Domingo, 01 de febrero de 2015 | 4:30 am
El abuso del poder sigue siendo demasiado común en América Latina. Cuarenta y tres estudiantes desaparecidos en México. Presos políticos en Venezuela. La reelección indefinida en Nicaragua y quizás en Ecuador. El reglaje en el Perú.
Cuando hay abusos, solemos enfocarnos en las personas que los cometen. El problema son los fujimoristas, los chavistas, los Kirchner. Pero el problema principal no son las personas sino el poder. Ningún político es un ángel. Si nuestros gobernantes tienen demasiado poder, sin contrapesos, tarde o temprano van a abusar de ello.
Fujimori es un ejemplo. En medio de una severa crisis, los peruanos le dieron un cheque en blanco: aplaudieron cuando cerró el Congreso y disolvió la Constitución. Fujimori dijo que actuaba por el bien del país, pero terminó encabezando un gobierno criminal.
Los Kirchner son otro ejemplo. Néstor Kirchner fue elegido durante una profunda crisis que destruyó a sus principales rivales partidarios. Gracias a un boom económico, su aprobación superó el 70%. Ese apoyo, junto con el colapso de la oposición, le permitieron concentrar el poder. Los Kirchner utilizaron ese poder para varios fines progresistas (matrimonio gay, derechos laborales, políticas sociales), pero también politizaron al Poder Judicial, los servicios de inteligencia y los medios –con graves consecuencias–.
El mejor mecanismo para controlar a los gobiernos son las instituciones fuertes. Un Congreso fuerte. Un Poder Judicial independiente. Agencias (Contraloría, Defensoría del Pueblo) con capacidad de investigar y denunciar los actos ilícitos del gobierno. Estos contrapesos institucionales existen en Chile, Costa Rica, y Uruguay. Se han fortalecido en Brasil y Colombia (donde Uribe no pudo conseguir la “re-reelección” a pesar de su apoyo popular). Donde no existen contrapesos institucionales, como en Argentina, Bolivia, Ecuador y Perú, el riesgo del abuso presidencial es mayor.
Los peruanos han inventado otro mecanismo para controlar a sus gobiernos: no quererlos. Desde la caída de Fujimori, los peruanos desconfían de todos sus gobiernos. Toledo, García, y Humala pasaron la gran parte de sus presidencias cerca o debajo de 30% de aprobación. Según el Latinobarómetro, la aprobación promedio de los gobiernos peruanos entre 2002 y 2011 fue la más baja de América Latina: 26.5%, comparado con 52% en Argentina y México, 59% en Chile, 63% en Brasil y 66% en Colombia.
El descontento (casi) permanente mina la capacidad de los gobiernos (un gobierno muy impopular difícilmente logra implementar reformas importantes), pero ayuda a controlarlos. Un presidente con 26% de aprobación no puede seguir el modelo de Fujimori, Chávez o Correa, utilizando mecanismos plebiscitarios para manipular a las instituciones y concentrar el poder. Si lo intentara, terminaría como Lucio Gutiérrez.
Pero los gobiernos débiles son un pobre sustituto por los contrapesos institucionales. Ecuador pasó por casi dos décadas de gobiernos impopulares y débiles. Cayeron tres presidentes. Pero Rafael Correa se aprovechó del descontento para movilizar a las mayorías detrás de un proyecto populista que vulnera la institucionalidad democrática.
Si una ciudadanía desconfiada y descontenta puede servir como contrapeso, entonces, también puede convertirse en la base de un proyecto populista. El populismo –la movilización de las masas en contra del establishment, a través de un fuerte discurso antisistema– siempre surge en un contexto de amplio descontento público.
El populismo facilita el abuso del poder. Para un presidente populista, haber vencido a la odiada “clase política” es una gran fuente de apoyo popular. Y, por otro lado, una clase política deslegitimada que acaba de ser derrotada por un outsider no es un buen contrapeso. La combinación de un presidente apoyado por 70%-80% del electorado y una oposición débil es una receta para el abuso. Le permite al gobierno esquivar, debilitar o eliminar a los contrapesos institucionales –muchas veces “democráticamente” a través de elecciones o referendo–. Es lo que ocurrió con Fujimori, Chávez y Correa.
¿Podría ocurrir de nuevo en el Perú? Sin duda. Como los contrapesos institucionales siguen siendo débiles, otro Fujimori sigue siendo una posibilidad.
Paradójicamente, si hay un Fujimori en 2016, no será Keiko (que no es populista), sino Daniel Urresti. Como Alberto Fujimori, Urresti tiene un estilo personalista y antiinstitucional. Se presenta como alguien que soluciona los problemas de la gente, sin intermediarios institucionales. Y ataca –achoradamente– a los políticos.
Pero un populismo encabezada por Urresti enfrentaría varios problemas. Primero, Urresti forma parte del gobierno. Los populistas movilizan a la gente en contra del establishment. Pero Urresti es ministro. Es difícil ser antisistema y a la vez estar encargado de la policía que reprime las protestas.
Formar parte del gobierno también implica pagar los costos políticos de un gobierno abrumado por sus propios escándalos e errores. Defender al gobierno ante políticas fracasadas como la ‘Ley Pulpín’ y escándalos como los de Martín Belaunde y el reglaje genera desgaste. Uno puede ser un ministro popular en un gobierno impopular por un tiempo, pero tarde o temprano el desgaste afecta a todos.
Si Urresti quiere ser un candidato populista exitoso, entonces tendrá que dejar al gobierno. Pero sin partido o movimiento, salir del gobierno podría ser un salto al desierto.
Otro problema es que Urresti carece de una base. Los populistas atacan a la clase política en nombre de alguien –algún movimiento (aunque sea ficticio)–. Urresti ataca solo. Sus tuits pueden caer bien, pero no movilizan a nadie. Dicen que la base de Urresti es el antifujimorismo y el antiaprismo, pero no creo. Los votantes más fervorosamente antifujimoristas y anti-Alan son los paniagüistas. Son los cívicos/liberales/caviares que defienden los derechos humanos y la institucionalidad. Los paniagüistas están esperando a Gastón, no a Urresti. Urresti tendría que disputar el voto popular con Keiko. Y Keiko tiene más experiencia, mejor organización, y la ventaja de no estar en el gobierno.
Existe todavía un espacio populista en el Perú. Según GfK, la mitad del electorado no quiere ni a Keiko ni a Alan ni a PPK. Aunque Urresti no sea candidato populista exitoso en 2016, el actual liberalismo por default no durará para siempre. Hay que construir contrapesos institucionales.

No hay comentarios:
Publicar un comentario