sábado, 9 de mayo de 2015

El puesto de los santones

Miércoles, 22 de abril de 2015 | 4:30 am 

A dos años de la partida de Javier Diez Canseco, la Comisión de Constitución del Congreso ha dictaminado que su suspensión por 120 días violó el reglamento interno del parlamento. Era tal la voluntad de castigarlo, que sus enemigos incumplieron sus propias normas. Ello ha sido demostrado gracias a Javier Bedoya, quien desde el comienzo pugnó por un tratamiento acorde a ley. Ante ello, cabe preguntarse por las razones para el odio contra JDC.

Para empezar cuestiones políticas. Junto a un pequeño grupo de congresistas de izquierda, JDC fue el primero que salió de Gana Perú. Ahí comenzó a desgranarse la bancada del gobierno, que al comenzar este mandato disponía de una mayoría considerable en el Congreso. Como ya han abandonado ese barco muchísimos otros, queda claro que JDC no ha sido el artífice de esa sangría.
El problema se hallaba en Palacio. Para llevar adelante una bancada, máxime de coalición, sólo cabe reunirla periódicamente, trazar línea estratégica y demandar leyes coherentes con las políticas de los ministerios. Pero, si en vez de ello, se asume que la bancada debe obediencia a quien ha ganado las presidenciales, entonces se abandona la responsabilidad de conducción y el grupo parlamentario queda a la deriva.

De este modo, Palacio tenía rabia contra JDC por haber desnudado sus flaquezas, pero en vez de aprender persistió y ha acabado viendo retirarse a un tercio de su bancada original. El tándem Humala-Heredia creyó que castigando resolvía el problema de unidad de su bancada y por el contrario se encontró con una ola de renuncias.

La noche de la suspensión, el nacionalismo se alió al fujimorismo que tampoco estaba preocupado por la veracidad de la acusación: que JDC había defendido intereses particulares al presentar una ley sobre acciones de empresas. Hoy en día, esa misma bancada atraviesa un pequeño escándalo, porque uno de sus legisladores es dueño de una universidad y quiere modificar la ley vigente en beneficio de su empresa. Ahí no les preocupa lo más mínimo la incompatibilidad que los desgarraba la noche de la suspensión.
El odio del fujimorismo proviene de la labor política de JDC. Durante los noventa destapó una serie de casos de corrupción. Luego, una vez caído el régimen, presidió una comisión investigadora que acusó a personalidades del entorno íntimo de Alberto Fujimori. Esa era la razón detrás de su suspensión. Había que hacer pagar con la misma moneda a quien había tocado carne.

Ahora bien, otra pregunta clave es por la tenacidad de JDC para denunciar todos los entuertos y enemistarse con quienes abusan de sus posiciones de poder. Resulta que, los acontecimientos de su infancia lo hicieron emocionalmente empático con el sufrimiento. Luego, en la adolescencia racionalizó a través del marxismo, que proyectó su sentimiento personal a los sectores populares. Había encontrado su impulso vital.

Estando en la universidad, JDC se afilió a Vanguardia Revolucionaria. Al igual que otros, este partido estaba procesando un encuentro entre la juventud y el Perú profundo. Ahí se fundió la experiencia de miles de estudiantes universitarios, bien representados en la carrera de JDC, quien comprendió las condiciones de vida de obreros, pobladores y campesinos, distinguiendo con claridad a sus enemigos.

No le fue difícil reconocerlos, los había tratado desde su infancia. Por ello, sabía cuán tramposos pueden ser en un país mercantilista y clientelista como el nuestro. Desde entonces los buscó para enfrentarlos. Sabía quiénes eran y estaba listo para denunciarlos. Nadie más peligroso. Había que embarrarlo.

Esa acusación afectó sus últimos días. Él era orgulloso de su fuerza para dejar atrás sus privilegios sociales. Por ello, le era personalmente difícil aceptar una campaña periodística infame destinada a enlodarlo. Estando en esas murió y ahora que ha sido reivindicado por el Congreso, toca alegrarse por el país. Tenemos que aguantar tantos sapos, que los pocos santones deben ser tratados con respeto.

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