Domingo 14 de Febrero del 2016
Keiko Fujimori busca renovar la imagen del fujimorismo, distanciándolo de su pasado corrupto y autoritario. Ha hecho varios gestos hacia ese fin: apoyó el “trabajo de diagnóstico” de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, removió de su lista parlamentaria a Martha Chávez y a otras figuras asociadas con el autoritarismo de los noventa, y declaró en una entrevista que “de ninguna manera hubiera cerrado el Congreso” como su padre.
La estrategia tiene sentido. Si quiere llegar al 50% del voto necesario para ganar la segunda vuelta, Keiko tiene que convencer a un sector del electorado no fujimorista que ella no representa un retorno a las prácticas mafiosas y autoritarias de los noventa. No lo logró en 2011 y perdió.
Renovar la imagen del fujimorismo no ha sido fácil. Hasta ahora, la estrategia de Keiko se basa en una promesa. Pide al electorado que confíe en su palabra cuando dice: “Sé mirar la historia y no voy a permitir que esta se repita” o que ha “cargado con una mochila muy grande” por el autoritarismo y la corrupción de los noventa y que jamás permitirá que sus hijas “carguen la mochila que yo he cargado durante tantos años.”
El problema es que muchos peruanos no le creen. No necesariamente por ser fujimorista (de hecho, según la última encuesta de GfK, Keiko es la candidata que da más confianza: 29% dice que cumplirá con su palabra, comparado con un 21% en el caso de PPK, 18% en el caso de Acuña, 13% en el caso de García, y 12% en el caso de Toledo), sino porque los peruanos no le creen a nadie. Según la encuesta de GfK, una mayoría abrumadora no cree que ningún candidato vaya a cumplir con sus promesas. Y no sin razón: en el Perú, pocos gobiernos (nacionales, regionales, provinciales) han cumplido con sus promesas electorales. ¿Por qué, entonces, creer en las promesas de Keiko?
Keiko no tiene que convencer a todos (hay gente –como muchos amigos míos– que no le van a creer aunque gane el Premio Nobel de la Paz), pero hay una franja del electorado independiente que necesita y que no ha logrado convencer. Por ejemplo, Rosa María Palacios escribió hace poco que “nunca creí en el cambio de Keiko Fujimori hacia posiciones más conciliadoras”. Y Enrique Pasquel, subdirector periodístico de El Comercio, escribió que la transformación de Keiko “no resulta creíble,” y que “la imagen de la Keiko realmente arrepentida de los 90 fue solo un papel que interpretó para su presentación de Harvard”. Palacios y Pasquel no son izquierdistas de Diario UNO. Si ellos no le creen a Keiko, el fujimorismo va a enfrentar dificultades en la segunda vuelta.
El problema con las promesas electorales es que son meras palabras (para los politólogos, el término es “cheap talk”). Son fáciles de incumplir. Si las promesas son fáciles de incumplir, no serán creíbles, sobre todo en una sociedad como la peruana, donde la confianza hacia los políticos está en el piso.
¿Cómo persuadir a un electorado desconfiado de que una promesa es sincera y será cumplida? Los grandes gestos públicos, como la “Carta al Pueblo Brasileño” de Lula o la Hoja de Ruta de Humala, ayudan un poco, porque romper con un compromiso ampliamente celebrado trae costos políticos. Así que la idea de firmar una promesa de no indultar a su padre –algo que Keiko ha estado contemplando– tiene cierto sentido.
Pero en el fondo, las promesas de cambio tienen credibilidad cuando el político paga un precio –real y público– por haberlas hecho (“señales costosas” en términos de ciencia política). Para un candidato controvertido que busca moderar su imagen, las señales costosas serían las que generan conflictos internos y hasta rupturas. Un ejemplo es Marine Le Pen, candidata presidencial del ultraderechista Frente Nacional en Francia, que impulsó la expulsión de su padre (y fundador del partido) por racismo y antisemitismo.
Hasta ahora, Keiko Fujimori no ha mandado señales muy costosas. Es cierto que sus palabras en Harvard provocaron la salida del congresista evangélico Julio Rosas y duras críticas de parte de Carlos Raffo, pero estos dos ya estaban por salir. También es cierto que la renovación de la lista parlamentaria contradijo la carta de Alberto (que no es poca cosa) y provocó resistencia en el interior del fujimorismo. Pero la pelea no fue muy pública. Alberto se calló y los fujimoristas históricos excluidos aceptaron su remoción sin declararle la guerra o provocar una ruptura. Como consecuencia, no pocos observadores concluyeron que la renovación había sido un “teatro” (una percepción que fue reforzada cuando Keiko no descartó la idea de incluir a Aguinaga y Cuculiza en su gobierno).
Para Keiko, una verdadera señal costosa sería una pelea pública con su padre y la vieja guardia fujimorista (si Luisa María Cuculiza hubiera sido la candidata presidencial de Solidaridad Nacional, como se rumoreó, esa habría sido una señal costosa). Enfrentarse públicamente con su padre sería la única manera de convencer a los independientes escépticos de que el fujimorismo se renueva en serio, que un gobierno keikista sería distinto que la versión autoritaria y corrupta de su padre. Sería, para Keiko, su momento Le Pen.
Keiko quiere evitar un momento Le Pen. Busca equilibrar la moderación de su discurso, por un lado, con la unidad partidaria (y familiar) por el otro. Es una estrategia razonable: ningún candidato quiere conflictos internos o rupturas partidarias. Y Keiko no quiere una pelea pública con el hombre que (además de ser su padre) es el fundador del fujimorismo y su principal razón de ser. Además, una estrategia equilibrada –moderación sin llegar al parricidio; quedarse bien con Dios (el fujimorismo histórico) y el Diablo (Harvard)– podría funcionar, gracias a la extraordinaria debilidad de los demás candidatos.
Pero también podría ser fatal. Si Keiko no manda señales más costosas, corre el riesgo de no persuadir al electorado de que su promesa renovadora es sincera. Y el efecto de eso se sentiría en la segunda vuelta. Hoy los otros candidatos se están matando entre ellos en la pelea por el segundo lugar. Mientras nos enfocamos en el transfuguismo de Susana y Anel, el fenómeno Guzmán, y el plagio del siglo, los errores (mala lista parlamentaria), escándalos (“offshore electoral”, cóctel de 700,000 soles) y serias limitaciones (incapacidad de reconocer los delitos cometidos por su padre) de Keiko pasan casi desapercibidos.
Pero la dinámica cambiará el 10 de abril. Aunque no parezca hoy, es probable que la segunda vuelta sea reñida. Con la excepción de Acuña, el candidato que salga segundo en la primera vuelta se convertirá en un foco para gran parte del electorado no fujimorista, hoy disperso. Y sin el cuco de Humala, los medios serán mucho más duros con Keiko. En una segunda vuelta reñida, probablemente contra un rival con menos anticuerpos que Humala, Keiko va a necesitar más votos no fujimoristas. Va a necesitar su momento Le Pen.
Pelearse con su padre sería arriesgado para Keiko, con serios costos. Nadie sabe si Keiko está dispuesta a pagarlos. Pero estos costos son el precio de la credibilidad. Si Keiko no logra persuadir al electorado independiente de que su renovación es real y no teatro, podría sufrir una repetición de 2011.
Es un dilema difícil. Pero nadie dijo que iba a ser fácil.

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