miércoles, 21 de octubre de 2015

La Bandera en el Piso

Miércoles 21 de Octubre del 2015

La destitución de la procuradora Julia Príncipe obedece a un errado cálculo de opciones. Es probable que el oficialismo quiso apurar un trago amargo confiado en que la cercanía de las elecciones y la turbulenta agenda pública apenas se alterarían con la salida de la procuradora, y que quizás las cosas no podrán estar peor que antes.

No obstante, la salida de Príncipe ha tomado la imagen del derribo de un símbolo, arranchado y pisoteado por el poder. El gobierno subestimó su condición de insignia de la lucha anticorrupción y no calculó la indignación pública, más intensa que la de los políticos, y que seguirá creciendo en los próximos días.

La crisis pudo manejarse con otros códigos, como la renuncia del Ministro de Justicia y volver el proceso contra Nadine Heredia dentro de los límites legales –que es donde les ha dado mejores resultados– tolerando el impecable trabajo de Príncipe. En cambio, el gobierno ahora ha perdido todo, y sobre todo la palabra. Lo peor de un político o de un gobierno es quedarse sin argumentos. Y eso ha pasado.

Toda huida hacia adelante es un modo de evasión sin plan alternativo. El gobierno tiene pocas fuerzas para evitar que el caso Príncipe irradie al gabinete. Lo que pase dependerá de la racionalidad de la oposición, que parece más interesada en que la crisis no se desboque. Los roles han cambiado: ya no es el gobierno el más interesado en la estabilidad.

Esta vez la bandera de la lucha contra la corrupción está en el piso. Muchos pretenderán recogerla, pero no será fácil. Por fin los ciudadanos parecen dispuestos a tomarla para sacarla de los salones del poder y de los tribunales a las calles.

domingo, 4 de octubre de 2015

Keiko, Harvard, y la Renovación Fujimorista

Domingo 4 de Octubre del 2015

Invitamos a Keiko Fujimori a Harvard porque, guste o no, tiene muy buenas posibilidades de ganar la presidencia. Según la última encuesta de GfK, tiene más apoyo que los demás candidatos juntos. (PPK, que va segundo en las encuestas, vino el año pasado). Como nos preocupa el pasado autoritario y corrupto del fujimorismo, queríamos conocer mejor sus ideas sobre la democracia, los derechos humanos, los conflictos sociales, y, por supuesto, el futuro de su padre.

Soy antifujimorista, pero creo que hay que hablar con los adversarios, sobre todo en democracia. Y una función básica de la universidad es promover al debate. Se aprende poco hablando solo con los que piensan como nosotros. Sería lindo si todos los políticos tuvieran trayectorias democráticas impecables. Pero la realidad es otra. Por lo menos uno de los partidos principales en Argentina, Chile, Cuba, El Salvador, México, Nicaragua, Panamá, Perú, Paraguay y Venezuela tiene un pasado (o presente) autoritario. Pueden no gustarnos los partidos con orígenes autoritarios como el peronismo, el pinochetismo, el sandinismo, el PRI mexicano, o el torrijismo panameño, pero son actores importantes en las democracias actuales. En Harvard he conversado con castristas, sandinistas, chavistas, pinochetistas, y priístas. Invitamos a Uribe y Correa. Negarse a conversar con Keiko, entonces, me parece absurdo.

La visita a Harvard fue arriesgada para Keiko. Somos casi todos caviares—progresistas obsesionados con las instituciones democráticas y los derechos humanos. Y tenemos una regla: los políticos que hablan acá tienen que responder a preguntas del público. Así que Keiko no podía esquivar preguntas sobre temas como la corrupción de su padre, las violaciones de derechos humanos, las esterilizaciones forzadas, la posibilidad de un indulto, y la unión civil. No es fácil responder a preguntas públicas en el territorio de los adversarios. Humala declinó una invitación a Harvard. Cristina Kirchner vino y perdió los papeles.

Keiko tuvo tres reuniones principales: una con estudiantes peruanos, una con profesores, y una charla pública en la tarde. Se defendió bien. Se había preparado. Respondió con calma a todas las preguntas, demostrando agilidad, compostura, y un manejo razonable de varios aspectos de la política pública (los estudiantes peruanos hicieron las preguntas más difíciles sobre la economía, seguridad, educación, salud, y política social). Su performance no fue espectacular, pero dejó una buena impresión. Un amigo antifujimorista lo describió como “sólido.” Otro profesor, que ha participado en las visitas de cientos de políticos latinoamericanos durante sus años en Harvard, dijo que Keiko estuvo “por encima del promedio.’ Y que parecía “presidencial.”

Para mí, lo más sorprendente de la visita de Keiko fue su apoyo a la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Me parece muy positivo. Los mecanismos de justicia transicional peruanos nunca lograron el consenso necesario para funcionar. Si el fujimorismo se incorporara seriamente en la búsqueda de la verdad y la reconciliación, reconociendo los abusos de los noventa (y, por supuesto, introduciendo su propia historia y perspectiva), sería un paso importante hacia la consolidación democrática.

Keiko también me sorprendió con su interés en las políticas redistributivas. Se reunió con la politóloga Candelaria Garay, especialista en las políticas sociales en América Latina, y quedó impactada por la enorme brecha que existe entre el Perú y otros países latinoamericanos en cuanto al gasto social y el alcance de los programas sociales. Y dijo –en público y en privado– que quiere cerrarla.

Keiko también tuvo varias respuestas flojas o decepcionantes. Cuando le preguntaron por los problemas económicos generados por la caída de la demanda china, repitió la línea dominante de la derecha peruana: que el problema principal es Humala, que espantó a la inversión privada, y que ella podrá arreglar las cosas generando más confianza empresarial. No convenció a nadie.

Mostró una orientación demasiado tecnocrática. Su respuesta a casi todas las preguntas sobre las políticas públicas fue “mejor gestión” y “más técnicos.”Pero el problema principal del gobierno de Humala es el déficit político. Después de escuchar a Keiko, me pareció que su gobierno sería parecido al actual: lleno de técnicos aferrados al modelo económico de los noventa, y con un fuerte déficit político.

Las respuestas de Keiko a las preguntas sobre los abusos de los noventa también me decepcionaron. Reconoció varias veces que el gobierno de su padre cometió “errores” que ella no volverá a repetir, pero fue reacia a hablar de crímenes. E insistió que toda la culpa la tiene Montesinos. Este argumento no es creíble en el Perú y tampoco lo fue en Harvard. Keiko deberá reconocer públicamente la responsabilidad de su padre, no solo por errores, sino por los actos criminales —masiva corrupción, violación de derechos humanos—cometidos por su gobierno.
En términos generales, Keiko salió bien de su visita a Harvard. Sorprendió a muchos con su compostura, su inteligencia, y su capacidad política. Harvard todavía no se pinta naranja, pero Keiko ganó el respeto de gente que no simpatiza con el fujimorismo.

Keiko Fujimori ha empezado a girarse hacia el centro. Sabe que perdió en 2011 porque Humala captó al centro y ella no. Por eso, es probable que Keiko siga moderándose. Sus reposicionamientos y nuevas alianzas generarán mucho debate, como ocurrió con Humala en 2011. ¿Funcionará? Nadie sabe. La moderación corre riesgos: genera conflictos internos (hasta con su padre) y podría provocar la salida de algunos fujimoristas históricos. No sabemos todavía cómo afectará a su base electoral.
¿Es sincera Keiko? ¿O simplemente busca engañar al electorado? Para mis amigos progresistas, la respuesta es obvia: después de la tremenda manipulación autoritaria de los noventa, ¿qué credibilidad puede tener el fujimorismo?

Pero tal vez no importa mucho si el giro de Keiko es sincero. Muchas veces, la moderación de los partidos autoritarios surge del pragmatismo electoral. Pueden retroceder, pero no sin costo político. En 2011, muchos opinólogos insistían que la moderación de Humala era mentira, que seguía siendo chavista, y que pronto abandonaría a la Hoja de Ruta. Pero Humala nunca volvió al chavismo, sobre todo porque la presión de la derecha y los medios aumentó el costo de hacerlo. Es posible que un gobierno fujimorista cumpla con sus compromisos democráticos, pero solo la vigilancia de la sociedad podrá garantizarlo.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Los riesgos de las elecciones primarias

Domingo 6 de Septiembre de 2015

El Frente Amplio y UNETE planean elegir a sus candidatos presidenciales a través de elecciones primarias. Sería una rareza. La Ley de Partidos exige elecciones primarias, pero pocos partidos cumplen con ella. De hecho, es difícil que haya una competencia real en un partido personalista como el fujimorismo, PNP, PP, APP, o el partido de PPK. Es como exigir que el dueño de un negocio permita elecciones entre sus empleados para determinar quién se queda con la empresa. Pero la izquierda aspira a construir un partido de verdad, lo cual es loable.

Casi todo el mundo está a favor de las primarias. Es un modo más democrático de seleccionar a los candidatos, y según muchos especialistas, la democracia interna fortalece a los partidos.

Tengo mis dudas. Es cierto que las primarias son más democráticas. Pero no siempre fortalecen a los partidos. Funcionan en los partidos grandes e institucionalizados, como los partidos uruguayos y norteamericanos o el PAN mexicano, pero pueden ser dañosos para los nuevos partidos.

Hay dos riesgos principales. El primero es el conflicto interno. Casi todas las democracias latinoamericanas tienen reglas claras sobre el proceso electoral (quiénes pueden votar, cómo votar, cómo contar los votos) y organismos estatales más o menos efectivos que actúan como árbitros, haciendo cumplir las reglas y contando los votos. En cambio, las elecciones primarias son muchas veces asunto de los partidos, con poca regulación estatal. En los partidos nuevos, las reglas del juego no siempre están claras. En muchos casos, la administración está en manos de una sola facción. Sin reglas establecidas o un árbitro neutral, las elecciones primarias pueden provocar una crisis: puede haber acusaciones de fraude y un rechazo de los resultados de parte del perdedor. Muchas veces, la pelea interna se convierte en un espectáculo público que daña a la imagen del partido. Y a veces provoca una ruptura.

El segundo riesgo de las primarias es que se puede elegir a un mal candidato. Para ganar elecciones, los partidos necesitan buenos candidatos, individuos que atraen votos de un amplio sector del electorado. El problema con las elecciones primarias, sobre todo en partidos pequeños, es que solo participa un grupo reducido y poco representativo. Como el voto es voluntario, el nivel de participación suele ser bajo. En el Frente Amplio se espera que voten 20,000 personas. No sé si es factible eso, pero aún si se logra, es un porcentaje muy reducido del electorado (16 millones votaron en las últimas elecciones presidenciales). Si estos 20,000 fueran mínimamente representativos del electorado, no sería problemático. Pero no son representativos. Los que votan en las primarias de un partido pequeño son personas muy comprometidas, que suelen ser mucho más ideológicas que el peruano promedio. Las preferencias de la militancia difieren mucho de las preferencias del electorado general. Gran parte de la militancia fujimorista cree que Alberto Fujimori no hizo nada mal y que debe volver a ser Presidente. Hay militantes del FA que creen que hay tropas norteamericanas invadiendo al Perú.

En un partido pequeño, entonces, una primaria puede producir un candidato que, siendo representativo de la militancia, es poco atractivo para el electorado general. La militancia quiere un candidato que no se esconde de sus principios en búsqueda de votos. Pero cuando un candidato empieza con 1% del voto, tiene que apartarse de su base para crecer. Tiene que conectarse con gente que piensa de otra manera (para la izquierda, sería gente que no sabe qué es el “neoliberalismo,” que le gusta Esto es Guerra, y que piensa que Fujimori hizo algunas cosas muy bien.) Un candidato que no traiciona a su base un poquito corre el riesgo de quedarse en 1%.

Para los partidos grandes, el problema no es tan grave porque un porcentaje más alto y representativo del electorado participa en las primarias. Pero los partidos pequeños siempre corren el riesgo de seleccionar un candidato que cae bien a la militancia pero mal al electorado. (Las primarias abiertas ayudan poco, porque aun en ellas, solo participa un grupo de gente muy comprometida).

En los partidos pequeños, entonces, los líderes —que suelen ser más informados sobre el electorado general— podrían estar en mejores condiciones de encontrar a buenos candidatos. De hecho, según una investigación de la politóloga Flavia Freidenberg, los candidatos presidenciales seleccionados por los líderes partidarios ganan con más frecuencia en América Latina que los candidatos seleccionados por internas abiertas.

El FA podría evitar los problemas señalados aquí. La buena voluntad de sus líderes podría ayudar a evitar una crisis institucional. Y Verónika Mendoza podría ser una candidata que simultáneamente representa la militancia y llega a electorado más amplio (eso es especulación: hasta ahora, Mendoza solo registra 1% en las encuestas). Espero que así sea. Pero antes de saltar a la piscina, vale la pena evaluar los riesgos asociados con las elecciones primarias en los partidos pequeños y no institucionalizados.

Note aparte: Simpatizo con la candidatura de Verónika Mendoza. Pero disiento cuando dice que Venezuela no es un tema de importancia. Es importante por dos razones. Primero, la izquierda pagará un gran costo electoral si no logra distanciarse del chavismo. Para hacer una buena elección, Mendoza necesita la clase media progresista –el centro o centro-izquierda democrática que votó por Toledo en elecciones anteriores. Guste o no, el chavismo no cae bien a ese sector.

Segundo, y más importante, la democracia peruana sigue siendo frágil. Ninguna democracia peruana ha durado más de 14 años. Yo viví bajo el régimen autoritario de Fujimori (régimen que muchos llamaban “democrático” porque Fujimori, igual que el chavismo, ganaba elecciones). Vi la destrucción de las instituciones, la tremenda ofensiva contra los medios independientes, y la violación de los derechos humanos. Y como muchos peruanos, no quiero verlos más. La institucionalidad democrática es una cosa seria. Los progresistas tenemos que defenderla. Ver lo que ocurre hoy en Venezuela y llamarlo “democrático” muestra un débil compromiso con la institucionalidad democrática. Eso es lamentable. La izquierda necesita la democracia más que nadie. Si no la defiende, esta jodida.

lunes, 3 de agosto de 2015

Los Huérfanos Electorales

Domingo 2 de Agosto de 2015

Quien sale segundo –después de Keiko Fujimori– en las encuestas presidenciales? PPK? Alan? ¡No! Según la última encuesta de GfK, “Blanco o Viciado” (17%) supera a Kuczynski (12%) y García (8%) en intención de voto.

Existe un alto nivel de descontento con la oferta electoral. Muchos peruanos no se sienten representados por ninguno de los principales candidatos. Son huérfanos electorales.
Hay dos grupos de huérfanos principales: (1) los ex humalistas, o los que votaron por Humala en la primera vuelta en 2011 y se sienten traicionados; y (2) los paniaguistas, o votantes del centro o centro-izquierda que valoran a la institucionalidad democrática y los derechos humanos y son alérgicos al fujimorismo (y, en menor grado, a García). Muchos paniaguistas votaron por Toledo en 2011, y en la segunda vuelta, casi todos votaron por Humala.

Sabemos poco sobre el destino del voto ex humalista. Según los datos que he visto, Keiko Fujimori parece bien posicionada para captarlo. Pero voy a enfocarme en el segundo grupo.

El electorado paniaguista no es muy grande. Concentrado en la clase media urbana, no supera el 15%-20% del electorado. Pero puede ser decisivo. Le dio el triunfo a Humala en el 2011.

Pero hoy los paniaguistas son huérfanos. Ninguno de los candidatos principales los representa. Jamás votarán por Keiko o Alan. Y ven a PPK como muy de derecha. Toledo, el mal menor de los paniaguistas en 2011, ha dejado de ser una opción seria.

Los paniaguistas tampoco se sienten representados por el oficialismo. Votaron por Humala en la segunda vuelta en 2011, pero sin amor. Y como muchos peruanos, quedaron muy decepcionados con su gobierno. Pocos paniaguistas votarán por un candidato nacionalista en 2016, y aun menos si el candidato es Urresti.

Los paniaguistas han estado esperando, con creciente ansiedad, el surgimiento de algo o alguien que pueda ocupar el espacio del centro democrático. Muchos hubieran apoyado a Gastón Acurio, pero su candidatura se quedó en la congeladora.

Una fuerza de centro-izquierda, que apela al Perú urbano con caras nuevas y una lucha frontal contra la corrupción, podría atraer votos paniaguistas. Susana Villarán y Fuerza Social podría haber sido esa fuerza, pero sus cuatro años en la municipalidad de Lima los dejó políticamente debilitados (si no muertos).

Las dos fuerzas de izquierda actuales no han podido captar al voto paniaguista. Por un lado, Tierra y Libertad ofrece poco al Perú urbano, donde viven los paniaguistas. Pesca en otro mar. Por otro lado, ÚNETE tiene ganas de movilizar al voto paniaguista, pero no tiene candidato. Sin un candidato viable, sus posibilidades son limitadas.

Hay dos outsiders que podrían apelar a los paniaguistas. Uno es Julio Guzmán, un joven tecnócrata que fue Viceministro de Producción y Secretario General de la PCM bajo Humala. Guzmán tiene el perfil paniaguista: un progresista moderado (de centro o centro-izquierda); es comprometido con la democracia y los derechos humanos y es honesto. Pero tiene un problema: es desconocido en el Perú (según una encuesta de Datum, el 86% de los peruanos no lo conocían). Ni los paniaguistas lo conocen.

Otro outsider es Miguel Hilario, un Shipibo-Konibo que nació en una canoa en la Amazonía y logró obtener un doctorado en Stanford. Hilario fue Presidente de la Comisión Nacional de Pueblos Andinos, Amazónicos, y Afroperuanos bajo Toledo. No es el Evo Peruano, sino un joven tecnócrata (trabajó varios años en el BID) ubicado más o menos en el centro del espectro político. Pero Hilario tampoco es conocido.

Guzmán y Hilario son outsiders de verdad: desconocidos, sin partido o aliados poderosos en el establishment, y con poca experiencia en la política peruana. Si llegan a despegarse un poco, dando un salto de 0.5% a 4 o 5% en las encuestas, podrían ser candidatos interesantes. Pero el electorado peruano es menos dispuesto a votar por un desconocido que hace 25 años. Hoy, ser un outsider de verdad es muy difícil.

Si Gastón no aparece y la izquierda y los nuevos outsiders no logran convertirse en fuerzas viables, muchos paniaguistas optarán —resignados— por PPK. Los peruanos son especialistas en buscar al mal menor. Y comparado con Keiko y Alan, Kuczynski es indudablemente el mal menor para el sector paniaguista. Con el apoyo paniaguista, PPK llegaría a la segunda vuelta.

Pero gran parte del electorado paniaguista podría votar en blanco o viciado. El nivel de frustración con la oferta electoral es altísimo. Según las encuestas, hasta la mitad del electorado dice que no quiere ninguno de los candidatos principales. Si las cosas no cambian, podría haber un voto de protesta importante en 2016.

No hay que subestimar las consecuencias de la orfandad política. En Argentina, donde el fracaso de la Alianza dejó huérfana a la clase media progresista que la llevó al poder en 1999 (La Alianza prometió un gobierno de centro-izquierda y menos corrupción pero mantuvo las políticas ortodoxas y sufrió un escándalo de corrupción importante), la clase media expresó su furia en las elecciones legislativas de 2001. El voto blanco o viciado subió a 24%: superó el voto de la Alianza en el nivel nacional y salió primero en Buenos Aires. Pocos meses después, esa misma clase media progresista protagonizó a las masivas protestas (“Que se Vayan Todos!”) que tumbaron al gobierno.

El Perú no es Argentina. Pero el caso argentino nos recuerda que la orfandad política puede tener consecuencias serias. Cuando parte del electorado percibe que ninguna fuerza política lo representa, puede perder la fe en el proceso electoral y optar por canales alternativas —como la protesta. La clase media peruana no ha expresado su frustración en la calle como en Brasil, Chile y otros países latinoamericanos en los últimos años. Pero eso puede cambiar, sobre todo bajo un gobierno fujimorista.

Nota aparte: no me parece mal que la oposición haya ganado control del Congreso. El gobierno, que no hizo ningún esfuerzo para mantener su bancada o construir coaliciones legislativas, mereció perderlo. Además, los políticos peruanos tienen que acostumbrarse al gobierno dividido. Es algo normal en una democracia presidencialista. Y en el largo plazo, el gobierno dividido fortalece el Congreso.

domingo, 5 de julio de 2015

Candidatos Vagos

Domingo 5 de Julio de 2015

Según Ipsos, la aprobación presidencial cayó al 17% en junio. Los medios lo tratan como una catástrofe, pero en el Perú es normal. Al terminar su cuarto año en la presidencia, Alejandro Toledo estuvo en 13%; Alan García (que gozó del boom económico y medios más cordiales) estuvo en 27%.

Los presidentes peruanos son los más impopulares de toda América Latina. Entre 2002 y 2013, la aprobación presidencial promedio en el Perú fue 28%, comparado con 47% en Ecuador, 49% en Bolivia, 51% en Venezuela, 52% en Argentina y México, 56% en Chile, 63% en Brasil, y 65% en Colombia (datos de Latinobarómetro).

La impopularidad de los presidentes peruanos se debe a varios factores (entre ellos, la debilidad del Estado y la falta de políticas redistributivas), pero hay uno muy básico: gobiernan mal. Carecen de reflejos políticos. Parecen sordos. No comunican. Se aíslan. Además, mienten. En otros países, los presidentes cumplen, por lo menos en parte, con sus promesas electorales. Uribe prometió mano dura y cumplió; Bachelet prometió reformar el sistema educativo chileno y lo está haciendo; la izquierda en Bolivia, Brasil, y Uruguay prometió políticas más redistributivas y cumplió. Los presidentes peruanos, en cambio, se olvidan de sus promesas electorales. Casi no hay relación entre lo dicho en la campaña y lo hecho en el gobierno. Como habrá comprendido Humala, la traición electoral trae costos políticos.

¿De dónde viene tanta ineptitud (y no es solo Humala. La sordera de García le va costar la presidencia en 2016)? En parte, surge de una oposición que es poco más que un conjunto de candidatos presidenciales de baja calidad.

En otras democracias, los aspirantes a la presidencia trabajan en la arena pública durante los años previos a la elección. Muchos gobiernan. En Argentina, los candidatos principales para 2015 son el gobernador de Buenos Aires (Daniel Scioli) y el alcalde de la ciudad de Buenos Aires (Mauricio Macri). En México, Enrique Peña Nieto fue gobernador del Estado de México antes de postular a la presidencia. Tabaré Vázquez gobernó Montevideo antes de buscar la presidencia de Uruguay. Henrique Capriles, el candidato anti-chavista en Venezuela, es gobernador del estado de Miranda.

Otros presidenciables hacen oposición parlamentaria. Fernando Henrique Cardoso fue senador antes de postular a la presidencia de Brasil. José Mujica y Barack Obama también fueron senadores.

Algunos políticos, como Lula y Evo Morales, llegaron a la presidencia después de décadas de trabajo en la construcción de movimientos sociales.

Estos años de trabajo en la arena política ayudan a prepararse para gobernar. Como gobernador, alcalde, senador, o líder sindical, uno enfrenta problemas reales y toma decisiones importantes. Tiene que atender a las demandas concretas de la gente y los grupos de interés. Tiene que pensar seriamente en las políticas públicas. Y tiene que rendir cuentas –en muchos casos, el electorado. No puede bailar solo: tiene que negociar, cooperar, y construir coaliciones.

Esa experiencia previa mejora la calidad de los candidatos –y los presidentes. Los candidatos que han estado enganchados en la arena pública antes de ganar la presidencia suelen ser más experimentados y más capaces a negociar, cooperar, y forjar las alianzas necesarias para gobernar.

En el Perú, en cambio, los principales candidatos presidenciales son vagos. No gobiernan nada. No están en el Congreso. Tampoco están en la calle, construyendo movimientos sociales. Están en Stanford, en Twitter, o en campaña. Dirán que están renovando a sus partidos o viajando a provincias para hablar con la gente, pero en realidad, están esperando la próxima elección.

Piensen en las últimas elecciones presidenciales. ¿Qué hicieron los principales candidatos entre 2006 y 2011? Toledo estuvo fuera del país. Volvió de Stanford a finales de 2010 para lanzar su campaña presidencial. ¿Debe sorprender que estuvo un poco “out of touch”? Humala, que quedó segundo en 2006, pasó los cinco años preparando su próxima campaña presidencial; Keiko fue congresista, pero participó muy poco en el labor legislativa. Como Humala, se dedicó casi exclusivamente a preparar su campaña presidencial.

Lo mismo ocurre con los precandidatos para 2016. Toledo volvió de nuevo a Stanford. García se quedó y se dedicó a preparar su regreso a la presidencia; participa en política, pero solo a través de su cuenta de Twitter, donde inventa frases para que los apristas repitan como robots. La gran contribución de Alan al debate público durante los últimos cuatro años ha sido “re-elección conyugal”. Keiko también se dedica a preparar su campaña, pero lo hace en silencio. Sigue la estrategia del ‘Mudo’. PPK y Urresti también son candidatos vagos. El único candidato declarado que está enganchado en la arena pública es César Acuña, el dos veces alcalde de Trujillo y ahora presidente regional de La Libertad.

Los principales candidatos peruanos, entonces, son unos vagos. No gobiernan nada. No están en el Congreso. Enfocados en sus propias candidaturas, piensan muy poco en el bien público.

Los candidatos vagos dañan a la calidad de la democracia. Hacer “oposición” desde Stanford o Twitter, o callarse por cinco años esperando la próxima elección, no te prepara para la presidencia. Los candidatos vagos no tienen responsabilidades. Aislados en sus propias campañas, no tienen que cooperar, trabajar en equipo, o pensar en el bien público. Hablan (o hacen tuits), pero no tienen que escuchar o debatir. Y no tienen que rendir cuentas a nadie. Cuando tu responsabilidad principal durante cinco años es callarse o inventar frases de 140 caracteres, no te enganchas al mundo político real. No aprendes a negociar, debatir, o construir coaliciones. No aprendes a gobernar.

Los candidatos vagos corren el riesgo de convertirse en presidentes solitarios, sordos, y torpes. García y Humala fueron candidatos vagos y presidentes mediocres. Si Keiko gana en 2016, sería parecida.

¿Cómo evitar a los candidatos vagos? Los partidos políticos ayudan. También gobiernos provinciales y regionales fuertes (abolir la reelección para alcaldes y presidentes regionales fue una pésima idea). Y para acabar con los ex presidentes vagos, quizás una regla estilo EEUU: dos periodos en la presidencia, seguido por la jubilación obligatoria.

domingo, 7 de junio de 2015

¿Una nueva izquierda?

Domingo 07 de Junio de 2015

La última refundación de la izquierda peruana ha naufragado. A los dos años del lanzamiento del Frente Amplio, la izquierda está dividida en dos frentes, ninguna de la cual es viable. Mientras la izquierda gobierna en la mayoría de los países latinoamericanos, en el Perú apenas alcanza a Brad Pizza en las encuestas. Es la izquierda que la derecha quiere: una fuerza marginal que no amenaza a nadie.
Pero no tiene que ser así. Como han señalado Carlos Meléndez y Eduardo Dargent, existe un espacio electoral que la izquierda podría aprovechar. A pesar del boom económico, hay altos niveles de descontento. Según el Latinobarómetro (2013), solo el 23% de los peruanos está satisfecho con la economía. Los servicios públicos (educación, salud, transporte, seguridad) son de baja calidad, generando frustración y una percepción de injusticia, porque el Estado parece favorecer a una minoría privilegiada a costo de los demás. Según el Latinobarómetro, solo el 16% de los peruanos cree que sus gobiernos gobiernan “para el bien de todo el pueblo”. Y solo el 17% cree que la distribución de la riqueza en el Perú es justa.

Esta percepción de injusticia abre una puerta para la izquierda. El viejo discurso anticapitalista y antiimperialista no gana elecciones en el Perú (los peruanos mayoritariamente apoyan al libre comercio y la inversión extranjera), pero la izquierda no tiene que ser anticapitalista. La izquierda es redistributiva. Busca utilizar al Estado para reducir la desigualdad. Se puede crear una sociedad más igualitaria (por ejemplo, cobrando más impuestos a los ricos para financiar políticas públicas que benefician a la mayoría) sin tumbar al sistema capitalista. De hecho, en un país como el Perú, donde más del 80% cree que la distribución de la riqueza es injusta, un programa redistributivo sigue siendo muy atractivo.

Pero si un espacio progresista existe en el Perú, solo una izquierda renovada (y no reciclada) podrá ocuparlo. Será una izquierda joven, que representa un cambio generacional. Por ejemplo, un movimiento de jóvenes progresistas encabezado por Marisa Glave, Verónika Mendoza, y Sergio Tejada (con Mendoza, una cusqueña, como candidata presidencial) podría cambiar el panorama electoral en 2016.

La construcción de una izquierda exitosa requiere por lo menos tres cambios. Primero, la vieja guardia tiene que irse. Si quiere resucitar la izquierda peruana, la nueva generación tendrá que matar a sus padres. Los partidos históricos (PCP, Patria Roja), los intelectuales, quizás todos los políticos de la época de la Izquierda Unida, tendrán que jubilarse. Fuera de la foto. Muchos son buenas personas; algunos son muy respetados. Pero han fracasado, sin cesar, por 25 años. Ni siquiera Javier Diez Canseco ofrece un modelo para seguir. Diez Canseco fue un hombre honesto y de principios. Fue un buen parlamentario. Luchó con valentía contra Fujimori. Pero como líder de la izquierda, fracasó. Bajo su liderazgo, la izquierda no solo colapsó en 1989 sino que fue incapaz de reconstruirse durante dos décadas. Mientras nuevos proyectos de izquierda crecieron en países como Bolivia, Brasil, Costa Rica, El Salvador, México, y Uruguay, en el Perú, después de 25 años, la izquierda sigue fragmentada, divorciada de los sectores populares, y electoralmente marginal. La vieja guardia ha fracasado. Que se vaya.

Segundo, la nueva izquierda debería abandonar todos los símbolos (bandera roja, puño en alto, etc.) y consignas de la izquierda tradicional. Uno de los legados de Sendero Luminoso es una alergia –en gran parte de la sociedad peruana– a todo que huele a marxismo. Más que en otros países, los símbolos, consignas y discurso de la izquierda tradicional son espantavotos en el Perú, porque se asocian con Sendero. Si la izquierda quiere ganar elecciones, entonces, tiene que tirar su guion tradicional al basurero y crear un nuevo discurso y cultura.

Tercero, la nueva izquierda tiene que repensar su base social. Tradicionalmente, la izquierda latinoamericana movilizaba a los obreros y los campesinos y buscaba representar a las “mayorías populares”. En el Perú de los años setenta, tenía algo de sentido: habían obreros (la tasa de sindicalización superó a 20%) y campesinos. Y la mayoría de los peruanos eran pobres.

Pero la sociedad cambió.Hoy la clase obrera tradicional es casi inexistente. Solo el 4% de la población económicamente activa pertenece a un sindicato. Además, el país es 80% urbano. Los campesinos ya son pocos. Y gracias al boom económico de los 2000, la mayoría dejó de ser pobre.

Hoy en día, entonces, la izquierda enfrenta una sociedad con pocos obreros y campesinos. Y los sectores populares ya no son tan pobres. Sus miembros tienen (o esperan tener) casa y auto, mandan (o esperan mandar) sus hijos a la universidad, y consumen productos que antes solo consumían los pitucos. La izquierda tiene que adaptarse a esta nueva realidad social. Puede alinearse con la CGTP o los ronderos de Cajamarca, pero sin imaginar que representan a los sectores populares. Representan intereses legítimos, pero estrechos. Puede acompañar a las movilizaciones campesinas en defensa de sus comunidades ante la expansión poco regulada de la minería, pero convertir esa lucha en el eje de su programa sería atarse a una base social estrecha. Y olvidarse del Perú urbano.

La izquierda desapareció del Perú urbano hace años. Hoy el fujimorismo tiene más presencia en los sectores populares de Lima. Si la izquierda quiere ganar elecciones, tendrá que revertir esa situación. Tendrá que apelar no solo a los pobres urbanos (que son cada vez menos) sino también a la creciente clase media-baja. Ese sector vive mucho mejor que hace dos décadas. Un discurso enfocado exclusivamente en los costos del neoliberalismo, y que no ofrece nada a los que se beneficiaron del boom pero que aspiran a más (más seguridad económica y física, más participación, más justicia, más y mejores servicios públicos) gana pocos votos en los sectores populares urbanos. Y sin los sectores populares urbanos, la izquierda no va a ningún lado.

Cuando la izquierda peruana resucite, será otra: será una izquierda más joven, menos atada a las luchas del pasado, y más atenta a las necesidades de los sectores medios urbanos. Si la nueva generación de políticos progresistas construye esa izquierda para 2016, cambiaría profundamente la dinámica electoral. Pero el tiempo se acaba.

sábado, 9 de mayo de 2015

Coalición de mayoría o suma de minorías

Miércoles, 06 de mayo de 2015 | 4:30 am

Al imponerse el neoliberalismo se debilitó la posición de la izquierda marxista, cuyo discurso estaba basado en los modelos revolucionarios nacidos de la revolución bolchevique. Luego de la caída del muro de Berlín, se redujo la influencia de las doctrinas y la izquierda apeló a sus reflejos, reclamando un Estado actor y regulador de la vida económica. Pero estos postulados no eran compartidos por la mayoría nacional, que después de la crítica experiencia de los setenta y ochenta quedó vacunada contra el estatismo.

Desde entonces, la izquierda ha sido minoría y viene perdiendo contacto con los sectores populares. En busca de espacio, ha ido sumando reclamos de diversas minorías, que son descartadas por el modelo neoliberal. Así, ha creído que sumando minorías se recuperaría la conexión con la mayoría.

De ahí proviene la especialización de la izquierda actual en los reclamos indígenas y también su marcado interés por el medio ambiente. Ambas son problemáticas que aluden a derechos de grupos afectados por el modelo, que se resisten a perder sus antiguas posiciones en el nuevo mundo que nos toca enfrentar.

Por un lado, el Perú de hoy es mayoritariamente mestizo, tanto en costa como en sierra, aunque existen comunidades indígenas serranas y selváticas significativas. No obstante, ellas constituyen grupos específicos frente a ciudades completamente mestizas. En realidad, la cuestión indígena hoy involucra directamente a grupos étnicos de la selva y a comunidades minoritarias en la sierra. Mientras que el resto del país es mestizo.

En términos políticos, el acento en derechos indígenas abre la puerta a una minoría valiosa y que debe ser incorporada, además representativa de nuestra historia como nación, pero que en sí misma no resuelve la dificultad para dialogar con la mayoría. Lo mismo ocurre con el medio ambiente. También es un asunto de minorías relevantes, pero que no se hallan en sintonía con la mayoría nacional.

Por ejemplo, en el tema minería las encuestas muestran una opinión pública favorable a la minería responsable, que se aleja de ambos extremos: minería a cualquier precio y rechazo total a la actividad. Pero también es cierto que hay grupos directamente afectados, como los agricultores del valle de Tambo, que con todo derecho temen que un tajo abierto al lado de sus chacras signifique polvo y agua contaminada que matará su modo de vida. Tienen razón, pero el resto del país preferiría alguna forma de conciliación, minería en ciertos sitios y bajo condiciones.

Entonces, volvemos a la cuestión inicial. ¿Sumar minorías permite recomponer el diálogo con la mayoría? La respuesta es no. Para forjar una coalición ganadora es necesario crear un sujeto político mayoritario. Caso contrario, la propuesta se diluye en intereses honorables, pero particulares y desarticulados.

Por ello las preguntas claves son quiénes componen la mayoría nacional y cuáles son sus contradicciones con el sistema.

Empecemos por las demandas.

La mayoría actual se siente atrasada por un grupito neo-oligárquico que toma las decisiones en su provecho. Bajo el neoliberalismo, el poder se ha concentrado y su mentalidad sigue siendo oligárquica. Los dueños piensan que pueden comprar a todo el mundo y tratan a los dirigentes sociales como echados, propensos a venderse, como acaba de ocurrir en el valle de Tambo. Asimismo, usan al Estado como su agencia particular, encargado de velar por sus intereses.

Por su parte, los tecnócratas que hacen política ignoran a las personas para adorar las cifras. Desde los 1990, los políticos han claudicado ante este tipo de tecnócratas; como consecuencia, el poder político exuda auto-suficiencia y su trato es olímpico y prepotente.

Por ello, la mayoría surgirá del rechazo al desprecio. Aún impera una horrible y antigua costumbre, “ser humilde con el poderoso y poderoso con el humilde”, quien se oponga consistentemente a esta norma cultural encontrará la voluntad de la mayoría de hoy.