Solo escuchar el nivel de violencia verbal, maniqueísmo y lugares comunes de los setenta en la verborrea de Maduro, el autócrata venezolano, hace que uno se compadezca del pueblo que debe sufrirlo y se solidarice con aquellos que están hartos de vivir en un remedo de democracia.
Venezuela está lejos geográficamente del Perú; sin embargo, desde que en la campaña del 2006 Humala metió a Chávez a la política interna, no ha dejado de ser un campo de batalla cómodo y cercano para la política peruana. Cualquiera puede definirse frente al chavismo. Alan García logró ganar una elección presidencial con esa estrategia. Humala le ganó a Fujimori “deschavizándose”.
Sin quererlo, el régimen venezolano marcó el campo de juego político peruano. Cualquiera que lea los resultados de los dos últimos procesos electorales nacionales sabe que para el votante la cercanía con el régimen del difunto Chávez es como kriptonita para Superman: te mata.
¿Cómo entender entonces el comunicado de Frente Amplio? El movimiento de izquierda que agrupa a Lerner, Santos, Lynch, Arana, Silva Santisteban, así como a los congresistas Dammert, Mendoza, Mávila y Rimarachín, entre otros; declara que lo que estamos viendo en la protesta en las calles de Venezuela es una “ofensiva golpista de la extrema derecha contra el gobierno elegido democráticamente”.
¿Es ese el modelo democrático para esa izquierda peruana? ¿De verdad creen que en Venezuela hay un “oligopolio mediático”? ¿De verdad se tragan el cuento del fascismo de la extrema derecha financiada por la CIA?
Tal vez pues sean honestos con sus cuentos o, así como creen que la derecha está financiada por la CIA, podría ser que el Frente Amplio esté apoyado económicamente por Maduro. Digo nomás. De repente. Porque si no, ¿quién me explica este amoroso suicidio político?

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