Domingo, 01 de febrero de 2015 | 4:30 am
El abuso del poder sigue siendo demasiado común en América Latina. Cuarenta y tres estudiantes desaparecidos en México. Presos políticos en Venezuela. La reelección indefinida en Nicaragua y quizás en Ecuador. El reglaje en el Perú.
Cuando hay abusos, solemos enfocarnos en las personas que los cometen. El problema son los fujimoristas, los chavistas, los Kirchner. Pero el problema principal no son las personas sino el poder. Ningún político es un ángel. Si nuestros gobernantes tienen demasiado poder, sin contrapesos, tarde o temprano van a abusar de ello.
Fujimori es un ejemplo. En medio de una severa crisis, los peruanos le dieron un cheque en blanco: aplaudieron cuando cerró el Congreso y disolvió la Constitución. Fujimori dijo que actuaba por el bien del país, pero terminó encabezando un gobierno criminal.
Los Kirchner son otro ejemplo. Néstor Kirchner fue elegido durante una profunda crisis que destruyó a sus principales rivales partidarios. Gracias a un boom económico, su aprobación superó el 70%. Ese apoyo, junto con el colapso de la oposición, le permitieron concentrar el poder. Los Kirchner utilizaron ese poder para varios fines progresistas (matrimonio gay, derechos laborales, políticas sociales), pero también politizaron al Poder Judicial, los servicios de inteligencia y los medios –con graves consecuencias–.
El mejor mecanismo para controlar a los gobiernos son las instituciones fuertes. Un Congreso fuerte. Un Poder Judicial independiente. Agencias (Contraloría, Defensoría del Pueblo) con capacidad de investigar y denunciar los actos ilícitos del gobierno. Estos contrapesos institucionales existen en Chile, Costa Rica, y Uruguay. Se han fortalecido en Brasil y Colombia (donde Uribe no pudo conseguir la “re-reelección” a pesar de su apoyo popular). Donde no existen contrapesos institucionales, como en Argentina, Bolivia, Ecuador y Perú, el riesgo del abuso presidencial es mayor.
Los peruanos han inventado otro mecanismo para controlar a sus gobiernos: no quererlos. Desde la caída de Fujimori, los peruanos desconfían de todos sus gobiernos. Toledo, García, y Humala pasaron la gran parte de sus presidencias cerca o debajo de 30% de aprobación. Según el Latinobarómetro, la aprobación promedio de los gobiernos peruanos entre 2002 y 2011 fue la más baja de América Latina: 26.5%, comparado con 52% en Argentina y México, 59% en Chile, 63% en Brasil y 66% en Colombia.
El descontento (casi) permanente mina la capacidad de los gobiernos (un gobierno muy impopular difícilmente logra implementar reformas importantes), pero ayuda a controlarlos. Un presidente con 26% de aprobación no puede seguir el modelo de Fujimori, Chávez o Correa, utilizando mecanismos plebiscitarios para manipular a las instituciones y concentrar el poder. Si lo intentara, terminaría como Lucio Gutiérrez.
Pero los gobiernos débiles son un pobre sustituto por los contrapesos institucionales. Ecuador pasó por casi dos décadas de gobiernos impopulares y débiles. Cayeron tres presidentes. Pero Rafael Correa se aprovechó del descontento para movilizar a las mayorías detrás de un proyecto populista que vulnera la institucionalidad democrática.
Si una ciudadanía desconfiada y descontenta puede servir como contrapeso, entonces, también puede convertirse en la base de un proyecto populista. El populismo –la movilización de las masas en contra del establishment, a través de un fuerte discurso antisistema– siempre surge en un contexto de amplio descontento público.
El populismo facilita el abuso del poder. Para un presidente populista, haber vencido a la odiada “clase política” es una gran fuente de apoyo popular. Y, por otro lado, una clase política deslegitimada que acaba de ser derrotada por un outsider no es un buen contrapeso. La combinación de un presidente apoyado por 70%-80% del electorado y una oposición débil es una receta para el abuso. Le permite al gobierno esquivar, debilitar o eliminar a los contrapesos institucionales –muchas veces “democráticamente” a través de elecciones o referendo–. Es lo que ocurrió con Fujimori, Chávez y Correa.
¿Podría ocurrir de nuevo en el Perú? Sin duda. Como los contrapesos institucionales siguen siendo débiles, otro Fujimori sigue siendo una posibilidad.
Paradójicamente, si hay un Fujimori en 2016, no será Keiko (que no es populista), sino Daniel Urresti. Como Alberto Fujimori, Urresti tiene un estilo personalista y antiinstitucional. Se presenta como alguien que soluciona los problemas de la gente, sin intermediarios institucionales. Y ataca –achoradamente– a los políticos.
Pero un populismo encabezada por Urresti enfrentaría varios problemas. Primero, Urresti forma parte del gobierno. Los populistas movilizan a la gente en contra del establishment. Pero Urresti es ministro. Es difícil ser antisistema y a la vez estar encargado de la policía que reprime las protestas.
Formar parte del gobierno también implica pagar los costos políticos de un gobierno abrumado por sus propios escándalos e errores. Defender al gobierno ante políticas fracasadas como la ‘Ley Pulpín’ y escándalos como los de Martín Belaunde y el reglaje genera desgaste. Uno puede ser un ministro popular en un gobierno impopular por un tiempo, pero tarde o temprano el desgaste afecta a todos.
Si Urresti quiere ser un candidato populista exitoso, entonces tendrá que dejar al gobierno. Pero sin partido o movimiento, salir del gobierno podría ser un salto al desierto.
Otro problema es que Urresti carece de una base. Los populistas atacan a la clase política en nombre de alguien –algún movimiento (aunque sea ficticio)–. Urresti ataca solo. Sus tuits pueden caer bien, pero no movilizan a nadie. Dicen que la base de Urresti es el antifujimorismo y el antiaprismo, pero no creo. Los votantes más fervorosamente antifujimoristas y anti-Alan son los paniagüistas. Son los cívicos/liberales/caviares que defienden los derechos humanos y la institucionalidad. Los paniagüistas están esperando a Gastón, no a Urresti. Urresti tendría que disputar el voto popular con Keiko. Y Keiko tiene más experiencia, mejor organización, y la ventaja de no estar en el gobierno.
Existe todavía un espacio populista en el Perú. Según GfK, la mitad del electorado no quiere ni a Keiko ni a Alan ni a PPK. Aunque Urresti no sea candidato populista exitoso en 2016, el actual liberalismo por default no durará para siempre. Hay que construir contrapesos institucionales.
lunes, 9 de febrero de 2015
Odría y Urresti
Miércoles, 07 de enero de 2015 | 4:30 am
La fuga de Martín Belaunde a Bolivia ha debilitado al ministro Urresti. Ante la crisis, ha lucido ingenuo y fue atrapado mintiendo cuando declaró que Ramos Heredia había frustrado una captura inminente. A continuación, sus polémicas con Fernando Rospigliosi y Mauricio Mulder evidencian su falta de mesura para moverse en el escenario político. La figura de un elefante en cristalería lo describe con precisión. Pero, algunos analistas han adelantado como pronóstico que, por ello, carece de futuro y lo quieren ya fuera del gabinete y de la política nacional.
Sin embargo, las formas de Urresti no necesariamente anulan sus perspectivas. Por el contrario, pueden potenciarlas. Rasgos tan marcados como los suyos pueden ser virtudes o defectos.
En todo caso existe un antecedente que incluso llegó a la Presidencia de la República. Se trata del general Manuel A. Odría. Para empezar, ambos llegaron a generales del EP y en su currículo figuraba el mismo ministerio. Odría integró el gabinete de Bustamante como ministro de Gobierno y Policía, nombre de entonces, luego transformado en ministerio del Interior.
Asimismo, sus personalidades políticas eran semejantes. Ambos han sido tomados como militarotes y percibidos como de escasa capacidad política. A Odría lo trataban directamente de bruto y le inventaron un rosario de chistes racistas para menospreciarlo. Asimismo, el presidente del “Ochenio” fue considerado de muy reducida capacidad política. Era temido porque su intolerancia se traducía en innumerables abusos contra sus opositores; pero, nadie lo juzgaba solvente.
Así, las características de un individuo lo pueden perder o llevar arriba. Lo que importa son las circunstancias políticas. Revisemos las de Odría, para conocer los antecedentes de Urresti.
El general Odría fue nombrado ministro de Gobierno y Policía de un gobierno débil, aquejado por una crisis de inseguridad ciudadana. En su caso, se trataba de la quiebra de la coalición gubernamental y el enfrentamiento de la oligarquía contra el APRA y el centro político representado por Bustamante. Pero, había algo en común con nuestros días. La gente se sentía insegura, el temor dominaba a muchos porque la calle era peligrosa.
Ante ello, habían fracasado varias alternativas civiles para manejar la situación interna. Otros ministros más civilizados no habían dado fuego. Por su parte, desde el comienzo, Odría fue un ministro de perfil alto. No era tan mediático como Urresti, puesto que la figuración pública no era tan marcada como hoy. Pero, su imagen transmitía voluntad para encarar situaciones difíciles. No se corría. Su fama provenía de haber peleado con éxito la guerra contra Ecuador.
Odría tuvo en sus manos un gran escándalo político que fue determinante de su suerte. En enero de 1947 el crimen de Francisco Graña conmovió al país. Graña era dueño y director de un diario que cotidianamente atacaba al APRA. Por ello, este partido fue acusado del asesinato. En ese momento había ministros apristas, que fueron obligados a renunciar. Se quebraron completamente las relaciones políticas entre el PAP y el gobierno. Como consecuencia, los ministros militares, entre ellos Odría, cobraron gran influencia sobre un presidente asediado.
En cierto momento, esos ministros militares presionaron demasiado a Bustamante, le pidieron directamente la ilegalización del APRA. El presidente no aceptó, porque no quiso que su gobierno democrático y centrista termine transformándose en una dictadura. Pues bien, en ese momento, los ministros militares se fueron a su casa. Era junio de 1948; solo cuatro meses después Odría dio el golpe que inició sus ocho años de gobierno.
A veces las sociedades requieren hombres fuertes, cuanto menos sofisticados mejor, porque brindan seguridad e identidad al individuo común, asustado e inseguro. En el caso actual, en un año Urresti podría estar olvidado, como también podría ser temible, en vísperas de las presidenciales. Esta incógnita se resolverá el 2015.
domingo, 4 de enero de 2015
¿La Descaviarización de la Protesta?
Las olas de protesta pueden transformar a la política. En Venezuela, las movilizaciones iniciadas por el caracazo (1989) tumbaron al sistema puntofijista. En Brasil, las protestas que hicieron caer a Fernando Collor inauguraron un periodo de gobierno más responsable y efectivo. En Argentina, la movilización de 2001-2002 puso fin a la época menemista. En Bolivia, las guerras del agua y del gas llevaron a Evo Morales a la presidencia, y en Chile, la protesta estudiantil de 2011 provocó un importante giro hacia la izquierda.
El Perú no ha experimentado una ola de protesta significativa desde hace una generación. La crisis de los 80 desmovilizó a Lima. Los sectores populares –y ahora la nueva clase media– se despolitizaron. Y como consecuencia, los movimientos de protesta se redujeron a un puñado de trabajadores movilizados por el CGTP, algunos militantes de izquierda, y mis amigos caviares.
La despolitización de los sectores populares urbanos permitió la consolidación de un modelo económico ultra-ortodoxo y el surgimiento de una forma de gobernar ultra-tecnocrático.
¿Cambia este escenario con las protestas anti-‘Ley Pulpín’? ¿Se viene una repolitización de los sectores populares limeños?
Las olas de protesta son casi siempre imprevisibles. Pero la repolitización de los sectores populares limeños enfrenta dos problemas: uno de voluntad y otra de capacidad. En cuanto a la voluntad, aunque el sueño derechista de sectores populares convertidos en liberales no se ha realizado (según las encuestas, los peruanos no son más liberales que los bolivianos, brasileños o venezolanos), sus intereses ya no se alinean fácilmente con los grupos contestatarios tradicionales. Como observa el politólogo Andy Baker, el comportamiento político del ciudadano común se basa tanto en su condición de consumidor como en la de trabajador. Como consumidores, los sectores populares limeños experimentaron enormes avances en los últimos años: estabilidad de precios, acceso a más y mejores productos, y un gran aumento en sus ingresos. Su capacidad de compra subió vertiginosamente. Eso no los transformó en PPKausas, pero sí les dio algo que perder. Por eso, aunque no estén muy contentos con el statu quo, muchos son reacios a participar en movimientos de protesta que –según temen– podrían amenazarlo.
El amplio rechazo a la “Ley Pulpín” muestra que los limeños no solo piensan como consumidores. Los derechos laborales también les importan. Y muchos simpatizaron con las protestas del fin de año.
Pero la repolitización de los sectores populares limeños también enfrenta un problema de acción colectiva. Participar en un movimiento social requiere sacrificios que muchos ciudadanos no están dispuestos a hacer, sobre todo si dudan de la participación de los demás.
La movilización popular es más fácil donde ya existen fuertes identidades y organizaciones colectivas (partidos, sindicatos, comunidades indígenas o religiosas). La movilización boliviana se basó en sindicatos, organizaciones cocaleras, y grupos indígenas. En Lima, este nivel de organización existía hace 40 años (CGTP, partidos de izquierda, iglesia progresista), pero no hoy (la identidad partidaria más fuerte en el sector popular limeño hoy es el fujimorismo). Sin organizaciones o identidades fuertes, los movimientos sociales son difíciles de construir.
Pero también hay condiciones que favorecen a la protesta. Una es la ausencia de alternativas electorales. Según una investigación de Andrei Roman, un estudiante de doctorado en Harvard, las protestas masivas surgen cuando los partidos dominantes se convergen y las alternativas electorales parecen desaparecer. En Venezuela, por ejemplo, mucha gente optó por la protesta en 1989 porque, ante la crisis económica, la convergencia entre AD y COPEI los dejó sin alternativas electorales. Ocurrió algo parecido en Bolivia, donde dos partidos de origen izquierdista, el MNR y el MIR, se adhirieron al modelo neoliberal. En Argentina, la derechización de la Alianza contribuyó a la protesta que derrocó a De la Rúa, y en Chile, muchos estudiantes salieron a las calles en 2011 porque percibían que los partidos de la Concertación –en su moderación– habían dejado de representarlos.
El electorado peruano tuvo claras alternativas en 2006 y 2011: candidatos serios representaban la izquierda (Humala), el centro (Paniagua, Toledo), y la derecha (Flores, PPK). Pero los principales candidatos para 2016 se convergen en la derecha. Ninguno inquieta al Grupo Comercio. Los votantes radicales y paniaguistas –que llevaron a Humala a la presidencia en 2011– quedan como huérfanos, sin opciones electorales. Todo puede cambiar, pero si no surge ni un candidato mal visto por el Grupo Comercio, habría terreno más fértil para la protesta.
En Lima hay bastante aversión a la protesta. Se asocia con la violencia y el caos económico. Pero la protesta es plenamente compatible con la democracia y el crecimiento económico. Todas las democracias más ricas y exitosas (Alemania, Estados Unidos, Francia, Reino Unido) han pasado por olas de protesta.
De hecho, la democracia sufre cuando los ciudadanos no se movilizan. Donde las instituciones democráticas son débiles, la protesta ciudadana puede funcionar como mecanismo para la rendición de cuentas. Si los poderes legislativos y judiciales no los vigilan, los gobiernos se comportan mal. No cumplen con sus programas. No consultan. Y muchas veces, cometen abusos. En un contexto así, la protesta es una de las pocas herramientas que tienen los ciudadanos para controlar al gobierno.
Los que más necesitan la protesta son los menos privilegiados. El Estado responde más a los que tienen poder económico. Cecilia Blume no tiene que salir a la calle (basta con un correo electrónico). De hecho, las instituciones estatales que tratan con los grandes empresarios (MEF, BCR) funcionan mejor que las agencias que ofrecen servicios a la gente más vulnerable (MINSA, Educación). Como demuestra Eduardo Dargent, cuando el pobre rendimiento del Estado genera serios costos económicos (por ejemplo, cuando afecta la inversión o el crédito internacional), los gobiernos buscan mejorar su calidad. Cuando la baja calidad de los servicios públicos solo afecta a los pobres, hay menos incentivo para mejorarla. En estos casos, la protesta –y los costos políticos que genera– pueden incentivar a los gobiernos no responsivos.
La movilización ciudadana contribuye a construcción de un Estado más equilibrado: uno que responde a las demandas de todos –y no solo a los correos electrónicos de Cecilia Blume.
domingo, 7 de diciembre de 2014
¿Se Muere el APRA?
Domingo, 07 de diciembre de 2014 | 4:30 am
El APRA parece haber vuelto al centro del escenario político. Alan García ya está en campaña para 2016, y aunque no esté muy bien en las encuestas, pocos dudan que estará en la segunda vuelta (yo dudo un poquito). Y el segundo lugar de Enrique Cornejo en las elecciones municipales de Lima fue festejado por muchos como un triunfo aprista.
La recuperación del APRA sería positiva. La democracia necesita partidos sólidos. Necesita políticos profesionales, y el APRA –a diferencia de casi todos los demás partidos– los tiene.
Pero la realidad es otra. El APRA está más débil que nunca. De hecho, el éxito de Cornejo en Lima (si perder por 33 puntos puede ser considerado un éxito) opacó el profundo deterioro del aprismo en el resto del país.
El APRA sufre un repliegue, lento pero sostenido, en todo el territorio nacional. En las elecciones de 2002, ganó 12 regiones y 34 provincias. En 2006, ganó solo 2 regiones y 17 provincias, y en 2010, cayó a una región y solo 9 provincias. En 2014, el APRA no ha ganado ninguna región (podría ganar hoy en San Martín) y solo triunfó en 3 provincias (menos que Somos Perú y la UPP). El aprismo perdió La Libertad. Salvo la provincia de Virú, fue derrotado en todo el “Sólido Norte.” Hoy en día, la APP de Acuña está más sólida en el Norte que el APRA.
El APRA ya no presenta candidatos en todo el país. Mientras en 2006 presentó candidatos en 23 regiones, en 2014 solo presentó candidatos en 12 regiones. Ante el debilitamiento de la marca partidaria, los candidatos apristas empiezan a postular con movimientos regionales (Andrés Tello en Lima Provincias, Jhony Peralta en Piura) o en alianzas electorales (Arequipa, Cusco, Junín). Y en algunos casos, como Daniel Salaverry en Trujillo, han saltado a otros partidos. Las candidaturas “independientes,” las alianzas electorales, y el transfuguismo son los clásicos síntomas de crisis partidaria.
Los raíces apristas en la sociedad son cada vez más tenues. La identidad aprista –que abarcaba hasta un tercio de la sociedad hace algunas décadas– se evapora. Según una investigación de Carlos Meléndez, los apristas “duros” solo representan el 2% del electorado, y los peruanos con tendencia aprista no superan el 8%. En comparación, los fujimoristas “duros” son 6% del electorado, y los con tendencia fujimorista son casi 20%. El partido más grande del Perú ya no es el APRA. Es el fujimorismo.
La crisis del APRA tiene varias fuentes, incluyendo el desastroso gobierno de 1985-90 y la crisis generalizada de los partidos. Pero quiero señalar dos problemas que son claves en 2014.
El primero es la extrema personalización del poder. Alan García es el líder del APRA desde hace más de tres décadas. La última vez que el APRA tuvo un candidato presidencial no llamado García fue (excluyendo el periodo autoritario, cuando García estuvo exiliado) fue hace un cuarto de siglo. El APRA siempre tenía liderazgos fuertes, pero su actual personalización es mucho más extrema. Se ha transformado en un instrumento personal de García, más parecido al fujimorismo, Perú Posible, y el PNP que el partido institucionalizado de décadas atrás. Su principal razón de ser ya no es competir en elecciones (compite cada vez menos en elecciones regionales y provinciales) sino defender a García. Las necesidades del partido se confunden con las necesidades de García. En 2011, por ejemplo, cuando García no podía ser candidato presidencial, el APRA, subordinando sus intereses a los de García, optó por no tener candidato.
La transformación del APRA en instrumento personal de García se vio claramente durante el gobierno de Humala. En vez de dedicarse a su labor parlamentaria o buscar buenos candidatos para las elecciones regionales y provinciales, el APRA se dedicó casi al 100% a defender a García. Sus mejores cuadros se convirtieron en escuderos. Pareció al fujimorismo de 2001-2007.
La dependencia del APRA en García es tremenda. Con él, los apristas sueñan con regresar a la presidencia. Sin él, son un partido de 4%. SEASAP se ha convertido en SEASAA (Solo el Alan Salvará al APRA).
Esa dependencia hace daño al APRA. Le quita vida propia. De hecho, la vida partidaria en el APRA está en peligro de extinción. No hay recambio generacional. En sus últimos años, Haya dijo que “el APRA tiene su mejor garantía de vitalidad y supervivencia en estas caudalosas corrientes de nuevas generaciones juveniles que están aumentando día a día nuestras filas”. Hoy, Alan García está en el otoño de su carrera política, pero las nuevas generaciones juveniles no se encuentran.
El segundo problema que enfrenta el APRA es la destrucción de su marca. El APRA siempre tenía una marca nebulosa y maleable. Pero a pesar de sus múltiples transformaciones y alianzas contradictorias logró mantener un perfil mínimamente coherente ante sus seguidores. Para un sector del electorado, ser aprista significaba algo. La marca de la estrella representaba algo popular y de algún modo progresista.
Las últimas transformaciones de Alan García han destruido ese perfil. A partir de 2006, García abandonó por completo cualquier vestigio popular y progresista que quedaba en el aprismo. Se convirtió en un político netamente conservador, abrazando al Grupo Comercio y adoptando el discurso del Perro del Hortelano. Y el APRA, reducido a un instrumento personal de García, no hizo nada para defender su marca. Como consecuencia, la marca aprista –ya debilitada– se diluyó por completo. ¿Qué representa el APRA hoy? Nadie sabe. Porque no representa nada. Un partido cuya marca ha perdido todo valor es un partido en peligro de extinción.
El éxito electoral de Alan García ya no significa el éxito del APRA. De hecho, si García vuelve a la presidencia en 2016, su partido –sin marca o vida propia– llegaría moribundo.
El APRA, entonces, enfrenta a un dilema difícil. Su suerte parece atada a la de García. Pero montar al Caballo Loco hasta el final podría hacerle un daño irreversible.
Dicen que el APRA nunca muere. Pero sí podría convertirse en un partido chiquito y marginal. En otras palabras, aunque no muera, el APRA pos-García podría enfrentar a un destino igualmente infeliz: la irrelevancia.
El APRA parece haber vuelto al centro del escenario político. Alan García ya está en campaña para 2016, y aunque no esté muy bien en las encuestas, pocos dudan que estará en la segunda vuelta (yo dudo un poquito). Y el segundo lugar de Enrique Cornejo en las elecciones municipales de Lima fue festejado por muchos como un triunfo aprista.
La recuperación del APRA sería positiva. La democracia necesita partidos sólidos. Necesita políticos profesionales, y el APRA –a diferencia de casi todos los demás partidos– los tiene.
Pero la realidad es otra. El APRA está más débil que nunca. De hecho, el éxito de Cornejo en Lima (si perder por 33 puntos puede ser considerado un éxito) opacó el profundo deterioro del aprismo en el resto del país.
El APRA sufre un repliegue, lento pero sostenido, en todo el territorio nacional. En las elecciones de 2002, ganó 12 regiones y 34 provincias. En 2006, ganó solo 2 regiones y 17 provincias, y en 2010, cayó a una región y solo 9 provincias. En 2014, el APRA no ha ganado ninguna región (podría ganar hoy en San Martín) y solo triunfó en 3 provincias (menos que Somos Perú y la UPP). El aprismo perdió La Libertad. Salvo la provincia de Virú, fue derrotado en todo el “Sólido Norte.” Hoy en día, la APP de Acuña está más sólida en el Norte que el APRA.
El APRA ya no presenta candidatos en todo el país. Mientras en 2006 presentó candidatos en 23 regiones, en 2014 solo presentó candidatos en 12 regiones. Ante el debilitamiento de la marca partidaria, los candidatos apristas empiezan a postular con movimientos regionales (Andrés Tello en Lima Provincias, Jhony Peralta en Piura) o en alianzas electorales (Arequipa, Cusco, Junín). Y en algunos casos, como Daniel Salaverry en Trujillo, han saltado a otros partidos. Las candidaturas “independientes,” las alianzas electorales, y el transfuguismo son los clásicos síntomas de crisis partidaria.
Los raíces apristas en la sociedad son cada vez más tenues. La identidad aprista –que abarcaba hasta un tercio de la sociedad hace algunas décadas– se evapora. Según una investigación de Carlos Meléndez, los apristas “duros” solo representan el 2% del electorado, y los peruanos con tendencia aprista no superan el 8%. En comparación, los fujimoristas “duros” son 6% del electorado, y los con tendencia fujimorista son casi 20%. El partido más grande del Perú ya no es el APRA. Es el fujimorismo.
La crisis del APRA tiene varias fuentes, incluyendo el desastroso gobierno de 1985-90 y la crisis generalizada de los partidos. Pero quiero señalar dos problemas que son claves en 2014.
El primero es la extrema personalización del poder. Alan García es el líder del APRA desde hace más de tres décadas. La última vez que el APRA tuvo un candidato presidencial no llamado García fue (excluyendo el periodo autoritario, cuando García estuvo exiliado) fue hace un cuarto de siglo. El APRA siempre tenía liderazgos fuertes, pero su actual personalización es mucho más extrema. Se ha transformado en un instrumento personal de García, más parecido al fujimorismo, Perú Posible, y el PNP que el partido institucionalizado de décadas atrás. Su principal razón de ser ya no es competir en elecciones (compite cada vez menos en elecciones regionales y provinciales) sino defender a García. Las necesidades del partido se confunden con las necesidades de García. En 2011, por ejemplo, cuando García no podía ser candidato presidencial, el APRA, subordinando sus intereses a los de García, optó por no tener candidato.
La transformación del APRA en instrumento personal de García se vio claramente durante el gobierno de Humala. En vez de dedicarse a su labor parlamentaria o buscar buenos candidatos para las elecciones regionales y provinciales, el APRA se dedicó casi al 100% a defender a García. Sus mejores cuadros se convirtieron en escuderos. Pareció al fujimorismo de 2001-2007.
La dependencia del APRA en García es tremenda. Con él, los apristas sueñan con regresar a la presidencia. Sin él, son un partido de 4%. SEASAP se ha convertido en SEASAA (Solo el Alan Salvará al APRA).
Esa dependencia hace daño al APRA. Le quita vida propia. De hecho, la vida partidaria en el APRA está en peligro de extinción. No hay recambio generacional. En sus últimos años, Haya dijo que “el APRA tiene su mejor garantía de vitalidad y supervivencia en estas caudalosas corrientes de nuevas generaciones juveniles que están aumentando día a día nuestras filas”. Hoy, Alan García está en el otoño de su carrera política, pero las nuevas generaciones juveniles no se encuentran.
El segundo problema que enfrenta el APRA es la destrucción de su marca. El APRA siempre tenía una marca nebulosa y maleable. Pero a pesar de sus múltiples transformaciones y alianzas contradictorias logró mantener un perfil mínimamente coherente ante sus seguidores. Para un sector del electorado, ser aprista significaba algo. La marca de la estrella representaba algo popular y de algún modo progresista.
Las últimas transformaciones de Alan García han destruido ese perfil. A partir de 2006, García abandonó por completo cualquier vestigio popular y progresista que quedaba en el aprismo. Se convirtió en un político netamente conservador, abrazando al Grupo Comercio y adoptando el discurso del Perro del Hortelano. Y el APRA, reducido a un instrumento personal de García, no hizo nada para defender su marca. Como consecuencia, la marca aprista –ya debilitada– se diluyó por completo. ¿Qué representa el APRA hoy? Nadie sabe. Porque no representa nada. Un partido cuya marca ha perdido todo valor es un partido en peligro de extinción.
El éxito electoral de Alan García ya no significa el éxito del APRA. De hecho, si García vuelve a la presidencia en 2016, su partido –sin marca o vida propia– llegaría moribundo.
El APRA, entonces, enfrenta a un dilema difícil. Su suerte parece atada a la de García. Pero montar al Caballo Loco hasta el final podría hacerle un daño irreversible.
Dicen que el APRA nunca muere. Pero sí podría convertirse en un partido chiquito y marginal. En otras palabras, aunque no muera, el APRA pos-García podría enfrentar a un destino igualmente infeliz: la irrelevancia.
Cazadores de talentos
Viernes, 05 de diciembre de 2014 | 4:30 am
La reciente encuesta de GfK publicada por La República vuelve a indagar por la aprobación de siete líderes, cuatro de los cuales serán sin duda candidatos presidenciales el 2016. Los datos que ofrece el sondeo revelan limitadas capacidades de representación y una reducida plataforma desde donde partirán en una campaña electoral que desde ahora se anuncia con más pasajeros que las anteriores. Las cifras no son un buen punto de partida.
Salvo Luis Castañeda, que aumenta casi 20 puntos de aprobación, explicado por su reciente victoria electoral y las expectativas en su gestión, el resto de líderes conserva casi inalterable la aprobación de los últimos 18 meses. Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski muy por encima del tercio, 43% y 40%, respectivamente; Lourdes Flores, otra excepción, ha descendido del tercio a 27%, en tanto Alan García y Alejandro Toledo se sitúan alrededor del quinto, AGP con el 23% y Toledo con el 17%. GfK ha empezado a medir a César Acuña que obtiene 15%.
Los desagregados de las cifras son interesantes. Castañeda es aprobado de modo homogéneo en los sectores C, D y E, pero ofrece un bajón en los sectores A/B donde cae varios puntos. Sucede otro tanto con Keiko, con 10 puntos menos en A/B pero que sube en el sector D.
Al contrario, PPK es mucho más aprobado en A/B donde alcanza 51% pero cae en el sector D a 27%; sucede lo mismo con Lourdes que sube a 40% en A/B y baja a 17% en D. En cambio García y Toledo son un tanto más homogéneos en sus aprobaciones; el último solo cae ligeramente en A/B.
Se aprecia también significativas brechas entre Lima y las regiones. Líderes trajinados, dos ex presidentes, García y Toledo, obtienen un respaldo homogéneo en la capital y fuera de ella, y lo mismo sucede con Keiko, premiada por su activismo en las regiones y el efecto de su afán de construir un partido. En cambio, la brecha Lima/Regiones es alta en el caso de Castañeda (21 puntos), PPK (16), Lourdes (13).
La aprobación territorial es mucho más compleja y desafiante. Castañeda es débil en el centro, sur y oriente del país, en tanto Keiko es fuerte en el norte y sur, desmintiendo en su caso el antagonismo sociopolítico de estas zonas, aunque cae en el centro. PPK y Lourdes aparecen con bajas aprobaciones en el sur y en el oriente, mientras que a García le va mejor en el centro y sur, y no en el norte, confirmando la crisis del imaginario aprista del “sólido norte”, territorio donde Acuña trepa al 25%.
Estas cifras reflejan la baja implantación de un liderazgo nacional apto, confirmando lo que las elecciones del 5 de octubre revelaron, es decir, la ausencia de un voto nacional en medio de un país fragmentado políticamente. El análisis que pretendió argumentar que les va mejor a los líderes sin sus partidos debería ser revisado porqu e salvo en Lima, la suerte de unos está aparejada a la de los otros. Podría decirse que la campaña no ha empezado, aunque esto no cambia el fondo del asunto: salvo Keiko, los candidatos no parecen tener a la mano instrumentos propios para penetrar o regresar a las regiones.
Tampoco suenan liderazgos regionales de proyección nacional. El que está en lisa, Acuña, ha dicho que no postulará a la presidencia, y solo se rumora la del actual Presidente de la Región Moquegua, Martín Vizcarra, de modo que como en el pasado los líderes nacionales irán a la caza de los votos en las regiones con la cooptación de movimientos regionales y candidatos independientes, fagocitando al ya débil regionalismo.
Con el único “sólido” capitalino, esta caza será crucial y riesgosa; el reclutamiento de líderes regionales por líderes limeños tiene historia en los tres últimos parlamentos, cuando la mayoría de los pillados en falta fueron producto de arreglos políticos y financieros para vestir nacionalmente candidaturas capitalinas. En cualquier caso, este mecanismo de nacionalizar lo limeño tiene como consecuencias gobiernos débiles y parlamentos fragmentados que no logran representar o que pierden con rapidez la legitimidad de la representación.
La reciente encuesta de GfK publicada por La República vuelve a indagar por la aprobación de siete líderes, cuatro de los cuales serán sin duda candidatos presidenciales el 2016. Los datos que ofrece el sondeo revelan limitadas capacidades de representación y una reducida plataforma desde donde partirán en una campaña electoral que desde ahora se anuncia con más pasajeros que las anteriores. Las cifras no son un buen punto de partida.
Salvo Luis Castañeda, que aumenta casi 20 puntos de aprobación, explicado por su reciente victoria electoral y las expectativas en su gestión, el resto de líderes conserva casi inalterable la aprobación de los últimos 18 meses. Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski muy por encima del tercio, 43% y 40%, respectivamente; Lourdes Flores, otra excepción, ha descendido del tercio a 27%, en tanto Alan García y Alejandro Toledo se sitúan alrededor del quinto, AGP con el 23% y Toledo con el 17%. GfK ha empezado a medir a César Acuña que obtiene 15%.
Los desagregados de las cifras son interesantes. Castañeda es aprobado de modo homogéneo en los sectores C, D y E, pero ofrece un bajón en los sectores A/B donde cae varios puntos. Sucede otro tanto con Keiko, con 10 puntos menos en A/B pero que sube en el sector D.
Al contrario, PPK es mucho más aprobado en A/B donde alcanza 51% pero cae en el sector D a 27%; sucede lo mismo con Lourdes que sube a 40% en A/B y baja a 17% en D. En cambio García y Toledo son un tanto más homogéneos en sus aprobaciones; el último solo cae ligeramente en A/B.
Se aprecia también significativas brechas entre Lima y las regiones. Líderes trajinados, dos ex presidentes, García y Toledo, obtienen un respaldo homogéneo en la capital y fuera de ella, y lo mismo sucede con Keiko, premiada por su activismo en las regiones y el efecto de su afán de construir un partido. En cambio, la brecha Lima/Regiones es alta en el caso de Castañeda (21 puntos), PPK (16), Lourdes (13).
La aprobación territorial es mucho más compleja y desafiante. Castañeda es débil en el centro, sur y oriente del país, en tanto Keiko es fuerte en el norte y sur, desmintiendo en su caso el antagonismo sociopolítico de estas zonas, aunque cae en el centro. PPK y Lourdes aparecen con bajas aprobaciones en el sur y en el oriente, mientras que a García le va mejor en el centro y sur, y no en el norte, confirmando la crisis del imaginario aprista del “sólido norte”, territorio donde Acuña trepa al 25%.
Estas cifras reflejan la baja implantación de un liderazgo nacional apto, confirmando lo que las elecciones del 5 de octubre revelaron, es decir, la ausencia de un voto nacional en medio de un país fragmentado políticamente. El análisis que pretendió argumentar que les va mejor a los líderes sin sus partidos debería ser revisado porqu e salvo en Lima, la suerte de unos está aparejada a la de los otros. Podría decirse que la campaña no ha empezado, aunque esto no cambia el fondo del asunto: salvo Keiko, los candidatos no parecen tener a la mano instrumentos propios para penetrar o regresar a las regiones.
Tampoco suenan liderazgos regionales de proyección nacional. El que está en lisa, Acuña, ha dicho que no postulará a la presidencia, y solo se rumora la del actual Presidente de la Región Moquegua, Martín Vizcarra, de modo que como en el pasado los líderes nacionales irán a la caza de los votos en las regiones con la cooptación de movimientos regionales y candidatos independientes, fagocitando al ya débil regionalismo.
Con el único “sólido” capitalino, esta caza será crucial y riesgosa; el reclutamiento de líderes regionales por líderes limeños tiene historia en los tres últimos parlamentos, cuando la mayoría de los pillados en falta fueron producto de arreglos políticos y financieros para vestir nacionalmente candidaturas capitalinas. En cualquier caso, este mecanismo de nacionalizar lo limeño tiene como consecuencias gobiernos débiles y parlamentos fragmentados que no logran representar o que pierden con rapidez la legitimidad de la representación.
Las opciones del Nacionalismo
Miércoles, 26 de noviembre de 2014 | 4:30 amLos antecedentes no son halagüeños. Tanto Toledo como García terminaron sus gobiernos muy disminuidos. En las elecciones siguientes a su paso por Palacio apenas si pasaron la valla electoral y sus congresistas fueron un puñado. La situación del nacionalismo podría ser exactamente la misma, pero todo depende de cómo mueva sus fichas de aquí en adelante.
Por ello, parece clara la motivación del presidente Humala al declarar sobre la cloaca del fujimorismo. Significa el toque a rebato y el trazado de la cancha para iniciar la campaña política del nacionalismo frente al 2016. El estilo es tosco y mayor tolerancia sería bienvenida, pero siempre ha sido así y no debería llamar la atención.
Sucede que ni García ni PPK pueden enfrentar al fujimorismo, como ya lo hizo Vargas Llosa y ahora lo prolonga Humala. Tanto García como PPK comparten con Keiko el mismo campo del espectro. Entre ellos la lucha será feroz por ver quién queda al final del día. Pero, no pueden oponerse entre sí en forma cerrada, porque poseen muchos vasos comunicantes. Los círculos de estos tres candidatos están conectados a través del poder económico y el mediático.
Pero, desde el retorno de la democracia y como consecuencia del régimen de dos vueltas, las campañas presidenciales expresan a cada lado del espectro. Toledo vs García; García vs Humala; y Humala vs Keiko. Por más derechizado que se halle el país, se ve difícil que ambos contendores finales del 2016 corran en el mismo lado derecho del espectro. Es decir, Alan vs Keiko es poco probable, más seguro es que uno de los dos quede en el camino y tenga que enfrentar en segunda vuelta a quien represente el otro lado del espectro. Es decir, el rival saldrá del centro a la izquierda.
He ahí la oportunidad del nacionalismo. Su ideología es laxa y fluida. No se sabe si pertenece a la izquierda o a la derecha. En alguna ocasión ha dado origen al fascismo y en otras a los movimientos de liberación nacional anticoloniales. Entre estos extremos se puede mover y de hecho lo hace con soltura. Por ello, se puede hacer campaña dos veces por la izquierda, hasta llegar al poder y gobernar bien pegado a la derecha. Pero, igualmente puede volver a correrse a una postura cercana a la centro izquierda para la siguiente campaña electoral.
Aunque, todo dependerá del candidato que salga de Palacio. Dado el escaso peso de las estructuras partidarias, las listas se definen entre cuatro paredes. Así como ahora Humala traza la cancha, mañana la pareja presidencial elegirá sucesor. Ese momento será decisivo, porque si escogen mal entonces el nacionalismo correrá la misma suerte de sus antecesores. Pero, si su candidato posee carisma y tiene un lado del espectro para correr más o menos libre, entonces puede hacer una buena performance.
Quizá no ganar, pero sí colocar una buena bancada, que en realidad constituye el objetivo mínimo del nacionalismo, puesto que en estos años se ha hecho de tantos enemigos que debe temer un futuro congreso donde esté minimizado. Más aún si, como se rumorea, Nadine Heredia se lanza al Congreso, entonces una buena bancada sería posible con cierta comodidad y, de tener suerte, podrían llegar a segunda vuelta. Ahí todo es posible.
Pero, de la baraja de posibles presidenciables solo se perfilan Ana Jara y Daniel Urresti. El problema de la primera es que quizá no tiene el carisma suficiente. Por su parte, el segundo encarnaría una versión del autoritarismo populista de derecha, seguramente exitoso dado el elevado nivel de inseguridad, pero colocado en el mismo lado del espectro contra el cual Humala ha rayado el escenario.
El último salvavidas del PPC
Miércoles, 05 de noviembre de 2014 | 4:30 amNacido hace casi 50 años, el PPC es el partido clave de nuestra centro-derecha contemporánea; llegó al poder como socio menor de Acción Popular en los dos mandatos de FBT. Pero con candidatos propios ha perdido todas las contiendas presidenciales donde ha competido; tampoco ha superado su lejanía del interior, salvo su asentamiento exclusivo en Lima. Aunque, por el lado positivo, el PPC ha jugado un papel en la lucha por asentar nuestra precaria democracia política.
Si recordamos la campaña por la revocatoria de Susana Villarán para la alcaldía de Lima, encontramos al PPC partidario del “No” oponiéndose al triunfo de las mafias que asomaban detrás de los revocadores. ¿Qué hubiera pasado si el PPC conducía la revocatoria? Posiblemente ahora ocuparía la alcaldía. Entonces, ¿cuál fue la razón del PPC para defender a Susana? Su propósito no fue ganar votos para la siguiente contienda, sino conservar al régimen municipal dentro de ciertos cánones.
Es más, en esa campaña, el PPC fue clave porque movilizó los votos que necesitaba Villarán para salvarse, los que sacrificaron a Marisa Glave y al resto de regidores de izquierda. Si el PPC obtuvo su objetivo en la revocatoria, ¿a qué se debe su catástrofe en la municipalidad de Lima?
Para empezar, el PPC arrastra una larga lucha interna que lo carcome. En esta ocasión, esa pugna descalabró la apuesta inicial por Pablo Secada y al final el partido optó por Jaime Zea, un competente alcalde distrital a quien le quedó grande la competencia metropolitana. El inadecuado perfil del candidato fue consecuencia de malas decisiones provocadas por una persistente crisis interna.
Por su parte, la magnitud de esas pugnas no se debe al azar. En efecto, mientras una parte del partido piensa en conservar el régimen democrático, la otra intenta avanzar electoralmente. En el PPC histórico siempre hubo una confrontación entre ideólogos y pragmáticos, que han ido saliendo sistemáticamente de sus filas. La lista es larga y la encabeza Alberto Andrade, seguido por muchos, entre otros Borea, Koury y últimamente Heresi. Esta sangría ha debilitado profundamente al PPC alejando sus cartas de recambio para dejar solamente a Lourdes Flores como última figura carismática.
El conflicto interno actual que opone a los llamados renovadores contra el grupo del secretario general, Raúl Castro, es un remedo de los pleitos que genera, en este tipo de partidos, el moverse en dos planos distintos: la obtención de votos y la conservación de las instituciones republicanas.
Es la tesis de un penetrante estudio sobre el socialcristianismo latinoamericano editado por Mainwaring y Scully, quienes establecen la complicada situación de los partidos de centro en democracias inciertas, obligados a trabajar políticamente en esos dos terrenos; los cuales muchas veces son contrapuestos y, a la larga, ese doble juego los anula.
La situación actual del PPC es crítica. De las 2.000 alcaldías que estaban en juego solo ha obtenido 7 en Lima y otras 7 en regiones, un total de 14 a nivel nacional. Tiene muy poco y si el 2016 no supera la valla electoral pierde la inscripción y sale del escenario. Para salvarse requiere una alianza; por ello, Lourdes coquetea con García y ambos hablan de entendimiento.
Pero se ve difícil una coalición electoral con ese socio. Tanto Keiko como Alan se mueven en la derecha del espectro. Para ganar, ambos necesitan un pie en el centro y el PPC luce demasiado a la derecha. No suma a una alianza de ese perfil, obstruye.
Enfrentado a una dura prueba, al PPC solo le queda estar dispuesto, una vez más, a ser el socio menor de una alianza electoral, concebida esta vez no para llegar al poder, sino como salvataje partidario. Les ayudaría contar con el carisma de Lourdes.
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