viernes, 31 de octubre de 2014
Matar a Susana, aquí y ahora
Viernes, 31 de octubre de 2014 | 4:30 am
Las izquierdas procesan con dificultad el resultado electoral. La primera reacción ha sido crucificar a Susana Villarán acusándola de crímenes de lesa política, que irían desde la apertura a otras tiendas y sectores, hasta de una supuesta abjuración de su identidad. Este deleite cainita no debería impedir un balance menos familiar de las elecciones y leer entrelíneas algunos análisis, sobre todo los que se reducen a las elecciones en Lima, los que ocultan el fracaso de la izquierda partidaria en las regiones o los que minimizan la pérdida de un voto nacional en favor de la izquierda.
Matar a Susana aquí y ahora además de injusto no resuelve nada. En Lima, la derrota es más que una pérdida electoral; refleja dos hechos que serán relevantes de cara al 2016: 1) la derrota de la unidad, una esperanza en un momento crucial de nuestra democracia, precaria y enfrentada al cambio; y 2) la pérdida de un caudal de votos imprescindibles para re-construir una alternativa.
Es cierto que Villarán cometió errores aunque entre estos no se encuentra el esfuerzo de apertura, un gesto que ningún candidato en el Perú podría darse el lujo de subestimar; fueron más bien errores en la ejecución de la apertura, especialmente en la relación con determinados actores. El resto de grupos se fueron por las ramas, desbarrando entre el pragmatismo y el tradicional apuro que deviene de un histórico desorden.
Mientras Alianza para el Progreso (APP) se presentó en 23 regiones, el fujimorismo en 18, y Acción Popular en 16, el Frente Amplio se presentó en 11, el mismo número que el Apra. En donde el Frente Amplio (FA) participó no le fue bien; en Lima, su mejor resultado fue en Ancón (1,22%) y en las regiones, en Lambayeque (2,65%). En algunos casos, como en el Cusco, Puno y Moquegua, el FA se emplazó contra la izquierda regional solo para ser derrotado. Por ejemplo, en Chota, el MAS le ganó al Frente Amplio 42% a 0,7% y en el Cusco Tierra y Libertad obtuvo poco más de 5%.
La limeñización de las izquierdas partidarias es una realidad y el Frente Amplio está prácticamente muerto en tanto que su grupo más organizado, Patria Roja, ha obtenido sus mejores resultados fuera de ella, en Cajamarca y en Madre de Dios. De cara al 2016 se hace patente un derrotero cuyo ritmo será marcado por la agrupación propietaria de la única inscripción electoral; el esquema aprendido en los últimos 35 años está dibujado: una azarosa negociación de pequeñas cúpulas que reciben el nombre de “nacionales” de espaldas a miles de militantes sin partidos y de la izquierda extrapartidaria, que parirá un espacio estrecho resistente a la apertura.
En las izquierdas escasea el liderazgo, ese componente crucial de cualquier proceso de agregación de actores políticos. No obstante, el problema no parece ser solo de perfil e identidad sino también de proyecto. Lo que hace dos años aparecía como una izquierda nueva, innovada por un programa ambiental y reformador institucional, y que iría a estrenarse en estas elecciones, ha tenido poca fortuna y ha sido derrotada en casi todas las plazas donde se procesan conflictos de naturaleza extractiva.
Es tarde para un modelo de unidad tipo Frente Amplio; la fórmula ya no es posible y quizás ni necesaria. Como en otros países, la izquierda existe y ha sido resistente a la prédica depredadora de la derecha y sobrevive a sus propios errores; no obstante, está cada vez menos presente en los partidos y más en la sociedad, en una suerte de dualidad que debería ser asumida, una izquierda partidaria y otra social/regional.
De cara al futuro la interrogante reside en la capacidad de esa maltrecha izquierda partidaria para relacionarse con la izquierda social/regional sin intentar ponerse primero en la fila sino animar una gran convergencia con vocación de apertura. Lamentablemente, sus líderes todavía están ocupados matando a Susana y con un discurso que va en sentido contrario. Es curioso: izquierdas que celebran la apertura de sus pares en Brasil, Uruguay y Bolivia pero que consideran que su deber aquí es enconcharse.
Los demonios del centro
Viernes, 24 de octubre de 2014 | 4:30 am
La primera reacción gruesa al resultado electoral del 5 de octubre la ha tenido Alan García, quien se ha planteado un tentador derrotero: 1) la formación de un frente por el que sea candidato; 2) que el gobierno del 2016 no sea “de un partido”; y 3) que las elecciones del 2016 sirvan para “consolidar y salvar la política”.
Salvo el Frente Democrático Nacional de 1945 y la alianza AP-DC de 1963, los frentes preelectorales en el Perú no tuvieron la fortuna de ganar la Presidencia de la República (Fredemo 1990, IU 1985, Unidad Nacional 2001 y 2006, Frente de Centro 2006 y Perú Posible-AP-Somos Perú 2011), resultados que llevan a la presunción de que los frentes no conducen a una progresión aritmética, no suman sino restan. Otras alianzas permitieron juegos menores como el Apra-Uno en los años 60 o Izquierda Unida en 1983. En cambio, nuestra cultura política es más propicia para alianzas menos expresas (la convivencia Apra-Pradismo 1956/1962 y Apra-Fujimorismo en el Congreso 2006-2011) o pactos postelectorales (AP-PPC 1980/1984, PP-FIM 2001/2006 y el actual PP-Nacionalismo).
Es difícil que esta tendencia se altere el 2016; las posibilidades del Apra de formar un frente con partidos nacionales de cierto peso están casi cerradas, a excepción de Solidaridad Nacional. Asimismo, un pacto Apra-PPC es muy sugerente (Lourdes Flores lo hace muy seductor, al ritmo del alcatraz, ¡a que no me quemas!), pero poco viable más por el antiaprismo pepecista que por la falta de apertura del partido de Haya.
El modelo de frente que intentan García y el Apra parece ya estar dibujado y se orienta hacia abajo. En las recientes elecciones, el aprismo ha procesado una apertura regional, la única entre los partidos nacionales, con la formación de frentes con interesantes resultados: Alianza Popular (Cusco) obtuvo 10%; Paisanocuna (Huánuco) 10,5%; Juntos por Junín (Junín) 14,5%; Seguridad y Prosperidad (Piura) 18%; y Patria Joven (Lima Provincias) 14%. Es cierto que también ha perdido por 10 puntos en La Libertad (33%) y por 14 en Lambayeque (19%) pero ha obtenido 900 mil votos en Lima, que no son solo suyos pero que García ha empezado a degustar sin invitar a nadie. En el Callao ha formado una alianza omisiva, dejando que postulen los candidatos de Chim Pum Callao en la idea de que este grupo se sume al Apra el 2016.
Ese modelo de alianzas hacia abajo tiene demonios a ser encarados; obliga a un movimiento hacia el centro, el único espacio que le permitiría a García llegar a la segunda vuelta y ganarle a otra posible inquilina de esa ronda, Keiko Fujimori. No obstante, ese espacio tiene leyes propias porque no todo centro es atractivo electoralmente y porque como apunta Juan Carlos Tafur (Exitosa Diario 19/10) el ciclo de los centros inactivos, solo moderados, parece estar llegando a su fin.
La moderación activa es una opción interesante de cara al 2016, es decir, un centro reformista, audaz y de convocatoria social. García parece haber advertido ello y por eso junto a la idea del frente ha lanzado dos añadidos, un gobierno que no descanse en un partido y que salve a la política. Allí sí se complican las cosas porque las evidencias indican que no será posible salvar a la política debilitando más la participación de los partidos en el juego electoral. La que viene será una elección en la que los partidos no elegirán a sus candidatos sino los candidatos elegirán a sus partidos, pero todo tiene sus límites.
El más grande desafío de un frente centrista es la identidad; el centro es un programa, un discurso y una actitud, y no parece viable uno de cara a las regiones y provincias con un pie en la derecha, esa que no entiende ni una pizca de lo que pasa fuera de Lima. No obstante lo dicho, en este momento el único candidato presidencial que puede intentar esta ubicación es García, que ha empezado a moverse y a hablarle al país, mientras la izquierda, el PPC y AP les siguen hablando a sus militantes y el fujimorismo achica su cancha enredado en una pugna explosiva con el gobierno que con inteligencia el Apra atiza sin quemarse.
Ahora todos somos reformistas
Viernes, 17 de octubre de 2014 | 4:30 am
El reciente resultado electoral ha puesto de moda dos palabras, antisistema y reforma; la primera, de uso común para explicar incluso fenómenos irreconocibles, y la segunda para resumir la necesidad de cambios en las reglas de organización de la política, especialmente en la formación de la representación y en su ejercicio. De pronto, desde los medios y la empresa se registran llamados insistentes a la reforma política y hasta la academia, mayoritariamente escéptica, se ha unido a la demanda. En los partidos hay menos resistencia aunque las frágiles militancias se vuelcan a favor de cambios que reviertan la larga agonía de sus organizaciones.
De pronto todos somos reformistas, o casi todos, y se suceden anuncios de inminentes cambios a ser aprobados en el Congreso. No obstante, se mencionan modificaciones muy parciales que, de ser adoptadas, no implicarían un quiebre de lo conocido hasta ahora u otros que agravarían la situación que se pretende conjurar.
Algunos ejemplos: si se aprobara solo viabilizar el financiamiento público sin que se haga vinculante la rendición de cuentas y sin fortalecer la democracia interna, se tendría una inyección de recursos a los grupos políticos, generando cúpulas partidarias plutocráticas invencibles; o si se aprobara la eliminación del voto preferencial sin garantizar la presencia de género, se tendría un retorno a la práctica supresión de la participación de las mujeres en las listas para cargos de elección popular; o si se suprimiera legalmente a los partidos regionales, se tendría una suerte de partidos nacionales atravesados por el autonomismo regional.
Algunos rasgos de esa reforma que nos puede conducir a mayores frustraciones se observan en declaraciones, proyectos de ley y dictámenes elaborados desde el año pasado: 1) cerrar el sistema actual, elevando a 800 mil el número de firmas para la legalización de nuevos partidos bajo la premisa de que el problema reside en el número de partidos; 2) centrar los cambios en el ejercicio de la representación, olvidando la formación de la representación, es decir, cómo se nombra un candidato; 3) reducir los controles públicos de las finanzas partidarias; y 4) establecer garantías para las dirigencias sin estimular la participación de los afiliados, su reclutamiento y registro.
En esa dirección se aprecia en el Congreso la voluntad de realizar cambios sin tomar en consideración el proyecto de nueva Ley de Partidos Políticos presentado en diciembre pasado por el JNE, la ONPE y el RENIEC, y los proyectos de Código Electoral y Código Procesal Electoral propuesto el 2011, que los organismos electorales consensúan. Lo peor que podría pasar es que la demanda de reforma termine en contrarreforma.
La anotación de problemas a abordar no deja de ser sugerente para encarar la crisis de legitimidad partidaria: la corrosión del voto preferencial, el financiamiento ilegal, la supresión de la democracia interna, el emprendimiento partidario ultrapersonalizado, la condición vitalicia de los dirigentes fundadores, la falta de elecciones internas, el fichaje de independientes con dinero, los partidos vientre de alquiler, entre otros.
No obstante, sería conveniente precisar los alcances y límites de los cambios para evitar los errores de hace una década que en el caso de la Ley de Partidos consolidaron un movimiento de apertura en falso iniciado por la Constitución de 1993. El debate sobre cuánto debe abrirse o cerrarse el sistema no es malo en la medida en que se tenga un consenso en los principios de la reforma.
Algunos de estos podrían ser: 1) el incremento de la participación ciudadana en los partidos, es decir, una reforma pro ciudadano y no solo pro partido; 2) en lo posible, la superación de la antipolítica garantizando un sistema con elecciones internas organizadas por los organismos electorales, poniendo fin al independentismo político; 3) el establecimiento de una formalidad partidaria nacional y regional, contra la emergencia informal; y 4) reducir en lo posible la fuerza del dinero como principal organizador de la política.
Un escenario del fujimorismo
Miércoles, 15 de octubre de 2014 | 4:30 am
Un tema clave de estas elecciones es la situación del fujimorismo. Las preguntas son sencillas, ¿gana o pierde y cómo queda de cara al 2016? En principio su resultado ha sido bastante pobre, comparado con el esfuerzo de su lideresa. En mítines y actividades partidarias, Keiko ha estado en medio país y en muchos distritos de Lima. Su presencia ha sido superior a cualquier otro de los candidatos presidenciales considerados fuertes.
Pero no ha ganado ningún distrito de la capital y a nivel regional no gana ninguna en primera vuelta y está disputando segunda en cuatro regiones: Ica, San Martín, Amazonas y Lima. Veremos si logra alguna presidencia. Pero es indudable que para la magnitud de lo invertido, la cosecha fujimorista ha sido magra.
Ahora bien, ¿cuáles son las consecuencias? Ante esta pregunta ya surgió una interpretación autocomplaciente, según la cual el resultado no tiene trascendencia porque existe un divorcio entre el nivel nacional y el subnacional. No hay conexión; según este parecer, se puede perder en uno sin afectar las chances en el otro.
Si fuera tan claro, cuáles habrían sido las razones para un involucramiento tan elevado de la lideresa. Cómo así Fuerza Popular no obtiene los resultados, por ejemplo, de Alianza para el Progreso, que concreta varios triunfos interesantes.
Entre otros escenarios posibles, los entendidos dicen que guarda relación con las distintas prioridades generacionales en el fujimorismo. Desde el gobierno, Alberto Fujimori practicó un extenso clientelismo, construyendo redes por todo el país intercambiando dádivas por lealtades. Como además enfrentó la hiperinflación y derrotó a Sendero, soldó esas lealtades en el pueblo.
Por ello, el fujimorismo ha sobrevivido a su espectacular caída, a los inauditos escándalos de corrupción y al abuso sistemático de los derechos humanos. Alberto Fujimori encarna la reforma neoliberal y al ejecutarla tejió redes clientelares particularmente sólidas.
El actual reo de la DIROES estaba particularmente interesado por los resultados en provincias y barrios populares de Lima. Lo suyo era un neopopulismo de derecha, construido en medio de la reforma neoliberal.
Por el contrario, Keiko Fujimori ha estado pendiente de los resultados en San Isidro; su candidata estrella ha sido Madeleine Osterling y no algún personaje tipo Absalón. La segunda generación quiere ser aceptada por la alta sociedad, mientras que Alberto era corrupto y abusivo, pero intensamente populachero. A diferencia de su padre, Keiko tiene pretensiones de incorporarse a la elite, mientras que Alberto era impresentable, pero había construido abajo sus bastiones.
Dicen que la personalidad de los políticos guarda relación con la naturaleza de su campamento general. Túpac Amaru en Tungasuca, el APRA histórica en el sólido norte, la izquierda comunista en el sur, etc. Pero el bastión de Keiko es San Isidro, o en todo caso Ica, donde Cillóniz tiene un perfil semejante a Madeleine.
Al aburguesarse, Keiko pierde contacto con el electorado popular, que la percibe lejana. Si se suma el escándalo de los congresistas Grandez y Gagó, resulta que el fujimorismo de segunda generación mantiene los vicios de la primera.
Pero no conserva su virtud principal, que era el contacto estrecho con sus clientes. No saben hacerlo sino están en el poder. El mismo Alberto Fujimori tejió sus lazos clientelares desde el gobierno. En la lucha por llegar, Fuerza Popular carece de mecanismos para conectar con el populorum.
Keiko ha perdido terreno en estas elecciones y ha sufrido más que García. No sabemos si habrá sorpresa, pero todos estamos seguros de que dos competidores fuertes serán Alan y Keiko. Si ella retrocede, él se posiciona, efecto redoblado por la performance de Cornejo. A menos que los apristas entren en lucha interna y así, con ambos pesos pesados debilitados, se abriría la cancha para un outsider; como están las cosas, probablemente alguien autoritario de derecha.
Las ligas menores
Miércoles, 08 de octubre de 2014 | 4:30 am
Para el votante izquierdista, el resultado electoral ha sido el esperable, aunque es bastante desalentador. Por ello, este sector del espectro encontrará particularmente complicado el escenario del 2016. Para empezar ha actuado dividida y, como siempre, este factor jugará en contra suya.
La centro-izquierda, liderada en Lima por Susana Villarán, ha sufrido una derrota sin atenuantes. Su resultado es algo inferior a las proyecciones de las encuestas a lo largo de la campaña. No ganó votantes nuevos y perdió parte de su núcleo. Este resultado debería frustrar el operativo de lanzar a la presidencia a Villarán. Con ese fin se estaban moviendo viejos zorros de la política izquierdista, que ahora deberán repensar su estrategia.
A las fuerzas de centro-izquierda les conviene proyectarse como bancada parlamentaria sumándose a una candidatura presidencial de centro. En las presidenciales anteriores debieron haberlo concretado y no lo hicieron. Como consecuencia, la alcaldesa no contó con partidarios propios en el Congreso y ese fue otro escenario del cual se aisló, posibilitando que la azoten cuantas veces quieran sus enemigos. Ahora Fuerza Social debe haber aprendido la lección y se correrá en busca del centro salvador.
Pero, ¿específicamente con quién? Difícil saberlo. Su primera apuesta ha sido Perú Posible y ha sido un fiasco al 100% Ninguno de los candidatos distritales de Toledo hizo campaña por Susana y su presencia cuestionaba el principal atributo de la alcaldesa: la honestidad. Pero, seguirán buscando y encontrarán, quizá en Acción Popular, si concreta un candidato interesante. Caso contrario, acabarán aliados del gobierno.
En efecto, el nacionalismo ha estado ausente el domingo pasado y sin embargo será una candidatura segura el 2016. Se ignora quién será su ficha principal, pero los tres nombres que se mencionan (Jara, Tejada y Espinoza) son bastante convenientes para la centro-izquierda. Así, los más sensatos de sus partidarios le aconsejarán a Villarán que reaparezca en política integrando la lista congresal del nacionalismo, la cual en Lima posiblemente sea presidida por Nadine.
Por otro lado, los sectores más izquierdistas obtienen un pobre resultado nacional, matizado por el rotundo triunfo de Santos en Cajamarca. Desde un comienzo dijimos que siempre ganan los candidatos que son apresados o deportados y se les permite seguir compitiendo. Ha ocurrido cien veces y ésta no podía ser una excepción. La víctima nunca falla.
El MAS-Patria Roja obtiene esta solitaria victoria y no logra concretar su única otra apuesta viable, que era Moquegua, aunque ahí competía con sigla regional. Por su parte, Tierra y Libertad conserva la inscripción legal, que constituye uno de sus atributos actuales, pero prácticamente no ha competido en las elecciones del domingo último. Sin embargo, en Cajamarca ha destacado por apoyar a Santos, haciendo posible pensar en un entendimiento para el 2016. Así, no sería extraña una alianza entre estos dos grupos, que podría revivir al Frente Amplio, descartando definitivamente a la centro-izquierda, que se iría con el gobierno.
Sin embargo, a nivel presidencial sus posibilidades son escasas y, sin trabajo orgánico sostenido, en buena medida dependerían del candidato. A este respecto, no se percibe una figura carismática potencial en sus filas. Salvo el mismo Santos, si el gobierno se empecina en mantenerlo en Piedras Gordas.
Por último, aún están en la disputa los candidatos antisistema. Ellos no guardan ninguna relación con el resto de la izquierda y tampoco la desean. Estarán presentes en segunda vuelta en Junín, Apurímac y Puno. Dependerá del resultado final, pero su trayectoria futura es un misterio. En Junín, la gestión saliente de Cerrón como presidente regional ha sido muy convencional, pero en Puno, de ser elegido, Aduviri anuncia mayor confrontación con el gobierno central.
Así, dividida en tres corrientes, el futuro inmediato de la izquierda parece jugarse en ligas menores.
Elecciones y Tarados
Domingo, 05 de octubre de 2014 | 4:30 am
Los peruanos no son estúpidos. Ni en Cajamarca ni en San Juan de Lurigancho. Ni siquiera en San Isidro. Pero lamentar la “ignorancia,” la “falta de memoria” y hasta la estupidez del electorado peruano se ha vuelto una práctica común. El rey de los lamentos es Aldo Mariátegui, que saca del closet su concepto del “electarado” cada vez que se elige alguien que a él no le gusta (o sea, con frecuencia).
Pero Mariátegui no está solo. Y el desprecio hacia el electorado peruano no se limita a la derecha. Aunque sean más sutiles, muchos comentarios progresistas sbre los que votan por candidatos que “roban pero hacen obras” revelan el mismo desdén.
Despreciar al electorado es poco democrático. Implica que algunos ciudadanos (casi siempre, de menores ingresos) no son competentes para votar –el argumento utilizado en siglos pasados para justificar las restricciones al sufragio. Además, es poco liberal. El liberalismo reconoce que siempre existirán diversos intereses y opiniones, y que estas diferencias son legítimas.
Puedo no compartir las preferencias electorales de un conservador de Texas, pero al llamarlo tarado estoy diciendo que hay una opción electoral objetivamente “correcta” (la mía), y que la de mi compatriota no es legítima.
En vez de despreciar al electorado peruano, sería mejor estudiar por qué la gente vota como vota. Como no ha habido mucha investigación sobre el comportamiento electoral peruano, sabemos muy poco. Sin embargo, hay algunas características del voto peruano que vale la pena señalar.
Primero, el electorado peruano es diverso. Perú es un país heterogéneo y bastante desigual, con grandes diferencias sociales, culturales, y regionales. Esa diversidad influye sobre el voto.
La experiencia de crecer y vivir en Huancavelica, Ilave, Yurimaguas, o San Isidro genera distintas identidades, expectativas, e intereses, y, por supuesto, ideas políticas. Además, varias investigaciones muestran que nuestras redes familiares y sociales –la gente con quienes hablamos todos los días– influyen mucho sobre el voto. Como el círculo social de un votante rural en Cajamarca es tan diferente que los de mis amigos de la PUCP o el de Madeleine Osterling, y como estos círculos no se cruzan nunca, no debe sorprender que sus preferencias y prioridades electorales son distintas también. Vivir en San Isidro y concluir que los ciudadanos de Cajamarca o Moquegua son tarados porque tienen preferencias electorales distintas sería, bueno, tarado.
Otra característica del Perú contemporáneo es la irracionalidad del voto programático. Para muchos, el voto programático –votar por el candidato que propone implementar las políticas públicas que uno quiere– es lo más racional e inteligente. Pero en el Perú es casi imposible. El voto programático requiere que el electorado (1) tiene información creíble sobre las diferencias programáticas entre los candidatos y (2) confía que el ganador cumplirá con su programa.
Estas condiciones no existen en el Perú. Primero, hay demasiada incertidumbre. El votante peruano enfrenta un enorme cantidad de candidatos (16 en Puno, 19 en Áncash). Casi todos son personalistas, sin partido o programa claro. Y como la mayoría de los “partidos” son nuevos y nunca han gobernado, el electorado no sabe cómo gobernarán. Ante 19 candidatos sin trayectoria partidaria o programa coherente, el votante enfrenta mucha incertidumbre. Siente como si estuviera lanzando dardos en la oscuridad.
Otro factor que mina al voto programático es la desconfianza. Los peruanos no creen que los candidatos vayan a cumplir con sus programas. No porque sean desconfiados por naturaleza, sino por una razón muy sencilla: los candidatos no cumplen con sus programas. En las últimas décadas, la relación entre lo dicho en campaña y lo hecho en el gobierno ha sido casi nula. Las políticas implementadas por los gobiernos de Belaunde (1980-85), Fujimori (1990-95), García (2006-11), y Humala tuvieron poco o nada que ver con sus promesas electorales. Para muchos peruanos, entonces, el voto programático ha sido totalmente devaluado. La experiencia les ha enseñado que el voto no sirve para cambiar las políticas del gobierno.
Lo mismo ocurre con la corrupción. Los candidatos que prometen “hacer las cosas bien” ya no son creíbles. ¿Por qué? Tal vez porque los últimos tres presidentes de la República han sido condenados (Fujimori) o denunciados (García, Toledo) por corrupción y 22 de los 25 presidentes regionales actuales afrontan denuncias por corrupción.
La extrema desconfianza afecta al comportamiento electoral. Cuando los ciudadanos no creen que los candidatos vayan a cumplir con sus promesas, el voto programático deja de ser racional. Por qué buscar al candidato con el mejor programa si ese programa no se va a cumplir? Sería inútil. Sería irracional. En un contexto así, ¿por qué no utilizar el voto para otros fines? ¿Cambiarlo por algo (clientelismo)? ¿Utilizarlo para expresarse o mandar un mensaje de frustración (voto anti-sistema)?
En vez de denigrar a los ciudadanos cuyo comportamiento electoral no entendemos, sería mejor tratar de entenderlos. Por ejemplo, en vez de contentarse con la floja explicación mariateguista (el “electarado”), la derecha debería estudiar por qué un sector del electorado en el interior sigue votando por candidatos radicales antisistema. Según Carlos Meléndez, uno de los pocos que ha investigado el tema, el voto antisistema del interior es producto de la desconfianza generada por la experiencia de los ciudadanos con un estado débil.
Y si la izquierda quiere volver a ser viable en el Perú, debería estudiar por qué los sectores populares urbanos la abandonaron –y por qué votan (a veces masivamente) por el fujimorismo o por Castañeda. Explicaciones como “el clientelismo de Fujimori” o una cultura de “robo pero hace” no bastan. Son votantes cuyo nivel de vida mejoró muchísimo en las últimas dos décadas, pero que sigue siendo vulnerable. Tener tanto que perder podría ser una fuente de conservadurismo bastante racional.
Concuerdo, entonces, con Carlos Meléndez: el votante peruano no es ni irracional ni estúpido. La gente vota por muchas razones, basado en diversas identidades, intereses, y expectativas. Podemos no compartir las preferencias del electorado en Cajamarca, Puno, o San Isidro, pero negar la legitimidad de estas preferencias choca con los principios básicos de la democracia.
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