domingo, 7 de diciembre de 2014

¿Se Muere el APRA?

Domingo, 07 de diciembre de 2014 | 4:30 am

El APRA parece haber vuelto al centro del escenario político. Alan García ya está en campaña para 2016, y aunque no esté muy bien en las encuestas, pocos dudan que estará en la segunda vuelta (yo dudo un poquito). Y el segundo lugar de Enrique Cornejo en las elecciones municipales de Lima fue festejado por muchos como un triunfo aprista.

La recuperación del APRA sería positiva. La democracia necesita partidos sólidos. Necesita políticos profesionales, y el APRA –a diferencia de casi todos los demás partidos– los tiene.

Pero la realidad es otra. El APRA está más débil que nunca. De hecho, el éxito de Cornejo en Lima (si perder por 33 puntos puede ser considerado un éxito) opacó el profundo deterioro del aprismo en el resto del país.

El APRA sufre un repliegue, lento pero sostenido, en todo el territorio nacional. En las elecciones de 2002, ganó 12 regiones y 34 provincias. En 2006, ganó solo 2 regiones y 17 provincias, y en 2010, cayó a una región y solo 9 provincias. En 2014, el APRA no ha ganado ninguna región (podría ganar hoy en San Martín) y solo triunfó en 3 provincias (menos que Somos Perú y la UPP). El aprismo perdió La Libertad. Salvo la provincia de Virú, fue derrotado en todo el “Sólido Norte.” Hoy en día, la APP de Acuña está más sólida en el Norte que el APRA.

El APRA ya no presenta candidatos en todo el país. Mientras en 2006 presentó candidatos en 23 regiones, en 2014 solo presentó candidatos en 12 regiones. Ante el debilitamiento de la marca partidaria, los candidatos apristas empiezan a postular con movimientos regionales (Andrés Tello en Lima Provincias, Jhony Peralta en Piura) o en alianzas electorales (Arequipa, Cusco, Junín). Y en algunos casos, como Daniel Salaverry en Trujillo, han saltado a otros partidos. Las candidaturas “independientes,” las alianzas electorales, y el transfuguismo son los clásicos síntomas de crisis partidaria.

Los raíces apristas en la sociedad son cada vez más tenues. La identidad aprista –que abarcaba hasta un tercio de la sociedad hace algunas décadas– se evapora. Según una investigación de Carlos Meléndez, los apristas “duros” solo representan el 2% del electorado, y los peruanos con tendencia aprista no superan el 8%. En comparación, los fujimoristas “duros” son 6% del electorado, y los con tendencia fujimorista son casi 20%. El partido más grande del Perú ya no es el APRA. Es el fujimorismo.

La crisis del APRA tiene varias fuentes, incluyendo el desastroso gobierno de 1985-90 y la crisis generalizada de los partidos. Pero quiero señalar dos problemas que son claves en 2014.

El primero es la extrema personalización del poder. Alan García es el líder del APRA desde hace más de tres décadas. La última vez que el APRA tuvo un candidato presidencial no llamado García fue (excluyendo el periodo autoritario, cuando García estuvo exiliado) fue hace un cuarto de siglo. El APRA siempre tenía liderazgos fuertes, pero su actual personalización es mucho más extrema. Se ha transformado en un instrumento personal de García, más parecido al fujimorismo, Perú Posible, y el PNP que el partido institucionalizado de décadas atrás. Su principal razón de ser ya no es competir en elecciones (compite cada vez menos en elecciones regionales y provinciales) sino defender a García. Las necesidades del partido se confunden con las necesidades de García. En 2011, por ejemplo, cuando García no podía ser candidato presidencial, el APRA, subordinando sus intereses a los de García, optó por no tener candidato.

La transformación del APRA en instrumento personal de García se vio claramente durante el gobierno de Humala. En vez de dedicarse a su labor parlamentaria o buscar buenos candidatos para las elecciones regionales y provinciales, el APRA se dedicó casi al 100% a defender a García. Sus mejores cuadros se convirtieron en escuderos. Pareció al fujimorismo de 2001-2007.

La dependencia del APRA en García es tremenda. Con él, los apristas sueñan con regresar a la presidencia. Sin él, son un partido de 4%. SEASAP se ha convertido en SEASAA (Solo el Alan Salvará al APRA).

Esa dependencia hace daño al APRA. Le quita vida propia. De hecho, la vida partidaria en el APRA está en peligro de extinción. No hay recambio generacional. En sus últimos años, Haya dijo que “el APRA tiene su mejor garantía de vitalidad y supervivencia en estas caudalosas corrientes de nuevas generaciones juveniles que están aumentando día a día nuestras filas”. Hoy, Alan García está en el otoño de su carrera política, pero las nuevas generaciones juveniles no se encuentran.

El segundo problema que enfrenta el APRA es la destrucción de su marca. El APRA siempre tenía una marca nebulosa y maleable. Pero a pesar de sus múltiples transformaciones y alianzas contradictorias logró mantener un perfil mínimamente coherente ante sus seguidores. Para un sector del electorado, ser aprista significaba algo. La marca de la estrella representaba algo popular y de algún modo progresista.

Las últimas transformaciones de Alan García han destruido ese perfil. A partir de 2006, García abandonó por completo cualquier vestigio popular y progresista que quedaba en el aprismo. Se convirtió en un político netamente conservador, abrazando al Grupo Comercio y adoptando el discurso del Perro del Hortelano. Y el APRA, reducido a un instrumento personal de García, no hizo nada para defender su marca. Como consecuencia, la marca aprista –ya debilitada– se diluyó por completo. ¿Qué representa el APRA hoy? Nadie sabe. Porque no representa nada. Un partido cuya marca ha perdido todo valor es un partido en peligro de extinción.

El éxito electoral de Alan García ya no significa el éxito del APRA. De hecho, si García vuelve a la presidencia en 2016, su partido –sin marca o vida propia– llegaría moribundo.

El APRA, entonces, enfrenta a un dilema difícil. Su suerte parece atada a la de García. Pero montar al Caballo Loco hasta el final podría hacerle un daño irreversible.

Dicen que el APRA nunca muere. Pero sí podría convertirse en un partido chiquito y marginal. En otras palabras, aunque no muera, el APRA pos-García podría enfrentar a un destino igualmente infeliz: la irrelevancia.

Cazadores de talentos

Viernes, 05 de diciembre de 2014 | 4:30 am

La reciente encuesta de GfK publicada por La República vuelve a indagar por la aprobación de siete líderes, cuatro de los cuales serán sin duda candidatos presidenciales el 2016. Los datos que ofrece el sondeo revelan limitadas capacidades de representación y una reducida plataforma desde donde partirán en una campaña electoral que desde ahora se anuncia con más pasajeros que las anteriores. Las cifras no son un buen punto de partida.

Salvo Luis Castañeda, que aumenta casi 20 puntos de aprobación, explicado por su reciente victoria electoral y las expectativas en su gestión, el resto de líderes conserva casi inalterable la aprobación de los últimos 18 meses. Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski muy por encima del tercio, 43% y 40%, respectivamente; Lourdes Flores, otra excepción, ha descendido del tercio a 27%, en tanto Alan García y Alejandro Toledo se sitúan alrededor del quinto, AGP con el 23% y Toledo con el 17%. GfK ha empezado a medir a César Acuña que obtiene 15%.

Los desagregados de las cifras son interesantes. Castañeda es aprobado de modo homogéneo en los sectores C, D y E, pero ofrece un bajón en los sectores A/B donde cae varios puntos. Sucede otro tanto con Keiko, con 10 puntos menos en A/B pero que sube en el sector D.

Al contrario, PPK es mucho más aprobado en A/B donde alcanza 51% pero cae en el sector D a 27%; sucede lo mismo con Lourdes que sube a 40% en A/B y baja a 17% en D. En cambio García y Toledo son un tanto más homogéneos en sus aprobaciones; el último solo cae ligeramente en A/B.

Se aprecia también significativas brechas entre Lima y las regiones. Líderes trajinados, dos ex presidentes, García y Toledo, obtienen un respaldo homogéneo en la capital y fuera de ella, y lo mismo sucede con Keiko, premiada por su activismo en las regiones y el efecto de su afán de construir un partido. En cambio, la brecha Lima/Regiones es alta en el caso de Castañeda (21 puntos), PPK (16), Lourdes (13).

La aprobación territorial es mucho más compleja y desafiante. Castañeda es débil en el centro, sur y oriente del país, en tanto Keiko es fuerte en el norte y sur, desmintiendo en su caso el antagonismo sociopolítico de estas zonas, aunque cae en el centro. PPK y Lourdes aparecen con bajas aprobaciones en el sur y en el oriente, mientras que a García le va mejor en el centro y sur, y no en el norte, confirmando la crisis del imaginario aprista del “sólido norte”, territorio donde Acuña trepa al 25%.

Estas cifras reflejan la baja implantación de un liderazgo nacional apto, confirmando lo que las elecciones del 5 de octubre revelaron, es decir, la ausencia de un voto nacional en medio de un país fragmentado políticamente. El análisis que pretendió argumentar que les va mejor a los líderes sin sus partidos debería ser revisado porqu e salvo en Lima, la suerte de unos está aparejada a la de los otros. Podría decirse que la campaña no ha empezado, aunque esto no cambia el fondo del asunto: salvo Keiko, los candidatos no parecen tener a la mano instrumentos propios para penetrar o regresar a las regiones.

Tampoco suenan liderazgos regionales de proyección nacional. El que está en lisa, Acuña, ha dicho que no postulará a la presidencia, y solo se rumora la del actual Presidente de la Región Moquegua, Martín Vizcarra, de modo que como en el pasado los líderes nacionales irán a la caza de los votos en las regiones con la cooptación de movimientos regionales y candidatos independientes, fagocitando al ya débil regionalismo.

Con el único “sólido” capitalino, esta caza será crucial y riesgosa; el reclutamiento de líderes regionales por líderes limeños tiene historia en los tres últimos parlamentos, cuando la mayoría de los pillados en falta fueron producto de arreglos políticos y financieros para vestir nacionalmente candidaturas capitalinas. En cualquier caso, este mecanismo de nacionalizar lo limeño tiene como consecuencias gobiernos débiles y parlamentos fragmentados que no logran representar o que pierden con rapidez la legitimidad de la representación.

Las opciones del Nacionalismo

Miércoles, 26 de noviembre de 2014 | 4:30 am

El nacionalismo no ha participado en las últimas elecciones subnacionales y está ausente en la foto final de la campaña. Al igual que los anteriores, el gobierno actual se ha abstenido de este tipo de elecciones por temor al efecto referéndum. Como consecuencia, se desconoce la fuerza relativa del PN de cara a la confrontación presidencial del 2016.

Los antecedentes no son halagüeños. Tanto Toledo como García terminaron sus gobiernos muy disminuidos. En las elecciones siguientes a su paso por Palacio apenas si pasaron la valla electoral y sus congresistas fueron un puñado. La situación del nacionalismo podría ser exactamente la misma, pero todo depende de cómo mueva sus fichas de aquí en adelante.

Por ello, parece clara la motivación del presidente Humala al declarar sobre la cloaca del fujimorismo. Significa el toque a rebato y el trazado de la cancha para iniciar la campaña política del nacionalismo frente al 2016. El estilo es tosco y mayor tolerancia sería bienvenida, pero siempre ha sido así y no debería llamar la atención.

Sucede que ni García ni PPK pueden enfrentar al fujimorismo, como ya lo hizo Vargas Llosa y ahora lo prolonga Humala. Tanto García como PPK comparten con Keiko el mismo campo del espectro. Entre ellos la lucha será feroz por ver quién queda al final del día. Pero, no pueden oponerse entre sí en forma cerrada, porque poseen muchos vasos comunicantes. Los círculos de estos tres candidatos están conectados a través del poder económico y el mediático.

Pero, desde el retorno de la democracia y como consecuencia del régimen de dos vueltas, las campañas presidenciales expresan a cada lado del espectro. Toledo vs García; García vs Humala; y Humala vs Keiko. Por más derechizado que se halle el país, se ve difícil que ambos contendores finales del 2016 corran en el mismo lado derecho del espectro. Es decir, Alan vs Keiko es poco probable, más seguro es que uno de los dos quede en el camino y tenga que enfrentar en segunda vuelta a quien represente el otro lado del espectro. Es decir, el rival saldrá del centro a la izquierda.

He ahí la oportunidad del nacionalismo. Su ideología es laxa y fluida. No se sabe si pertenece a la izquierda o a la derecha. En alguna ocasión ha dado origen al fascismo y en otras a los movimientos de liberación nacional anticoloniales. Entre estos extremos se puede mover y de hecho lo hace con soltura. Por ello, se puede hacer campaña dos veces por la izquierda, hasta llegar al poder y gobernar bien pegado a la derecha. Pero, igualmente puede volver a correrse a una postura cercana a la centro izquierda para la siguiente campaña electoral.

Aunque, todo dependerá del candidato que salga de Palacio. Dado el escaso peso de las estructuras partidarias, las listas se definen entre cuatro paredes. Así como ahora Humala traza la cancha, mañana la pareja presidencial elegirá sucesor. Ese momento será decisivo, porque si escogen mal entonces el nacionalismo correrá la misma suerte de sus antecesores. Pero, si su candidato posee carisma y tiene un lado del espectro para correr más o menos libre, entonces puede hacer una buena performance.

Quizá no ganar, pero sí colocar una buena bancada, que en realidad constituye el objetivo mínimo del nacionalismo, puesto que en estos años se ha hecho de tantos enemigos que debe temer un futuro congreso donde esté minimizado. Más aún si, como se rumorea, Nadine Heredia se lanza al Congreso, entonces una buena bancada sería posible con cierta comodidad y, de tener suerte, podrían llegar a segunda vuelta. Ahí todo es posible.

Pero, de la baraja de posibles presidenciables solo se perfilan Ana Jara y Daniel Urresti. El problema de la primera es que quizá no tiene el carisma suficiente. Por su parte, el segundo encarnaría una versión del autoritarismo populista de derecha, seguramente exitoso dado el elevado nivel de inseguridad, pero colocado en el mismo lado del espectro contra el cual Humala ha rayado el escenario.

El último salvavidas del PPC

Miércoles, 05 de noviembre de 2014 | 4:30 am


Así como la izquierda, otro gran perdedor de las últimas elecciones es el Partido Popular Cristiano, PPC; uno de los últimos partidos doctrinarios que venía sobreviviendo con dificultad y ahora afronta riesgo de extinción.

Nacido hace casi 50 años, el PPC es el partido clave de nuestra centro-derecha contemporánea; llegó al poder como socio menor de Acción Popular en los dos mandatos de FBT. Pero con candidatos propios ha perdido todas las contiendas presidenciales donde ha competido; tampoco ha superado su lejanía del interior, salvo su asentamiento exclusivo en Lima. Aunque, por el lado positivo, el PPC ha jugado un papel en la lucha por asentar nuestra precaria democracia política.

Si recordamos la campaña por la revocatoria de Susana Villarán para la alcaldía de Lima, encontramos al PPC partidario del “No” oponiéndose al triunfo de las mafias que asomaban detrás de los revocadores. ¿Qué hubiera pasado si el PPC conducía la revocatoria? Posiblemente ahora ocuparía la alcaldía. Entonces, ¿cuál fue la razón del PPC para defender a Susana? Su propósito no fue ganar votos para la siguiente contienda, sino conservar al régimen municipal dentro de ciertos cánones.

Es más, en esa campaña, el PPC fue clave porque movilizó los votos que necesitaba Villarán para salvarse, los que sacrificaron a Marisa Glave y al resto de regidores de izquierda. Si el PPC obtuvo su objetivo en la revocatoria, ¿a qué se debe su catástrofe en la municipalidad de Lima?

Para empezar, el PPC arrastra una larga lucha interna que lo carcome. En esta ocasión, esa pugna descalabró la apuesta inicial por Pablo Secada y al final el partido optó por Jaime Zea, un competente alcalde distrital a quien le quedó grande la competencia metropolitana. El inadecuado perfil del candidato fue consecuencia de malas decisiones provocadas por una persistente crisis interna.

Por su parte, la magnitud de esas pugnas no se debe al azar. En efecto, mientras una parte del partido piensa en conservar el régimen democrático, la otra intenta avanzar electoralmente. En el PPC histórico siempre hubo una confrontación entre ideólogos y pragmáticos, que han ido saliendo sistemáticamente de sus filas. La lista es larga y la encabeza Alberto Andrade, seguido por muchos, entre otros Borea, Koury y últimamente Heresi. Esta sangría ha debilitado profundamente al PPC alejando sus cartas de recambio para dejar solamente a Lourdes Flores como última figura carismática.

El conflicto interno actual que opone a los llamados renovadores contra el grupo del secretario general, Raúl Castro, es un remedo de los pleitos que genera, en este tipo de partidos, el moverse en dos planos distintos: la obtención de votos y la conservación de las instituciones republicanas.

Es la tesis de un penetrante estudio sobre el socialcristianismo latinoamericano editado por Mainwaring y Scully, quienes establecen la complicada situación de los partidos de centro en democracias inciertas, obligados a trabajar políticamente en esos dos terrenos; los cuales muchas veces son contrapuestos y, a la larga, ese doble juego los anula.

La situación actual del PPC es crítica. De las 2.000 alcaldías que estaban en juego solo ha obtenido 7 en Lima y otras 7 en regiones, un total de 14 a nivel nacional. Tiene muy poco y si el 2016 no supera la valla electoral pierde la inscripción y sale del escenario. Para salvarse requiere una alianza; por ello, Lourdes coquetea con García y ambos hablan de entendimiento.

Pero se ve difícil una coalición electoral con ese socio. Tanto Keiko como Alan se mueven en la derecha del espectro. Para ganar, ambos necesitan un pie en el centro y el PPC luce demasiado a la derecha. No suma a una alianza de ese perfil, obstruye.

Enfrentado a una dura prueba, al PPC solo le queda estar dispuesto, una vez más, a ser el socio menor de una alianza electoral, concebida esta vez no para llegar al poder, sino como salvataje partidario. Les ayudaría contar con el carisma de Lourdes.

martes, 4 de noviembre de 2014

Vargas Llosa Tiene Razón

Domingo, 02 de noviembre de 2014 | 4:30 am

Mario Vargas Llosa desató una ola de críticas cuando declaró que hará campaña para evitar que Keiko Fujimori sea elegida presidenta en el 2016. Martha Meier lo criticó por trasladar su oposición a Alberto Fujimori a Keiko, que “nada tiene que ver en el asunto”. Encarnando bien la vieja derecha autoritaria, Meier dice no entender por qué Vargas Llosa se opone a Keiko si ella comparte su ideología económica liberal. Para Meier, priorizar la democracia sobre la promoción de la agenda económica liberal es una “contradicción.”

Cecilia Blume acusa a Vargas Llosa de nada menos que el “determinismo genético”. Para Blume, hacer campaña contra la hija de Fujimori sería un acto de “inmadurez política” porque Keiko “es una persona diferente que, hasta donde sabemos, nunca ha violado la ley y es respetada por muchos”.

Pero Vargas Llosa tiene razón. Su decisión de oponerse a Keiko no es un acto de “inmadurez”. Tampoco es producto del “rencor” de alguien que todavía no procesa la derrota de 1990 (una teoría de taxistas que, increíblemente, es repetido por columnistas como si fuera análisis político). Es una decisión bastante sana porque el fujimorismo todavía no es una fuerza democrática.

El argumento de “determinismo genético” —que los opositores a Alberto Fujimori no deberían oponerse a su hija porque Keiko “es una persona diferente” y “nada tiene que ver en el asunto”– es absurdo. No es el vínculo genético entre Alberto y Keiko Fujimori que importa. Es el vínculo político. Y Keiko no es una candidata independiente. Es la candidata del fujimorismo. Representa a una fuerza política cuya razón de ser siempre ha sido la defensa de Alberto Fujimori. Como partido político, el fujimorismo avaló un golpe de Estado y acompañó por casi una década un régimen autoritario que fue responsable de serias violaciones de derechos humanos y un altísimo nivel de corrupción. Fuerza Popular puede haber cambiado de nombre, pero su pasado autoritario es innegable. Su bancada incluye a ex ministros de Fujimori y políticos (como Martha Chávez) que durante muchos años se dedicaron a defender –y hasta facilitar– a los actos autoritarios de Fujimori y Montesinos.

Los críticos dicen que Vargas Llosa quiere condenar al fujimorismo a “cadena perpetua” por sus crímenes. No necesariamente. Muchos partidos autoritarios se adaptan a las reglas del juego democrático, ganan elecciones y regresan al poder en plena democracia. La derecha española, la derecha chilena y el peronismo argentino son ejemplos. Pero hay que renovarse primero. Los partidos autoritarios que buscan evitar la “cadena perpetua” tienen que romper con su pasado y comprometerse, en una manera creíble, con la democracia. El peronismo botó a su vieja guardia matón y abrazó, por primera vez, la bandera de los derechos humanos. La derecha chilena no volvió a ganar la presidencia hasta que postuló un candidato que había votado por el “No” en el plebiscito de 1988.

El fujimorismo no se ha renovado. Ha cambiado de nombre y reclutado caras nuevas, pero no ha roto con su pasado autoritario o abrazado algunos elementos claves de la democracia, como los derechos humanos. Como consecuencia, sufre un déficit de legitimidad democrática ante un sector importante de la población. Este déficit contribuyó a su derrota en el 2011. Keiko perdió en la segunda vuelta porque Humala captó el centro. Fue Humala, y no Keiko, que logró distanciarse de su pasado.

Keiko Fujimori necesita su propia Hoja de Ruta. Una Hoja de Ruta Democrática. Si quiere reducir su déficit de legitimidad democrática, ella y su partido tienen que demostrar un serio compromiso con la democracia liberal. ¿Cómo hacerlo? Primero, Keiko podría dar una serie de discursos y entrevistas de alto perfil en la cual rechaza sin ambigüedades el golpe de 1992, reconoce (y quizás denuncia) los abusos autoritarios y violaciones de derechos humanos cometidos por (y no solo bajo) el gobierno de Fujimori y se compromete plenamente a la defensa de las instituciones democráticas. Segundo, podría asegurar que ningún fujimorista que niega arrepentirse de su pasado autoritario sea candidato en el 2016 (o sea, chau Martha Chávez). Y tercero, podría dar unos pasos simbólicos para demostrar su compromiso con los derechos humanos: expresar su apoyo a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos; reunirse con grupos de derechos humanos (peruanos e internacionales); y aún si sigue discrepando con el informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, apoyar la investigación y documentación de las violaciones de derechos humanos y mostrar interés en las víctimas.

Son pasos duros. Keiko pagaría costos personales y políticos. Enfrentaría conflictos dentro del fujimorismo y, muy posiblemente, la salida de algunas figuras históricas. Pero si Keiko quiere convencer a sus críticos (o por lo menos el centro democrático que terminó optando por Humala en la segunda vuelta del 2011) de que el fujimorismo se está transformando en un partido democrático, son pasos necesarios.

Algunos antifujimoristas creen que el fujimorismo es autoritario por naturaleza y no puede cambiar. No estoy de acuerdo. Si el franquismo, el peronismo y pinochetismo, y hasta el comunismo polaco pueden renovarse y gobernar de una manera democrática, ¿por qué no el fujimorismo?

Pero Keiko no puede seguir el camino del Mudo y buscar ganar sin hablar de nada. Antes de que empiece la campaña de 2016 debería romper –en una manera pública y creíble– con el pasado autoritario del fujimorismo. Si lo hace, este columnista será el primero en aplaudir.
Note aparte: abolir la reelección de presidentes regionales y alcaldes es una pésima idea.

Primero, combate un problema inexistente: la tasa de reelección en el Perú es bajísima. Pocos políticos logran ser reelegidos, y casi ninguno se atrinchera en el poder. César Álvarez y Augusto Miyashiro son excepciones, no la regla. Segundo, no hay evidencia de que la reelección fomenta la corrupción. De hecho, la no reelección sería peor. En vez de cuidar su imagen pensando en futuros elecciones, los políticos corruptos robarían todo que pueden en cinco años. Tercero, la no reelección minará aún más la calidad de los políticos. Sin partidos, es difícil sostener una carrera política en el Perú. Como consecuencia, el Perú está siendo gobernado por novatos. Y no va bien. Prohibir la reelección traerá más novatos, más cortoplacismo político y probablemente más corrupción.

viernes, 31 de octubre de 2014

Matar a Susana, aquí y ahora


Viernes, 31 de octubre de 2014 | 4:30 am

Las izquierdas procesan con dificultad el resultado electoral. La primera reacción ha sido crucificar a Susana Villarán acusándola de crímenes de lesa política, que irían desde la apertura a otras tiendas y sectores, hasta de una supuesta abjuración de su identidad. Este deleite cainita no debería impedir un balance menos familiar de las elecciones y leer entrelíneas algunos análisis, sobre todo los que se reducen a las elecciones en Lima, los que ocultan el fracaso de la izquierda partidaria en las regiones o los que minimizan la pérdida de un voto nacional en favor de la izquierda.

Matar a Susana aquí y ahora además de injusto no resuelve nada. En Lima, la derrota es más que una pérdida electoral; refleja dos hechos que serán relevantes de cara al 2016: 1) la derrota de la unidad, una esperanza en un momento crucial de nuestra democracia, precaria y enfrentada al cambio; y 2) la pérdida de un caudal de votos imprescindibles para re-construir una alternativa.
Es cierto que Villarán cometió errores aunque entre estos no se encuentra el esfuerzo de apertura, un gesto que ningún candidato en el Perú podría darse el lujo de subestimar; fueron más bien errores en la ejecución de la apertura, especialmente en la relación con determinados actores. El resto de grupos se fueron por las ramas, desbarrando entre el pragmatismo y el tradicional apuro que deviene de un histórico desorden.

Mientras Alianza para el Progreso (APP) se presentó en 23 regiones, el fujimorismo en 18, y Acción Popular en 16, el Frente Amplio se presentó en 11, el mismo número que el Apra. En donde el Frente Amplio (FA) participó no le fue bien; en Lima, su mejor resultado fue en Ancón (1,22%) y en las regiones, en Lambayeque (2,65%). En algunos casos, como en el Cusco, Puno y Moquegua, el FA se emplazó contra la izquierda regional solo para ser derrotado. Por ejemplo, en Chota, el MAS le ganó al Frente Amplio 42% a 0,7% y en el Cusco Tierra y Libertad obtuvo poco más de 5%.

La limeñización de las izquierdas partidarias es una realidad y el Frente Amplio está prácticamente muerto en tanto que su grupo más organizado, Patria Roja, ha obtenido sus mejores resultados fuera de ella, en Cajamarca y en Madre de Dios. De cara al 2016 se hace patente un derrotero cuyo ritmo será marcado por la agrupación propietaria de la única inscripción electoral; el esquema aprendido en los últimos 35 años está dibujado: una azarosa negociación de pequeñas cúpulas que reciben el nombre de “nacionales” de espaldas a miles de militantes sin partidos y de la izquierda extrapartidaria, que parirá un espacio estrecho resistente a la apertura.

En las izquierdas escasea el liderazgo, ese componente crucial de cualquier proceso de agregación de actores políticos. No obstante, el problema no parece ser solo de perfil e identidad sino también de proyecto. Lo que hace dos años aparecía como una izquierda nueva, innovada por un programa ambiental y reformador institucional, y que iría a estrenarse en estas elecciones, ha tenido poca fortuna y ha sido derrotada en casi todas las plazas donde se procesan conflictos de naturaleza extractiva.

Es tarde para un modelo de unidad tipo Frente Amplio; la fórmula ya no es posible y quizás ni necesaria. Como en otros países, la izquierda existe y ha sido resistente a la prédica depredadora de la derecha y sobrevive a sus propios errores; no obstante, está cada vez menos presente en los partidos y más en la sociedad, en una suerte de dualidad que debería ser asumida, una izquierda partidaria y otra social/regional.

De cara al futuro la interrogante reside en la capacidad de esa maltrecha izquierda partidaria para relacionarse con la izquierda social/regional sin intentar ponerse primero en la fila sino animar una gran convergencia con vocación de apertura. Lamentablemente, sus líderes todavía están ocupados matando a Susana y con un discurso que va en sentido contrario. Es curioso: izquierdas que celebran la apertura de sus pares en Brasil, Uruguay y Bolivia pero que consideran que su deber aquí es enconcharse.

Los demonios del centro


Viernes, 24 de octubre de 2014 | 4:30 am

La primera reacción gruesa al resultado electoral del 5 de octubre la ha tenido Alan García, quien se ha planteado un tentador derrotero: 1) la formación de un frente por el que sea candidato; 2) que el gobierno del 2016 no sea “de un partido”; y 3) que las elecciones del 2016 sirvan para “consolidar y salvar la política”.

Salvo el Frente Democrático Nacional de 1945 y la alianza AP-DC de 1963, los frentes preelectorales en el Perú no tuvieron la fortuna de ganar la Presidencia de la República (Fredemo 1990, IU 1985, Unidad Nacional 2001 y 2006, Frente de Centro 2006 y Perú Posible-AP-Somos Perú 2011), resultados que llevan a la presunción de que los frentes no conducen a una progresión aritmética, no suman sino restan. Otras alianzas permitieron juegos menores como el Apra-Uno en los años 60 o Izquierda Unida en 1983. En cambio, nuestra cultura política es más propicia para alianzas menos expresas (la convivencia Apra-Pradismo 1956/1962 y Apra-Fujimorismo en el Congreso 2006-2011) o pactos postelectorales (AP-PPC 1980/1984, PP-FIM 2001/2006 y el actual PP-Nacionalismo).

Es difícil que esta tendencia se altere el 2016; las posibilidades del Apra de formar un frente con partidos nacionales de cierto peso están casi cerradas, a excepción de Solidaridad Nacional. Asimismo, un pacto Apra-PPC es muy sugerente (Lourdes Flores lo hace muy seductor, al ritmo del alcatraz, ¡a que no me quemas!), pero poco viable más por el antiaprismo pepecista que por la falta de apertura del partido de Haya.

El modelo de frente que intentan García y el Apra parece ya estar dibujado y se orienta hacia abajo. En las recientes elecciones, el aprismo ha procesado una apertura regional, la única entre los partidos nacionales, con la formación de frentes con interesantes resultados: Alianza Popular (Cusco) obtuvo 10%; Paisanocuna (Huánuco) 10,5%; Juntos por Junín (Junín) 14,5%; Seguridad y Prosperidad (Piura) 18%; y Patria Joven (Lima Provincias) 14%. Es cierto que también ha perdido por 10 puntos en La Libertad (33%) y por 14 en Lambayeque (19%) pero ha obtenido 900 mil votos en Lima, que no son solo suyos pero que García ha empezado a degustar sin invitar a nadie. En el Callao ha formado una alianza omisiva, dejando que postulen los candidatos de Chim Pum Callao en la idea de que este grupo se sume al Apra el 2016.

Ese modelo de alianzas hacia abajo tiene demonios a ser encarados; obliga a un movimiento hacia el centro, el único espacio que le permitiría a García llegar a la segunda vuelta y ganarle a otra posible inquilina de esa ronda, Keiko Fujimori. No obstante, ese espacio tiene leyes propias porque no todo centro es atractivo electoralmente y porque como apunta Juan Carlos Tafur (Exitosa Diario 19/10) el ciclo de los centros inactivos, solo moderados, parece estar llegando a su fin.

La moderación activa es una opción interesante de cara al 2016, es decir, un centro reformista, audaz y de convocatoria social. García parece haber advertido ello y por eso junto a la idea del frente ha lanzado dos añadidos, un gobierno que no descanse en un partido y que salve a la política. Allí sí se complican las cosas porque las evidencias indican que no será posible salvar a la política debilitando más la participación de los partidos en el juego electoral. La que viene será una elección en la que los partidos no elegirán a sus candidatos sino los candidatos elegirán a sus partidos, pero todo tiene sus límites.

El más grande desafío de un frente centrista es la identidad; el centro es un programa, un discurso y una actitud, y no parece viable uno de cara a las regiones y provincias con un pie en la derecha, esa que no entiende ni una pizca de lo que pasa fuera de Lima. No obstante lo dicho, en este momento el único candidato presidencial que puede intentar esta ubicación es García, que ha empezado a moverse y a hablarle al país, mientras la izquierda, el PPC y AP les siguen hablando a sus militantes y el fujimorismo achica su cancha enredado en una pugna explosiva con el gobierno que con inteligencia el Apra atiza sin quemarse.

Ahora todos somos reformistas


Viernes, 17 de octubre de 2014 | 4:30 am

El reciente resultado electoral ha puesto de moda dos palabras, antisistema y reforma; la primera, de uso común para explicar incluso fenómenos irreconocibles, y la segunda para resumir la necesidad de cambios en las reglas de organización de la política, especialmente en la formación de la representación y en su ejercicio. De pronto, desde los medios y la empresa se registran llamados insistentes a la reforma política y hasta la academia, mayoritariamente escéptica, se ha unido a la demanda. En los partidos hay menos resistencia aunque las frágiles militancias se vuelcan a favor de cambios que reviertan la larga agonía de sus organizaciones.

De pronto todos somos reformistas, o casi todos, y se suceden anuncios de inminentes cambios a ser aprobados en el Congreso. No obstante, se mencionan modificaciones muy parciales que, de ser adoptadas, no implicarían un quiebre de lo conocido hasta ahora u otros que agravarían la situación que se pretende conjurar.

Algunos ejemplos: si se aprobara solo viabilizar el financiamiento público sin que se haga vinculante la rendición de cuentas y sin fortalecer la democracia interna, se tendría una inyección de recursos a los grupos políticos, generando cúpulas partidarias plutocráticas invencibles; o si se aprobara la eliminación del voto preferencial sin garantizar la presencia de género, se tendría un retorno a la práctica supresión de la participación de las mujeres en las listas para cargos de elección popular; o si se suprimiera legalmente a los partidos regionales, se tendría una suerte de partidos nacionales atravesados por el autonomismo regional.

Algunos rasgos de esa reforma que nos puede conducir a mayores frustraciones se observan en declaraciones, proyectos de ley y dictámenes elaborados desde el año pasado: 1) cerrar el sistema actual, elevando a 800 mil el número de firmas para la legalización de nuevos partidos bajo la premisa de que el problema reside en el número de partidos; 2) centrar los cambios en el ejercicio de la representación, olvidando la formación de la representación, es decir, cómo se nombra un candidato; 3) reducir los controles públicos de las finanzas partidarias; y 4) establecer garantías para las dirigencias sin estimular la participación de los afiliados, su reclutamiento y registro.

En esa dirección se aprecia en el Congreso la voluntad de realizar cambios sin tomar en consideración el proyecto de nueva Ley de Partidos Políticos presentado en diciembre pasado por el JNE, la ONPE y el RENIEC, y los proyectos de Código Electoral y Código Procesal Electoral propuesto el 2011, que los organismos electorales consensúan. Lo peor que podría pasar es que la demanda de reforma termine en contrarreforma.

La anotación de problemas a abordar no deja de ser sugerente para encarar la crisis de legitimidad partidaria: la corrosión del voto preferencial, el financiamiento ilegal, la supresión de la democracia interna, el emprendimiento partidario ultrapersonalizado, la condición vitalicia de los dirigentes fundadores, la falta de elecciones internas, el fichaje de independientes con dinero, los partidos vientre de alquiler, entre otros.
No obstante, sería conveniente precisar los alcances y límites de los cambios para evitar los errores de hace una década que en el caso de la Ley de Partidos consolidaron un movimiento de apertura en falso iniciado por la Constitución de 1993. El debate sobre cuánto debe abrirse o cerrarse el sistema no es malo en la medida en que se tenga un consenso en los principios de la reforma.

Algunos de estos podrían ser: 1) el incremento de la participación ciudadana en los partidos, es decir, una reforma pro ciudadano y no solo pro partido; 2) en lo posible, la superación de la antipolítica garantizando un sistema con elecciones internas organizadas por los organismos electorales, poniendo fin al independentismo político; 3) el establecimiento de una formalidad partidaria nacional y regional, contra la emergencia informal; y 4) reducir en lo posible la fuerza del dinero como principal organizador de la política.

Un escenario del fujimorismo


Miércoles, 15 de octubre de 2014 | 4:30 am

Un tema clave de estas elecciones es la situación del fujimorismo. Las preguntas son sencillas, ¿gana o pierde y cómo queda de cara al 2016? En principio su resultado ha sido bastante pobre, comparado con el esfuerzo de su lideresa. En mítines y actividades partidarias, Keiko ha estado en medio país y en muchos distritos de Lima. Su presencia ha sido superior a cualquier otro de los candidatos presidenciales considerados fuertes.

Pero no ha ganado ningún distrito de la capital y a nivel regional no gana ninguna en primera vuelta y está disputando segunda en cuatro regiones: Ica, San Martín, Amazonas y Lima. Veremos si logra alguna presidencia. Pero es indudable que para la magnitud de lo invertido, la cosecha fujimorista ha sido magra.

Ahora bien, ¿cuáles son las consecuencias? Ante esta pregunta ya surgió una interpretación autocomplaciente, según la cual el resultado no tiene trascendencia porque existe un divorcio entre el nivel nacional y el subnacional. No hay conexión; según este parecer, se puede perder en uno sin afectar las chances en el otro.
Si fuera tan claro, cuáles habrían sido las razones para un involucramiento tan elevado de la lideresa. Cómo así Fuerza Popular no obtiene los resultados, por ejemplo, de Alianza para el Progreso, que concreta varios triunfos interesantes.

Entre otros escenarios posibles, los entendidos dicen que guarda relación con las distintas prioridades generacionales en el fujimorismo. Desde el gobierno, Alberto Fujimori practicó un extenso clientelismo, construyendo redes por todo el país intercambiando dádivas por lealtades. Como además enfrentó la hiperinflación y derrotó a Sendero, soldó esas lealtades en el pueblo.

Por ello, el fujimorismo ha sobrevivido a su espectacular caída, a los inauditos escándalos de corrupción y al abuso sistemático de los derechos humanos. Alberto Fujimori encarna la reforma neoliberal y al ejecutarla tejió redes clientelares particularmente sólidas.

El actual reo de la DIROES estaba particularmente interesado por los resultados en provincias y barrios populares de Lima. Lo suyo era un neopopulismo de derecha, construido en medio de la reforma neoliberal.

Por el contrario, Keiko Fujimori ha estado pendiente de los resultados en San Isidro; su candidata estrella ha sido Madeleine Osterling y no algún personaje tipo Absalón. La segunda generación quiere ser aceptada por la alta sociedad, mientras que Alberto era corrupto y abusivo, pero intensamente populachero. A diferencia de su padre, Keiko tiene pretensiones de incorporarse a la elite, mientras que Alberto era impresentable, pero había construido abajo sus bastiones.

Dicen que la personalidad de los políticos guarda relación con la naturaleza de su campamento general. Túpac Amaru en Tungasuca, el APRA histórica en el sólido norte, la izquierda comunista en el sur, etc. Pero el bastión de Keiko es San Isidro, o en todo caso Ica, donde Cillóniz tiene un perfil semejante a Madeleine.

Al aburguesarse, Keiko pierde contacto con el electorado popular, que la percibe lejana. Si se suma el escándalo de los congresistas Grandez y Gagó, resulta que el fujimorismo de segunda generación mantiene los vicios de la primera.

Pero no conserva su virtud principal, que era el contacto estrecho con sus clientes. No saben hacerlo sino están en el poder. El mismo Alberto Fujimori tejió sus lazos clientelares desde el gobierno. En la lucha por llegar, Fuerza Popular carece de mecanismos para conectar con el populorum.

Keiko ha perdido terreno en estas elecciones y ha sufrido más que García. No sabemos si habrá sorpresa, pero todos estamos seguros de que dos competidores fuertes serán Alan y Keiko. Si ella retrocede, él se posiciona, efecto redoblado por la performance de Cornejo. A menos que los apristas entren en lucha interna y así, con ambos pesos pesados debilitados, se abriría la cancha para un outsider; como están las cosas, probablemente alguien autoritario de derecha.

Las ligas menores


Miércoles, 08 de octubre de 2014 | 4:30 am

Para el votante izquierdista, el resultado electoral ha sido el esperable, aunque es bastante desalentador. Por ello, este sector del espectro encontrará particularmente complicado el escenario del 2016. Para empezar ha actuado dividida y, como siempre, este factor jugará en contra suya.

La centro-izquierda, liderada en Lima por Susana Villarán, ha sufrido una derrota sin atenuantes. Su resultado es algo inferior a las proyecciones de las encuestas a lo largo de la campaña. No ganó votantes nuevos y perdió parte de su núcleo. Este resultado debería frustrar el operativo de lanzar a la presidencia a Villarán. Con ese fin se estaban moviendo viejos zorros de la política izquierdista, que ahora deberán repensar su estrategia.

A las fuerzas de centro-izquierda les conviene proyectarse como bancada parlamentaria sumándose a una candidatura presidencial de centro. En las presidenciales anteriores debieron haberlo concretado y no lo hicieron. Como consecuencia, la alcaldesa no contó con partidarios propios en el Congreso y ese fue otro escenario del cual se aisló, posibilitando que la azoten cuantas veces quieran sus enemigos. Ahora Fuerza Social debe haber aprendido la lección y se correrá en busca del centro salvador.

Pero, ¿específicamente con quién? Difícil saberlo. Su primera apuesta ha sido Perú Posible y ha sido un fiasco al 100% Ninguno de los candidatos distritales de Toledo hizo campaña por Susana y su presencia cuestionaba el principal atributo de la alcaldesa: la honestidad. Pero, seguirán buscando y encontrarán, quizá en Acción Popular, si concreta un candidato interesante. Caso contrario, acabarán aliados del gobierno.

En efecto, el nacionalismo ha estado ausente el domingo pasado y sin embargo será una candidatura segura el 2016. Se ignora quién será su ficha principal, pero los tres nombres que se mencionan (Jara, Tejada y Espinoza) son bastante convenientes para la centro-izquierda. Así, los más sensatos de sus partidarios le aconsejarán a Villarán que reaparezca en política integrando la lista congresal del nacionalismo, la cual en Lima posiblemente sea presidida por Nadine.

Por otro lado, los sectores más izquierdistas obtienen un pobre resultado nacional, matizado por el rotundo triunfo de Santos en Cajamarca. Desde un comienzo dijimos que siempre ganan los candidatos que son apresados o deportados y se les permite seguir compitiendo. Ha ocurrido cien veces y ésta no podía ser una excepción. La víctima nunca falla.

El MAS-Patria Roja obtiene esta solitaria victoria y no logra concretar su única otra apuesta viable, que era Moquegua, aunque ahí competía con sigla regional. Por su parte, Tierra y Libertad conserva la inscripción legal, que constituye uno de sus atributos actuales, pero prácticamente no ha competido en las elecciones del domingo último. Sin embargo, en Cajamarca ha destacado por apoyar a Santos, haciendo posible pensar en un entendimiento para el 2016. Así, no sería extraña una alianza entre estos dos grupos, que podría revivir al Frente Amplio, descartando definitivamente a la centro-izquierda, que se iría con el gobierno.

Sin embargo, a nivel presidencial sus posibilidades son escasas y, sin trabajo orgánico sostenido, en buena medida dependerían del candidato. A este respecto, no se percibe una figura carismática potencial en sus filas. Salvo el mismo Santos, si el gobierno se empecina en mantenerlo en Piedras Gordas.

Por último, aún están en la disputa los candidatos antisistema. Ellos no guardan ninguna relación con el resto de la izquierda y tampoco la desean. Estarán presentes en segunda vuelta en Junín, Apurímac y Puno. Dependerá del resultado final, pero su trayectoria futura es un misterio. En Junín, la gestión saliente de Cerrón como presidente regional ha sido muy convencional, pero en Puno, de ser elegido, Aduviri anuncia mayor confrontación con el gobierno central.

Así, dividida en tres corrientes, el futuro inmediato de la izquierda parece jugarse en ligas menores.

Elecciones y Tarados


Domingo, 05 de octubre de 2014 | 4:30 am

Los peruanos no son estúpidos. Ni en Cajamarca ni en San Juan de Lurigancho. Ni siquiera en San Isidro. Pero lamentar la “ignorancia,” la “falta de memoria” y hasta la estupidez del electorado peruano se ha vuelto una práctica común. El rey de los lamentos es Aldo Mariátegui, que saca del closet su concepto del “electarado” cada vez que se elige alguien que a él no le gusta (o sea, con frecuencia).

Pero Mariátegui no está solo. Y el desprecio hacia el electorado peruano no se limita a la derecha. Aunque sean más sutiles, muchos comentarios progresistas sbre los que votan por candidatos que “roban pero hacen obras” revelan el mismo desdén.

Despreciar al electorado es poco democrático. Implica que algunos ciudadanos (casi siempre, de menores ingresos) no son competentes para votar –el argumento utilizado en siglos pasados para justificar las restricciones al sufragio. Además, es poco liberal. El liberalismo reconoce que siempre existirán diversos intereses y opiniones, y que estas diferencias son legítimas.

Puedo no compartir las preferencias electorales de un conservador de Texas, pero al llamarlo tarado estoy diciendo que hay una opción electoral objetivamente “correcta” (la mía), y que la de mi compatriota no es legítima.

En vez de despreciar al electorado peruano, sería mejor estudiar por qué la gente vota como vota. Como no ha habido mucha investigación sobre el comportamiento electoral peruano, sabemos muy poco. Sin embargo, hay algunas características del voto peruano que vale la pena señalar.

Primero, el electorado peruano es diverso. Perú es un país heterogéneo y bastante desigual, con grandes diferencias sociales, culturales, y regionales. Esa diversidad influye sobre el voto.

La experiencia de crecer y vivir en Huancavelica, Ilave, Yurimaguas, o San Isidro genera distintas identidades, expectativas, e intereses, y, por supuesto, ideas políticas. Además, varias investigaciones muestran que nuestras redes familiares y sociales –la gente con quienes hablamos todos los días– influyen mucho sobre el voto. Como el círculo social de un votante rural en Cajamarca es tan diferente que los de mis amigos de la PUCP o el de Madeleine Osterling, y como estos círculos no se cruzan nunca, no debe sorprender que sus preferencias y prioridades electorales son distintas también. Vivir en San Isidro y concluir que los ciudadanos de Cajamarca o Moquegua son tarados porque tienen preferencias electorales distintas sería, bueno, tarado.

Otra característica del Perú contemporáneo es la irracionalidad del voto programático. Para muchos, el voto programático –votar por el candidato que propone implementar las políticas públicas que uno quiere– es lo más racional e inteligente. Pero en el Perú es casi imposible. El voto programático requiere que el electorado (1) tiene información creíble sobre las diferencias programáticas entre los candidatos y (2) confía que el ganador cumplirá con su programa.

Estas condiciones no existen en el Perú. Primero, hay demasiada incertidumbre. El votante peruano enfrenta un enorme cantidad de candidatos (16 en Puno, 19 en Áncash). Casi todos son personalistas, sin partido o programa claro. Y como la mayoría de los “partidos” son nuevos y nunca han gobernado, el electorado no sabe cómo gobernarán. Ante 19 candidatos sin trayectoria partidaria o programa coherente, el votante enfrenta mucha incertidumbre. Siente como si estuviera lanzando dardos en la oscuridad.

Otro factor que mina al voto programático es la desconfianza. Los peruanos no creen que los candidatos vayan a cumplir con sus programas. No porque sean desconfiados por naturaleza, sino por una razón muy sencilla: los candidatos no cumplen con sus programas. En las últimas décadas, la relación entre lo dicho en campaña y lo hecho en el gobierno ha sido casi nula. Las políticas implementadas por los gobiernos de Belaunde (1980-85), Fujimori (1990-95), García (2006-11), y Humala tuvieron poco o nada que ver con sus promesas electorales. Para muchos peruanos, entonces, el voto programático ha sido totalmente devaluado. La experiencia les ha enseñado que el voto no sirve para cambiar las políticas del gobierno.

Lo mismo ocurre con la corrupción. Los candidatos que prometen “hacer las cosas bien” ya no son creíbles. ¿Por qué? Tal vez porque los últimos tres presidentes de la República han sido condenados (Fujimori) o denunciados (García, Toledo) por corrupción y 22 de los 25 presidentes regionales actuales afrontan denuncias por corrupción.

La extrema desconfianza afecta al comportamiento electoral. Cuando los ciudadanos no creen que los candidatos vayan a cumplir con sus promesas, el voto programático deja de ser racional. Por qué buscar al candidato con el mejor programa si ese programa no se va a cumplir? Sería inútil. Sería irracional. En un contexto así, ¿por qué no utilizar el voto para otros fines? ¿Cambiarlo por algo (clientelismo)? ¿Utilizarlo para expresarse o mandar un mensaje de frustración (voto anti-sistema)?

En vez de denigrar a los ciudadanos cuyo comportamiento electoral no entendemos, sería mejor tratar de entenderlos. Por ejemplo, en vez de contentarse con la floja explicación mariateguista (el “electarado”), la derecha debería estudiar por qué un sector del electorado en el interior sigue votando por candidatos radicales antisistema. Según Carlos Meléndez, uno de los pocos que ha investigado el tema, el voto antisistema del interior es producto de la desconfianza generada por la experiencia de los ciudadanos con un estado débil.

Y si la izquierda quiere volver a ser viable en el Perú, debería estudiar por qué los sectores populares urbanos la abandonaron –y por qué votan (a veces masivamente) por el fujimorismo o por Castañeda. Explicaciones como “el clientelismo de Fujimori” o una cultura de “robo pero hace” no bastan. Son votantes cuyo nivel de vida mejoró muchísimo en las últimas dos décadas, pero que sigue siendo vulnerable. Tener tanto que perder podría ser una fuente de conservadurismo bastante racional.

Concuerdo, entonces, con Carlos Meléndez: el votante peruano no es ni irracional ni estúpido. La gente vota por muchas razones, basado en diversas identidades, intereses, y expectativas. Podemos no compartir las preferencias del electorado en Cajamarca, Puno, o San Isidro, pero negar la legitimidad de estas preferencias choca con los principios básicos de la democracia.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Personalismo y Construcción de Partidos

Domingo, 07 de septiembre de 2014 | 4:30 am

La política peruana es extraordinariamente personalista. Organizaciones como Perú Posible, Solidaridad Nacional y el Partido Nacionalista no son partidos políticos: son vehículos personales, hechos por –y para– una sola persona. Son la propiedad de sus fundadores. No tienen razón de existir más allá de las ambiciones electorales de su líder. Como dijo Ollanta Humala al ser criticado por militantes nacionalistas, “yo fundé el partido con dos personas, y lo puedo volver a hacer si es necesario”.

Los partidos peruanos son tan personalistas que las marcas partidarias no existen más allá de la imagen del líder. Cuál es el símbolo de Perú Posible? Una “T.” El símbolo de Fuerza Popular? Una “K.” Del PNP? Una “O.”

Hasta el APRA se ha convertido en vehículo personal. Alan García es su líder desde hace 31 años y su único candidato presidencial desde el regreso de la democracia. Casi toda su actividad partidaria se dedica a la defensa de García.

El personalismo debilita a los partidos. Subordina a la organización a las ambiciones de un individuo. Piensen en las candidaturas. Uno de los papeles principales de un partido político es postular candidatos a cargos públicos. Un partido serio postula (y apoya) candidatos en todo el país. No postular candidatos es casi impensable –sería un suicidio.

Pero muchos partidos personalistas se abstienen de postular cuando su jefe no es candidato. El líder calcula que no le conviene que haya un candidato que no sea él, porque podría amenazar a su control total sobre el partido. Que un partido de gobierno no tenga candidato presidencial, como ocurrió con Perú Posible en 2006 y el APRA en 2011, o que un partido nacional abandone a su candidato en Lima, como hizo el APRA con Roca (2010) y el PP con Sheput (2014), es una locura. Hace muchísimo daño al partido.

O piensen en los cuadros. Los partidos que duran reclutan nuevos cuadros con talento y los ayudan a crecer. Les dan la oportunidad de construir la base y la imagen pública necesaria para ser electo en el futuro. Los partidos personalistas hacen todo lo contrario. En vez de convertir a sus nuevos cuadros en candidatos exitosos, los convierten en escuderos. Dedicarse a defender el líder a todo costo puede destruir a una carrera política. En vez de construir una buena imagen, los escuderos se queman.

El personalismo mina a los partidos cuando las ambiciones individuales del líder se imponen al bien de la organización. Una organización convertida en un vehículo personal del líder no tiene vida propia –y casi siempre colapsa cuando el líder deja la política.

Pero los líderes dominantes también pueden contribuir a la construcción partidaria. Primero, aportan votos. No se puede construir un partido viable sin votos. Y en un sistema presidencialista, los que atraen votos son los candidatos presidenciales. Pocos partidos toman vuelo sin un candidato atractivo. En el caso de la izquierda peruana, por ejemplo, unirse en un Frente Amplio no ha sido suficiente para convertirse en partido viable. Sin otro Barrantes, sería condenado a los márgenes políticos.

Para los nuevos partidos, entonces, las grandes figuras –como Haya o Belaunde– pueden ser claves. Tener a Lula o a Evo como candidato puede convertir una fuerza marginal en un partido ganador. De hecho, muchos partidos exitosos en América Latina tomaron vuelo gracias a la popularidad de su líder: el PLN de Costa Rica (Pepe Figueres); el PRD y PLD en la República Dominicana (Juan Bosch); el APRA y AP en el Perú (Haya y Belaunde); ARENA en El Salvador (Roberto D’Aubuisson); el PT en Brasil (Lula), el PRD en México (Cárdenas).

Segundo, los líderes dominantes pueden utilizar su carisma para fortalecer a la organización partidaria. Si en vez de ignorar o pisar a las instituciones partidarias como el congreso partidario o elecciones internas, el líder dominante las respeta y las abraza (aun cuando eso significa una reducción de su propio margen de maniobra), las instituciones saldrán fortalecidas. Rómulo Betancourt (AD en Venezuela), Jaime Guzmán (UDI en Chile), y Lula hicieron eso.

Tercero, los líderes dominantes pueden fomentar el recambio generacional. Si en vez de ignorar o atacar a las nuevas figuras talentosas que surgen en el partido, los líderes dominantes los abrazan y promueven, el partido saldrá fortalecido, con futuros candidatos. No es fácil. Promover nuevos líderes requiere más que una escuelita de capacitación y una foto con el caudillo. Requiere que el caudillo ceda poder y protagonismo en el partido que él mismo fundó. Requiere que renuncie a una candidatura presidencial que podría ser suya, y en algún momento, que dé un paso al costado. Pero Betancourt, Lula, Cardoso, y D’Aubuisson lo hicieron.

En el Perú, donde los partidos han colapsado por completo, el “caudillismo” podría ser el camino más viable hacia la construcción partidaria. Lamentablemente, los políticos principales han hecho poco para fortalecer a sus partidos. Fujimori, Toledo, García, Castañeda y Humala siguieron la clásica receta personalista, burlándose de las instituciones partidarias, ignorando (y hasta minando) candidaturas que no son suyas, y buscando escuderos en vez de cuadros.

Pero hay excepciones. Lourdes Flores es una. Otra, paradójicamente, podría ser Keiko Fujimori. Alberto Fujimori era un líder ultra-personalista que destrozó a varios partidos. Según Keiko, su padre “no cree en los partidos. Como buen caudillo, no le gusta ceder el poder. Y para construir un partido, uno tiene que ceder el poder”.

Pero Keiko –heredera del movimiento personalista creado por su padre– parece diferente. Invierte en su partido. En vez de pasar su tiempo en Stanford o en Twitter, viaja con frecuencia al interior, inaugurando comités y reclutando candidatos. A diferencia de otros partidos, Fuerza Popular tiene varios candidatos viables en las elecciones regionales de octubre.

No sé si Fuerza Popular terminará institucionalizándose. Hoy, sigue siendo un partido personalista. Pero a diferencia de sus rivales (y su padre), Keiko parece querer construir algo duradero. Si el fujimorismo todavía no es el partido más fuerte del Perú, podría serlo pronto.

domingo, 27 de julio de 2014

El paro nacional de 1977

Miércoles, 23 de julio de 2014 | 4:30 am

Un libro de Manuel Valladares sobre el paro del 19 de julio de 1977 recuerda este momento culminante de la influencia de los trabajadores organizados en la política nacional. Fue el primer paro nacional de la historia y constituye el pico del movimiento social peruano. ¿De dónde venía la fuerza del sindicalismo proletario y cómo se diluyó en las décadas posteriores?

Esa pregunta es clave para comprender al Perú de nuestros días, un país increíblemente desigual. El capital se halla concentrado y bien organizado en la CONFIEP; mientras que la dispersión caracteriza al factor trabajo, ya que el 70% de los trabajadores son informales. Además, el tercio de trabajadores formales registra una baja tasa de asociación, presencia de mafias y amarillismo sindical. Así, el vértice está organizado y la base está integrada por partes inconexas. El viejo triángulo sin base de Cotler.

Otro libro clave fue escrito por Gustavo Espinoza y se titula “Años de fuego”. Es un relato de parte, porque su autor fue secretario general de la CGTP desde 1968 hasta 1975. Espinoza recuerda el auge del movimiento obrero como un largo proceso iniciado en los cincuenta y en desarrollo conforme se modernizaba el país y se abrían industrias. Se formaban sindicatos que chocaban con la vieja dirección aprista. El APRA estaba en convivencia con la oligarquía y los trabajadores habían perdido peso en el partido de la estrella.

Ese movimiento fue recogido por el PCP que fue reconstruyendo la CGTP, lográndolo en 1968, pocos meses antes de Velasco. A continuación, el gobierno militar impulsó la organización de entidades populares y sus expectativas se elevaron. Era más y su voz comenzaba a ser escuchada.

Pero, cayó Velasco y su reemplazante, Morales Bermúdez, puso marcha atrás. La crisis económica se presentó con gran intensidad y los trabajadores rechazaron pagar los platos rotos. El gobierno y los empresarios querían mantener la inversión y se produjo un choque de trenes. De acuerdo al texto de Valladares, en mayo de 1997 un paquetazo elevó considerablemente los precios y estallaron movimientos de rechazo en todo el sur andino. El Cusco se incendió y la protesta ganó todo el país.

Los gremios independientes presionaron a la CGTP y se formó un Comando Unitario de Lucha, CUL, que finalmente condujo el paro de julio. Fue contundente y estremeció la sociedad. Pero Morales reaccionó con astucia adoptando dos medidas claves.

En primer lugar, convocó a elecciones para una Asamblea Constituyente que se reunió el año siguiente. De ese modo, desvió la presión desde la confrontación social a la lucha electoral. Las elecciones fueron la manguera de agua que contuvo el incendio social.

A continuación, Morales autorizó a las empresas a despedir a los dirigentes sindicales que habían organizado el paro nacional. Fueron 5,000 cuadros que constituían la vanguardia organizada de la clase obrera. Cierto es que surgió una nueva generación, pero los despedidos fueron un tema sin solución de los años que estaban por delante.

Por su lado, se ha discutido intensamente la relación entre el paro nacional y la convocatoria a elecciones. Al respecto, Valladares informa que los militares venían conversando el punto con el APRA y otros partidos. A la vez que la plataforma de lucha del paro no incluyó ninguna referencia a elecciones. Aunque sí contenía un punto sobre democracia, entendida exclusivamente como derechos sindicales. Así, el paro habría precipitado la Constituyente sin haberlo buscado. Algo que estaba en la mecedora peruana se concretó súbitamente.

De ese modo, el paro nacional fue crucial para el país y los sindicatos. Trajo la democracia y todos ganaron, pero despidió a los dirigentes y debilitó a los gremios. Desde entonces, esta república que celebramos el 28 de julio se basa en una premisa que se coló en aquellos días: la postergación de los trabajadores y de sus gremios, que perdieron a sus primeros líderes al desvincular la lucha económica de la política.

La ley universitaria

Miércoles, 16 de julio de 2014 | 4:30 am

La ley Mora contiene normas de todo tipo: positivas y negativas. Pero, por encima de todo, incluye una regla peligrosa que veremos cómo termina. Entre las positivas se encuentra la obligación de las universidades para contratar al menos 25% de profesores a tiempo completo. Es una buena noticia porque los estudiantes encontrarán profesores que realmente puedan guiarlos en sus tesis. Los profesores contratados por horas son aves de paso: entran, dictan y se van. Y en algunas universidades-empresa, actualmente todos los profesores son por horas. Así, un 25% de tiempos completos, como establece la ley, ayudará a evitar las universidades-estafa.

Por el contrario, una norma negativa establece que los profesores solo pueden enseñar hasta los setenta años. No obstante, los buenos profesores superan esa edad, porque ejercitan el cerebro, que no se agota sino al contrario es acumulativo. Pero, no deja de ser cierto que algunos profesores se anquilosan y repiten las mismas historias durante años. Sin embargo, no se puede cancelar a todos por algunos, menos si hay bastantes profesores mayores de alta calidad, que no abunda en el Perú.

Por su lado, la superintendencia y sus funciones acarrean riesgos mayores. No se discute el derecho del Estado a supervisar la marcha del sistema universitario. Así como el Estado norma todas las grandes actividades económicas y las regula con organismos especializados, así también puede y debe regular la vida universitaria.

En este sentido, es difícil sostener la posición de la Asamblea Nacional de Rectores, ANR. Según este organismo, la autonomía consiste en el retiro del Estado de la órbita universitaria. Pero, ello no es posible. Para empezar, el Estado financia todas las universidades públicas. Luego, el Estado regula todas las actividades centrales de la vida nacional. Qué corona podría tener el sistema universitario que no disponga, por ejemplo, el sistema bancario, que sí tiene una SBS.

Encima, la situación actual es pésima. La autonomía entendida como feudalismo, “cada cual hace lo que quiere en su propio feudo”, ha acarreado consecuencias negativas. En muchas universidades, la calidad está por los suelos y campea la corrupción o el lucro desatado. La regulación estatal es una necesidad, el problema es cómo evitar que se transforme en un instrumento para el control político de las universidades.

Ese es el tema y sí tenemos ejemplos institucionales positivos. Existen los organismos constitucionalmente autónomos. El principal es el BCR, pero no el único, entre otros: ONPE, RENIEC, Defensoría, etc. En general con buenos resultados en las encuestas de opinión pública. ¿Cuál es su característica esencial? Es el Estado y no un ministerio quien nombra. Luego, por un plazo fijo, el jefe de la entidad no puede ser removido a menos que cometa falta grave prevista por la ley. Así, el responsable no depende del ministro, sino que es independiente del poder político. Esa autonomía se transmite al organismo, que trabaja en función a consideraciones técnicas.

Mientras que la ley Mora coloca a la SUNEDU como dependiente del Ministerio de Educación. He ahí lo peligroso, esa dependencia puede ser la puerta para el control político. ¿Por qué no se han seguido los ejemplos de excelencia que existen en el Estado?

En este tema la ley contiene dos disposiciones positivas. La primera es el nombramiento del superintendente por un período fijo; no lo dice explícitamente, pero podría entenderse como garantía de no poder ser cambiado por cada nuevo ministro. Otra disposición interesante es que habría un directorio. Así, habría equilibrio entre un presidente ejecutivo y un directorio con poder.

Por ello, la suerte de la ley Mora se verá en el reglamento. Es la última oportunidad para pulirla y garantizar que la SUNEDU sea un organismo autónomo del poder político. Gracias a la tenacidad del presidente de la comisión ha salido la ley; aunque con cien problemas que pueden debilitar una norma totalmente oportuna.

Democracia y capitalismo

Miércoles, 09 de julio de 2014 | 4:30 am

En su reciente visita a Lima, el politólogo norteamericano Francis Fukuyama respondió al libro de Thomas Pikkety, quien afirma que el capitalismo condena a la humanidad al incremento de la desigualdad. Para Fukuyama esta afirmación es falsa, porque el capitalismo está unido a la democracia, que introduce los correctivos necesarios. De acuerdo a sus declaraciones a La República, “el capitalismo no puede funcionar sin un sistema democrático que lo acompañe”.

Así, Fukuyama elige la política para responderle a Pikkety. Las tendencias del capitalismo económico serían contrarrestadas por la democracia política, encargada de mantener la cohesión, impidiendo que la desigualdad comprometa al sistema. Pero, ¿realmente existe una simbiosis entre democracia y capitalismo?

Esa identificación parecía verdadera en 1991, cuando se derrumbó la URSS y apareció el libro de Fukuyama sobre el fin de la historia. Pero ahora es una fantasía, la contradicen la crisis internacional del capitalismo y, sobre todo, el vertiginoso ascenso de China.

El despegue de China y la dinámica asiática evidencian que la democracia política no tiene la delantera; por el contrario, la combinación entre autoritarismo y mercado está tomando el liderazgo. Ahora, pocos estudiosos dudan de la fortaleza china y de un siglo XXI oriental.

La respuesta de Fukuyama parece un deseo antes que un pronóstico sobre el mundo de mañana. Ante ello cabe preguntarse, ¿qué factores han impulsado el ascenso de China? ¿Cuál es su relación con la democracia política?

La fortaleza actual de China deriva de haber evitado la receta neoliberal y haber adoptado un camino opuesto al fundamentalismo que arruinó a Rusia de Yeltsin.

Por el contrario, Deng Xiaoping había iniciado las reformas antes de la caída del Muro de Berlín, y China tuvo tiempo para realizar su propia transición del comunismo al capitalismo. Comenzó por la agricultura y aseguró su seguridad alimentaria. Luego progresivamente soltó las amarras e ingresó a la OMC en 2001.

La economía de mercado no significó una ruptura total con el legado de la revolución china. Por el contrario, el Estado mantiene una fortaleza considerable y sus políticas constituyen el eje del crecimiento económico. En China abundan las empresas pequeñas y medianas de capital privado, agrupadas informalmente en redes. Ellas producen suministros y componentes del producto final para algunas grandes empresas, normalmente extranjeras o estatales, que funcionan conectando esas redes empresariales privadas.

El modelo empresarial no es una copia de la integración vertical de cara a Occidente. Por el contrario, es descentralizado y con el Estado como pieza vital. Este sigue en manos del partido comunista, que ejerce el poder con una elevada dosis de autoritarismo.

El ascenso oriental es silencioso, sin estridencias ni guerras exteriores que lo desgasten. Por el contrario, China se beneficia del fracaso de la guerra contra el terrorismo emprendida por EEUU. En efecto, el papel de guardián del orden mundial que ha asumido Norteamérica favorece indirectamente al Celeste Imperio. EEUU pierde en Irak y Afganistán, mientras que China asciende sin enfrentar a la potencia hegemónica actual.

El nuevo orden mundial con China como nuevo líder no es una buena noticia para la democracia política. La realidad contradice la tesis de Fukuyama. Al revés, el capitalismo chino agudizó contradicciones que no existían en el país rural e igualitario de Mao. Los nuevos millonarios han venido acompañados por elevada corrupción y actos terroristas.

La masacre de la Plaza Tiananmen en 1989 terminó con la democracia china por una larga temporada. Aún vivía Deng, quien reprimió a la oposición, evitando la deriva disolvente de Gorbachov en la URSS. Con ello, el PCCh recreó un viejo modelo político: autoritario y de mercado.

Ese modelo no es extraño a Latinoamérica. En realidad, lo conocemos bien. Salvo que en Oriente viene teniendo un éxito sin precedentes.

El Fútbol y el Futuro Norteamericano

Domingo, 06 de julio de 2014 | 4:30 am

La pasión por el fútbol ha llegado a los EEUU. Unos 100.000 gringos (entre ellos, el vicepresidente Joe Biden) viajaron a Brasil para el Mundial. Más de 20 millones vieron los partidos EEUU-Portugal y EEUU-Bélgica por TV, superando el rating de los campeonatos de béisbol y básquet. En las ciudades norteamericanas, los bares y las plazas públicas se llenaron durante los partidos de la selección norteamericana.

La pasión norteamericana por el fútbol no se limita al Mundial. Hace 30 años, pocos gringos sabían qué cosa era Barca o Liverpool. Hoy sus camisetas están en todos lados y hay clubes de hinchas de los equipos del Premier League. El año pasado, Messi fue uno de los 10 deportistas más populares en los EEUU.

Los norteamericanos juegan también. En 1967, 100.000 estadounidenses jugaban fútbol; hoy juegan 15 millones. En 2013, 6,6 jóvenes jugaban en un equipo de fútbol [incluyendo mi hija, Alejandra, que metió ocho goles en sus últimos siete partidos], convirtiendo el fútbol en el segundo deporte de equipo más jugado por jóvenes norteamericanos, después de básquet. Según una encuesta de ESPN, el fútbol era el cuarto deporte más popular en los EEUU en 2011. Entre los jóvenes (12 a 24 años), salió segundo.

Pero si hay más gringos gritando los goles de Dempsey y discutiendo el pase de Suárez al Barcelona, también ha surgido una especie de movimiento “anti-fútbol”, sobre todo en la derecha norteamericana.

Según la derecha anti-fútbol, el soccer es “anti [norte] americano,” “colectivista,” y hasta “socialista”. El columnista C. Edmund Wright compara la regla de posición adelantada a los impuestos y regulaciones económicas porque no permite que los jugadores individuales corran riesgos para avanzar (en términos limeños, la regla de posición adelantada sería “chavista” o “como Maduro”). Wright asocia el fútbol internacional con “organismos internacionales que quieren tratar a los EEUU como cualquier otro país”.

No son opiniones marginales. En 2010, la cruzada anti-fútbol fue encabezada por Glenn Beck, una estrella de FOX TV con millones de televidentes diarios. Beck declaró en al aire: “No queremos el Mundial. No nos gusta el Mundial. No nos gusta el fútbol. No queremos nada que ver con ello”. Luego dijo del fútbol: lo odio tanto, probablemente porque al resto del mundo le gusta tanto… y siempre quieren imponerlo.

En 2014, la voz del anti-futbolismo ha sido la columnista derechista Ann Coulter, que escribió que el crecimiento del fútbol muestra la “decadencia moral” de la sociedad norteamericana. Para Coulter, el fútbol es anti-individualista: no pone el debido énfasis en el éxito o el fracaso individual; sofoca el atletismo individual y minimiza la competencia (muchos empates 0-0, dice). Otro pecado del fútbol, según Coulter, es su origen: “es del extranjero”.

Aunque sus argumentos sean ridículos, Beck y Coulter no son tontos (sus libros venden millones de ejemplares). Conocen a su base. Y su base es un sector –blanco, protestante, y no urbano– que es profundamente conservador.

El anti-futbolismo gringo surge de dos fuentes principales. Uno es la hostilidad hacia la inmigración. La inmigración está cambiando la cara de la sociedad norteamericana (como ha hecho durante toda nuestra historia). El número de personas de origen latinoamericano en los EEUU aumentó de 9 millones en 1970 a 53 millones en 2012. Dejamos de ser un país blanco y protestante. Aunque la mayoría de los norteamericanos cree que la inmigración beneficia al país, hay un sector –quizás un tercio de la población– que se siente amenazada por ella. Para ese sector, el fútbol forma parte de una invasión extranjera. Como Coulter, lo asocia con otros idiomas, culturas y colores de piel. De hecho, Coulter atribuye el crecimiento del fútbol en los EEUU a la inmigración latinoamericana.
El segundo fuente del anti-futbolismo es la resistencia a la globalización. La difusión internacional de capital, ideas, bienes y modas ha acelerado en las últimas décadas.

Los países pequeños suelen abrazar a la globalización. En Bélgica, Eslovenia, Taiwán o Costa Rica, por ejemplo, ocuparse del mundo y adaptarse a los cambios internacionales es algo casi instintivo. Pero a los gringos nos cuesta. A partir de la Segunda Guerra Mundial, los EEUU se convirtió el principal exportador de ideas (liberalismo), cultura (Hollywood) y productos comerciales (Coca Cola) en el mundo. Nuestra autopercepción como fuente mundial de ideas fue reforzada por el colapso del comunismo. En los años noventa, los gringos nos creíamos –con tremenda arrogancia e ingenuidad– el principal exportador del capitalismo y la democracia.

El poder y la influencia de los EEUU han disminuido en las últimas décadas, y la globalización ya es en una calle de doble vía. Pero muchos gringos se acostumbraron a vivir en un mundo dominado por los EEUU. Y en vez de adaptarse al cambio, miran hacia atrás queriendo volver a una época que ya fue. Como preguntó el derechista G. Gordon Liddy durante el Mundial de 2010: “¿dónde está el excepcionalismo americano?” El anti-futbolismo surge de la nostalgia por un pasado excepcional.

Repudiar al mundo de esa manera sería peligroso. Gran parte del éxito de los EEUU se debe a su abertura hacia el mundo. Nuestra constitución fue diseñada en base de ideales ingleses y franceses. La industrialización fue producto del comercio internacional y las ideas, capitales y mano de obra de millones de inmigrantes. Hasta la nuestra “comida típica” originó en Europa: los “hot dogs” vienen de Alemania; los papas fritas son de los (malditos) belgas.

Si EEUU mantiene su abertura hacia el mundo –si abraza a los inmigrantes y a la globalización–, seguiría siendo una potencia económica y geopolítica. Pero si insiste en mirar hacia atrás, o al ombligo, va a terminar mal.

El fútbol podría ser una prueba. Si el 4 de julio de 2022, millones de gringos se escapan de los desfiles y barbacoas tradicionales del Día de la Independencia, ponen sus camisetas de DeAndre Yedlin o Julian Green, y buscan dónde ver el Mundial, estaremos bien.

Los Medios y la Democracia

Domingo, 08 de junio de 2014 | 4:30 am

Para mí, el asalto contra los medios que ha ocurrido en Venezuela, Ecuador, y Nicaragua es indefendible. Cerrar canales de televisión y radio (Venezuela), crear un clima de autocensura a través de constantes amenazas y acciones judiciales (Ecuador), o poner casi todas las canales de televisión en manos de familiares, amigos, y socios políticos (Nicaragua) viola elementos básicos de la democracia: el derecho a la libre expresión, el derecho a la información y la competencia justa. Estos abusos les han dado a los gobiernos de Maduro, Correa, y Ortega enormes ventajas sobre sus rivales –violando cualquier principio democrático–.

Utilizar el Estado para silenciar a los críticos y reducir el espacio para la oposición son actos autoritarios que una izquierda que se considera democrática debe rechazar.

Pero los que denunciamos los ataques contra los medios en Ecuador y Venezuela debemos reconocer dos cosas. Primero, los gobiernos de izquierda no tienen monopolio sobre estos ataques. Según Freedom House, una ONG norteamericana, las violaciones de la libertad de expresión bajo gobiernos de derecha en Colombia, Guatemala, Paraguay, y Honduras son iguales o peores que las de Nicaragua y Ecuador. En Honduras, trece periodistas y un dueño de un canal de televisión fueron asesinados entre 2010 y 2013, un nivel de represión aún peor que en Venezuela.

Segundo, si el comportamiento de Chávez o Correa hacia los medios ha sido claramente antidemocrático, el comportamiento de los medios privados –sobre todo cuando están concentrados en pocas manos– también puede dañar a la democracia.

La izquierda tiene razón: en muchos países latinoamericanos, los medios no solo están concentrados sino alineados políticamente con fuerzas conservadores, y en contra de fuerzas progresistas o de extracción popular.

En Brasil, por ejemplo, los medios más influyentes, como TV Globo y Veja, son anti-PT.
En México, los dos empresas televisas de importancia, Televisa y TV Azteca, se alinean contra del partido de centro-izquierda, el PRD.

En Chile, el periódico más grande (El Mercurio) y varios canales de televisión (Chilevisión, Megavisión) son de derecha. El único periódico de centro-izquierda (El Mostrador) se publica solo en internet.

En Venezuela, los medios más importantes se alinearon contra Chávez en la elección de 1998, buscaron su caída entre 1999 y 2002 y apoyaron el golpe de 2002.

En Guatemala y El Salvador, todos los periódicos importantes son de derecha. (El Salvador tiene un periódico progresista, El Faro, pero solo se encuentra en internet).

En el Perú, los medios están concentrados en manos del Grupo El Comercio, y su parcialización –a favor de la derecha– ha sido evidente. El presidente Humala tuvo razón cuando describió la situación como “una vergüenza”.

La concentración y la parcialización de los medios generan problemas para la democracia. El acceso a información y la competencia justa son elementos básicos de la democracia liberal. Los ciudadanos deben tener acceso a diversas fuentes de información, y los candidatos deben competir bajo condiciones mínimamente equitativas. Si los medios dominantes informan sobre un lado pero no el otro, o si juegan a favor de solo un candidato o partido, se violan normas básicas de la democracia.

Cuando esa desigualdad es producto del abuso gubernamental, como en Ecuador y Venezuela. Los demócratas liberales lo denunciamos con fuerza (y con razón). Pero cuando es producto de la concentración y politización de los propios medios privados, solemos callarnos en nombre de la libertad. Es un error. Tolerar la desigualdad política en nombre de antiestatismo o laissez faire no es liberalismo. Es conservadurismo.

Los costos de la concentración y politización de los medios se ven en el caso peruano. En momentos importantes, los medios dominantes –sobre todo el Grupo Comercio– han limitado el acceso de los peruanos a la información: (1) la decisión de no tocar seriamente el caso de los petroaudios en el 2008; (2) la decisión de no informar sobre aspectos claves de la campaña presidencial de 2011, como el rol jugado por Alberto Fujimori desde Diroes; (3) la decisión de despedir a Rosa María Palacios (de Canal 4) y Patricia Montero y Laura Puertas (de Canal N) en 2011. Y la parcialización de los medios durante las elecciones de 2011 –generando una competencia desigual a favor de Keiko Fujjimori– fue una vergüenza.

No me preocupa mucho la oposición de los medios al gobierno de Humala. El rol principal de la prensa es vigilar y controlar al gobierno de turno. Una prensa que investiga, critica y denuncia al gobierno está haciendo su trabajo.

Lo que me preocupa es la concentración de medios bajo un futuro gobierno de derecha (un escenario cada vez más probable). Si los grandes medios se alinean con el gobierno, ¿quiénes lo van a vigilar y controlar? ¿De dónde vendrá la investigación y la denuncia? ¿Qué quedará del derecho a la información? El caso de los Petroaudios y la campaña de 2011 demostraron que el Grupo El Comercio no es una fuente confiable de información. Tener un grupo mediático dominante y parcializado en la oposición es desagradable; tenerlo en el poder es peligroso.

Mantener el pluralismo mediático requiere acción estatal. Casi todas las democracias establecidas regulan a los medios para evitar los monopolios y garantizar el pluralismo. Y en algunas, el Estado garantiza un mínimo de equidad mediática durante las campañas electorales. En México, por ejemplo, el Instituto Federal Electoral obliga a los canales de televisión dar una cobertura equitativa a los partidos principales. Y funciona: Televisa y TV Azteca siguen siendo anti-izquierda, pero la izquierdista PRD recibe un tratamiento más o menos durante las campañas electorales.

El gobierno peruano no puede regular a los medios de una manera unilateral. Hay demasiado riesgo de politización o manipulación de la ley con fines políticas. El riesgo de crear mecanismos de regulación mediática es que pueden ser abusados por el gobierno para silenciar a sus críticos, como ha ocurrido en Venezuela y Ecuador. En estos casos, el remedio ha sido peor que la enfermedad.

Pero hay alternativas. La regulación puede ser producto de negociaciones multipartidarias, como en México. Cuando la regulación surge del consenso multipartidario, es más probable que haya candelas institucionales para evitar el control gubernamental. O el diseño de la regulación podría ser delegado a una comisión de notables con amplia confianza ciudadana y conocido compromiso con la libertad de prensa y la empresa privada. ¿Por qué no una Comisión Vargas Llosa?

domingo, 1 de junio de 2014

Luis Carranza Ayarza


Miercoles, 28 de mayo de 2014 | 4:30 am 

La inesperada muerte de Fritz Du Bois permite recordar la carrera de Luis Carranza. Como sabemos, Du Bois fue el primer director de El Comercio fuera de la familia Miró Quesada en muchos años. Pues bien, Carranza había sido el último director antes de esa misma familia, excepción hecha del gobierno militar entre 1974 y 1980, cuando estuvo estatizado. El primero y el último guardan alguna semejanza que revisaremos.

Carranza era ayacuchano y quedó huérfano a edad temprana. Poco después se mudó a Lima y estudió en el colegio Guadalupe. En la capital, vivió en casa de una tía casada con el dueño original de El Comercio, el empresario chileno Manuel Amunátegui. Sus parientes carecían de hijos y prácticamente lo adoptaron.

A continuación, Carranza estudió en San Fernando y se graduó como médico. Vivió una temporada en Huamanga y retornó a Lima como congresista. En ese momento se produjo el relevo de Amunátegui, que dejó el periódico en manos de una sociedad formada por su sobrino Luis Carranza y José Antonio Miró Quesada, quien era panameño e importante periodista del diario. Para ello, formaron una empresa que inscribieron en la notaría Orellana. Corría el año 1876 y aún faltaba para la infausta Guerra del Pacífico.

Ambos socios compartieron la dirección más de dos décadas, hasta la súbita muerte de Carranza siendo relativamente joven, pues apenas frisaba los 55 años. Murió a una edad similar a la que tenía Du Bois al fallecer y en ambos casos a causa de males cardiacos.

Para ese entonces, Carranza había actuado intensamente en política; fue uno de los fundadores del partido civil y acompañó el gobierno de Manuel Pardo, cuando precisamente accedió a la copropiedad de El Comercio. Su ascenso a la cumbre de la sociedad parecía tranquilo, pero fue violentamente alterado por la guerra con Chile.

El Comercio fue cerrado por orden de Piérola y solo reapareció cuando se fueron los chilenos. Mientras tanto, Carranza estuvo entre los civiles que defendieron Lima y se retiró herido a Tarma. Ahí contactó con su paisano Andrés Avelino Cáceres y se incorporó a la Breña. Fue el publicista de la resistencia, dirigió el periódico El Perú y se dio maña para estar presente en varias batallas célebres. Por ello, al concluir los combates fue uno de los líderes de la reconstrucción nacional.

Junto a otros civilistas integró el gobierno de Cáceres, constituyendo el ala derecha del régimen, al promover la firma del contrato Grace, que abrió la economía nacional a la inversión extranjera. Ese contrato guarda semejanza con la reforma neoliberal de Fujimori, que igualmente privatizó la economía promoviendo al capital foráneo. Ambos procesos fueron muy controvertidos; aunque, quienes fueron directores de El Comercio, favorecieron la apertura y se situaron en la derecha política de su tiempo. Así, Du Bois y Carranza compartieron el mismo espacio político.

Carranza tuvo energía para dedicarle los últimos diez años de su vida a la geografía, queriendo extender el conocimiento físico del país y sus recursos. Fundó la venerable Sociedad Geográfica de Lima y era una persona llena de proyectos. De pronto falleció, generando una crisis de política institucional que José Antonio Miró Quesada resolvió a su favor, quedando como único dueño y director en solitario.

Por su parte, Du Bois no era accionista, sino simplemente “director” y su cargo era consecuencia de la decisión de la familia MQ de contratar un técnico para conducir el medio de prensa. Si siguen la ruta adoptada cuando desapareció Carranza, entonces los MQ volverán al control total. Pero podría ser el momento para insistir en dar un paso al costado y llamar de una buena vez a un periodista extranjero.

La muerte de Carranza fue ocasión para la primera fotografía publicada por El Comercio y con Du Bois el despliegue gráfico ha sido inmenso. La trayectoria de ambos guarda alguna semejanza por su ubicación, comenzando y culminando el largo reinado de los MQ sobre su periódico.