domingo, 31 de enero de 2016

El Valor del Voto

Domingo 31 de Enero del 2016

Los peruanos detestan a sus políticos. Sus presidentes son los más impopulares de América Latina. Entre 2002 y 2013, la aprobación presidencial promedio en el Perú fue 28%, comparado con 47% en Ecuador, 49% en Bolivia, 52% en Argentina y México, 56% en Chile, 63% en Brasil, y 65% en Colombia (Latinobarómetro).

El repudio hacia los políticos tiene varias causas, pero quiero enfocarme en una: la ausencia de rendición de cuentas electorales. La democracia representativa se basa en un nexo entre el voto y el gobierno. No participamos directamente en el gobierno, pero seleccionamos a nuestros representantes, basados en sus propuestas. Ningún gobierno cumple con 100% de sus promesas. Pero la orientación del gobierno debe, de algún modo, reflejar las preferencias de sus electores. Debe haber una mínima relación entre los resultados electorales y el comportamiento de los gobiernos que surgen de las urnas. Si no, la democracia representativa no existe.

El nexo entre el voto y las políticas públicas se debilitó en América Latina en los años 1980 y 1990, cuando, ante la crisis económica, presidentes que habían prometido políticas más estatistas y redistributivas giraron hacia al neoliberalismo: Pérez en Venezuela, Menem en Argentina, Paz Estenssoro, Bucaram, Fujimori.

Pero en los 2000 se abrió más espacio, y los gobiernos latinoamericanos empezaron a cumplir con sus promesas. Chávez, Morales y Correa prometieron una “refundación” constitucional y cumplieron. Lula, Bachelet, y Tabaré Vásquez prometieron políticas redistributivas y cumplieron. Uribe prometió mano dura y cumplió.

En el Perú, en cambio, el nexo entre las promesas de campaña y las políticas de gobierno sigue siendo casi inexistente. Alan García ganó en 2006 con un programa de centro-izquierda (“cambio responsable”), pero giró tanto a la derecha que Lourdes Flores describió a su gobierno como “tremendamente conservador” y a él como el "presidente de los ricos". Ollanta Humala prometió un gran cambio pero terminó ofreciendo continuidad: a los cuatro meses su gabinete estaba lleno de gente que había votado por Fujimori. En las regiones, varios gobernadores elegidos con un discurso anticorrupción han sido denunciados por corrupción.

El establishment limeño no se preocupa mucho por el déficit de representación. De hecho, lo exige. Si un candidato, apoyado por gente descontenta con el statu quo, se elige con un programa que diverge del modelo económico ortodoxo, el establishment exige —casi a gritos— que abandone sus promesas. Para la elite limeña, el peligro es el estatismo, no las promesas electorales rotas.

Pero la repetida traición electoral es peligrosa para la democracia. Si la gente percibe que las políticas del gobierno no tienen nada que ver con los resultados electorales, va a concluir, tarde o temprano, que su voto vale poco. Que votar es inútil. ¿Para qué sirve el voto si el gobierno abandona sus promesas y hace lo que quiere? ¿Para qué sirve la democracia?

Si la gente cree que su voto no afecta nada ¿qué compromiso va a tener con la democracia? ¿Saldrá a la calle para defenderla? ¿Estará dispuesto a defender a la institucionalidad democrática ante un populista autoritario que promete tumbar a los políticos y la “partidocracia”? ¿Un Fujimori o Chávez? Es probable que no.

¿De dónde viene el nexo entre elecciones y gobierno? Los horizontes de tiempo son claves. Los políticos suelen cumplir con sus electores cuando están pensando en futuras elecciones. Un político que sabe que necesita su base en el futuro estará menos dispuesto a traicionarla.

Hay dos mecanismos que extienden los horizontes de tiempo. Uno son los partidos. Como organizaciones colectivas que duran en el tiempo, los partidos tienen que preocuparse por candidaturas en todo el país y, sobre todo, por futuras elecciones. La expectativa de competir en futuras elecciones genera horizontes de tiempo más largos.

Otra fuente de horizontes de tiempo largos es la carrera política. Un político de carrera —que dedica su vida profesional a la política— tiene que pensar no solo en el periodo actual sino en futuros periodos. Tiene que construir y mantener una imagen pública. Si se convierte en el 'come oro' o 'come pollo' en su primer periodo, peligra su carrera.

Los horizontes de tiempo no garantizan nada. Hay muchos políticos profesionales que mienten y roban. Pero los horizontes de tiempo por lo menos crean incentivos para no olvidarse del electorado. Un político estará menos dispuesto a desperdiciar sus votos si sabe que los necesita en el futuro.

En el Perú, lamentablemente, los políticos de carrera están en peligro de extinción. Hoy en día, la mayoría de los candidatos son políticos novatos o semiprofesionales —individuos que ganan dinero o fama en otra profesión (empresarios, militares, periodistas, curas, voleibolistas) y usan ese dinero o fama para saltar a la política. Según una investigación que hice con Mauricio Zavaleta, 57% de los congresistas elegidos en 2011 y 78% de los candidatos principales a gobernador en 2014 carecían de una carrera política.

Los nuevos políticos no sostienen carreras largas. La mayoría se queda por solo uno o dos periodos. Se va, en parte, porque tiene otra profesión —puede volver a su empresa, su radio, o su universidad. Pero también se va porque es muy difícil ser re-elegido. Las tasas de reelección peruanas son unas de las más bajas de América Latina. Según Tanaka y Barrenechea, entre 1995 y 2008, la tasa promedio de reelección legislativa peruana fue 20%, comparada con 51% en Brasil, 52% en Argentina, 63% en Chile, y 90% en EEUU. Solo el 20% de los presidentes regionales fueron reelegidos entre 2002 y 2014 —y ahora la reelección regional ha sido prohibida.

El surgimiento de políticos no profesionales, combinado con la baja o nula probabilidad de reelección, significa que las carreras políticas peruanas son cortas. Muchas no duran más de 5 o 10 años. Como consecuencia, muchos políticos operan con horizontes de tiempo reducidos: piensan menos en su futuro electoral (¿para qué pensar en futuras elecciones si probablemente no van a participar en ellas?) Dejan de preocuparse por su futura imagen y aprovechan al máximo su breve estancia en el poder. Una vez en el poder, entonces, un político sin carrera tiene poco incentivo para cumplir con sus promesas electorales. Puede olvidarse de su base y venderse al gobierno o a los lobbies. O robar. O no trabajar.
La democracia peruana ha caído en un círculo vicioso: los peruanos odian a sus políticos y no los reeligen. Y los políticos, sabiendo que no serán reelegidos, se olvidan de sus electores—y algunos se comportan de una manera detestable.

Qué hacer? Lo que no se debe hacer es prohibir la reelección. Eliminar la re-elección —como acaban de hacer en el caso de gobernadores y alcaldes— destruye los pocos incentivos existentes para representar al electorado. Hay que extender los horizontes de tiempo de los políticos; prohibir la reelección hace lo contrario, minando aún más su nexo con el electorado.

Más allá de lo institucional, es imprescindible que los ciudadanos castiguen a los políticos que no cumplen con su palabra. Están empezando a hacerlo. García y Humala pagaron caro por haber traicionado a su voto: sus carreras están gravemente heridas.

En la campaña actual, Keiko Fujimori ha hecho promesas importantes: dice que no repetirá la corrupción y autoritarismo (perdón, los “errores”) de su padre. Dice que no indultará a su padre. Keiko es joven y tiene futuro político. ¿Aprenderá de sus antecesores?

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