viernes, 31 de octubre de 2014

Un escenario del fujimorismo


Miércoles, 15 de octubre de 2014 | 4:30 am

Un tema clave de estas elecciones es la situación del fujimorismo. Las preguntas son sencillas, ¿gana o pierde y cómo queda de cara al 2016? En principio su resultado ha sido bastante pobre, comparado con el esfuerzo de su lideresa. En mítines y actividades partidarias, Keiko ha estado en medio país y en muchos distritos de Lima. Su presencia ha sido superior a cualquier otro de los candidatos presidenciales considerados fuertes.

Pero no ha ganado ningún distrito de la capital y a nivel regional no gana ninguna en primera vuelta y está disputando segunda en cuatro regiones: Ica, San Martín, Amazonas y Lima. Veremos si logra alguna presidencia. Pero es indudable que para la magnitud de lo invertido, la cosecha fujimorista ha sido magra.

Ahora bien, ¿cuáles son las consecuencias? Ante esta pregunta ya surgió una interpretación autocomplaciente, según la cual el resultado no tiene trascendencia porque existe un divorcio entre el nivel nacional y el subnacional. No hay conexión; según este parecer, se puede perder en uno sin afectar las chances en el otro.
Si fuera tan claro, cuáles habrían sido las razones para un involucramiento tan elevado de la lideresa. Cómo así Fuerza Popular no obtiene los resultados, por ejemplo, de Alianza para el Progreso, que concreta varios triunfos interesantes.

Entre otros escenarios posibles, los entendidos dicen que guarda relación con las distintas prioridades generacionales en el fujimorismo. Desde el gobierno, Alberto Fujimori practicó un extenso clientelismo, construyendo redes por todo el país intercambiando dádivas por lealtades. Como además enfrentó la hiperinflación y derrotó a Sendero, soldó esas lealtades en el pueblo.

Por ello, el fujimorismo ha sobrevivido a su espectacular caída, a los inauditos escándalos de corrupción y al abuso sistemático de los derechos humanos. Alberto Fujimori encarna la reforma neoliberal y al ejecutarla tejió redes clientelares particularmente sólidas.

El actual reo de la DIROES estaba particularmente interesado por los resultados en provincias y barrios populares de Lima. Lo suyo era un neopopulismo de derecha, construido en medio de la reforma neoliberal.

Por el contrario, Keiko Fujimori ha estado pendiente de los resultados en San Isidro; su candidata estrella ha sido Madeleine Osterling y no algún personaje tipo Absalón. La segunda generación quiere ser aceptada por la alta sociedad, mientras que Alberto era corrupto y abusivo, pero intensamente populachero. A diferencia de su padre, Keiko tiene pretensiones de incorporarse a la elite, mientras que Alberto era impresentable, pero había construido abajo sus bastiones.

Dicen que la personalidad de los políticos guarda relación con la naturaleza de su campamento general. Túpac Amaru en Tungasuca, el APRA histórica en el sólido norte, la izquierda comunista en el sur, etc. Pero el bastión de Keiko es San Isidro, o en todo caso Ica, donde Cillóniz tiene un perfil semejante a Madeleine.

Al aburguesarse, Keiko pierde contacto con el electorado popular, que la percibe lejana. Si se suma el escándalo de los congresistas Grandez y Gagó, resulta que el fujimorismo de segunda generación mantiene los vicios de la primera.

Pero no conserva su virtud principal, que era el contacto estrecho con sus clientes. No saben hacerlo sino están en el poder. El mismo Alberto Fujimori tejió sus lazos clientelares desde el gobierno. En la lucha por llegar, Fuerza Popular carece de mecanismos para conectar con el populorum.

Keiko ha perdido terreno en estas elecciones y ha sufrido más que García. No sabemos si habrá sorpresa, pero todos estamos seguros de que dos competidores fuertes serán Alan y Keiko. Si ella retrocede, él se posiciona, efecto redoblado por la performance de Cornejo. A menos que los apristas entren en lucha interna y así, con ambos pesos pesados debilitados, se abriría la cancha para un outsider; como están las cosas, probablemente alguien autoritario de derecha.

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