Pero sobrevivió. Y hoy, a casi 40 años de la muerte de Perón, sigue siendo el partido más grande de la Argentina. Algo parecido podría ocurrir en Venezuela.  El gobierno chavista podría caer, pero el chavismo seguiría siendo el partido más grande de Venezuela por mucho rato.
Nota aparte: Mi solidaridad con Susana Villarán, una alcaldesa seria y honesta.  Ella merece la misma oportunidad de gobernar–y de aprender de sus errores– que tuvieron Alan García y Luis Castañeda Lossio.

El populismo limeño



Existen todavía condiciones favorables al populismo en el Perú. A pesar del boom económico, el nivel de descontento político sigue siendo alto, sobre todo en el interior. Y el nivel de desconfianza hacia las instituciones políticas (Congreso, partidos) es uno de los más altos de AL. Tal como en Bolivia y Ecuador, entonces, sigue siendo posible movilizar una parte significativa del electorado peruano con un discurso antisistema. La bandera “que se vayan todos,” utilizada con éxito por Evo Morales y Rafael Correa, no ha sido enterrada por completo en el Perú.
Un populismo de izquierda sigue siendo la gran pesadilla de la derecha peruana. El fantasma de un Evo peruano, que surge del interior, es una de las pocas cosas que une la derecha en todas sus tendencias. (Divide la izquierda: algunos sueñan con ello, mientras otros lo rechazan porque el populismo casi siempre atenta contra la institucionalidad democrática.)
Pero a diferencia de sus vecinos, el Perú ha esquivado al populismo en los últimos años.  Ollanta Humala casi ganó en 2006 con una campaña bien populista, pero no pudo llegar al 50% de los votos. Aprendió. Humala ganó en 2011 no gracias a un discurso antielite, sino porque supo hacer las paces con un sector importante de la elite.
Lima ha jugado un papel clave en el fracaso del populismo. En la política nacional, se ha convertido en un bastión del antipopulismo. Los limeños derrotaron a Humala en 2006, y en 2011, su antihumalismo forzó a Humala a abandonar el populismo. A diferencia de otras ciudades capitales en AL, entonces, Lima ha sido una fuerte y consistente defensora del status quo en los años 2000.
Pero la revocatoria contra Susana Villarán representa una especie de populismo limeño. Aunque el electorado limeño es menos radical que el del interior, existe, sin embargo, amplia hostilidad en ello hacia la clase política. Los revocadores se aprovecharon de esta hostilidad.
El populismo se caracteriza por la movilización de las masas, desde arriba, contra toda la elite (política y/o económica). Marco Tulio Gutiérrez no es un típico líder populista. No tiene carisma ni atrae votos. Pero su discurso es bien populista. Calificó a Susana Villarán como una “pituca” que puso “demasiado blanquito” en la campaña por el NO.  Dice que “ser mestizo me identifica con la inmensa mayoría de nuestra ciudad,” y que mientras Villarán “procede de una familia de rancia aristocracia” él está “más cerca al pueblo por mi apellido”.
Los populistas utilizan un discurso maniqueo que divide la sociedad entre el pueblo y la oligarquía (o en términos peruanos, la pituquería). Siguiendo este guión, las fuerzas pro-revocatoria describen a Susana Villarán como la “alcaldesa de los ricos [que] recibe apoyo de los pitucos”. Mauricio Mulder, demostrando que el APRA no ha olvidado por completo su discurso populista, atacó a la campaña por el NO por “arrogante, elitista, y pituca”. Mulder dijo a RPP: “Si ves a la gente que vota por el no, todos son, por decir lo menos, apitucados. He visto una o dos personas, nada más, de color cobrizo, el resto son todos pitucos… “. ¿Qué cosa tiene en común el sector AB con la señora Villarán? Yo diría que es la piel, es el hecho de que son blancos sanisidrinos.”
Otra característica del populismo es el surgimiento de una amplia coalición de la elite en defensa del establishment.  Eso también se ve en Lima.  Las fuerzas del NO incluyen no solo los aliados progresistas de Villarán sino diversos elementos del establishment limeño: Lourdes Flores y el PPC, Somos Perú, Acción Popular, Confiep, figuras liberales como Vargas Llosa, PPK, y ex presidente Toledo, y varios columnistas de centro y centroderecha.  Gran parte del establishment limeño.
Como la campaña presidencial de Vargas Llosa hace 23 años, la campaña por el NO ha tenido dificultad en deshacerse de la imagen de “elitista” “arrogante” y “soberbia.”  Hacer referencias a las lavanderas de San Juan de Lurigancho y describir a los “nuevos ricos” como “horrorosos” solo refuerza el sentimiento populista.
Tal como la izquierda se divide ante el populismo de izquierda, la derecha se ha dividido ante un populismo que busca tumbar a Susana Villarán. Un sector importante (el PPC, PPK, Confiep) se opone a la revocatoria, primero, porque el gobierno de Villarán es muy moderado y no constituye ninguna amenaza; y segundo, porque cree que la revocatoria atenta contra la estabilidad, el orden y la institucionalidad democrática que son, al final de cuentas, valores conservadores. 
Los políticos y periodistas de derecha que apoyan a la revocatoria son de dos tipos.  Para algunos, prevalece el odio hacia la izquierda. El deseo de ver caer una figura de la izquierda –no importa que su gobierno haya sido del centro– parece más fuerte que cualquier principio u objetivo programático.
Otros (Castañeda, el APRA) parecen ser motivados por el clásico espíritu pragmático del populismo (¿a los apristas les preocupaba el elitismo y el pituquismo durante la presidencia de García?). Como tantos otros populistas en la historia, utilizan la indignación popular como trampolín al poder.
Apelan a un electorado descontento con la clase política con un discurso antielite, para luego convertirse en una nueva elite. La diferencia es que los populistas tradicionales salen al frente de la movilización, y no buscan dirigirla desde las sombras. Lo innovador del movimiento por el SI es que es un populismo en sigilo. Es el populismo del mudo.

Por una oposición fuerte

 







No hay democracia sin oposición. Y no hay democracia fuerte sin una sólida oposición partidaria. La debilidad de la oposición partidaria trae varios problemas.  Primero, los gobiernos cometen más –y más serios– errores. Donde existe una oposición sólida, sobre todo en el Congreso, las políticas del gobierno se debaten más. El gobierno tiene que explicar sus propuestas al público y defenderlas (en el Congreso, en los medios) ante las críticas. Algunos proyectos no prosperan. Otros se modifican sustancialmente. Para el presidente, el proceso de debate público y negociación es un dolor de cabeza. Pero ayuda a evitar la toma de decisiones muy erradas. Cuando un presidente puede tomar decisiones importantes sin consultar más allá de su círculo íntimo, el riesgo de error es alto. Un ejemplo es la decisión de Alan García de estatizar la banca en 1987.  En Argentina, el gobierno kirchnerista –que enfrenta una oposición muy debilitada– toma decisiones de gran importancia con un mínimo de consulta o debate público. Y los errores son cada vez más evidentes.
Una segunda consecuencia de una oposición débil es la corrupción. Donde existe una oposición fuerte, el Congreso y el PJ vigilan más al Ejecutivo, haciendo más difícil (aunque no imposible) grandes actos de corrupción. La politóloga Anna Grzymala-Busse muestra que en Europa Oriental hay menos corrupción y clientelismo en las democracias con oposiciones robustas que en las democracias con oposiciones débiles.  Hay una relación parecida en América Latina. En Brasil, los partidos políticos se fortalecieron mucho en los años 1990 y 2000.  Y el nivel de corrupción ha bajado. Según el índice de Transparencia Internacional (1 = más corrupto, 10 = menos corrupto). Brasil mejoró de 2,7 en 1995 a 4,3 en 2012. En Argentina, donde el colapso de la Unión Cívica Radical dejó una oposición muy debilitada en los años 2000, el nivel de corrupción empeoró de 5,4 en 1995 a 3,5 en 2012.
Los peores casos de corrupción ocurren donde las fuerzas opositoras están aplastadas y el gobierno no tiene que rendir cuentas a nadie.  Un buen ejemplo es el gobierno de Fujimori, quien, según Transparencia Internacional, ha sido el séptimo líder más corrupto en el mundo de posguerra, superado solo por Suharto, Marcos, Mobutu, Sanim Abacha, Milosevic y Duvalier.
Tercero, una oposición débil facilita el autoritarismo. En todos los últimos casos de colapso democrático y surgimiento de autoritarismo competitivo en AL (Perú bajo Fujimori, Venezuela bajo Chávez, Ecuador bajo Correa, Nicaragua bajo Ortega), el presidente ha enfrentado una oposición débil o colapsada. Donde los partidos son fuertes, como en Brasil, Chile, El Salvador, México y Uruguay,  un autogolpe o la “refundación de la república” a través de una reforma unilateral de la Constitución es casi impensable. Y los que lo intentan (como Zelaya en Honduras) fracasan.
Sin una oposición partidaria organizada y activa, entonces, hay más peligro de crisis, corrupción, y hasta colapso democrático. Pocas democracias en el mundo han funcionado bien sin oposición fuerte. Desde esta perspectiva, la situación en el Perú preocupa. La oposición partidaria en el Perú es débil. Su debilidad se ve claramente en el Congreso. Ni Alan García ni Ollanta Humala han tenido una mayoría legislativa. Pero mientras en otras democracias el gobierno dividido constriñe al presidente, forzándolo a construir coaliciones multipartidarias (como en Brasil y Chile) o negociar acuerdos con la oposición cada vez que busca aprobar legislación (como en EEUU), los presidentes minoritarios en el Perú no encuentran mayores obstáculos en el Congreso. Ni García ni Humala ha tenido que negociar seriamente con (o rendir cuentas al) Congreso. El Legislativo vigila y constriñe poco.
¿Dónde está la oposición? Partidos como el APRA y Perú Posible parecen activarse solo cuando su líder es candidato. Fuera de las épocas electorales funcionan más como escudos personales que como partidos de oposición. El fujimorismo es la fuerza opositora más grande, pero hace menos oposición de lo que muchos esperaban. Su objetivo principal sigue siendo la liberación de Alberto Fujimori, lo cual depende del gobierno. Se suele atribuir la cooperación del fujimorismo con el oficialismo a pactos oscuros, pero en realidad un partido cuyo objetivo principal es excarcelar a su líder es fácil de cooptar. (Como me dijo un fujimorista, “Somos rehenes políticos”).
La debilidad de la oposición peruana es producto del colapso de los partidos. Las elecciones peruanas son dominadas por candidatos personalistas. De los cinco candidatos importantes en 2011, uno (PPK) no tenía partido y los demás (Humala, Fujimori, Toledo, Castañeda) encabezaron partidos personalistas que, en realidad, eran poco más que listas de amigos, tránsfugas e independientes que compraron su lugar en la lista.
Los partidos personalistas sirven poco para la construcción una oposición fuerte. Sus líderes, los ex candidatos presidenciales, suelen desaparecer –sobre todo del escenario legislativo– después de la elección. Como depende del líder ausente, el partido personalista se paraliza. Si el líder deja la política o deja de ser viable como futuro candidato, sus congresistas se convierten en huérfanos. Para no quedarse en un partido sin futuro, los huérfanos se transforman en agentes libres, negociando con quien hace la mejor oferta. Como el gobierno tiene más recursos, la mayoría de los huérfanos termina jugando con el oficialismo.
Sin una oposición partidaria que vigila al gobierno, el riesgo de errores, corrupción y abuso del poder sigue siendo alto. En la época post Fujimori, los peruanos han utilizado un mecanismo informal para constreñir a los presidentes: la baja popularidad. Un presidente con aprobación de 25 o 30% suele ser menos peligroso que un presidente con aprobación de 70%. Pero el escepticismo público no es suficiente. Si la aprobación del presidente sigue subiendo, ¿quien lo va a vigilar?

La Coalición Paniagüista

Otro artículo más y necesario.







Siguen los esfuerzos para construir un partido liberal y un frente amplio de izquierda.  Son esfuerzos loables. El Perú necesita partidos.  Pero temo que serán partidos pequeños.  En términos electorales, el liberalismo y la izquierda son fuerzas minoritarias, con más presencia en la élite limeña que en la sociedad.  Sin base electoral o candidatos nacionales fuertes, es probable que ni un Partido Liberal ni un Frente Amplio de izquierda tengan mucho éxito en 2016.   Hasta ambos podrían terminar fuera del Congreso.
Si yendo cada uno por su lado los condena, con toda probabilidad, a los márgenes de la política, por qué no se juntan liberales y izquierdistas para reforzar (o reconstruir) el centro democrático?  Sería una especie de coalición paniagüista.
¿Liberales e izquierdistas juntos?  ¿Perdió la cabeza el gringo? 
Mi argumento se basa en cuatro puntos. Primero, la brecha entre liberales e izquierdistas se ha achicado.  Existen, obviamente, diferencias programáticas, sobre todo en temas económicos. Y hay gente ultraideológica en los dos lados que no aguantaría una coalición.  Liberales que citan Hayak todos los días y que interpretan cualquier intervención estatal como una vuelta al velasquismo.
Izquierdistas que siguen enamorados de Chávez y que quieren transformar a Gregorio Santos en el próximo Evo Morales.  Pero son pocos.  Un buen sector de la izquierda ya acepta la economía de mercado.  El gobierno de Susana Villarán –cuya apertura a la inversión privada ha ganado la confianza de la CONFIEP– es un buen ejemplo.  También hay muchos liberales que creen que la sostenibilidad del sistema democrático y capitalista requiere cierto reformismo pragmático.  Requiere –como señala Alberto Vergara– un Estado más fuerte. 
Segundo, los liberales y la izquierda democrática convergen en algunos puntos fundamentales. Valoran la igualdad, los derechos ciudadanos, y las instituciones democráticas.  Buscan limitar el poder de instituciones tradicionalmente conservadoras y autoritarias, como las fuerzas armadas y la Iglesia Católica.  En una democracia precaria como la peruana, estas coincidencias son claves.
Los liberales e izquierdistas tienen opiniones divergentes sobre las reformas económicas iniciadas por Fujimori, pero convergen en oponerse al indulto.  Discreparán sobre Conga, pero coinciden en su rechazo a una salida represiva del conflicto.  Votaron por candidatas diferentes en las últimas elecciones municipales, pero convergen en el No a la revocatoria. Tendrán distintas perspectivas sobre si Humala traicionó o cumplió con su programa, pero comparten una preocupación por el poder de los militares y una posible Ley Nadine.
Tercero, la coalición paniagüista tiene precedentes. Liberales e izquierdistas se juntaron en el Foro Democrático para enfrentar al autoritarismo de Fujimori. Trabajaron juntos en el gobierno de Paniagua –quizás el gobierno peruano que más contribuyó a la institucionalidad democrática.
Participaron juntos en los procesos de reforma y justicia transicional en la época posFujimori.
Durante el gobierno de García, salieron juntos a condenar actos iliberales como el DL 1097, y en la segunda vuelta de 2011, la izquierda y muchos (aunque no todos) liberales se unieron para derrotar al fujimorismo. Dos años después, se encuentran nuevamente en la misma trinchera, esta vez en la campaña por el No a la Revocatoria de Susana Villarán. 
Cuarto, y más importante, los costos de no formar una coalición paniagüista son altos.  Sin oposición sólida y creíble, seguirían avanzando varias agendas antiliberales: el indulto de Fujimori; las aventuras jurídicas de Villa Stein; retrocesos importantes en derechos humanos; la recuperación del poder militar; la guerra de Cipriani contra la PUCP; la revocatoria contra Villarán; una posible Ley Nadine.  Además, el electorado del centro democrático se quedaría sin alternativa viable. Ninguno de los grandes candidatos para 2016 –García, Fujimori, quizás Nadine– tiene mucha afinidad con los valores paniagüistas. 
Hasta ahora, la coalición paniagüista solo ha sido una serie de alianzas ad hoc y temporales. Pero ¿por qué no pensar en cómo transformarla en algo más organizado y coherente?  Los triunfos progresistas de los últimos años –la anulación del DL 1097, la derrota del fujimorismo en 2011, y hasta ahora, el no indulto a Fujimori– han sido precarios. Algunos dependieron de la intervención de Vargas Llosa, quien ejerce una especie de poder de veto liberal en los últimos años.  Pero MVLl no estará siempre.   
Una coalición paniagüista no sería mayoría. No generaría un cambio dramático en el equilibrio de fuerzas.  Pero sí tendría peso, sobre todo en Lima.  Entre otras cosas, podría elegir algunos buenos congresistas, algo que, dado la tremenda debilidad del Congreso actual, tendría un impacto significativo.
Tejer una coalición entre sectores liberales e izquierdistas no sería fácil. Construir cualquier organización política en el Perú es un campo de minas.  Hay candidaturas y carreras políticas en juego.  Y más allá de las ambiciones y rivalidades personales de siempre, se tendría que enfrentar una larga historia de desconfianza originada en épocas anteriores. Pero ¿cuál es la alternativa para los que buscan consolidar la democracia–con instituciones que funcionen y derechos que se respeten– en el Perú?  Bailando solos, los liberales y la izquierda democrática corren el riesgo de dejar el país –en las palabras de un amigo liberal–“atrapado entre el nacionalismo y el fujimorismo”.
Cuando las instituciones democráticas estén bien arraigadas en el Perú, liberales e izquierdistas volverían a ser rivales, como en casi todas las democracias establecidas. Desde sus propias trincheras, pelearían por más o menos regulación, impuestos, y gasto social.  Pero ese futuro todavía no está asegurado.  Hoy, dada la tremenda precariedad de las instituciones y derechos democráticos, una coalición paniagüista es casi imprescindible.

¿Puede Gobernar La Izquierda?

Comparto algunos artículos de Steven Levitsky sobre el desarrollo político y democrático en el Perú. 


Uno de los lemas favoritos de la derecha peruana es que la izquierda no puede gobernar.  Es una bandera central de la campaña de revocatoria contra Susana Villarán.  Pero, ¿es cierto?
Hace 25 años, la imagen de una izquierda incapaz de gobernar estaba ampliamente difundida en América Latina. Esa imagen fue muy influida por la experiencia de Allende en Chile, y fue reforzada en los años 80 por los fracasos de Siles Suazo en Bolivia, el sandinismo en Nicaragua, y Alan García. Por más de dos décadas, la izquierda latinoamericana estaba asociada con crisis fiscal, hiperinflación y desgobierno.
Pero esa imagen cambió dramáticamente en los años 2000.  En Chile, el Partido Socialista volvió a la presidencia con Ricardo Lagos. Aunque algunos advirtieron una desastrosa vuelta al pasado, Lagos y su sucesora, Michelle Bachelet, gobernaron bien (tan bien que Bachelet lidera las encuestas para las próximas elecciones). En Brasil, la elección de Lula provocó una crisis en los mercados y preocupación en círculos conservadores (el ex director de la CIA norteamericana, Constantine Menges, pronosticó que Lula formaría parte de un “Eje de Mal” latinoamericano). Pero Lula y su sucesora, Dilma Rousseff, gobernaron bien.  En Uruguay, el Frente Amplio también ha gobernado con éxito.  En El Salvador, Mauricio Funes, del FMLN, ganó la presidencia. La derecha advirtió que el FMLN –una guerrilla marxista en los 80– representaba un “peligro comunista”, pero Funes gobernó bien.  En México, el Partido de la Revolución Democrática (PRD) gobierna el Distrito Federal desde 1997.  Y lo hace bien. Ha sido reelegido tres veces, la última vez con 63% del voto.
Los gobiernos de Lagos, Lula, Funes y Tabaré Vázquez espantaron el fantasma de Allende y destrozaron el mito de una izquierda incapaz y peligrosa. Liderada por políticos que habían sido marxistas y hasta guerrilleros en los años 70 u 80, la izquierda en Brasil, Chile, El Salvador y Uruguay gobernó de una manera moderada, eficaz y democrática. (Según Freedom House, el nivel de democracia mejoró en Brasil y Chile y se mantuvo en El Salvador y Uruguay). Y con buenos resultados. En Brasil, Chile y Uruguay, la tasa de crecimiento económico aumentó bajo gobiernos de izquierda.  Y según los Indicadores de Gobernancia del Banco Mundial, los tres países mejoraron en términos de rendición de cuentas, estado de derecho y corrupción. 
¿Cómo logró la izquierda destrozar el mito de la incapacidad? Un factor clave fue la experiencia en el poder.  En los años noventa, la izquierda gobernó municipalidades importantes en Brasil (Porto Alegre, Fortaleza, São Paulo), El Salvador (San Salvador), y Uruguay (Montevideo), mientras en Chile formó parte de los gobiernos de Aylwin y Frei. Gobernar genera experiencia en el Estado, fortalece los vínculos a los empresarios, la élite tecnocrática, y los organismos internacionales, y casi siempre fomenta la moderación.  En el mundo contemporáneo, la posibilidad de gobernar crea fuertes incentivos para dejar las fantasías anticapitalistas y aprender a convivir con una economía de mercado. Este proceso de aprendizaje, profesionalización y moderación ocurrió en Brasil, Chile, Uruguay, El Salvador, y México, con consecuencias muy positivas. 
Dirán que Perú es distinto –y lo es–.  Por Sendero.  Porque parte de la izquierda no se renovó.  Por la debilidad del Estado, la falta de un partido y la debilidad de los vínculos entre la clase política y los sectores populares.   Estas diferencias son reales, pero no son determinantes (y la mayoría afectan a todas las fuerzas políticas, no solo la izquierda). El problema de la izquierda peruana es que estuvo lejos del poder durante 25 años. 
Fuerza Social aspira a construir una izquierda renovada.  Y el triunfo inesperado de Susana Villarán en Lima parecía darle una oportunidad para gobernar. Dada la falta de experiencia de muchos de sus cuadros, por supuesto el gobierno de Villarán iba a cometer errores. Necesitaba tiempo.  El PRD mexicano no gobernó muy bien en sus primeros años en el DF, pero mejoró con el tiempo, y su tercer alcalde elegido, Marcelo Ebrard (2006-2012), fue nombrado el mejor alcalde del mundo por la Fundación Alcaldes de Ciudad.  En Brasil, los primeros gobiernos municipales del PT fueron olvidables,  pero con el tiempo surgió un “modo petista de gobernar” bastante exitoso.  En el nivel nacional, el gobierno de Lula enfrentó muchas dificultades en sus primeros años. Su aprobación cayó a 30% –más o menos igual a Villarán– en 2004.   Pero el PRD y el PT tuvieron tiempo para aprender, corregir sus errores iniciales y mejorar la calidad de sus gobiernos.
El gobierno de Villarán no ha tenido ese lujo. Uno o dos años no es suficiente para aprender a gobernar, sobre todo cuando se pretende hacer reformas programáticas en vez del clientelismo tradicional. Pero a Villarán no le dieron tiempo.  La campaña para revocarla empezó durante su primer año (y en realidad, desde su primer día).
La revocatoria podría dar un golpe mortal al esfuerzo más serio de los últimos años de construir una izquierda moderada en el Perú.  Sería lamentable.  En países como España, Portugal, y ahora Brasil, Chile, El Salvador, México y Uruguay, la consolidación de una centroizquierda sólida fortaleció a la democracia, cerrando el espacio para alternativas radicales y populistas. Pero en el Perú, un sector de la derecha parece más interesado en mantener el mito de la izquierda incapaz que en consolidar la democracia.  
En casi todas las democracias exitosas del mundo existe una fuerza de izquierda moderada que alterna en el poder. Un país donde es “Prohibido Voltear a la Izquierda” (título de una reciente columna de Fritz Dubois) termina, tarde o temprano, en un camino no democrático.