lunes, 9 de febrero de 2015

Poder, contrapesos y el futuro de Urresti

Domingo, 01 de febrero de 2015 | 4:30 am

El abuso del poder sigue siendo demasiado común en América Latina. Cuarenta y tres estudiantes desaparecidos en México. Presos políticos en Venezuela. La reelección indefinida en Nicaragua y quizás en Ecuador. El reglaje en el Perú.

Cuando hay abusos, solemos enfocarnos en las personas que los cometen. El problema son los fujimoristas, los chavistas, los Kirchner. Pero el problema principal no son las personas sino el poder. Ningún político es un ángel. Si nuestros gobernantes tienen demasiado poder, sin contrapesos, tarde o temprano van a abusar de ello.

Fujimori es un ejemplo. En medio de una severa crisis, los peruanos le dieron un cheque en blanco: aplaudieron cuando cerró el Congreso y disolvió la Constitución. Fujimori dijo que actuaba por el bien del país, pero terminó encabezando un gobierno criminal.
Los Kirchner son otro ejemplo. Néstor Kirchner fue elegido durante una profunda crisis que destruyó a sus principales rivales partidarios. Gracias a un boom económico, su aprobación superó el 70%. Ese apoyo, junto con el colapso de la oposición, le permitieron concentrar el poder. Los Kirchner utilizaron ese poder para varios fines progresistas (matrimonio gay, derechos laborales, políticas sociales), pero también politizaron al Poder Judicial, los servicios de inteligencia y los medios –con graves consecuencias–.

El mejor mecanismo para controlar a los gobiernos son las instituciones fuertes. Un Congreso fuerte. Un Poder Judicial independiente. Agencias (Contraloría, Defensoría del Pueblo) con capacidad de investigar y denunciar los actos ilícitos del gobierno. Estos contrapesos institucionales existen en Chile, Costa Rica, y Uruguay. Se han fortalecido en Brasil y Colombia (donde Uribe no pudo conseguir la “re-reelección” a pesar de su apoyo popular). Donde no existen contrapesos institucionales, como en Argentina, Bolivia, Ecuador y Perú, el riesgo del abuso presidencial es mayor.

Los peruanos han inventado otro mecanismo para controlar a sus gobiernos: no quererlos. Desde la caída de Fujimori, los peruanos desconfían de todos sus gobiernos. Toledo, García, y Humala pasaron la gran parte de sus presidencias cerca o debajo de 30% de aprobación. Según el Latinobarómetro, la aprobación promedio de los gobiernos peruanos entre 2002 y 2011 fue la más baja de América Latina: 26.5%, comparado con 52% en Argentina y México, 59% en Chile, 63% en Brasil y 66% en Colombia.

El descontento (casi) permanente mina la capacidad de los gobiernos (un gobierno muy impopular difícilmente logra implementar reformas importantes), pero ayuda a controlarlos. Un presidente con 26% de aprobación no puede seguir el modelo de Fujimori, Chávez o Correa, utilizando mecanismos plebiscitarios para manipular a las instituciones y concentrar el poder. Si lo intentara, terminaría como Lucio Gutiérrez.

Pero los gobiernos débiles son un pobre sustituto por los contrapesos institucionales. Ecuador pasó por casi dos décadas de gobiernos impopulares y débiles. Cayeron tres presidentes. Pero Rafael Correa se aprovechó del descontento para movilizar a las mayorías detrás de un proyecto populista que vulnera la institucionalidad democrática.

Si una ciudadanía desconfiada y descontenta puede servir como contrapeso, entonces, también puede convertirse en la base de un proyecto populista. El populismo –la movilización de las masas en contra del establishment, a través de un fuerte discurso antisistema– siempre surge en un contexto de amplio descontento público.

El populismo facilita el abuso del poder. Para un presidente populista, haber vencido a la odiada “clase política” es una gran fuente de apoyo popular. Y, por otro lado, una clase política deslegitimada que acaba de ser derrotada por un outsider no es un buen contrapeso. La combinación de un presidente apoyado por 70%-80% del electorado y una oposición débil es una receta para el abuso. Le permite al gobierno esquivar, debilitar o eliminar a los contrapesos institucionales –muchas veces “democráticamente” a través de elecciones o referendo–. Es lo que ocurrió con Fujimori, Chávez y Correa.

¿Podría ocurrir de nuevo en el Perú? Sin duda. Como los contrapesos institucionales siguen siendo débiles, otro Fujimori sigue siendo una posibilidad.

Paradójicamente, si hay un Fujimori en 2016, no será Keiko (que no es populista), sino Daniel Urresti. Como Alberto Fujimori, Urresti tiene un estilo personalista y antiinstitucional. Se presenta como alguien que soluciona los problemas de la gente, sin intermediarios institucionales. Y ataca –achoradamente– a los políticos.

Pero un populismo encabezada por Urresti enfrentaría varios problemas. Primero, Urresti forma parte del gobierno. Los populistas movilizan a la gente en contra del establishment. Pero Urresti es ministro. Es difícil ser antisistema y a la vez estar encargado de la policía que reprime las protestas.

Formar parte del gobierno también implica pagar los costos políticos de un gobierno abrumado por sus propios escándalos e errores. Defender al gobierno ante políticas fracasadas como la ‘Ley Pulpín’ y escándalos como los de Martín Belaunde y el reglaje genera desgaste. Uno puede ser un ministro popular en un gobierno impopular por un tiempo, pero tarde o temprano el desgaste afecta a todos.

Si Urresti quiere ser un candidato populista exitoso, entonces tendrá que dejar al gobierno. Pero sin partido o movimiento, salir del gobierno podría ser un salto al desierto.

Otro problema es que Urresti carece de una base. Los populistas atacan a la clase política en nombre de alguien –algún movimiento (aunque sea ficticio)–. Urresti ataca solo. Sus tuits pueden caer bien, pero no movilizan a nadie. Dicen que la base de Urresti es el antifujimorismo y el antiaprismo, pero no creo. Los votantes más fervorosamente antifujimoristas y anti-Alan son los paniagüistas. Son los cívicos/liberales/caviares que defienden los derechos humanos y la institucionalidad. Los paniagüistas están esperando a Gastón, no a Urresti. Urresti tendría que disputar el voto popular con Keiko. Y Keiko tiene más experiencia, mejor organización, y la ventaja de no estar en el gobierno.

Existe todavía un espacio populista en el Perú. Según GfK, la mitad del electorado no quiere ni a Keiko ni a Alan ni a PPK. Aunque Urresti no sea candidato populista exitoso en 2016, el actual liberalismo por default no durará para siempre. Hay que construir contrapesos institucionales.

Odría y Urresti


Miércoles, 07 de enero de 2015 | 4:30 am

La fuga de Martín Belaunde a Bolivia ha debilitado al ministro Urresti. Ante la crisis, ha lucido ingenuo y fue atrapado mintiendo cuando declaró que Ramos Heredia había frustrado una captura inminente. A continuación, sus polémicas con Fernando Rospigliosi y Mauricio Mulder evidencian su falta de mesura para moverse en el escenario político. La figura de un elefante en cristalería lo describe con precisión. Pero, algunos analistas han adelantado como pronóstico que, por ello, carece de futuro y lo quieren ya fuera del gabinete y de la política nacional.

Sin embargo, las formas de Urresti no necesariamente anulan sus perspectivas. Por el contrario, pueden potenciarlas. Rasgos tan marcados como los suyos pueden ser virtudes o defectos.

En todo caso existe un antecedente que incluso llegó a la Presidencia de la República. Se trata del general Manuel A. Odría. Para empezar, ambos llegaron a generales del EP y en su currículo figuraba el mismo ministerio. Odría integró el gabinete de Bustamante como ministro de Gobierno y Policía, nombre de entonces, luego transformado en ministerio del Interior.

Asimismo, sus personalidades políticas eran semejantes. Ambos han sido tomados como militarotes y percibidos como de escasa capacidad política. A Odría lo trataban directamente de bruto y le inventaron un rosario de chistes racistas para menospreciarlo. Asimismo, el presidente del “Ochenio” fue considerado de muy reducida capacidad política. Era temido porque su intolerancia se traducía en innumerables abusos contra sus opositores; pero, nadie lo juzgaba solvente.

Así, las características de un individuo lo pueden perder o llevar arriba. Lo que importa son las circunstancias políticas. Revisemos las de Odría, para conocer los antecedentes de Urresti.

El general Odría fue nombrado ministro de Gobierno y Policía de un gobierno débil, aquejado por una crisis de inseguridad ciudadana. En su caso, se trataba de la quiebra de la coalición gubernamental y el enfrentamiento de la oligarquía contra el APRA y el centro político representado por Bustamante. Pero, había algo en común con nuestros días. La gente se sentía insegura, el temor dominaba a muchos porque la calle era peligrosa.

Ante ello, habían fracasado varias alternativas civiles para manejar la situación interna. Otros ministros más civilizados no habían dado fuego. Por su parte, desde el comienzo, Odría fue un ministro de perfil alto. No era tan mediático como Urresti, puesto que la figuración pública no era tan marcada como hoy. Pero, su imagen transmitía voluntad para encarar situaciones difíciles. No se corría. Su fama provenía de haber peleado con éxito la guerra contra Ecuador.

Odría tuvo en sus manos un gran escándalo político que fue determinante de su suerte. En enero de 1947 el crimen de Francisco Graña conmovió al país. Graña era dueño y director de un diario que cotidianamente atacaba al APRA. Por ello, este partido fue acusado del asesinato. En ese momento había ministros apristas, que fueron obligados a renunciar. Se quebraron completamente las relaciones políticas entre el PAP y el gobierno. Como consecuencia, los ministros militares, entre ellos Odría, cobraron gran influencia sobre un presidente asediado.

En cierto momento, esos ministros militares presionaron demasiado a Bustamante, le pidieron directamente la ilegalización del APRA. El presidente no aceptó, porque no quiso que su gobierno democrático y centrista termine transformándose en una dictadura. Pues bien, en ese momento, los ministros militares se fueron a su casa. Era junio de 1948; solo cuatro meses después Odría dio el golpe que inició sus ocho años de gobierno.

A veces las sociedades requieren hombres fuertes, cuanto menos sofisticados mejor, porque brindan seguridad e identidad al individuo común, asustado e inseguro. En el caso actual, en un año Urresti podría estar olvidado, como también podría ser temible, en vísperas de las presidenciales. Esta incógnita se resolverá el 2015.