
Domingo, 22 de septiembre de 2013 | 4:30 am
Mientras el mundo católico leía una inusual entrevista del papa Francisco llena de esperanza y vientos de renovación, en Lima se destapaba uno de los peores casos de pedofilia conocidos en nuestro país porque, por primera vez, involucraba directamente a un Obispo.
En su columna semanal, y sin mencionar nombres, Diego García Sayan detalló la destitución desde el Vaticano, del Obispo Auxiliar de Ayacucho, Gabino Miranda, por un caso de abuso sexual. No se conocieron más detalles hasta la confirmación de Monseñor Bambarén de la expulsión, incluso del sacerdocio, de este ahora laico.
Con gran pesar, la Iglesia Católica en el mundo ha tenido que reconocer y reparar a las víctimas de estos casos, cada vez en más ocasiones, en los últimos años. Tal vez, lo peor de este proceso ha sido tener que aceptar que por tapar el escándalo se movió a verdaderos delincuentes, sujetos que tuvieron a su merced una y otra vez a niños inocentes, de diócesis en diócesis y de parroquia en parroquia. Muchos niños y jóvenes pudieron haberse salvado del trauma que les impusieron de por vida si es que se hubiera hablado con la verdad tanto de los pecados ante Dios como de los crímenes ante la justicia al instante de comprobarse la veracidad de las denuncias. Lamentablemente, el miedo al escándalo siempre empeora todo para la desgracia de tantos inocentes que hoy siguen sufriendo.
Sufriendo porque no pudieron o no supieron cómo resistir los deseos de personas que llegaron a admirar y con las que construyeron una relación de sometimiento jerárquico. Dolor, rabia, ira, vergüenza y culpa a veces reprimidas por décadas, que afectan todas sus relaciones de por vida.
Lo primero, entonces, que tiene que hacer nuestra Iglesia es reparar a las víctimas. Escuchar, indemnizar, pagar tratamientos psicológicos, lo que haga falta, aun cuando sabemos que nada de eso será finalmente suficiente porque el daño suele ser irreparable. Los padres entregan a sus hijos muchas horas al día al cuidado de religiosos con la plena confianza que inspira un hombre de Dios. Por ello la Iglesia tiene una labor de vigilancia que no puede rehuir. Es verdad que pedófilos hay en todas partes, pero cuando usan una institución que los forma y los somete jerárquicamente, se crean mayores responsabilidades de prevención. Más aún, en este caso, cuando el ex Obispo tenía como encargo de la Conferencia Episcopal Peruana el trabajo, nada menos que, con los jóvenes.
Lo segundo, como hoy ordena la Iglesia, es denunciar los crímenes. Al margen de la sanción eclesiástica que viene de rigor, un pedófilo debe ser expuesto a la sociedad para advertir y alejar a sus potenciales víctimas y para que quienes ya lo fueron puedan encontrar verdad y justicia. Sorprende, pues, que tratándose de un caso tan grave como el que involucra a un Obispo la denuncia no exista y sea el Ministerio Público, al conocer los hechos, el que recién la inicie de oficio.
Lo tercero, no temer a la verdad. Si Cristo es la Verdad, ¿a qué se le teme? Nadie abandona su fe por los actos de un pecador por repugnantes que estos sean. Se abandona a la Iglesia cuando esta no se pone del lado del débil, de la víctima, del que nos clama auxilio. Se abandona a un Iglesia indiferente ante el dolor. Y esa no es nuestra Iglesia.
La nuestra es la que recuerda la única condena que Jesús hace a un pecador: “Al que escandalice a uno de estos pequeños, que cree en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y lo hundan en lo profundo del mar”. ¿Se necesita más claridad?
No hay comentarios:
Publicar un comentario