Miércoles, 06 de mayo de 2015 | 4:30 am
Al imponerse el neoliberalismo se debilitó la posición de la izquierda marxista, cuyo discurso estaba basado en los modelos revolucionarios nacidos de la revolución bolchevique. Luego de la caída del muro de Berlín, se redujo la influencia de las doctrinas y la izquierda apeló a sus reflejos, reclamando un Estado actor y regulador de la vida económica. Pero estos postulados no eran compartidos por la mayoría nacional, que después de la crítica experiencia de los setenta y ochenta quedó vacunada contra el estatismo.
Desde entonces, la izquierda ha sido minoría y viene perdiendo contacto con los sectores populares. En busca de espacio, ha ido sumando reclamos de diversas minorías, que son descartadas por el modelo neoliberal. Así, ha creído que sumando minorías se recuperaría la conexión con la mayoría.
De ahí proviene la especialización de la izquierda actual en los reclamos indígenas y también su marcado interés por el medio ambiente. Ambas son problemáticas que aluden a derechos de grupos afectados por el modelo, que se resisten a perder sus antiguas posiciones en el nuevo mundo que nos toca enfrentar.
Por un lado, el Perú de hoy es mayoritariamente mestizo, tanto en costa como en sierra, aunque existen comunidades indígenas serranas y selváticas significativas. No obstante, ellas constituyen grupos específicos frente a ciudades completamente mestizas. En realidad, la cuestión indígena hoy involucra directamente a grupos étnicos de la selva y a comunidades minoritarias en la sierra. Mientras que el resto del país es mestizo.
En términos políticos, el acento en derechos indígenas abre la puerta a una minoría valiosa y que debe ser incorporada, además representativa de nuestra historia como nación, pero que en sí misma no resuelve la dificultad para dialogar con la mayoría. Lo mismo ocurre con el medio ambiente. También es un asunto de minorías relevantes, pero que no se hallan en sintonía con la mayoría nacional.
Por ejemplo, en el tema minería las encuestas muestran una opinión pública favorable a la minería responsable, que se aleja de ambos extremos: minería a cualquier precio y rechazo total a la actividad. Pero también es cierto que hay grupos directamente afectados, como los agricultores del valle de Tambo, que con todo derecho temen que un tajo abierto al lado de sus chacras signifique polvo y agua contaminada que matará su modo de vida. Tienen razón, pero el resto del país preferiría alguna forma de conciliación, minería en ciertos sitios y bajo condiciones.
Entonces, volvemos a la cuestión inicial. ¿Sumar minorías permite recomponer el diálogo con la mayoría? La respuesta es no. Para forjar una coalición ganadora es necesario crear un sujeto político mayoritario. Caso contrario, la propuesta se diluye en intereses honorables, pero particulares y desarticulados.
Por ello las preguntas claves son quiénes componen la mayoría nacional y cuáles son sus contradicciones con el sistema.
Empecemos por las demandas.
La mayoría actual se siente atrasada por un grupito neo-oligárquico que toma las decisiones en su provecho. Bajo el neoliberalismo, el poder se ha concentrado y su mentalidad sigue siendo oligárquica. Los dueños piensan que pueden comprar a todo el mundo y tratan a los dirigentes sociales como echados, propensos a venderse, como acaba de ocurrir en el valle de Tambo. Asimismo, usan al Estado como su agencia particular, encargado de velar por sus intereses.
Por su parte, los tecnócratas que hacen política ignoran a las personas para adorar las cifras. Desde los 1990, los políticos han claudicado ante este tipo de tecnócratas; como consecuencia, el poder político exuda auto-suficiencia y su trato es olímpico y prepotente.
Por ello, la mayoría surgirá del rechazo al desprecio. Aún impera una horrible y antigua costumbre, “ser humilde con el poderoso y poderoso con el humilde”, quien se oponga consistentemente a esta norma cultural encontrará la voluntad de la mayoría de hoy.

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