domingo, 12 de mayo de 2013

Las Contradicciones de Chávez








Hugo Chávez fue, en cierto sentido, una fuerza democratizadora.  Cuando fue electo, la sociedad venezolana sufría una creciente desigualdad social. Mucha gente pobre se sentía relegada a una ciudadanía de segunda clase.  Muchos lamentábamos esa realidad. Chávez movilizó el poder del Estado para combatirla.  Insistía sin cesar que los venezolanos de bajos ingresos o de piel oscura fueran respetados y tratados como plenos ciudadanos.  Creó nuevos espacios de participación para gente que se sentía excluida y olvidada por la clase política. Y lanzó una guerra sin precedentes contra la pobreza.  Los proyectos sociales y participativos del chavismo fueron creados desde arriba, altamente politizados, y marcados por el clientelismo y la ineficiencia.  Pero aun así, generaron logros importantes. Se extendió el acceso a servicios básicos como salud, educación y vivienda. Y los niveles de pobreza y desigualdad bajaron de una manera significativa. 
Es innegable que Chávez fomentó la inclusión social y política.  Hay más participación política hoy en Venezuela, y según las encuestas, el nivel de satisfacción popular con la democracia ha crecido. Como dijo un militante chavista: “la Revolución apoya a los que venimos desde abajo, a la gente que vive en los cerros… los que hemos estado siempre excluidos, los que no podíamos participar porque no teníamos los ojos verdes, los ojos celestes. Uno era repudiado por ser negro, por tener un defecto físico. Eso pasaba antes. Pero ya no”. 
Sugerir–como hizo Mario Vargas Llosa– que Chávez era nada más que un típico caudillo latinoamericano es ignorar parte de la realidad venezolana. 
Hugo Chávez fue un autócrata.  Heredó una democracia en crisis y la mató.  No hizo un autogolpe, como Fujimori, pero utilizó mecanismos plebiscitarios para construir un régimen muy parecido.  Cerró el Congreso. Subordinó al Poder Judicial, encarcelando jueces (como María Luisa Afiuni) que actuaron de una manera independiente. Cerró un canal de televisión importante (RCTV) y hostigó otro (Globovisión) –con amenazas, investigaciones y el arresto del dueño– hasta domarlo.  El resultado fue un nivel lamentable de autocensura.  Chávez superó a Fujimori en el número de arrestos, juicios o exilios de opositores importantes: ex candidatos presidenciales Osvaldo Álvarez Paz y Manuel Rosales; el general Raúl Baduel; el sindicalista Rubén Gonzales; el presidente de Globovisión, Guillermo Zuloaga; periodistas como Gustavo Azócar, Julio Balza, Henry Crespo, Leocenis García, Rafael y Patricia Poleo, y Dinora Girón.
Chávez también minó la competencia democrática. Su gobierno prohibió decenas de candidaturas, como la del exitoso alcalde Leopoldo López. El chavismo no robó elecciones, pero gracias a la politización de las instituciones judiciales y electorales, la intimidación de los medios, y el abuso masivo de los recursos del Estado, la competencia política se volvió injusta.  Parafraseando al analista mexicano Jorge Castañeda, era como un partido de fútbol donde un equipo tiene 11 jugadores más el árbitro, y el otro equipo solo tiene 7 u 8 jugadores.  Donde no hay competencia justa, no hay democracia.  
Sugerir que el régimen de Chávez no era autoritario –o que no se compara con el autoritarismo de Fujimori– es ignorar parte de la realidad venezolana (y confundir las preferencias ideológicas con el análisis).
La Revolución Bolivariana no es sostenible. Las instituciones construidas por Chávez –el régimen político y el modelo del Socialismo del Siglo XXI– no durarán mucho.  No durarán porque se construyeron sobre dos elementos muy precarios: el personalismo y el petróleo.  Pocas cosas atentan contra la institucionalización más que el personalismo.  Cuando las instituciones dependen de un solo líder carismático, se vulneran –y muchas veces colapsan– después de la salida de ese líder.  Las instituciones bolivarianas corren ese peligro.  Por más que se habla de una “revolución bolivariana,” el proyecto chavista siempre fue caracterizado por el extremo personalismo (Este extremo personalismo se manifiesta en el comportamiento de su sucesor, Nicolás Maduro, que –desesperado por heredar una gota del carisma de su jefe– se autoproclama el “hijo de Chávez,” usa la misma casaca de Chávez y hasta declaró que Chávez –ya en el cielo– influyó sobre la selección del primer papa latinoamericano.)
El petróleo también atenta contra la sostenibilidad. Salvo en casos donde las instituciones se consolidan antes del petróleo, la extrema dependencia en los ingresos generada por el petróleo casi siempre mina la capacidad del Estado. Corrompe.  Genera ineficiencia y desequilibrio fiscal. Chávez hizo muy poco para romper la dependencia de su economía en el petróleo. De hecho, el boom del petróleo fue su salvación.  Ahora, después de Chávez,  la dependencia es más alta que nunca. Lejos de hacer una revolución, Chávez cayó en la misma trampa que sus antecesores. Y las consecuencias empiezan a sentirse. El Estado se debilita. El desequilibrio fiscal se profundiza.  El ajuste se viene.
La Revolución Bolivariana es una casa construida sobre la arena.  Creer que un proyecto político-económico basado en el personalismo y el petróleo va a institucionalizarse no tiene fundamentos en la ciencia política.  Es un acto de pura fe.
Pero el chavismo va a durar.   Aunque el régimen y las políticas económicas son precarios, el chavismo –como movimiento político– ha echado raíces fuertes en la sociedad venezolana.  Los cambios iniciados por Chávez –y sobre todo, la extrema polarización y movilización que los acompañaron– generaron una identidad chavista fuerte.   El chavismo tiene mística. Tiene organización, basada en redes de militantes en cada rincón del país.  Y en términos de votos, el núcleo duro del chavismo –quizás un tercio del electorado– parece sólido.  Estos son la materia prima para la consolidación de un partido fuerte. 
Cuando cayó Perón en 1955, muchos observadores creían que el peronismo iba a desaparecer.  Pero sobrevivió. Y hoy, a casi 40 años de la muerte de Perón, sigue siendo el partido más grande de la Argentina. Algo parecido podría ocurrir en Venezuela.  El gobierno chavista podría caer, pero el chavismo seguiría siendo el partido más grande de Venezuela por mucho rato.
Nota aparte: Mi solidaridad con Susana Villarán, una alcaldesa seria y honesta.  Ella merece la misma oportunidad de gobernar–y de aprender de sus errores– que tuvieron Alan García y Luis Castañeda Lossio.

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