Existen todavía condiciones favorables al populismo en el Perú. A
pesar del boom económico, el nivel de descontento político sigue siendo
alto, sobre todo en el interior. Y el nivel de desconfianza hacia las
instituciones políticas (Congreso, partidos) es uno de los más altos de
AL. Tal como en Bolivia y Ecuador, entonces, sigue siendo posible
movilizar una parte significativa del electorado peruano con un discurso
antisistema. La bandera “que se vayan todos,” utilizada con éxito por
Evo Morales y Rafael Correa, no ha sido enterrada por completo en el
Perú.
Un populismo de izquierda sigue siendo la gran pesadilla de la derecha peruana. El fantasma de un Evo peruano, que surge del interior, es una de las pocas cosas que une la derecha en todas sus tendencias. (Divide la izquierda: algunos sueñan con ello, mientras otros lo rechazan porque el populismo casi siempre atenta contra la institucionalidad democrática.)
Pero a diferencia de sus vecinos, el Perú ha esquivado al populismo en los últimos años. Ollanta Humala casi ganó en 2006 con una campaña bien populista, pero no pudo llegar al 50% de los votos. Aprendió. Humala ganó en 2011 no gracias a un discurso antielite, sino porque supo hacer las paces con un sector importante de la elite.
Lima ha jugado un papel clave en el fracaso del populismo. En la política nacional, se ha convertido en un bastión del antipopulismo. Los limeños derrotaron a Humala en 2006, y en 2011, su antihumalismo forzó a Humala a abandonar el populismo. A diferencia de otras ciudades capitales en AL, entonces, Lima ha sido una fuerte y consistente defensora del status quo en los años 2000.
Pero la revocatoria contra Susana Villarán representa una especie de populismo limeño. Aunque el electorado limeño es menos radical que el del interior, existe, sin embargo, amplia hostilidad en ello hacia la clase política. Los revocadores se aprovecharon de esta hostilidad.
El populismo se caracteriza por la movilización de las masas, desde arriba, contra toda la elite (política y/o económica). Marco Tulio Gutiérrez no es un típico líder populista. No tiene carisma ni atrae votos. Pero su discurso es bien populista. Calificó a Susana Villarán como una “pituca” que puso “demasiado blanquito” en la campaña por el NO. Dice que “ser mestizo me identifica con la inmensa mayoría de nuestra ciudad,” y que mientras Villarán “procede de una familia de rancia aristocracia” él está “más cerca al pueblo por mi apellido”.
Los populistas utilizan un discurso maniqueo que divide la sociedad entre el pueblo y la oligarquía (o en términos peruanos, la pituquería). Siguiendo este guión, las fuerzas pro-revocatoria describen a Susana Villarán como la “alcaldesa de los ricos [que] recibe apoyo de los pitucos”. Mauricio Mulder, demostrando que el APRA no ha olvidado por completo su discurso populista, atacó a la campaña por el NO por “arrogante, elitista, y pituca”. Mulder dijo a RPP: “Si ves a la gente que vota por el no, todos son, por decir lo menos, apitucados. He visto una o dos personas, nada más, de color cobrizo, el resto son todos pitucos… “. ¿Qué cosa tiene en común el sector AB con la señora Villarán? Yo diría que es la piel, es el hecho de que son blancos sanisidrinos.”
Otra característica del populismo es el surgimiento de una amplia coalición de la elite en defensa del establishment. Eso también se ve en Lima. Las fuerzas del NO incluyen no solo los aliados progresistas de Villarán sino diversos elementos del establishment limeño: Lourdes Flores y el PPC, Somos Perú, Acción Popular, Confiep, figuras liberales como Vargas Llosa, PPK, y ex presidente Toledo, y varios columnistas de centro y centroderecha. Gran parte del establishment limeño.
Como la campaña presidencial de Vargas Llosa hace 23 años, la campaña por el NO ha tenido dificultad en deshacerse de la imagen de “elitista” “arrogante” y “soberbia.” Hacer referencias a las lavanderas de San Juan de Lurigancho y describir a los “nuevos ricos” como “horrorosos” solo refuerza el sentimiento populista.
Tal como la izquierda se divide ante el populismo de izquierda, la derecha se ha dividido ante un populismo que busca tumbar a Susana Villarán. Un sector importante (el PPC, PPK, Confiep) se opone a la revocatoria, primero, porque el gobierno de Villarán es muy moderado y no constituye ninguna amenaza; y segundo, porque cree que la revocatoria atenta contra la estabilidad, el orden y la institucionalidad democrática que son, al final de cuentas, valores conservadores.
Los políticos y periodistas de derecha que apoyan a la revocatoria son de dos tipos. Para algunos, prevalece el odio hacia la izquierda. El deseo de ver caer una figura de la izquierda –no importa que su gobierno haya sido del centro– parece más fuerte que cualquier principio u objetivo programático.
Otros (Castañeda, el APRA) parecen ser motivados por el clásico espíritu pragmático del populismo (¿a los apristas les preocupaba el elitismo y el pituquismo durante la presidencia de García?). Como tantos otros populistas en la historia, utilizan la indignación popular como trampolín al poder.
Apelan a un electorado descontento con la clase política con un discurso antielite, para luego convertirse en una nueva elite. La diferencia es que los populistas tradicionales salen al frente de la movilización, y no buscan dirigirla desde las sombras. Lo innovador del movimiento por el SI es que es un populismo en sigilo. Es el populismo del mudo.
Un populismo de izquierda sigue siendo la gran pesadilla de la derecha peruana. El fantasma de un Evo peruano, que surge del interior, es una de las pocas cosas que une la derecha en todas sus tendencias. (Divide la izquierda: algunos sueñan con ello, mientras otros lo rechazan porque el populismo casi siempre atenta contra la institucionalidad democrática.)
Pero a diferencia de sus vecinos, el Perú ha esquivado al populismo en los últimos años. Ollanta Humala casi ganó en 2006 con una campaña bien populista, pero no pudo llegar al 50% de los votos. Aprendió. Humala ganó en 2011 no gracias a un discurso antielite, sino porque supo hacer las paces con un sector importante de la elite.
Lima ha jugado un papel clave en el fracaso del populismo. En la política nacional, se ha convertido en un bastión del antipopulismo. Los limeños derrotaron a Humala en 2006, y en 2011, su antihumalismo forzó a Humala a abandonar el populismo. A diferencia de otras ciudades capitales en AL, entonces, Lima ha sido una fuerte y consistente defensora del status quo en los años 2000.
Pero la revocatoria contra Susana Villarán representa una especie de populismo limeño. Aunque el electorado limeño es menos radical que el del interior, existe, sin embargo, amplia hostilidad en ello hacia la clase política. Los revocadores se aprovecharon de esta hostilidad.
El populismo se caracteriza por la movilización de las masas, desde arriba, contra toda la elite (política y/o económica). Marco Tulio Gutiérrez no es un típico líder populista. No tiene carisma ni atrae votos. Pero su discurso es bien populista. Calificó a Susana Villarán como una “pituca” que puso “demasiado blanquito” en la campaña por el NO. Dice que “ser mestizo me identifica con la inmensa mayoría de nuestra ciudad,” y que mientras Villarán “procede de una familia de rancia aristocracia” él está “más cerca al pueblo por mi apellido”.
Los populistas utilizan un discurso maniqueo que divide la sociedad entre el pueblo y la oligarquía (o en términos peruanos, la pituquería). Siguiendo este guión, las fuerzas pro-revocatoria describen a Susana Villarán como la “alcaldesa de los ricos [que] recibe apoyo de los pitucos”. Mauricio Mulder, demostrando que el APRA no ha olvidado por completo su discurso populista, atacó a la campaña por el NO por “arrogante, elitista, y pituca”. Mulder dijo a RPP: “Si ves a la gente que vota por el no, todos son, por decir lo menos, apitucados. He visto una o dos personas, nada más, de color cobrizo, el resto son todos pitucos… “. ¿Qué cosa tiene en común el sector AB con la señora Villarán? Yo diría que es la piel, es el hecho de que son blancos sanisidrinos.”
Otra característica del populismo es el surgimiento de una amplia coalición de la elite en defensa del establishment. Eso también se ve en Lima. Las fuerzas del NO incluyen no solo los aliados progresistas de Villarán sino diversos elementos del establishment limeño: Lourdes Flores y el PPC, Somos Perú, Acción Popular, Confiep, figuras liberales como Vargas Llosa, PPK, y ex presidente Toledo, y varios columnistas de centro y centroderecha. Gran parte del establishment limeño.
Como la campaña presidencial de Vargas Llosa hace 23 años, la campaña por el NO ha tenido dificultad en deshacerse de la imagen de “elitista” “arrogante” y “soberbia.” Hacer referencias a las lavanderas de San Juan de Lurigancho y describir a los “nuevos ricos” como “horrorosos” solo refuerza el sentimiento populista.
Tal como la izquierda se divide ante el populismo de izquierda, la derecha se ha dividido ante un populismo que busca tumbar a Susana Villarán. Un sector importante (el PPC, PPK, Confiep) se opone a la revocatoria, primero, porque el gobierno de Villarán es muy moderado y no constituye ninguna amenaza; y segundo, porque cree que la revocatoria atenta contra la estabilidad, el orden y la institucionalidad democrática que son, al final de cuentas, valores conservadores.
Los políticos y periodistas de derecha que apoyan a la revocatoria son de dos tipos. Para algunos, prevalece el odio hacia la izquierda. El deseo de ver caer una figura de la izquierda –no importa que su gobierno haya sido del centro– parece más fuerte que cualquier principio u objetivo programático.
Otros (Castañeda, el APRA) parecen ser motivados por el clásico espíritu pragmático del populismo (¿a los apristas les preocupaba el elitismo y el pituquismo durante la presidencia de García?). Como tantos otros populistas en la historia, utilizan la indignación popular como trampolín al poder.
Apelan a un electorado descontento con la clase política con un discurso antielite, para luego convertirse en una nueva elite. La diferencia es que los populistas tradicionales salen al frente de la movilización, y no buscan dirigirla desde las sombras. Lo innovador del movimiento por el SI es que es un populismo en sigilo. Es el populismo del mudo.

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