
Domingo, 28 de julio de 2013 | 4:30 am
Los mensajes presidenciales solían generar expectativa y sobresalto. Sobre todo en presidencias erráticas en lo económico o herméticas y autoritarias en lo político. Esos días parecen estar felizmente lejanos. Sin embargo, este encuentro anual se ha tornado en una costumbre demasiado sosa. Y, en el caso de Ollanta Humala, el mal se ha agravado. Pésimo lector, al Presidente le encantan los discursos largos y aburridos repletos de enumeraciones de proyectos que nadie recuerda y que supuestamente, sumados, han beneficiado a millones de peruanos. Amparado en la inmodestia, quiere convencerse y convencer sobre sus dotes de gran reformador. Encima, su corte le recomienda que se esfuerce en comunicar sus estupendos logros. Así que, previsiblemente, este 28 de julio tendremos más de lo mismo.
Es bueno que un país no escuche a su Presidente aterrorizado, con los ahorros debajo del colchón y la casa trancada. Claro que sí. Un rumbo económico claro y firme es indispensable.
Pero eso no significa que un líder renuncie a liderar un sueño compartido. Por tener todo tranquilo, la única paz que vamos a ganar es la paz de los cementerios. Esa no sirve de nada cuando las carencias son enormes en tantos campos que corresponden a la acción directa del Estado. Ese Estado que miles pagamos para que sirva a millones con tan poco éxito.
A medida que la población mejora su propia situación económica, tiene mayor capacidad de exigencia. Salud, educación, justicia, seguridad e infraestructura pública. Ahí está el eje de un Estado que no llega con lo básico. ¿Qué paz puede tener un país donde el 87% de sus niños no puede resolver un problema matemático simple? ¿Qué tranquilidad se puede ofrecer si el 72% de esos mismos niños peruanos no entiende lo que lee? ¿Se ha dado una vuelta el Presidente por las emergencias de los hospitales públicos en estas madrugadas? ¿Cree que lo que se vive ahí es digno? ¿No ve el Presidente cómo la sangre de cientos de inocentes se derrama en asaltos feroces y accidentes de tránsito en vías de espanto? ¿No ve cómo millones de peruanos que no tienen agua potable y desagüe se enferman por esa carencia elemental?
Si a esta inoperancia se suma la corrupción política, la repartija del poder y la repartija del botín, ¿cómo quiere que el pueblo responda al presidente Humala este 28? ¿Con alegría? Un gobierno boyante, como nunca lo ha tenido el Perú en los últimos 50 años, no puede hacer, por su propia incompetencia, las reformas institucionales y de gestión imprescindibles para dar el gran salto al progreso que nuestro país está dando con pasitos de bebé en lugar de saltos de atleta. Es verdad que no hay atajos ni recetas fáciles, pero tampoco es admisible la falta de metas ambiciosas, de retos nacionales, de amplitud de mirada. ¿Qué proyecto de nación compartimos hoy? ¿No hay un líder que pueda hacernos soñar? ¿Ofrecernos un futuro?
Administrar el statu quo no es motivo de júbilo. Se hace frente a las grandes crisis. No en los momentos de bonanza. Y, como bien sabemos, las vacas gordas solo duran bíblicamente siete años. Después vienen las flacas y se las comen. Este momento económico no va a durar para siempre. Hemos aprendido con dureza del terrorismo y del mal manejo económico y hemos sobrevivido como un pueblo más fuerte. Hoy le toca a Ollanta Humala construir un Perú mejor sobre ese cimiento. Si no lo hace, Dios y la Patria se lo van a demandar. Dios en el cielo, pero la Patria en la calle, a gritos, harta de ser gobernada por políticos que no dan la talla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario