domingo, 19 de junio de 2016

El Futuro del Fujimorismo

Domingo 19 de Junio del 2016


Para Keiko Fujimori, la derrota del 5 de junio debe haber sido un shock. Keiko había dedicado diez años de su vida a la campaña presidencial y confiaba en triunfar. Subestimó el alcance del antifujimorismo y no entendió que su comportamiento –y el de sus aliados– ayudó a fomentarlo en la segunda vuelta. Con sus propios autogoles (y una asistencia de la DEA), el fujimorismo regaló el partido a PPK.

Según varios comentaristas, la derrota sería el inicio del fin del fujimorismo. Por ejemplo, Mario Vargas Llosa espera que el fujimorismo caiga en un “proceso de descomposición”, siguiendo el camino del sanchecerrismo, el odriísmo, y el velasquismo, que “se extinguieron sin pena ni gloria.”

Eso es fantasía. Como señala el politólogo Paolo Sosa, Fuerza Popular sigue siendo el partido más sólido del Perú. La identidad fujimorista es fuerte, y Keiko ha construido una organización extensiva en todo el país. El fujimorismo ha echado raíces. Es poco probable que desaparezca en el futuro próximo.

Otros analistas prevén una crisis interna y la posible fragmentación del fujimorismo. Algunos esperaban que Kenji –apoyado por Alberto– disputara el liderazgo de Keiko. Otra fantasía. Keiko tiene una carta clave bajo la manga: es la única candidata viable que tiene el fujimorismo. Kenji y los fujimoristas históricos son queridos por la base, pero no por el electorado general (500,000 votos del núcleo duro fujimorista te convierte en el congresista más votado, pero es una mera gota en un electorado de 20 millones). Keiko es la única fujimorista capaz de llegar a 50%, y los fujimoristas lo saben. Los fujimoristas quieren ganar. Mientras Keiko sea el único camino a una posible victoria, mantendrá su liderazgo.

Muchos analistas señalan que el bloque de Fuerza Popular podría romperse. La mayoría de sus congresistas no son fujimoristas, sino políticos locales jalados por Keiko. Sin lealtades fujimoristas, podrían convertirse en tránsfugas y fragmentar el bloque, como ocurrió con Perú Posible y el PNP. Tampoco me parece probable. Lo que busca la mayoría de los congresistas es un futuro político —la reelección o un puesto en un futuro gobierno. Keiko ofrece eso. Si Keiko señala que sigue en carrera para 2021, y si mantiene una buena posición en las encuestas, el bloque de FP se mantendrá más o menos intacto.

Otros sostienen que con su segunda derrota, Keiko se convirtió en la nueva Lourdes Flores —una eterna perdedora. No creo. Muchos políticos latinoamericanos han perdido dos y hasta tres elecciones antes de ganar la presidencia. Rafael Calderón perdió dos veces antes de ganar la presidencia en Costa Rica. Rafael Caldera, Salvador Allende y Lula perdieron tres veces antes de ganar. Entre los exautoritarios, Daniel Ortega perdió tres elecciones consecutivas antes de volver a la presidencia en Nicaragua, y Hugo Banzer perdió cuatro veces antes de volver en Bolivia.

Lo más probable, entonces, es que el fujimorismo se mantenga unido bajo el liderazgo de Keiko, y que Keiko sea una seria candidata en 2021. Los congresistas de Fuerza Popular, sabiendo que su futuro político depende de Keiko, cerrarán filas detrás de ella.

Pero si Keiko vuelve a postular, enfrentará varios desafíos. Uno es el persistente problema de la segunda vuelta. Para superar al 50%, Keiko tendría que moderarse de una manera más creíble. Sus esfuerzos en 2016 fueron insuficientes. Quiso mejorar su imagen sin enfrentarse con su padre y la vieja guardia. Como consecuencia, muchos peruanos concluyeron que los cambios fueron puro maquillaje.

Keiko puede culpar al “odio” o el “fanatismo” antifujimorista por su derrota —y tiene razón. Ese odio existe. ¿Pero de dónde viene? No fue inventado por La Republica, la izquierda o “No a Keiko”. Surgió como reacción al régimen criminal de su padre. A Montesinos. El Grupo Colina. Barrios Altos. La Cantuta. Los asesinatos de Huilca y Barreto. Las esterilizaciones forzadas. La compra de medios y los ataques contra los periodistas que no querían venderse. La “interpretación auténtica” y la serie de abusos institucionales que terminó en la vergonzosa elección de 2000. Y el robo de una extraordinaria cantidad de dinero.

El antifujimorismo sigue siendo un obstáculo electoral para Keiko. Si quiere ganar, será su responsabilidad, no la de sus rivales, combatirlo. Eso requiere una ruptura más creíble con el pasado —y posiblemente con su padre.

Pero los desafíos de Keiko van más allá de la mochila del viejo fujimorismo. Keiko ya tiene su propia mochila —la de Ramírez, Chlimper, y otros nuevos fujimoristas cuyo comportamiento ha reforzado la imagen del fujimorismo como una mafia autoritaria. En 2021, entonces, Keiko tendrá que distanciarse no solo del fujimorismo de 1990 sino también de varios fujimoristas de 2016.

Otro gran desafío para Keiko serán sus rivales. En 2011 y 2016, Keiko perdió ante rivales bastante débiles. Humala y PPK fueron malos candidatos. El 2021 no será tan fácil. Verónika Mendoza –novata, desconocida, y sin recursos en 2016– será más fuerte. Julio Guzmán –que podría haber ganado en 2016 si no hubiera sido injustamente excluido– estará de vuelta. Hasta el APRA podría presentar un candidato más serio (Cornejo). Es probable, entonces, que la segunda vuelta de 2021 sea mucho más difícil para Keiko que las anteriores.

Para ganar en 2021, entonces, el fujimorismo 3.0 tendrá que ser bastante superior al fujimorismo 2.0 (cuyo “bugs” son evidentes). Mucho depende de su rendimiento en el Congreso. La mayoría fujimorista podría hacerle la vida imposible a PPK, pero la necesidad de convencer a los peruanos de que no es una banda de delincuentes y matones crea incentivos para la cooperación. Con pocos aliados legislativos y poca capacidad política, PPK será un Presidente vulnerable. Pero al fujimorismo no le conviene tumbarlo. Para un partido que busca romper con su pasado autoritario, ser tildado como “golpista” sería un desastre.

Por eso, la línea dura adoptada por Fuerza Popular me parece un grave error. No saludar al nuevo Presidente y condicionar al diálogo en algo tan infantil como un pedido de disculpas (en mis 30 años de investigación sobre las democracias latinoamericanas, jamás he visto un partido exigir un pedido de disculpas de su rival por cosas dichas en la campaña) no son pasos hacia un fujimorismo 3.0. Son pasos hacia una crisis institucional que solo reforzará la imagen del fujimorismo como un grupo de matones que todavía no asimila las normas democráticas. Los fujimoristas necesitan unos días de descanso –ha sido una durísima elección. Deben salir de su trinchera y tomar aire. Van por mal camino –camino que no solo mina cualquier esfuerzo para construir una nueva imagen sino que también podría llevarlos a una crisis institucional que seguramente quieren evitar.

Fuerza Popular ha mostrado tremenda inmadurez política. Pero todavía hay tiempo. La oposición fujimorista que surge a partir del 28 de julio debe ser más pragmática y abierta al diálogo y la negociación. El destino político de Keiko depende de ello.

domingo, 5 de junio de 2016

Anatomía de una renovación fallida

Domingo 05 de Junio del 2016 

Después de su derrota en 2011, Keiko Fujimori reconstruyó su partido, fortaleciendo su organización y renovando su liderazgo. Percibió que el fujimorismo de 2011–representado todavía por “históricos” como Aguinaga, Chávez, y Cuculiza– estaba demasiado ligado al autoritarismo de su padre. Y decidió –aparentemente contra la voluntad de Alberto– excluir a la vieja guardia de la lista parlamentaria de Fuerza Popular. Reclutó a varias figuras sin pasado fujimorista (Galarreta, Alcorta, Huaroc, Vilcatoma) que, junto con los reclutas de 2011 (Becerril, Spadaro, Juan José Díaz, Joaquín Ramírez) y algunos viejos fujimoristas marginales (Chlimper), cambiaron el rostro del fujimorismo. De hecho, casi todos los miembros del actual Comité Ejecutivo de FP entraron al fujimorismo después de la caída de Alberto.

En términos de personal, entonces, Fuerza Popular se ha renovado. Comparado con el fujimorismo de 2006 y 2011, su dirigencia tiene menos vínculos con Alberto Fujimori, el régimen de los noventa, y los militares. Y como la mayoría de los partidos peruanos, está cada vez más compuesto por jales, tránsfugas, y novatos. 

Renovarse no necesariamente significa mejorar. Un cambio de personal genera la oportunidad de crear un partido más moderado o democrático, pero no garantiza nada. Mucho depende del carácter de las nuevas caras y de la estructura de poder interna.

La renovación fujimorista no iba a producir un partido plenamente desvinculado de su pasado. No iba a producir un partido liberal o progresista. Las transformaciones partidarias no son así: son lentas y siempre parciales. Siempre persisten rasgos del pasado. Sería absurdo, entonces, esperar un fujimorismo caviar. En el mejor de los casos, una renovación generaría un partido menos anclado a Alberto Fujimori y al autoritarismo de los 90. Menos revanchista e intolerante. Un partido que quizás nos disgusta, pero que no nos aterroriza. 

Aun tomando en cuenta estas advertencias, la renovación fujimorista ha sido un desastre. Las caras nuevas no mejoraron la imagen del partido. Siguen siendo asociados con la criminalidad. La lista parlamentaria–encabezada por Cecilia Chacon– incluía 18 candidatos con antecedentes judiciales y procesos en curso. Y según medios creíbles, el Secretario General de Fuerza Popular, Joaquín Ramírez, está siendo investigado por la DEA por lavado de dinero y narcotráfico. Hay fuertes sospechas, entonces, de que el principal financista del fujimorismo keikista es un criminal. 

Los nuevos fujimoristas tampoco son demócratas. Los líderes del fujimorismo renovado han mostrado reflejos bastante autoritarios. El personero legal de FP, Pier Figari, y el congresista Héctor Becerril llamaron “terroristas” o “primos hermanos de terroristas” a manifestantes antiKeiko. Estos reflejos –típicos del viejo fujimorismo– muestran claramente que la intolerancia persiste en FP. Peor aún fue el comportamiento montesinista (no hay otra manera de describirlo) de José Chlimper cuando buscó manipular a los medios con un audio adulterado. 

El fujimorismo de 2016, entonces, tiene muchas caras nuevas pero pocas manos limpias. Está menos vinculado al régimen de los noventa, pero no se ha purgado de elementos criminales, intolerantes, e irrespetuosos de las reglas del juego democrático. Como consecuencia, sigue siendo un peligro para la democracia.

Keiko podría haber limitado el daño de su fallida renovación. Como líder indiscutida de un partido personalista, podría haber intervenido para castigar y purgar a los nuevos fujimoristas que exhibían la mismas tendencias hacia la criminalidad (Chacón, Ramírez), la intolerancia (Becerril, Figari), y la manipulación montesinista (Chlimper) que la vieja guardia. Pero no lo hizo. Sea por debilidad o porque confiaba en ganar igual, dejó florecer la bestialidad del “nuevo” fujimorismo a la vista de todos. 

¿Cómo explicar esta renovación tan accidentada? Para muchos, el fujimorismo nunca cambió. La versión dura de esta perspectiva es que la vieja estructura del poder fujimorista sigue intacto: Alberto sigue mandando; no hay diferencia entre albertistas y keikistas; la renovación fue puro teatro. Otra versión es que la renovación de personal importa poco, porque la esencia del fujimorismo no cambia. La corrupción y el autoritarismo están en su ADN. (El fujimorismo ha hecho poco para desmentir este razonamiento.)

Pero hay otra explicación. Sin negar que la cultura fujimorista sigue siendo intolerante y abierta a la criminalidad, la renovación fujimorista enfrentó un problema adicional: una pobre oferta de nuevos políticos. 

La pobre oferta de políticos es un problema generalizado en el Perú. Gracias al colapso de los partidos, los políticos profesionales están desapareciendo. Los nuevos políticos no son militantes con experiencia y vocación pública. Son novatos, muchos de los cuales buscan fines particulares (como enriquecerse). El déficit de buenos políticos afecta a todos los partidos. FP no fue el único partido plagado con candidatos cuestionados: las listas de PPK, Guzmán, y Acuña eran iguales o peores.

Pero el problema de reclutamiento es mucho más grave para el fujimorismo, gracias al antifujimorismo. Todavía hay muchos políticos, tecnócratas, y empresarios peruanos que no quieren tener nada con el fujimorismo. Keiko ha trabajado de una manera incesante para reclutar políticos de buena imagen (según Martín Vizcarra, él fue uno de ellos). Pero ha tenido poco éxito. Para muchos, es cuestión de principios. Para otros, es cuestión de imagen. En el ámbito internacional, y en una parte del establishment peruano, pintarse naranja sigue siendo mal visto. 

Esto es un fenómeno importante. Los políticos peruanos se han convertido en tránsfugas permanentes, dispuestos a jugar con casi cualquier equipo. Pero aun en este contexto de promiscuidad partidaria, el fujimorismo sigue siendo una línea roja que pocos están dispuestos a cruzar. Varios políticos de peso buscaron nuevos hogares partidarios en 2016: Vizcarra, Villarán, Townsend, Bruce, Mora, Sheput, Villanueva, Tejada. Pero con la excepción de Vladimiro Huaroc (que quedó aislado y desprestigiado), solo los ultraderechistas (Alcorta) y los ultraoportunistas (De Soto) cruzaron la línea fujimorista

Ocurrió algo parecido con los empresarios. Los fujimoristas se quejan de que muchos empresarios no quieren financiarlos, que siempre prefieren a políticos más pitucos como Lourdes Flores o PPK. Por eso, tuvieron que buscar otras fuentes de financiamiento, incluyendo empresarios (como Ramírez) sospechosos de actividades ilícitas y con empresas “offshore” revelados por los Panama Papers.

La persistencia del antifujimorismo, entonces, ha tenido un efecto paradójico: pone límites al fujimorismo (que es clave para la democracia) pero al mismo tiempo inhibe su transformación. Esta “guetización” podría costarle la elección a Keiko. Pero si gana, el costo lo pagaría la democracia peruana.