Domingo, 07 de julio de 2013 | 4:30 am
Las cosas no vienen bien para los Humala en el poder. En el plano económico, desconfianza empresarial en alza, enfriamiento del consumo interno, falta de gran inversión por obstáculos burocráticos y sociales, una –no tan dramática– caída de precios de metales así como el alza de algunos precios sensibles para el ama de casa. En el plano político, dos sectores con gran capacidad de movilización en la protesta callejera: servidores públicos y estudiantes universitarios. Una oposición en guerra con apristas batallando contra la megacomisión y fujimoristas vengando un indulto no concedido. A esto, añádase unos aliados hundidos en una denuncia de corrupción y unos ex aliados formando un frente, que no será hábil para ganar votos pero sí para agitar socialmente.
Era obvio que el tema de la postulación a la presidencia el 2016 de Nadine Heredia (o la “reelección conyugal” como astutamente la calificó Alan García) se estaba convirtiendo en el principal flanco de ataque y por tanto motivo de debilidad del régimen. Durante el último año el tema se mantuvo en debate por expreso deseo de la pareja presidencial, la que con su ambigüedad y medias tintas gozaba burlándose de quienes les requerían por respuestas. Hace pocos meses, en la desastrosa entrevista, para Ollanta Humala, que dio a Nicolás Lúcar y David Rivera, su respuesta sobre este tema fue “que sufran”. Igual que en la ambigüedad de Repsol, la arrogancia lo ganó. Quienes han terminado sufriendo son él y su gobierno.
“Ni un minuto antes ni un minuto después”, frase favorita de Humala para crear lo que él cree es un suspenso dramático que le permite un alarde de poder, ha resultado una evidencia de su pésimo sentido de la oportunidad para tomar decisiones. Llegó tarde en lo de Repsol, llegó tarde con lo del indulto a Fujimori y, este viernes, llegó tarde con la postulación de Nadine.
Estas tardanzas no son gratuitas. Causan daño. Las consecuencias en política económica están a la vista. La creciente desconfianza en un régimen que aspira, inmoral e ilegalmente, a perpetuarse en el poder genera retracción de inversiones, depreciación de papeles peruanos, desaceleración del consumo interno y, por consecuencia, caídas en bolsa que afectan fondos de inversión de miles de peruanos.
Aposté que Nadine Heredia no postularía. No porque no fuera ambiciosa políticamente, que lo es, sino porque siempre he creído que primaría su inteligencia y lealtad con su esposo. En un primer momento pudo haberle convenido regodearse en su alta popularidad y explotar su habilidad en comunicación popular para apostar por la ambigüedad. Creía yo que de esa forma alineaba lealtades internas que empezaban a dispersarse. Sin embargo, la estrategia, en manos de apristas y fujimoristas, resultó un boomerang con el paso de los meses. Ollanta Humala y su esposa no han hecho sino caer en aceptación popular porque el pueblo está escaldado con las reelecciones desde Fujimori y porque el tema ha copado todo debate y toda capacidad de propuesta en cualquier otro aspecto de las poquísimas reformas serias de este gobierno.
Hoy, aislados de otros grupos políticos, agrediendo a la prensa, con un partido cascarón conformado casi solo por un conjunto reducido de congresistas (algunos más interesados en sobar que en aportar), su salvación está en un grupo de buenos tecnócratas. ¿Sobre qué base social podría tener éxito una futura candidatura de Heredia?
Toledo, a pesar del salvavidas king-size que le acaba de arrojar Maimann, su amigo y ahora empleador, seguirá en problemas. Alan García, demostrando terror de ser investigado, está arruinando sus posibilidades presidenciales. Keiko tiene que cargar la pesada mochila del padre preso. Nadine no postula, y bien por ello. ¿Quién jugará en el 2016?

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